El orgullo de la selección croata ha sufrido una de las heridas más profundas de su historia reciente. Recibir siete goles frente a Inglaterra supone un golpe sísmico para un bloque acostumbrado a caminar sobre el alambre competitivo y a codearse de tú a tú con la élite mundial. La onda expansiva de esa goleada londinense ha sacudido a un vestuario que ahora se asoma al abismo, con la obligación de ganar contra la selección española. Luka Modric habló antes del partido para ejercer de capitán, de escudo y de portavoz del dolor colectivo.. La digestión de la vergüenza. El centrocampista no esquivó la gravedad de la situación ni buscó excusas en factores externos. Consciente de que el desastre ante el combinado inglés había sido catalogado por él mismo como una auténtica vergüenza, Modric incidió en que el núcleo de la plantilla es quien soporta la mayor carga de decepción. «No es un problema perder, pero sí la manera de hacerlo», sentenció el jugador, marcando una línea divisoria innegociable entre la simple derrota deportiva y la claudicación de la actitud sobre el campo. El vestuario, herido en su amor propio, ha necesitado encerrarse en sí mismo para asimilar el impacto. Según desveló el propio futbolista, el grupo ha mantenido conversaciones internas de alto voltaje para procesar el trauma, unos diálogos a puerta cerrada que, bajo la ley no escrita del fútbol, permanecerán siempre en secreto. «Hemos hablado y seguimos adelante. Tenemos que hablar y analizar qué nos llevó a esa situación. Lo que hablamos quedará entre nosotros», explicó, protegiendo la intimidad de sus compañeros en el momento de mayor vulnerabilidad anímica.. El diagnóstico de un naufragio colectivo. A la hora de diseccionar los motivos tácticos y de actitud que propiciaron la debacle contra Inglaterra, el capitán rechazó cualquier intento de señalar cabezas de turco o de individualizar los flagrantes errores. El problema radicó en una desconexión estructural de todo el equipo. «La agresividad, la contundencia. En el partido no hizo algo malo sólo un jugador, sino todo el equipo», detalló, asumiendo la responsabilidad integral en nombre de la plantilla entera. Esta falta de tensión competitiva es un lujo ruinoso que Croacia no podrá permitirse en absoluto ante su próximo rival. Modric advirtió sobre la extrema exigencia que supondrá medirse a España, un bloque consolidado que penaliza de forma letal cualquier desajuste táctico o respiro. «Contra el mejor equipo del mundo tenemos que repararlo todo, ser agresivos y no dejar demasiado espacio para que busquen soluciones», analizó. Lejos de escudarse en el mal momento propio, el diez balcánico prefirió dimensionar la talla del adversario para contextualizar la magnitud del reto. «España es el mejor equipo del mundo. Son los campeones. Llevan no sé cuántos partidos sin perder. No sé cómo España va a interpretar nuestra derrota. Lo que pasó no es algo habitual en nuestro equipo, todos lo sabemos», argumentó, recordando a los críticos que la goleada sufrida es una absoluta anomalía en el historial de resiliencia del cuadro croata.. El prestigio forjado ante los gigantes. Más allá de la evidente urgencia clasificatoria y de los puntos en juego, el duelo contra España adquiere una dimensión de rescate identitario para la selección arlequinada. Modric comprende a la perfección que el crédito internacional de su país no se ha construido sumando victorias fáciles ante selecciones menores, sino resistiendo estoicamente y venciendo a las potencias históricas del panorama futbolístico. «Lo que ha hecho especial a Croacia son los partidos contra España, Inglaterra, Brasil, Argentina. Esos partidos donde mostrábamos gran nivel y muchas veces ganábamos. Por eso nos aprecian y nos quieren en todo el mundo», rememoró el capitán, apelando directamente a la memoria genética de un grupo de jugadores que tradicionalmente se crece cuando se asoma a los escudos imponentes. El partido es la foma más rápida de limpiar la imagen del equipo y recuperar de un plumazo el respeto dilapidado en territorio británico. «Creo que puede ser bueno jugar contra España. Si lo hacemos bien y ganamos puede cambiar todo. En fútbol las cosas cambian rápido. Mañana es una buena oportunidad para reivindicarse y mostrar por qué Croacia es tan apreciada en el mundo del fútbol», aseguró, fijando la única receta válida posible para la redención frente a los suyos: «Tenemos que mostrar otra imagen e intentar ganar».. El carácter frente a la adversidad. La receta del veterano líder pasa indudablemente por la gestión emocional de la crisis aguda. Modric repudia de plano la idea de instalarse en el luto deportivo y exige una reacción instintiva e inmediata, basada puramente en el carácter altamente competitivo que ha definido históricamente a su generación. «En el fútbol, como en la vida, hay cosas buenas y malas. Tampoco hay tiempo para estar triste o decepcionado. Hay que levantarse y mostrar la fortaleza y la grandeza del jugador. Encontrarse a España hace que tengamos que levantarnos», proclamó. En este arduo proceso de reconstrucción anímica, el papel de la afición resulta totalmente indispensable para cambiar la dinámica. El capitán se dirigió de manera directa a los seguidores croatas, pidiendo su aliento incondicional desde la grada, al tiempo que empeñaba su propia palabra en ofrecer sobre el césped