La cubierta de La Flecha se llenó hasta la bandera. Por la mañana se colgó el “no hay billetes” en una cita que celebraba el XX aniversario del coso y una década de compromiso con la Esclerosis Múltiple. Y para un llenazo de esa guisa, los astados de Zacarías Moreno no estuvieron a la altura de las circunstancias. Nobles y de correcta presentación, ofrecieron una tarde de excesiva docilidad y escasa raza. Sosos, parados, faltos de transmisión. Clase sin fondo.. Sonó el himno de España. Y abrió plaza Sebastián Castella con Lechono. Saludó por chicuelinas con gusto y llevó al toro al caballo con mando. El puyazo fue celebrado con los primeros aplausos de la tarde. En la muleta apareció pronto la mansedumbre y falta de celo. El francés sostuvo la faena a media altura, destacando algún derechazo limpio en una labor más de oficio que de inspiración. Mató de un estoconazo certero y paseó una oreja. Faena correcta, sin emoción.. Talavante sorteó el segundo, en el año de su vigésimo aniversario de alternativa. Quitó por gaoneras con personalidad. En banderillas sobresalieron Manuel Izquierdo y, sobre todo, Javier Ambel, que clavó con pureza en un embroque ajustado. Con la muleta, el toro repitió el patrón de su hermano: noble, parado y desrazado. El extremeño dejó detalles al natural, intentando hilvanar una obra que nunca tomó vuelo. Voluntad hubo. Y espada eficaz. Oreja. Pitos al arrastre, justificados.. La tarde necesitaba un golpe de efecto. Y lo dio Marco Pérez.. El salmantino se fue a portagayola y encendió lo que hasta entonces era una tarde sin chispa. El público despertó. Quitó con garbo, alternando chicuelinas y verónicas que devolvieron el pulso a los tendidos. En banderillas, Elías Martín y José Antonio Prestel firmaron un soberbio tercio, en el que se desmonteraron para saludar una ovación. Con la muleta citó largo a Bonito y dejó naturales de mano baja, templados, ligados, con poso. Fue lo más sólido de la tarde. Hubo estructura y ligazón, aunque al toro le sobraba nobleza y le faltaba empuje. Se rajó al final, y quizá sobraron las dos últimas tandas. Pinchó y estuvo mejor en la suerte contraria. El público pidió las dos orejas. Se garantizaba la Puerta Grande.. A Castella le tocó el peor lote. Sin fuerzas desde salida, el público pidió su devolución. No ocurrió. El francés lo intentó con dignidad, pero aquello no tenía recorrido. Más empeño que materia prima. Estocada y ovación. Y pitos al arrastre.. ¿Recuerdan aquello de que no hay quinto malo? Pues el que le tocó a Talavante en dicho lugar fue el peor de la tarde. Limitado, sin fuerzas, Belicoso no quería estar ahí. Como si hubiera tenido mal despertar de la siesta. Dio buenas muestras de ello a lo largo de la faena, donde el de Badajoz quiso, pero no pudo. Y es que se paraba a cada pase. Salió y ya se le vio: otro que se rajaba. Silencio tras estocada.. Todo quedaba en manos de Marco Pérez. Y respondió.. Recibió de rodillas despertando los olés. Tras un vistoso quite, donde demostró oficio y recursos, brindó a su primo -que cumplía años- y comenzó la faena, donde el de Moreno se quedaba corto al vaciar la embestida, obligando al salmantino a cruzarse y arrimarse. Se arrimó de lo lindo y se lo pasó muy cerca en varias ocasiones. Exprimió lo poco que había y conectó con el tendido, que pedía música y sonó Nerva. Una oreja, tras una faena que quedó deslucida por un pinchazo hondo, que le obligó a hacer uso del descabello en dos ocasiones.. No fue una tarde de gran toro. Tampoco de toreo rotundo. Fue una tarde de voluntad y de entrega, donde Marco Pérez entendió mejor que nadie el momento y el contexto. Supo que la plaza necesitaba emoción y, aunque no en grandes dosis, la puso él.. Dio gusto ver la plaza llena por una buena causa: la que une el mundo del toro con lo benéfico.
