En un reciente ensayo publicado en The Jerusalem Strategic Tribune, Reuf Bajrović y Richard Kraemer sostenían que Estados Unidos sigue necesitando a Europa. Su argumento merece ser escuchado tanto en Madrid como en Washington. La alianza transatlántica ya no trata únicamente de la defensa del territorio europeo. Trata de preservar un equilibrio de poder en un mundo en el que los adversarios de Occidente coordinan cada vez más sus acciones a través de regiones, teatros militares y frentes ideológicos.Rusia, China e Irán no necesitan una alianza formal para actuar en concierto estratégico. Se apoyan mutuamente, explotan las divisiones occidentales, ponen a prueba la determinación estadounidense y comprenden que el poder, hoy, no es solo militar, sino también diplomático, industrial, tecnológico y psicológico. El del mundo democrático. Pero la indispensabilidad no debe confundirse con la soledad. La fuerza estadounidense se multiplica cuando está anclada en aliados, bases, cooperación de inteligencia, legitimidad e historia compartida.Un aliado de la OTANPor eso Europa sigue siendo importante para Washington. La OTAN no es una concesión hecha a Europa. Es uno de los instrumentos más eficaces de la estrategia estadounidense. Extiende el alcance de Estados Unidos, da permanencia a sus compromisos y transforma valores compartidos en poder operativo. Pero para entender Europa, Washington debe mirar más allá de Bruselas y más allá del ciclo político de cada momento. Europa está hecha de Estados, historias, memorias nacionales e instituciones que encarnan continuidad. Pocos países ilustran mejor esta realidad que España.España no es simplemente el Gobierno de turno. Es una nación histórica, una monarquía constitucional, un aliado de la OTAN, una potencia mediterránea y atlántica, y el puente natural de Europa hacia América Latina. Sus gobiernos son elegidos democráticamente, y su legitimidad debe ser respetada. Pero los gobiernos cambian. Las coaliciones se desplazan. Los dirigentes políticos pueden responder a presiones inmediatas o a tentaciones populistas. El Estado, sin embargo, debe permanecer.España es una democracia de gobiernos elegidos, pero es también un Estado con memoria. Los gobiernos pasan; la nación permanece. En esa arquitectura, la Corona encarna la continuidad: no como actor político, sino como la institución que recuerda a España y a sus aliados que ciertos compromisos deben sobrevivir a la mayoría del día.Credibilidad internacionalEl rey Juan Carlos I entendió esto con una claridad histórica excepcional. Su papel en la España moderna no puede reducirse al ceremonial. Fue una de las figuras centrales de la transición de la dictadura a la democracia, y uno de los artífices del regreso de España al mundo occidental. Tras décadas de aislamiento, España necesitaba no solo elecciones e instituciones, sino también credibilidad internacional. Juan Carlos dio a la España democrática un rost
En un reciente ensayo publicado en The Jerusalem Strategic Tribune, Reuf Bajrović y Richard Kraemer sostenían que Estados Unidos sigue necesitando a Europa. Su argumento merece ser escuchado tanto en Madrid como en Washington. La alianza transatlántica ya no trata únicamente de la defensa del territorio europeo. Trata de preservar un equilibrio de poder en un mundo en el que los adversarios de Occidente coordinan cada vez más sus acciones a través de regiones, teatros militares y frentes ideológicos. Rusia, China e Irán no necesitan una alianza formal para actuar en concierto estratégico. Se apoyan mutuamente, explotan las divisiones occidentales, ponen a prueba la determinación estadounidense y comprenden que el poder, hoy, no es solo militar, sino también diplomático, industrial, tecnológico y psicológico. El del mundo democrático. Pero la indispensabilidad no debe confundirse con la soledad. La fuerza estadounidense se multiplica cuando está anclada en aliados, bases, cooperación de inteligencia, legitimidad e historia compartida. Un aliado de la OTAN Por eso Europa sigue siendo importante para Washington. La OTAN no es una concesión hecha a Europa. Es uno de los instrumentos más eficaces de la estrategia estadounidense. Extiende el alcance de Estados Unidos, da permanencia a sus compromisos y transforma valores compartidos en poder operativo. Pero para entender Europa, Washington debe mirar más allá de Bruselas y más allá del ciclo político de cada momento. Europa está hecha de Estados, historias, memorias nacionales e instituciones que encarnan continuidad. Pocos países ilustran mejor esta realidad que España. España no es simplemente el Gobierno de turno. Es una nación histórica, una monarquía constitucional, un aliado de la OTAN, una potencia mediterránea y atlántica, y el puente natural de Europa hacia América Latina. Sus gobiernos son elegidos democráticamente, y su legitimidad debe ser respetada. Pero los gobiernos cambian. Las coaliciones se desplazan. Los dirigentes políticos pueden responder a presiones inmediatas o a tentaciones populistas. El Estado, sin embargo, debe permanecer. España es una democracia de gobiernos elegidos, pero es también un Estado con memoria. Los gobiernos pasan; la nación permanece. En esa arquitectura, la Corona encarna la continuidad: no como actor político, sino como la institución que recuerda a España y a sus aliados que ciertos compromisos deben sobrevivir a la mayoría del día. Credibilidad internacional El rey Juan Carlos I entendió esto con una claridad histórica excepcional. Su papel en la España moderna no puede reducirse al ceremonial. Fue una de las figuras centrales de la transición de la dictadura a la democracia, y uno de los artífices del regreso de España al mundo occidental. Tras décadas de aislamiento, España necesitaba no solo elecciones e instituciones, sino también credibilidad internacional. Juan Carlos dio a la España democrática
Los gobiernos españoles pasan, pero la nación permanece. Dentro de esa arquitectura, la monarquía encarna la continuidad
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