Granada, un día de junio por la tarde, es lo más parecido a una sartén. El tiempo parece haberse parado porque no hay nadie por las calles que quiera pasear sin sombra con 44 grados encima como un látigo. El Carmen de la Victoria, en el popular barrio del Albaicín, parece un remanso de paz entre flora y agua, con unas impagables vistas a la Alhambra. Es allí donde la escritora canadiense Margaret Atwood atendió a este diario 24 horas antes de que fuera distinguida como doctora honoris causa por parte de la Universidad de Granada. Atwood no puede disimular su felicidad por ello.. ¿Qué representa para usted un reconocimiento como el que se le entrega en Granada?. Es algo maravilloso, porque nunca he estado en Granada, aunque siempre he querido ir. He visitado otros lugares de España, pero nunca había llegado tan al sur. Así que puede imaginarse que es una gran ilusión. Y mañana será algo especial, estoy deseando que llegue. Creo que tendremos que vestirnos con toga académica, ¿verdad? Así es. Será interesante.. Granada es la ciudad de Federico García Lorca. ¿Cree que hay similitudes entre el universo femenino de Lorca, especialmente el de «La casa de Bernarda Alba», y el suyo, en concreto el de la novela «El cuento de la criada»?. La verdad es que no muchas. Él escribía sobre una España que ya había desaparecido. Quizá la única de mis novelas que podría tener algún punto en común con su obra sea «Alias Grace», porque también retrata una sociedad cerrada y limitada para las mujeres. Podría recordar un poco a «El cuento de la criada», con esa atmósfera claustrofóbica y de horizontes muy estrechos que él describía. Pero, en general, no veo demasiados paralelismos.. Hablemos de otro poeta, Rainer Maria Rilke, quien aseguraba que «la poesía es el pasado que irrumpe en nuestros corazones». ¿Comparte su punto de vista?. Es que Rilke es un poeta al que siempre he tenido mucho aprecio. Leí mucha de su poesía y además puedo leer alemán hasta cierto punto. Es un poeta fundamental del modernismo y ha escrito algunos poemas de una belleza extraordinaria. Creo que es uno de los poetas más importantes de la modernidad, y su obra me parece aún más excepcional si cabe.. En su obra de memorias, «Libro de mis vidas», su madre, cuando usted le dijo que quería ser escritora, le preguntó que cómo pensaba ganarse la vida. ¿Qué cree que le diría hoy a su hija, o qué le diría una madre a una hija en la actualidad si le cuenta que quiere dedicarse a la literatura?. Es verdad. Es algo que cuento en mis memorias. (Risas) Probablemente diría lo mismo ante una situación muy parecida.. Siento curiosidad por un libro titulado «The Gift», de Lewis Hyde. Usted lo recomienda a jóvenes escritores. ¿Podría explicarnos de qué trata?. Es el único libro que regalo a escritores noveles. No trata sobre escritura, sino sobre el intercambio de dones y en qué se diferencia del intercambio comercial. Si te doy un regalo, me debes algo a mí o le debes algo al mundo: debes hacer que ese don siga su curso. En cambio, si te compro un coche, ahí acaba la transacción: dinero a cambio de un vehículo. Pero los dones viajan, y de eso trata ese libro. El autor se preguntó por qué los poetas nunca son ricos, y de ahí surgió la reflexión. Con el arte ocurre que nace en el ámbito del don. Llamamos «dotadas» a las personas porque entendemos que su talento les llega de algún sitio: a veces de otros poetas, a veces de poetas muertos. Luego trabajan con ese don y lo transmiten, normalmente a otros poetas o al lector perfecto.. ¿Y cómo concibe esa transmisión?. El poema es como un mensaje en una botella que arrojas al mar. A veces se hunde y nunca se vuelve a saber de él. Otras llega a la orilla, alguien lo encuentra, abre la botella, pero no puede leer el mensaje porque está en otro idioma. Llega otra persona, lo lee, pero no le gusta. Y entonces aparece una tercera, como en un cuento de hadas, que lee el mensaje y dice: «Esto es para mí». En ese momento, el poema vuelve a convertirse en un don. Quienes aprecian tu obra nunca te dicen aquello de que «tu libro debería costar veinte en lugar de veinticinco