«Algunos dicen que lo más hermoso sobre la negra tierra es una hueste de jinetes, otros que de infantes, otros que una flota de naves; mas yo digo que es aquello que uno ama». Así abre uno de los pocos poemas casi completos que conservamos de Safo, el «Fragmento 16». La voz que escribió esos versos vivió en la isla de Lesbos hace veintiséis siglos, y desde entonces ha llegado hasta nosotros en pedazos en forma de ostraca rotos, papiros chamuscados y citas dispersas en gramáticos y filósofos. Fue una poetisa de éxito, aunque ahora solo la escuchamos en susurros, a través de frases rotas.. Safo nació hacia el año 630 a.C., probablemente en Ereso, aunque pasó casi toda su vida en Mitilene, la principal ciudad de la isla. Pertenecía a la aristocracia eolia, en una época en que Lesbos era un nudo cultural entre la Grecia continental, las costas de Asia Menor y el comercio del Egeo. Su padre se llamaba Escamandrónimo. Se sabe que tuvo al menos dos hermanos, Caraxo y Larico, y una hija a la que llamó Cleis, como su madre. Estos pocos nombres son casi todo lo que las fuentes antiguas permiten reconstruir con cierta firmeza.. Al son de la lira. Compuso poesía lírica monódica, cantada al son de la lira, en dialecto eolio. Los filólogos de Alejandría reunieron sus versos en nueve libros, ordenados según los metros. De aquel corpus solo quedan fragmentos, trescientos y pico de líneas legibles frente a los miles que circularon en la Antigüedad. La pérdida no se debe, como a veces se afirma, a una destrucción cristiana deliberada, sino al lento abandono de los manuscritos durante la transición a Bizancio, cuando los textos en dialecto eolio dejaron de copiarse por considerarse oscuros, ya que no era el griego que se hablaba siglos después. Mientras Homero siguió siendo lectura escolar (copiado y traducido sin parar), Safo desapareció de los manuales bizantinos, y los pocos códices que aún la transmitían quedaron al margen de la cadena de copia.. Lo que sobrevive basta para entender por qué Platón la llamó «la décima Musa». En el «fragmento 31» describe el efecto físico del deseo —el sudor frío, la voz que se quiebra, los ojos que dejan de ver— y Catulo trasladó esa misma sensación al latín seis siglos después. El fragmento llegó hasta nosotros porque Pseudo-Longino lo citó entero en su tratado «Sobre lo sublime», como ejemplo del modo en que la enumeración de síntomas físicos puede sostener una emoción. La escena es sencilla. Una mujer mira a otra que conversa con un hombre, y reconoce en su propio cuerpo los signos del amor. Catulo, en su «poema 51», conservó la estructura, cambió el género del observado y firmó el resultado como suyo. La deuda nunca se ocultó.. Safo escribió para un círculo de mujeres jóvenes que se reunía en torno suyo. Cantó bodas, despedidas, devoción a Afrodita, celos, ternura, y que dirigió esos cantos a destinatarias concretas, llamándolas por su nombre: Atis, Anactoria, Gírinno, entre otras. La intensidad amorosa de muchos de esos poemas es inequívoca, y de ahí proviene el adjetivo que aún hoy nombra a las mujeres que aman a otras mujeres.. ‘Poema de los hermanos’. En 2014, un papiro adquirido por un coleccionista anónimo restituyó casi entero un poema en el que la poeta espera el regreso de Caraxo, embarcado en algún viaje comercial, mientras pide para Larico que llegue a la edad adulta. Caraxo, según Heródoto, había gastado una fortuna en Egipto rescatando a una cortesana llamada Rodopis. El hallazgo, llamado el «Poema de los hermanos», recordó que Safo también escribió sobre asuntos domésticos y sobre la inquietud de quien ve partir a los suyos.. Las fuentes antiguas mencionan que estuvo desterrada en Sicilia durante un periodo de luchas políticas en Mitilene, posiblemente bajo el tirano Pítaco. La fecha exacta del exilio, su duración y el momento de su regreso se desconocen. También se ignora cómo y cuándo murió. La leyenda del salto desde la roca de Léucade, por amor al joven Faón, es invención posterior, probablemente cómica.. Su presencia en la Antigüedad llegó al punto de que en Mitilene se acuñaron monedas con su rostro, y autores como Dioscórides y Antípatro de Sidón le dedicaron epigramas. Aristóteles la cita sin necesidad de explicar quién es. Para los griegos cultos, había dos referencias evidentes en el verso. Homero, llamado «el Poeta», y Safo, llamada simplemente «la Poetisa».. Veintiséis siglos después, lo que queda de su obra cabe en un cuaderno fino. Bastan, sin embargo, esos pocos fragmentos para que cada generación vuelva a traducirla, a discutirla, a citarla. Algunos prefieren las hazañas militares, otros las flotas, otros los ejércitos. Lo más hermoso sobre la negra tierra, escribió Safo, es aquello que uno ama. Y lo que el tiempo ha decidido amar de Lesbos, pese a todas las pérdidas, es su voz.
