Un psicólogo, algún trabajo artístico o la escritura de un diario son, por lo general, las opciones que están más a la mano para tramitar los dolores inherentes a la vida humana. Pablo Navarrete (Cali, 32 años) ha encontrado que la literatura cumple para él todas las funciones: un poco de psicólogo, mucho de arte y casi siempre de diario. Tras una indagación sobre la muerte trágica de uno de sus bisabuelos y el golpe de la muerte de su abuela paterna, decidió montarse en el barco de la literatura para navegar las aguas caóticas de la memoria, el duelo, el dolor y el amor. El resultado de ese viaje ―un viaje hacia adentro― quedó consignado en El relojero de la catedral (Mediapluma editorial), su primera novela, que presenta el 24 de abril y el 2 de mayo en la Feria del Libro de Bogotá.. Seguir leyendo
El autor caleño presenta en la Feria del Libro de Bogotá la novela ‘El relojero de la catedral’, un libro en el que desentraña los dolores heredados en su propia familia y transita el duelo por la muerte de su abuela
Un psicólogo, algún trabajo artístico o la escritura de un diario son, por lo general, las opciones que están más a la mano para tramitar los dolores que van con la vida humana. Pablo Navarrete (Cali, 32 años) ha encontrado que la literatura cumple para él todas las funciones: un poco de psicólogo, mucho de arte y casi siempre de diario. Tras una indagación sobre la muerte trágica de uno de sus bisabuelos y el golpe de la muerte de su abuela paterna, decidió montarse en el barco de la literatura para navegar las aguas caóticas de la memoria, el duelo, el dolor y el amor. El resultado de su viaje hacia adentro quedó consignado en El relojero de la catedral (Mediapluma editorial), su primera novela, que presenta el 24 de abril y el 2 de mayo en la Feria del Libro de Bogotá.. El relojero de la catedral es el resultado de búsquedas, exploraciones y dolores. Pero es, ante todo, un intento de reconciliarse con alguien que ya no está: su abuela Mercedes, por quien profesa un amor profundo, sin restarle la condición humana que la convertía en una persona a veces cruel y dura, a veces dulce y luminosa. A partir de eso, se desarrolla un viaje por varias generaciones de personas de su familia definidas por el autor como gente con corazones rotos. Su novela, además de exponer los dolores heredados, es, según Navarrete, una manera de entregarle a su abuela un pedazo de su propio corazón roto.. Navarrete se sienta a la mesa del comedor de la casa de uno de sus tíos, en el barrio La Soledad, en Bogotá. Al alcance de su mano, un vaso de vino blanco. En aquella pared, los retratos de Elías Rodríguez y Mercedes Quintana, sus tatarabuelos; a un lado, el armario de madera de Joaquín Rodríguez, su bisabuelo el relojero; más allá, un asiento que perteneció a Elizabeth, su bisabuela. En este lugar se vuelven aún más palpables las vidas de todos aquellos personajes dotados de rasgos y gestos que al inicio de la lectura del libro parecen confundirse, pero luego toman, cada uno, el lugar que les corresponde.. El escritor Pablo Navarrete presenta su novela ‘El relojero de la catedral’.ESTEBAN VEGA LA-ROTTA. En principio, El relojero de la catedral parece contar la historia del bisabuelo Joaquín, quien en vida veló por que el reloj de la torre norte de la Catedral de Bogotá funcionara con la precisión debida. Pero pronto el lector descubre que el título es un recipiente muy pequeño para quien empieza a emerger como el eje central del relato: la abuela Mercedes, el sol que ilumina el universo de la novela y a los demás familiares, que surgen como planetas que orbitan a su alrededor. Y entre ellos, su padre, el relojero, un hombre que se debate entre la melancolía y la tristeza de saberse víctima del tiempo que pasa. Ese personaje, encargado en vida de ajustar el reloj de la catedral, en la novela es quien marca el pulso del relato. “Es el relojero de la novela”, dice el autor.. El tiempo, no obstante, no se queda solo como un personaje silente dentro del relato, sino que determina también su propia forma. Así, la novela está construida en mayor medida con capítulos muy breves, como pequeñas estampas, cortadas de tajo por ese mismo maestro rector de la novela y de la vida. “Eso también es muy simbólico, que los tiempos estén fragmentados, que no sea lineal sino por escenas. Finalmente, en la familia el tiempo ha sido algo que corta, que de alguna manera apuñala de manera injusta y dolorosa”, explica. Ese mismo tiempo, que en el contexto familiar se vive de una manera, se teje en el relato con la historia del país: la Guerra de los Mil Días, a principios del siglo XIX, o las asonadas del Bogotazo, en abril de 1948, pero también con la evolución de una Bogotá rural a una metrópoli, con la pobreza y la riqueza, con la idiosincrasia particular de la gente que la ha habitado.. Tras seis años de trabajo, El relojero de la catedral, el regalo final de Navarrete a Mercedes, lo lleva a una conclusión: “Yo cuento una historia por redimirme con mi abuela y por intentar redimir su lugar en mi vida. Entender que, si ella de alguna manera me produjo dolor, ese dolor tenía un origen, un lugar en su mundo”. En un tono prosaico, Navarrete define su proceso de escritura como “desmetaforizar la mierda que llevamos adentro y convertirla en novela”. Y, en el fondo, otorgarle a su abuela una cualidad humana, con luces y sombras: “Contarlo es una forma también de expiar mi dolor, de exorcizarme a mí mismo”.. Navarrete lleva años en el mundo de los libros. Es el autor de obras como Nina Pizarro, la pirata blanca o Plegarias del pueblo muerto: El Aro. También es coautor de Manual de periodismo universitario en camino a la paz y la reconciliación (2017) de La paz no se rinde. Crónicas y memorias de los acuerdos de La Habana (2018) o de Lo que la guerra se llevó. Veinte voces que retratan medio siglo de conflicto en Colombia (2018). Pero para escribir El relojero de la catedral, el periodismo, el oficio en el que se formó, le fue insuficiente: “Me decido por la literatura por una situación profundamente dolorosa mía, y es la muerte de mi abuela. Eso me lleva a un dolor que no se podía resolver con el periodismo”.. El periodismo, explica el autor, otorga herramientas para contar la realidad desde algún punto de vista. Sin embargo, es la literatura la que le dio más posibilidades para narrar esta historia: “La oportunidad de profundizar en la dimensión humana de los personajes, en su dimensión afectiva”. Pero también, por ejemplo, le permite llenar pequeñas grietas que no pudo cubrir con los diálogos que tuvo con su abuela en vida y con otros familiares cuyos relatos fueron materia prima del libro. Y por ese camino, gana una relevancia casi terapéutica para el autor: “La literatura te ayuda a coserte con tus propias manos, con tus propias herramientas, con tus propias ideas”, agrega.. —Es, en el fondo, un ejercicio de sinceridad absoluta con uno mismo…. —Exactamente. Es una forma, repito, de cambiarse a uno mismo, de transformarse, de aceptar que uno también ha sido mierda y que también la ha cagado. Y de aceptar que, finalmente, lo que uno es tiene un origen. Y que escucharse a uno mismo es absolutamente necesario para poder darle forma al dolor propio.