euros». No. Lo que dicen es simplemente «gracias». Y «gracias» es la respuesta más mínima que puedes dar a un regalo. Sabes que es un don cuando la persona te da las gracias. Pero la relación no es entre el lector y el escritor, sino entre el poema y el lector. Lo esencial es que los dones deben viajar.. Tengo una hija pequeña que sueña con ser escritora. ¿Le recomendaría dedicarse a lo mismo que usted?. La dejaría hacer lo que quiera. Ahora quizá quieren ser escritoras porque nos ven, pero más adelante igual quieren ser bomberas. Nunca se sabe. Cuando son pequeñas no tiene sentido decirles que no pueden hacer algo.. Usted es un caso especial en el mundo de las letras porque es muy conocida, hasta el punto de que su cara aparece en la portada de algunos de sus libros. ¿Cómo lleva la popularidad?. Bueno, yo soy canadiense, que es distinto a ser estadounidense. Los estadounidenses idolatran la fama; los canadienses la consideran de mal gusto. Cuando estoy trabajando en mi jardín y pasa gente, no me dicen: «Me encanta su obra literaria», sino: «Qué bonito jardín». Es mucho más fácil ser famosa en Canadá que en Estados Unidos. Además, ya soy mayor, así que me lo perdonan un poco. Los canadienses me han perdonado por ser famosa. Y también soy mujer, lo cual… En fin. Pero para mí es un buen tema de conversación; estoy muy contenta de estar allí.. ¿Cómo se ve a usted misma o a su obra siendo objeto de estudio académico? La Universidad de Granada mencionó que hay muchos trabajos de fin de grado sobre su obra.. Volvamos a la botella y al océano. Tu responsabilidad como escritor es con tu obra. Haces todo lo que puedes y, cuando ya no puedes hacer más, la arrojas al mar; llegará a la orilla o no. A veces mi obra llega a la orilla de los académicos, pero no tengo control sobre lo que hacen con ella, igual que no lo tengo sobre la botella una vez lanzada al mar. No puedes anticipar a tus lectores, no sabes quiénes serán ni cómo interpretarán tu obra. He recibido interpretaciones muy extrañas, pero al final no tienes ningún control sobre eso. Igual ocurre si cedes tu obra a un productor de cine, a un coreógrafo o a una serie de televisión. Con los académicos es parecido: juegan en tu arenero, pero no controlas qué castillos de arena construirán. Así que espero que lo disfruten.. Antes le pregunté por su madre. Volvamos a ella. Escribía poesía y pudo publicar un poema. Por otro lado, su hermano también fue un escritor prolífico de niño, aunque escribía relatos, no poesía. ¿Cómo cree que esa influencia literaria familiar afectó a su desarrollo?. Creo que fue más la lectura que la escritura lo que me influyó. Aunque no teníamos mucho dinero, siempre tuvimos libros. Nadie me dijo nunca que no podía leer un libro. Leí todos los que teníamos. Vivíamos en el bosque, y cuando lo terminé, los volví a leer porque no había biblioteca. Y luego los leí otra vez. No había radio, ni televisión, ni teatro, ni escuela, ni otras personas. Solo lectura, escritura y dibujo. Los libros fueron mi forma de arte. Siempre supe que sería eso; nunca iba a ser cantante de ópera, ni pianista –no teníamos piano–, pero teníamos muchos libros, y leí y escribí desde muy pequeña.. Háblenos de su trabajo en la isla Pelee.. La isla Pelee es el punto más meridional de Canadá. Antes era un gran mar interior de agua salada, por eso la isla posee muchos fósiles y piedra caliza. Es un lugar de paso para las aves migratorias, como una gasolinera en la carretera: llegan, paran, repostan y continúan hacia el norte, hasta el bosque boreal canadiense, donde anidan y se reproducen. Allí hay muchos insectos en verano, así que les gusta. En otoño emigran de nuevo. Hemos creado un observatorio de aves en la isla y acabamos de reformar un antiguo local para convertirlo en un centro ornitológico que abriremos en septiembre. Es un proyecto por amor al arte.. Para acabar ¿qué hay en su mesa de trabajo ahora?. Nunca lo digo. Si lo cuento y no lo termino, todo el mundo me preguntará por qué no lo acabé. Y a veces no hay razón: simplemente no funcionaba. O funciona o no funciona. Prefiero no decirlo.
