La verdad solo tiene un camino. Y la de Román fue apabullante.. «Gallarete» fue un toro de Victorino Martín que no estaba al alcance de cualquiera. Sí al de Román. Un torero dispuesto a jugarse la vida en honor del toreo, de su profesión, de su vocación y de su pasión. Suya y nuestra, pero solo al alcance de quien ama esto de tal manera que es capaz de poner su vida al servicio de esta locura. Eso fue con exactitud lo que hizo Román. Exponerse desde el minuto uno. Desde la distancia. Confiar en que el toro iba a pasar y llevarlo siempre un poco más allá. Con seguridad, aplomo, fe y, sobre todo, querer. Querer siempre. La faena fue una acumulación de sensaciones. Una explosión de emociones. Porque no era fácil estar delante y porque su honestidad resulta implacable. Y eso llega. De esa manera. Por eso lo disfrutamos tanto. El toro fue en la muleta exigente. Le faltó algo de humillación, pero pasó con alegría y con casta. Mucho más corto e incierto por el izquierdo, aunque también ahí se puso Román sin renunciar a enseñarnos todas las pluralidades del animal. Midió los tiempos a la perfección y, después de irse a por la espada, dejó la mejor tanda de la faena, desprendiéndose de ella. Al natural con la derecha, por donde había fundamentado gran parte de la labor, siempre en el abismo, capaz de asomarse a él y disfrutarlo. Ejecutó la suerte de matar recibiendo. La espada cayó algo perpendicular, pero resultó suficiente. La petición fue un clamor y el presidente concedió los dos trofeos. Si alguien merece algo en esta profesión es Román. Por la trayectoria que arrastra este torero. Un auténtico canto a la honestidad del toreo.. Victorino regresaba a Madrid, ya casi en el final de San Isidro. Y Morenito de Aranda abría un cartel que despertaba expectación. Con esta casa nunca tenemos claro qué puede pasar. Y es el gozo de lo imprevisible lo que nos sigue llevando a una plaza de toros. El primero marcó la esencia de Victorino, dejando pronto las señas de identidad de sus embestidas por dentro. Por el izquierdo, desde el principio, anunció que no quería pasar sin más; humillaba, pero por dentro. Por el derecho fue tragando Jesús, aunque aun así se reconocían sus prontitudes y su condición. Morenito fue construyendo la faena dentro de lo que el toro permitía. Enseñó al toro y resolvió, que no era poco. Tuvo miga el cuarto de Victorino: no te podías fiar de él, pesaba por dentro, pero tenía cosas buenas. Morenito dejó una faena irregular, con momentos de buen trazo, aunque sin llegar a encontrarle del todo las vueltas al toro, y falló con la espada, que cayó baja.. Descaradísimo de pitones fue el segundo victorino. Una barbaridad de leña tenía por delante. Mostró movilidad, aunque sin entrega. Fernando Adrián planteó la faena con urgencia y este toro penaliza cada milímetro. No era toro para estar a gusto. Cuando se templó más el trazo del muletazo tuvo más duración aunque no llegaron a acoplarse. Se quedaba siempre por los pies, exigiendo colocación, pulso y capacidad para dar continuidad al pase. El quinto tuvo la casta necesaria para seguir las telas de Adrián. Sin embargo, el torero buscó más el lucimiento que la estructura de una faena. Cuando trató de reconducirla, recurrió a las cercanías, terreno en el que el toro ya no ofrecía opciones. La labor terminó diluyéndose en la nada.. El sexto llegó a la muleta desentendido. Iba y venía y salía sin humillación. Román lo enseñó y finiquitó para irse, por fin, camino de la calle de Alcalá. Hay salidas a hombros que son felicidad muy compartida. Esta es una de ellas.. Ficha del festejo. Las Ventas. Vigésima sexta de San Isidro. Lleno de «No hay billetes». Toros de Victorino Martín, El 1º, complicado; 2º, movilidad y corta arrancada; 3º, encastado; 4º, encastado, orientado y duro; 5º, encastado, con movilidad y repetición; 6º, desentendido.. Morenito de Aranda, de nazareno y oro, media tendida, aviso, dos descabellos (palmas); estocada defectuosa (silencio).. Fernando Adrián, de verde y oro, estocada delantera (silencio); pinchazo, estocada, aviso, dos descabellos (silencio).. Román, de azul y oro, estocada (dos orejas); cuatro pinchazos, pinchazo hondo, descabello (silencio).