Castella y Talavante cortaron una oreja cada uno al primero de sus respectivos lotes, en una tarde de voluntad torera y sosedad torista
La cubierta de La Flecha se llenó hasta la bandera. Por la mañana se colgó el “no hay billetes” en una cita que celebraba el XX aniversario del coso y una década de compromiso con la Esclerosis Múltiple. Y para un llenazo de esa guisa, los astados de Zacarías Moreno no estuvieron a la altura de las circunstancias. Nobles y de correcta presentación, ofrecieron una tarde de excesiva docilidad y escasa raza. Sosos, parados, faltos de transmisión. Clase sin fondo.. Sonó el himno de España. Y abrió plaza Sebastián Castella con Lechono. Saludó por chicuelinas con gusto y llevó al toro al caballo con mando. El puyazo fue celebrado con los primeros aplausos de la tarde. En la muleta apareció pronto la mansedumbre y falta de celo. El francés sostuvo la faena a media altura, destacando algún derechazo limpio en una labor más de oficio que de inspiración. Mató de un estoconazo certero y paseó una oreja. Faena correcta, sin emoción.. Talavante sorteó el segundo, en el año de su vigésimo aniversario de alternativa. Quitó por gaoneras con personalidad. En banderillas sobresalieron Manuel Izquierdo y, sobre todo, Javier Ambel, que clavó con pureza en un embroque ajustado. Con la muleta, el toro repitió el patrón de su hermano: noble, parado y desrazado. El extremeño dejó detalles al natural, intentando hilvanar una obra que nunca tomó vuelo. Voluntad hubo. Y espada eficaz. Oreja. Pitos al arrastre, justificados.. La tarde necesitaba un golpe de efecto. Y lo dio Marco Pérez.. El salmantino se fue a portagayola y encendió lo que hasta entonces era una tarde sin chispa. El público despertó. Quitó con garbo, alternando chicuelinas y verónicas que devolvieron el pulso a los tendidos. En banderillas, Elías Martín y José Antonio Prestel firmaron un soberbio tercio, en el que se desmonteraron para saludar una ovación. Con la muleta citó largo a Bonito y dejó naturales de mano baja, templados, ligados, con poso. Fue lo más sólido de la tarde. Hubo estructura y ligazón, aunque al toro le sobraba nobleza y le faltaba empuje. Se rajó al final, y quizá sobraron las dos últimas tandas. Pinchó y estuvo mejor en la suerte contraria. El público pidió las dos orejas. Se garantizaba la Puerta Grande.. A Castella le tocó el peor lote. Sin fuerzas desde salida, el público pidió su devolución. No ocurrió. El francés lo intentó con dignidad, pero aquello no tenía recorrido. Más empeño que materia prima. Estocada y ovación. Y pitos al arrastre.. ¿Recuerdan aquello de que no hay quinto malo? Pues el que le tocó a Talavante en dicho lugar fue el peor de la tarde. Limitado, sin fuerzas, Belicoso no quería estar ahí. Como si hubiera tenido mal despertar de la siesta. Dio buenas muestras de ello a lo largo de la faena, donde el de Badajoz quiso, pero no pudo. Y es que se paraba a cada pase. Salió y ya se le vio: otro que se rajaba. Silencio tras estocada.. Todo quedaba en manos de Marco Pérez. Y respondió.. Recibió de rodillas despertando los olés. Tras un vistoso quite, donde demostró oficio y recursos, brindó a su primo -que cumplía años- y comenzó la faena, donde el de Moreno se quedaba corto al vaciar la embestida, obligando al salmantino a cruzarse y arrimarse. Se arrimó de lo lindo y se lo pasó muy cerca en varias ocasiones. Exprimió lo poco que había y conectó con el tendido, que pedía música y sonó Nerva. Una oreja, tras una faena que quedó deslucida por un pinchazo hondo, que le obligó a hacer uso del descabello en dos ocasiones.. No fue una tarde de gran toro. Tampoco de toreo rotundo. Fue una tarde de voluntad y de entrega, donde Marco Pérez entendió mejor que nadie el momento y el contexto. Supo que la plaza necesitaba emoción y, aunque no en grandes dosis, la puso él.. Dio gusto ver la plaza llena por una buena causa: la que une el mundo del toro con lo benéfico.
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