La celebrada autora de «El cuento de la criada» habla con LA RAZÓN con motivo de su investidura como doctora honoris causa en Granada
Granada, un día de junio por la tarde, es lo más parecido a una sartén. El tiempo parece haberse parado porque no hay nadie por las calles que quiera pasear sin sombra con 44 grados encima como un látigo. El Carmen de la Victoria, en el popular barrio del Albaicín, parece un remanso de paz entre flora y agua, con unas impagables vistas a la Alhambra. Es allí donde la escritora canadiense Margaret Atwood atendió a este diario 24 horas antes de que fuera distinguida como doctora honoris causa por parte de la Universidad de Granada. Atwood no puede disimular su felicidad por ello.. ¿Qué representa para usted un reconocimiento como el que se le entrega en Granada?. Es algo maravilloso, porque nunca he estado en Granada, aunque siempre he querido ir. He visitado otros lugares de España, pero nunca había llegado tan al sur. Así que puede imaginarse que es una gran ilusión. Y mañana será algo especial, estoy deseando que llegue. Creo que tendremos que vestirnos con toga académica, ¿verdad? Así es. Será interesante.. Granada es la ciudad de Federico García Lorca. ¿Cree que hay similitudes entre el universo femenino de Lorca, especialmente el de «La casa de Bernarda Alba», y el suyo, en concreto el de la novela «El cuento de la criada»?. La verdad es que no muchas. Él escribía sobre una España que ya había desaparecido. Quizá la única de mis novelas que podría tener algún punto en común con su obra sea «Alias Grace», porque también retrata una sociedad cerrada y limitada para las mujeres. Podría recordar un poco a «El cuento de la criada», con esa atmósfera claustrofóbica y de horizontes muy estrechos que él describía. Pero, en general, no veo demasiados paralelismos.. Hablemos de otro poeta, Rainer Maria Rilke, quien aseguraba que «la poesía es el pasado que irrumpe en nuestros corazones». ¿Comparte su punto de vista?. Es que Rilke es un poeta al que siempre he tenido mucho aprecio. Leí mucha de su poesía y además puedo leer alemán hasta cierto punto. Es un poeta fundamental del modernismo y ha escrito algunos poemas de una belleza extraordinaria. Creo que es uno de los poetas más importantes de la modernidad, y su obra me parece aún más excepcional si cabe.. En su obra de memorias, «Libro de mis vidas», su madre, cuando usted le dijo que quería ser escritora, le preguntó que cómo pensaba ganarse la vida. ¿Qué cree que le diría hoy a su hija, o qué le diría una madre a una hija en la actualidad si le cuenta que quiere dedicarse a la literatura?. Es verdad. Es algo que cuento en mis memorias. (Risas) Probablemente diría lo mismo ante una situación muy parecida.. Siento curiosidad por un libro titulado «The Gift», de Lewis Hyde. Usted lo recomienda a jóvenes escritores. ¿Podría explicarnos de qué trata?. Es el único libro que regalo a escritores noveles. No trata sobre escritura, sino sobre el intercambio de dones y en qué se diferencia del intercambio comercial. Si te doy un regalo, me debes algo a mí o le debes algo al mundo: debes hacer que ese don siga su curso. En cambio, si te compro un coche, ahí acaba la transacción: dinero a cambio de un vehículo. Pero los dones viajan, y de eso trata ese libro. El autor se preguntó por qué los poetas nunca son ricos, y de ahí surgió la reflexión. Con el arte ocurre que nace en el ámbito del don. Llamamos «dotadas» a las personas porque entendemos que su talento les llega de algún sitio: a veces de otros poetas, a veces de poetas muertos. Luego trabajan con ese don y lo transmiten, normalmente a otros poetas o al lector perfecto.. ¿Y cómo concibe esa transmisión?. El poema es como un mensaje en una botella que arrojas al mar. A veces se hunde y nunca se vuelve a saber de él. Otras llega a la orilla, alguien lo encuentra, abre la botella, pero no puede leer el mensaje porque está en otro idioma. Llega otra persona, lo lee, pero no le gusta. Y entonces aparece una tercera, como en un cuento de hadas, que lee el mensaje y dice: «Esto es para mí». En ese momento, el poema vuelve a convertirse en un don. Quienes aprecian tu obra nunca te dicen aquello de que «tu libro