El valenciano cortó los dos trofeos del tercer toro de Victorino Martín en Las Ventas
La verdad solo tiene un camino. Y la de Román fue apabullante.. «Gallarete» fue un toro de Victorino Martín que no estaba al alcance de cualquiera. Sí al de Román. Un torero dispuesto a jugarse la vida en honor del toreo, de su profesión, de su vocación y de su pasión. Suya y nuestra, pero solo al alcance de quien ama esto de tal manera que es capaz de poner su vida al servicio de esta locura. Eso fue con exactitud lo que hizo Román. Exponerse desde el minuto uno. Desde la distancia. Confiar en que el toro iba a pasar y llevarlo siempre un poco más allá. Con seguridad, aplomo, fe y, sobre todo, querer. Querer siempre. La faena fue una acumulación de sensaciones. Una explosión de emociones. Porque no era fácil estar delante y porque su honestidad resulta implacable. Y eso llega. De esa manera. Por eso lo disfrutamos tanto. El toro fue en la muleta exigente. Le faltó algo de humillación, pero pasó con alegría y con casta. Mucho más corto e incierto por el izquierdo, aunque también ahí se puso Román sin renunciar a enseñarnos todas las pluralidades del animal. Midió los tiempos a la perfección y, después de irse a por la espada, dejó la mejor tanda de la faena, desprendiéndose de ella. Al natural con la derecha, por donde había fundamentado gran parte de la labor, siempre en el abismo, capaz de asomarse a él y disfrutarlo. Ejecutó la suerte de matar recibiendo. La espada cayó algo perpendicular, pero resultó suficiente. La petición fue un clamor y el presidente concedió los dos trofeos. Si alguien merece algo en esta profesión es Román. Por la trayectoria que arrastra este torero. Un auténtico canto a la honestidad del toreo.. Victorino regresaba a Madrid, ya casi en el final de San Isidro. Y Morenito de Aranda abría un cartel que despertaba expectación. Con esta casa nunca tenemos claro qué puede pasar. Y es el gozo de lo imprevisible lo que nos sigue llevando a una plaza de toros. El primero marcó la esencia de Victorino, dejando pronto las señas de identidad de sus embestidas por dentro. Por el izquierdo, desde el principio, anunció que no quería pasar sin más; humillaba, pero por dentro. Por el derecho fue tragando Jesús, aunque aun así se reconocían sus prontitudes y su condición. Morenito fue construyendo la faena dentro de lo que el toro permitía. Enseñó al toro y resolvió, que no era poco. Tuvo miga el cuarto de Victorino: no te podías fiar de él, pesaba por dentro, pero tenía cosas buenas. Morenito dejó una faena irregular, con momentos de buen trazo, aunque sin llegar a encontrarle del todo las vueltas al toro, y falló con la espada, que cayó baja.. Descaradísimo de pitones fue el segundo victorino. Una barbaridad de leña tenía por delante. Mostró movilidad, aunque sin entrega. Fernando Adrián planteó la faena con urgencia y este toro penaliza cada milímetro. No era toro para estar a gusto. Cuando se templó más el trazo del muletazo tuvo más duración aunque no llegaron a acoplarse. Se quedaba siempre por los pies, exigiendo colocación, pulso y capacidad para dar continuidad al pase. El quinto tuvo la casta necesaria para seguir las telas de Adrián. Sin embargo, el torero buscó más el lucimiento que la estructura de una faena. Cuando trató de reconducirla, recurrió a las cercanías, terreno en el que el toro ya no ofrecía opciones. La labor terminó diluyéndose en la nada.. El sexto llegó a la muleta desentendido. Iba y venía y salía sin humillación. Román lo enseñó y finiquitó para irse, por fin, camino de la calle de Alcalá. Hay salidas a hombros que son felicidad muy compartida. Esta es una de ellas.. Las Ventas. Vigésima sexta de San Isidro. Lleno de «No hay billetes». Toros de Victorino Martín, El 1º, complicado; 2º, movilidad y corta arrancada; 3º, encastado; 4º, encastado, orientado y duro; 5º, encastado, con movilidad y repetición; 6º, desentendido.. Morenito de Aranda, de nazareno y oro, media tendida, aviso, dos descabellos (palmas); estocada defectuosa (silencio).. Fernando Adrián, de verde y oro, estocada delantera (silencio); pinchazo, estocada, aviso, dos descabellos (silencio).. Román, de azul y oro, estocada (dos orejas); cuatro pinchazos, pinchazo hondo, descabello (silencio).
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