Cuando escribí mi primer libro, Cómo hacerse el sueco en los negocios con éxito, investigué sobre las dimensiones que definen las distintas culturas que nos rodean. Entre todas ellas encontré una que me llamo mucho la atención. Se trataba de la dimensión Universalismo-Particularismo. Una cultura particularista es aquella en la que el individuo hace primar las relaciones a las normas. En este sentido acepta que haya excepciones particulares a las normas. Por ejemplo, pensemos que un amigo nuestro con el que vamos en el coche tiene un accidente con un segundo vehículo a 50 por hora, siendo el límite de velocidad de 30. Viene la policía y nos pregunta a qué velocidad iba conduciendo. En una cultura particularista, no se declarará nunca en contra del amigo y posiblemente la persona interrogada afirme que iban a 30 por hora. Así en estas culturas se cree que si la norma no nos vale en una situación por interés personal, pues en fin, se puede ignorar la norma. Prima el interés individual. En la cultura universalista el individuo cree que lo que es válido para uno es válido para todos, siempre. No hay excepciones y de hecho el pedir una excepción incluso se cree una hasta cierto punto una ofensa. El extremo de este tipo de culturas desde mi punto de vista es posiblemente Suecia. Simplemente no se permiten excepciones a lo que socialmente se considera como aceptable para todos. En el caso anterior del accidente, el acompañante declarará sin dudarlo que creía que iban por encima del límite.Seguir leyendo
¿Se imaginan el impacto cultural en todos nosotros si ante la evidencia de una mentira por parte de un representante público éste dimitiera?
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