La pérdida de su obra no se debe, como a veces se afirma, a una destrucción cristiana deliberada, sino al lento abandono de los manuscritos durante la transición a Bizancio
«Algunos dicen que lo más hermoso sobre la negra tierra es una hueste de jinetes, otros que de infantes, otros que una flota de naves; mas yo digo que es aquello que uno ama». Así abre uno de los pocos poemas casi completos que conservamos de Safo, el «Fragmento 16». La voz que escribió esos versos vivió en la isla de Lesbos hace veintiséis siglos, y desde entonces ha llegado hasta nosotros en pedazos en forma de ostraca rotos, papiros chamuscados y citas dispersas en gramáticos y filósofos. Fue una poetisa de éxito, aunque ahora solo la escuchamos en susurros, a través de frases rotas.. Safo nació hacia el año 630 a.C., probablemente en Ereso, aunque pasó casi toda su vida en Mitilene, la principal ciudad de la isla. Pertenecía a la aristocracia eolia, en una época en que Lesbos era un nudo cultural entre la Grecia continental, las costas de Asia Menor y el comercio del Egeo. Su padre se llamaba Escamandrónimo. Se sabe que tuvo al menos dos hermanos, Caraxo y Larico, y una hija a la que llamó Cleis, como su madre. Estos pocos nombres son casi todo lo que las fuentes antiguas permiten reconstruir con cierta firmeza.. Al son de la lira. Compuso poesía lírica monódica, cantada al son de la lira, en dialecto eolio. Los filólogos de Alejandría reunieron sus versos en nueve libros, ordenados según los metros. De aquel corpus solo quedan fragmentos, trescientos y pico de líneas legibles frente a los miles que circularon en la Antigüedad. La pérdida no se debe, como a veces se afirma, a una destrucción cristiana deliberada, sino al lento abandono de los manuscritos durante la transición a Bizancio, cuando los textos en dialecto eolio dejaron de copiarse por considerarse oscuros, ya que no era el griego que se hablaba siglos después. Mientras Homero siguió siendo lectura escolar (copiado y traducido sin parar), Safo desapareció de los manuales bizantinos, y los pocos códices que aún la transmitían quedaron al margen de la cadena de copia.. Lo que sobrevive basta para entender por qué Platón la llamó «la décima Musa». En el «fragmento 31» describe el efecto físico del deseo —el sudor frío, la voz que se quiebra, los ojos que dejan de ver— y Catulo trasladó esa misma sensación al latín seis siglos después. El fragmento llegó hasta nosotros porque Pseudo-Longino lo citó entero en su tratado «Sobre lo sublime», como ejemplo del modo en que la enumeración de síntomas físicos puede sostener una emoción. La escena es sencilla. Una mujer mira a otra que conversa con un hombre, y reconoce en su propio cuerpo los signos del amor. Catulo, en su «poema 51», conservó la estructura, cambió el género del observado y firmó el resultado como suyo. La deuda nunca se ocultó.. Safo escribió para un círculo de mujeres jóvenes que se reunía en torno suyo. Cantó bodas, despedidas, devoción a Afrodita, celos, ternura, y que dirigió esos cantos a destinatarias concretas, llamándolas por su nombre: Atis, Anactoria, Gírinno, entre otras. La intensidad amorosa de muchos de esos poemas es inequívoca, y de ahí proviene el adjetivo que aún hoy nombra a las mujeres que aman a otras mujeres.. ‘Poema de los hermanos’. En 2014, un papiro adquirido por un coleccionista anónimo restituyó casi entero un poema en el que la poeta espera el regreso de Caraxo, embarcado en algún viaje comercial, mientras pide para Larico que llegue a la edad adulta. Caraxo, según Heródoto, había gastado una fortuna en Egipto rescatando a una cortesana llamada Rodopis. El hallazgo, llamado el «Poema de los hermanos», recordó que Safo también escribió sobre asuntos domésticos y sobre la inquietud de quien ve partir a los suyos.. Las fuentes antiguas mencionan que estuvo desterrada en Sicilia durante un periodo de luchas políticas en Mitilene, posiblemente bajo el tirano Pítaco. La fecha exacta del exilio, su duración y el momento de su regreso se desconocen. También se ignora cómo y cuándo murió. La leyenda del salto desde la roca de Léucade, por amor al joven Faón, es invención posterior, probablemente cómica.. Su presencia en la Antigüedad llegó al punto de que en Mitilene se acuñaron monedas con su rostro, y autores como Dioscórides y Antípatro de Sidón le dedicaron epigramas. Aristóteles la cita sin necesidad de explicar quién es. Para los griegos cultos, había dos referencias evidentes en el verso. Homero, llamado «el Poeta», y Safo, llamada simplemente «la Poetisa».. Veintiséis siglos después, lo que queda de su obra cabe en un cuaderno fino. Bastan, sin embargo, esos pocos fragmentos para que cada generación vuelva a traducirla, a discutirla, a citarla. Algunos prefieren las hazañas militares, otros las flotas, otros los ejércitos. Lo más hermoso sobre la negra tierra, escribió Safo, es aquello que uno ama. Y lo que el tiempo ha decidido amar de Lesbos, pese a todas las pérdidas, es su voz.
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