Muchas veces las cosas no son lo que parecen. Estos días se habla del Derecho Internacional como si fuera una constante jurídica y una garantía política. Parece como si todo en el mundo de las relaciones internacionales debiera estar articulado por la norma jurídica, pero no es así. Hay veces que irrumpe la necesidad (la necessità de Maquiavelo) en escena y lo que parecía un orden basado en el equilibrio (el relativo equilibrio de la normatividad) se resuelve por un hecho de fuerza, que dará origen a una futura realidad jurídica en sustitución de la actual. Lo que parecía previsible, no lo es, y lo que parecía imposible se hace realidad.. La cuestión requiere dos breves referencias meramente intuitivas: la eficacia del Derecho y el derecho de los pueblos al tiranicidio.. El derecho necesita, para poder considerarse tal, ser válido y ser eficaz. La validez es ontológica, y se refiere a su misma existencia (haber sido válidamente promulgado), mientras que la eficacia del derecho es fenomenológica y se refiere a su aceptación, hasta el punto de que se ha llegado a decir (realismo jurídico) que la eficacia determina en último término la validez del derecho. Si falta cualquiera de esas dos notas, validez o eficacia, puede ser cualquier cosa, un programa moral, una invitación ética, un discurso político, pero no es derecho. El derecho o es eficaz o no es. El Derecho Internacional está en crisis (lo viejo no ha terminado de morir y lo nuevo no ha nacido aún) porque, si bien ese orden jurídico es válido, ha devenido ineficaz.. El acta de defunción de ese derecho internacional ha sido levantada en la última Conferencia Internacional de Múnich de febrero de este mismo 2026. ¿Cómo fundar entonces la deslegitimación de una intervención en un orden que está dejando de existir? Se dirá que ese algo, la legalidad internacional, está en crisis porque los EE UU han querido que así sea. Lo cual es una respuesta tuerta: está en crisis porque el sistema que nos dimos a partir de 1945 (casi un siglo ya) no soluciona problemas fundamentales de hoy. No soluciona la seguridad de los Estados, la libertad de los pueblos, la salvaguarda de los derechos humanos, el caos migratorio, la toma del poder estatal por el narcotráfico internacional o la lucha contra los Estados promotores del terrorismo, y sobre todo no es capaz de reordenar el mundo del siglo XXI. La globalización ha terminado con el Derecho Internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial (siempre ocurre: también la Europa del sistema Metternich feneció).. Hay sin embargo muchos políticos y analistas empeñados en reivindicar a toda costa la aplicación de un derecho que ha dejado de ser aceptado por sus destinatarios. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lejos de cumplir su función, se ha demostrado como el mejor mecanismo de bloqueo para que las tiranías se puedan perpetuar y las violaciones de los derechos humanos se multipliquen a lo largo y ancho del planeta. Es también la mayor salvaguardia para los llamados Estados gamberros. No es ya que los EE UU se hayan zafado del derecho internacional, es que el Consejo de Seguridad lo ha vaciado de eficacia, lo ha hecho imposible. Apelar hoy a esa legalidad internacional de bloqueo es tanto como apelar al blindaje de las tiranías.. Cuando uno se empeña en aplicar lo que ha dejado de ser eficaz, dando la espalda a las necesidades de la realidad, impide la solución de los problemas. Obcecarnos ahora en apelar a la legalidad internacional como fórmula para eliminar la tiranía es condenar a los iraníes a vivir y a morir en un inmenso campo de exterminio. La disyuntiva es esta: o acabamos con el régimen de los ayatolás o sacrificamos al pueblo de Irán. En otros términos: o los tiranos del mundo saben que el Derecho Internacional ha dejado de ser el valladar tras el cual pueden sentirse seguros, o las tiranías se perpetuarán y proliferarán. ¿Alguien puede creer aún en la eficacia de las sanciones, de los bloqueos, de las presiones políticas o económicas para tumbar un régimen como el de Teherán?. Esos viejos recursos destruyen a los pueblos tanto como fortalecen a sus tiranos. ¿Acaso no puede, no debe ser ayudado un pueblo que aspira justamente al tiranicidio de sus gobernantes mediante la intervención exterior de una potencia? Parece mentira que un país que dio al mundo la Escuela de Salamanca (Suárez, Vitoria, Molina, Soto) no sea ya capaz de alumbrar una sola idea al respecto. Es muy llamativo también que nadie reflexione sobre la teoría de la guerra justa (causa justa, recta intención, autoridad legítima, etc.). ¿No