debería costar veinte en lugar de veinticinco euros». No. Lo que dicen es simplemente «gracias». Y «gracias» es la respuesta más mínima que puedes dar a un regalo. Sabes que es un don cuando la persona te da las gracias. Pero la relación no es entre el lector y el escritor, sino entre el poema y el lector. Lo esencial es que los dones deben viajar.. Tengo una hija pequeña que sueña con ser escritora. ¿Le recomendaría dedicarse a lo mismo que usted?. La dejaría hacer lo que quiera. Ahora quizá quieren ser escritoras porque nos ven, pero más adelante igual quieren ser bomberas. Nunca se sabe. Cuando son pequeñas no tiene sentido decirles que no pueden hacer algo.. Usted es un caso especial en el mundo de las letras porque es muy conocida, hasta el punto de que su cara aparece en la portada de algunos de sus libros. ¿Cómo lleva la popularidad?. Bueno, yo soy canadiense, que es distinto a ser estadounidense. Los estadounidenses idolatran la fama; los canadienses la consideran de mal gusto. Cuando estoy trabajando en mi jardín y pasa gente, no me dicen: «Me encanta su obra literaria», sino: «Qué bonito jardín». Es mucho más fácil ser famosa en Canadá que en Estados Unidos. Además, ya soy mayor, así que me lo perdonan un poco. Los canadienses me han perdonado por ser famosa. Y también soy mujer, lo cual… En fin. Pero para mí es un buen tema de conversación; estoy muy contenta de estar allí.. ¿Cómo se ve a usted misma o a su obra siendo objeto de estudio académico? La Universidad de Granada mencionó que hay muchos trabajos de fin de grado sobre su obra.. Volvamos a la botella y al océano. Tu responsabilidad como escritor es con tu obra. Haces todo lo que puedes y, cuando ya no puedes hacer más, la arrojas al mar; llegará a la orilla o no. A veces mi obra llega a la orilla de los académicos, pero no tengo control sobre lo que hacen con ella, igual que no lo tengo sobre la botella una vez lanzada al mar. No puedes anticipar a tus lectores, no sabes quiénes serán ni cómo interpretarán tu obra. He recibido interpretaciones muy extrañas, pero al final no tienes ningún control sobre eso. Igual ocurre si cedes tu obra a un productor de cine, a un coreógrafo o a una serie de televisión. Con los académicos es parecido: juegan en tu arenero, pero no controlas qué castillos de arena construirán. Así que espero que lo disfruten.. Antes le pregunté por su madre. Volvamos a ella. Escribía poesía y pudo publicar un poema. Por otro lado, su hermano también fue un escritor prolífico de niño, aunque escribía relatos, no poesía. ¿Cómo cree que esa influencia literaria familiar afectó a su desarrollo?. Creo que fue más la lectura que la escritura lo que me influyó. Aunque no teníamos mucho dinero, siempre tuvimos libros. Nadie me dijo nunca que no podía leer un libro. Leí todos los que teníamos. Vivíamos en el bosque, y cuando lo terminé, los volví a leer porque no había biblioteca. Y luego los leí otra vez. No había radio, ni televisión, ni teatro, ni escuela, ni otras personas. Solo lectura, escritura y dibujo. Los libros fueron mi forma de arte. Siempre supe que sería eso; nunca iba a ser cantante de ópera, ni pianista –no teníamos piano–, pero teníamos muchos libros, y leí y escribí desde muy pequeña.. Háblenos de su trabajo en la isla Pelee.. La isla Pelee es el punto más meridional de Canadá. Antes era un gran mar interior de agua salada, por eso la isla posee muchos fósiles y piedra caliza. Es un lugar de paso para las aves migratorias, como una gasolinera en la carretera: llegan, paran, repostan y continúan hacia el norte, hasta el bosque boreal canadiense, donde anidan y se reproducen. Allí hay muchos insectos en verano, así que les gusta. En otoño emigran de nuevo. Hemos creado un observatorio de aves en la isla y acabamos de reformar un antiguo local para convertirlo en un centro ornitológico que abriremos en septiembre. Es un proyecto por amor al arte.. Para acabar ¿qué hay en su mesa de trabajo ahora?. Nunca lo digo. Si lo cuento y no lo termino, todo el mundo me preguntará por qué no lo acabé. Y a veces no hay razón: simplemente no funcionaba. O funciona o no funciona. Prefiero no decirlo.
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