Apoco que peinen canas –y a mí empieza a asomarme alguna por los parietales, al punto de que dice mi tía-abuela que me estoy poniendo «interesante»– y que hayan visto al menos cuatro papas en su sede vaticana, sentirán nostalgia por los cines de verano, esas salas en peligro de extinción –los cursis modernos hoy las llamarían «refugios climáticos culturales»– con sillas incómodas, olor a plancha o a fritanga, películas reestrenadas dos años después de su estreno, rebequita o chamarreta para cuando hacía frío en agosto y teníamos que dormir –ay– tapados, niños correteando y marujas –con perdón– cotorreando. Todo, claro, bajo el titilar de las estrellas por techo.. Me han venido a la mente los recuerdos estivales de la infancia, cuando pasábamos julio y agosto en la Vega de Granada, en el campo, y mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí, junto a mis primas las de Barcelona, al cine de verano de Los Vergeles –que hoy es un Mercadona–, en el Zaidín, a uno que había en Ogíjares y a otro que estaba en La Zubia. A este último nos invitaba Javi Falcón, primo político de mi progenitor y epítome de la malafollá granaína, ya que la sala al aire libre era propiedad de su familia. Evoco perfectamente el olor y el sabor de las hamburguesas que nos tomábamos en el preceptivo descanso de la película –que venía a durar poco más que una pausa de hidratación del Mundial–, ya fuese «Gladiator» o, yo qué sé, «Los padres de ella».. Y digo que estos recuerdos me han venido a la mente al saber que esta noche, la del jueves 25 de junio, comienza la temporada 2026 el cine de verano más antiguo de España en activo, el Coliseo San Andrés de Córdoba, que abrió sus puertas hace 91 años, en el estío de 1935, proyectando la película «Sor Angélica» (1934), dirigida por Francisco Gargallo. Casi un siglo después, la apuesta de esta sala cinematográfica para inaugurar el periodo estival es nada menos que «Torrente, presidente» –adelantándose así unas horas a Netflix donde se estrena mañana, viernes–, la más reciente película de la políticamente incorrecta saga de Santiago Segura, que ha sido un gran taquillazo esta primavera. ¿El precio de la entrada? Sólo cinco euritos.. La pena es que el Coliseo de San Andrés será este año el único cine de verano disponible en la capital califal, ya que ni los cines Fuenseca, Olimpia ni Delicias pueden abrir sus puertas por la conjunción de diversos factores, como el mayor coste del mantenimiento, las pérdidas acumuladas o la feroz competencia del streaming. ¿Quién puede mantener hoy una sala en el centro de la ciudad? Lo mismo pasó en mi ciudad, en Cádiz, pero hace ya bastante tiempo, con las últimas salas cinematográficas al aire libre que quedaban en pie: ni los de la Avenida, ni Brunete, ni siquiera el mítico cine Caleta resistieron a los nuevos tiempos de aire acondicionado, soledad, 4K, butacones de lujo, entradas a 16 euros y piscinas de palomitas. Me viene así a la mente la canción que le dedicó el portuense Javier Ruibal al cine de verano de su infancia, el Macario, que echó el cierre en 2002: «No sé si la culpa fue del videoclub, un corte de luz o un impago bancario. El caso es que un día pasé por allí, un visto y no visto y no estaba el Macario».
Esta noche comienza la temporada la sala estival más antiguo de España, el Coliseo San Andrés de Córdoba, que abrió sus puertas hace 91 años
Apoco que peinen canas –y a mí empieza a asomarme alguna por los parietales, al punto de que dice mi tía-abuela que me estoy poniendo «interesante»– y que hayan visto al menos cuatro papas en su sede vaticana, sentirán nostalgia por los cines de verano, esas salas en peligro de extinción –los cursis modernos hoy las llamarían «refugios climáticos culturales»– con sillas incómodas, olor a plancha o a fritanga, películas reestrenadas dos años después de su estreno, rebequita o chamarreta para cuando hacía frío en agosto y teníamos que dormir –ay– tapados, niños correteando y marujas –con perdón– cotorreando. Todo, claro, bajo el titilar de las estrellas por techo.. Me han venido a la mente los recuerdos estivales de la infancia, cuando pasábamos julio y agosto en la Vega de Granada, en el campo, y mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí, junto a mis primas las de Barcelona, al cine de verano de Los Vergeles –que hoy es un Mercadona–, en el Zaidín, a uno que había en Ogíjares y a otro que estaba en La Zubia. A este último nos invitaba Javi Falcón, primo político de mi progenitor y epítome de la malafollá granaína, ya que la sala al aire libre era propiedad de su familia. Evoco perfectamente el olor y el sabor de las hamburguesas que nos tomábamos en el preceptivo descanso de la película –que venía a durar poco más que una pausa de hidratación del Mundial–, ya fuese «Gladiator» o, yo qué sé, «Los padres de ella».. Y digo que estos recuerdos me han venido a la mente al saber que esta noche, la del jueves 25 de junio, comienza la temporada 2026 el cine de verano más antiguo de España en activo, el Coliseo San Andrés de Córdoba, que abrió sus puertas hace 91 años, en el estío de 1935, proyectando la película «Sor Angélica» (1934), dirigida por Francisco Gargallo. Casi un siglo después, la apuesta de esta sala cinematográfica para inaugurar el periodo estival es nada menos que «Torrente, presidente» –adelantándose así unas horas a Netflix donde se estrena mañana, viernes–, la más reciente película de la políticamente incorrecta saga de Santiago Segura, que ha sido un gran taquillazo esta primavera. ¿El precio de la entrada? Sólo cinco euritos.. La pena es que el Coliseo de San Andrés será este año el único cine de verano disponible en la capital califal, ya que ni los cines Fuenseca, Olimpia ni Delicias pueden abrir sus puertas por la conjunción de diversos factores, como el mayor coste del mantenimiento, las pérdidas acumuladas o la feroz competencia del streaming. ¿Quién puede mantener hoy una sala en el centro de la ciudad? Lo mismo pasó en mi ciudad, en Cádiz, pero hace ya bastante tiempo, con las últimas salas cinematográficas al aire libre que quedaban en pie: ni los de la Avenida, ni Brunete, ni siquiera el mítico cine Caleta resistieron a los nuevos tiempos de aire acondicionado, soledad, 4K, butacones de lujo, entradas a 16 euros y piscinas de palomitas. Me viene así a la mente la canción que le dedicó el portuense Javier Ruibal al cine de verano de su infancia, el Macario, que echó el cierre en 2002: «No sé si la culpa fue del videoclub, un corte de luz o un impago bancario. El caso es que un día pasé por allí, un visto y no visto y no estaba el Macario».
Noticias de cultura en La Razón