deberíamos ponernos en los zapatos de los perseguidos, de los torturados, de las víctimas de la represión? ¿«Arriba parias de la tierra…» salvo que lo que esté en riesgo sean los derechos humanos?. El internacionalismo de la izquierda siempre fue una artimaña para la toma violenta del poder en terceros Estados; hoy es además una completa hipocresía. No creo que haya mayor paria en la tierra que aquel que es privado de la libertad. ¿Debemos condenar a los iraníes al mismo abandono que a los cubanos? Que sufran, mejor, que sufran algunas décadas más mientras mecemos cómodamente nuestras aletargadas conciencias repartiendo pasquines o lanzando consignas en un plató de televisión…. Imaginemos a Luis XVI apelando a las leyes del Antiguo Régimen para evitar su caída. Sustituyamos al marido de María Antonieta por Pedro Sánchez clamando por un derecho internacional que, en lo que a la guerra se refiere, ha dejado de existir. El mundo vive una revolución que, como todas, se ha desencadenado después de un pertinaz bloqueo, como estalla el champán de una botella después del taponazo. Lo decisivo ahora no es levantar las pancartas; lo decisivo es acertar (y participar) en la construcción del orden que va a sustituir al actual desorden internacional. Eso dicta la razón de Estado.. Por eso ser desleal con los EE UU es no comprender lo que está pasando y es lo más grave y torpe que ha hecho nunca España en política internacional. Se puede compartir o no la decisión de Trump (que será inevitablemente la del resto de nuestros aliados), pero una cosa es esa y otra distinta es entrar como elefante en cacharrería para llamar la atención. Un poco de prudencia.La decisión de Pedro Sánchez nos conduce otra vez (Dios santo) a ser el enfermo de Europa, la anomalía de Occidente. Como se dijo de los absolutistas de 1830, España está bailando un minué sobre el volcán internacional.. El cismático Sánchez ha pretendido generar la primera gran crisis entre los aliados, como ya generó la primera gran crisis entre los españoles. No al Guerra… (Civil, antes que nada). ¿Cómo no iba a tener el Frente Popular su inevitable proyección en esta ruptura de la política internacional de España, en este intento de cisma?
Muchas veces las cosas no son lo que parecen. Estos días se habla del Derecho Internacional como si fuera una constante jurídica y una garantía política. Parece como si todo en el mundo de las relaciones internacionales debiera estar articulado por la norma jurídica, pero no es así. Hay veces que irrumpe la necesidad (la necessità de Maquiavelo) en escena y lo que parecía un orden basado en el equilibrio (el relativo equilibrio de la normatividad) se resuelve por un hecho de fuerza, que dará origen a una futura realidad jurídica en sustitución de la actual. Lo que parecía previsible, no lo es, y lo que parecía imposible se hace realidad.. La cuestión requiere dos breves referencias meramente intuitivas: la eficacia del Derecho y el derecho de los pueblos al tiranicidio.. El derecho necesita, para poder considerarse tal, ser válido y ser eficaz. La validez es ontológica, y se refiere a su misma existencia (haber sido válidamente promulgado), mientras que la eficacia del derecho es fenomenológica y se refiere a su aceptación, hasta el punto de que se ha llegado a decir (realismo jurídico) que la eficacia determina en último término la validez del derecho. Si falta cualquiera de esas dos notas, validez o eficacia, puede ser cualquier cosa, un programa moral, una invitación ética, un discurso político, pero no es derecho. El derecho o es eficaz o no es. El Derecho Internacional está en crisis (lo viejo no ha terminado de morir y lo nuevo no ha nacido aún) porque, si bien ese orden jurídico es válido, ha devenido ineficaz.. El acta de defunción de ese derecho internacional ha sido levantada en la última Conferencia Internacional de Múnich de febrero de este mismo 2026. ¿Cómo fundar entonces la deslegitimación de una intervención en un orden que está dejando de existir? Se dirá que ese algo, la legalidad internacional, está en crisis porque los EE UU han querido que así sea. Lo cual es una respuesta tuerta: está en crisis porque el sistema que nos dimos a partir de 1945 (casi un siglo ya) no soluciona problemas fundamentales de hoy. No soluciona la seguridad de los Estados, la libertad de los pueblos, la salvaguarda de los derechos humanos, el caos migratorio, la toma del poder estatal por el narcotráfico internacional o la lucha contra los Estados promotores del terrorismo, y sobre todo no es capaz de reordenar el mundo del siglo XXI. La globalización ha terminado con el Derecho Internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial (siempre ocurre: también la Europa del sistema Metternich feneció).. Hay sin embargo muchos políticos y analistas empeñados en reivindicar a toda costa la aplicación de un derecho que ha dejado de ser aceptado por sus destinatarios. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lejos de cumplir su función, se ha demostrado como el mejor mecanismo de bloqueo para que las tiranías se puedan perpetuar y las violaciones de los derechos humanos se multipliquen a lo largo y ancho del planeta. Es también la mayor salvaguardia para los llamados Estados gamberros. No es ya que los EE UU se hayan zafado del derecho internacional, es que el Consejo de Seguridad lo ha vaciado de eficacia, lo ha hecho imposible. Apelar hoy a esa legalidad internacional de bloqueo es tanto como apelar al blindaje de las tiranías.. Cuando uno se empeña en aplicar lo que ha dejado de ser eficaz, dando la espalda a las necesidades de la realidad, impide la solución de los problemas. Obcecarnos ahora en apelar a la legalidad internacional como fórmula para eliminar la tiranía es condenar a los iraníes a vivir y a morir en un inmenso campo de exterminio. La disyuntiva es esta: o acabamos con el régimen de los ayatolás o sacrificamos al pueblo de Irán. En otros términos: o los tiranos del mundo saben que el Derecho Internacional ha dejado de ser el valladar tras el cual pueden sentirse seguros, o las tiranías se perpetuarán y proliferarán. ¿Alguien puede creer aún en la eficacia de las sanciones, de los bloqueos, de las presiones políticas o económicas para tumbar un régimen como el de Teherán?. Esos viejos recursos destruyen a los pueblos tanto como fortalecen a sus tiranos. ¿Acaso no puede, no debe ser ayudado un pueblo que aspira justamente al tiranicidio de sus gobernantes mediante la intervención exterior de una potencia? Parece mentira que un país que dio al mundo la Escuela de Salamanca (Suárez, Vitoria, Molina, Soto) no sea ya capaz de alumbrar una sola idea al respecto. Es muy llamativo también que nadie reflexione sobre la teoría de la guerra justa (causa justa, recta intención, autoridad legítima, etc.). ¿No deberíamos ponernos en los zapatos de los perseguidos, de los torturados, de las víctimas de la represión? ¿«Arriba parias de la tierra…» salvo que lo que esté en riesgo sean los derechos humanos?. El internacionalismo de la izquierda siempre fue una artimaña para la toma violenta del poder en terceros Estados; hoy es además una completa hipocresía. No creo que haya mayor paria en la tierra que aquel que es privado de la libertad. ¿Debemos condenar a los iraníes al mismo abandono que a los cubanos? Que sufran, mejor, que sufran algunas décadas más mientras mecemos cómodamente nuestras aletargadas conciencias repartiendo pasquines o lanzando consignas en un plató de televisión…. Imaginemos a Luis XVI apelando a las leyes del Antiguo Régimen para evitar su caída. Sustituyamos al marido de María Antonieta por Pedro Sánchez clamando por un derecho internacional que, en lo que a la guerra se refiere, ha dejado de existir. El mundo vive una revolución que, como todas, se ha desencadenado después de un pertinaz bloqueo, como estalla el champán de una botella después del taponazo. Lo decisivo ahora no es levantar las pancartas; lo decisivo es acertar (y participar) en la construcción del orden que va a sustituir al actual desorden internacional. Eso dicta la razón de Estado.. Por eso ser desleal con los EE UU es no comprender lo que está pasando y es lo más grave y torpe que ha hecho nunca España en política internacional. Se puede compartir o no la decisión de Trump (que será inevitablemente la del resto de nuestros aliados), pero una cosa es esa y otra distinta es entrar como elefante en cacharrería para llamar la atención. Un poco de prudencia. La decisión de Pedro Sánchez nos conduce otra vez (Dios santo) a ser el enfermo de Europa, la anomalía de Occidente. Como se dijo de los absolutistas de 1830, España está bailando un minué sobre el volcán internacional.. El cismático Sánchez ha pretendido generar la primera gran crisis entre los aliados, como ya generó la primera gran crisis entre los españoles. No al Guerra… (Civil, antes que nada). ¿Cómo no iba a tener el Frente Popular su inevitable proyección en esta ruptura de la política internacional de España, en este intento de cisma?
La decisión del Gobierno español con respecto a Irán nos conduce otra vez a ser el enfermo de Europa, la anomalía de Occidente
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