una actuación radicalmente opuesta a la del último compromiso. «Espero que el público nos levante como siempre y que, después del partido, puedan juzgar cómo hemos jugado. Eso es lo que necesitamos, así que esperamos una reacción positiva porque a nosotros nos duele más que a nadie lo que pasó», reconoció, antes de lanzar una firme y contundente promesa de cara al inicio del encuentro: «Mañana podremos mostrar una Croacia diferente para que los aficionados estén felices. Mañana vamos a demostrarlo».. Un compromiso inquebrantable y el recuerdo de Sudáfrica. El centrocampista reafirmó su compromiso absoluto con el escudo, delegando cualquier decisión final sobre su continuidad exclusivamente en el criterio técnico del seleccionador. «Estaré aquí hasta que el seleccionador quiera. No puedo decir nada de cara al futuro. Vamos partido a partido. Veremos si dejo la selección en un año o en un mes», indicó. Su permanencia responde a una profunda convicción personal y a un férreo sentido de la lealtad que, paradójicamente, se acrecienta precisamente en los escenarios más desfavorables para la institución. «En los momentos difíciles quiero estar aquí. El fútbol no es sólo cuando pasan cosas buenas. Estoy muy feliz cada vez que vengo aquí. Estoy muy orgulloso», confesó. Su indomable voluntad reside en seguir siendo una pieza útil para el colectivo, aportando su incalculable experiencia sea cual sea su rol asignado. «Lo importante para mí es estar en un lugar que te hace feliz. Estoy dispuesto a ayudar en cualquier momento. Tanto dentro como fuera del campo», sentenció a modo de declaración de intenciones.. El habitual repaso a la actualidad también le exigió posicionarse sobre el tremendo nivel de la selección española actual en comparación directa frente a aquella generación dorada que conquistó la gloria mundial hace ya más de una década en Johannesburgo. «Es difícil comparar. Es muy difícil decir cuál es la mejor. La de 2010 fue muy especial, pero esta también es de campeones muy poderosos. Depende de los gustos. Para mí, siento más cerca la de 2010», remató el capitán croata.
El capitán de la selección croata dio la cara antes del encuentro de la Nations League frente al equipo de De la Fuente
El orgullo de la selección croata ha sufrido una de las heridas más profundas de su historia reciente. Recibir siete goles frente a Inglaterra supone un golpe sísmico para un bloque acostumbrado a caminar sobre el alambre competitivo y a codearse de tú a tú con la élite mundial. La onda expansiva de esa goleada londinense ha sacudido a un vestuario que ahora se asoma al abismo, con la obligación de ganar contra la selección española. Luka Modric habló antes del partido para ejercer de capitán, de escudo y de portavoz del dolor colectivo.. La digestión de la vergüenza. El centrocampista no esquivó la gravedad de la situación ni buscó excusas en factores externos. Consciente de que el desastre ante el combinado inglés había sido catalogado por él mismo como una auténtica vergüenza, Modric incidió en que el núcleo de la plantilla es quien soporta la mayor carga de decepción. «No es un problema perder, pero sí la manera de hacerlo», sentenció el jugador, marcando una línea divisoria innegociable entre la simple derrota deportiva y la claudicación de la actitud sobre el campo. El vestuario, herido en su amor propio, ha necesitado encerrarse en sí mismo para asimilar el impacto. Según desveló el propio futbolista, el grupo ha mantenido conversaciones internas de alto voltaje para procesar el trauma, unos diálogos a puerta cerrada que, bajo la ley no escrita del fútbol, permanecerán siempre en secreto. «Hemos hablado y seguimos adelante. Tenemos que hablar y analizar qué nos llevó a esa situación. Lo que hablamos quedará entre nosotros», explicó, protegiendo la intimidad de sus compañeros en el momento de mayor vulnerabilidad anímica.. El diagnóstico de un naufragio colectivo. A la hora de diseccionar los motivos tácticos y de actitud que propiciaron la debacle contra Inglaterra, el capitán rechazó cualquier intento de señalar cabezas de turco o de individualizar los flagrantes errores. El problema radicó en una desconexión estructural de todo el equipo. «La agresividad, la contundencia. En el partido no hizo algo malo sólo un jugador, sino todo el equipo», detalló, asumiendo la responsabilidad integral en nombre de la plantilla entera. Esta falta de tensión competitiva es un lujo ruinoso que Croacia no podrá permitirse en absoluto ante su próximo rival. Modric advirtió sobre la extrema exigencia que supondrá medirse a España, un bloque consolidado que penaliza de forma letal cualquier desajuste táctico o respiro. «Contra el mejor equipo del mundo tenemos que repararlo todo, ser agresivos y no dejar demasiado espacio para que busquen soluciones», analizó. Lejos de escudarse en el mal momento propio, el diez balcánico prefirió dimensionar la talla del adversario para contextualizar la magnitud del reto. «España es el mejor equipo del mundo. Son los campeones. Llevan no sé cuántos partidos sin perder. No sé cómo España va a interpretar nuestra derrota. Lo que pasó no es algo habitual en nuestro equipo, todos lo sabemos», argumentó, recordando a los críticos que la goleada sufrida es una absoluta anomalía en el historial de resiliencia del cuadro croata.. El prestigio forjado ante los gigantes. Más allá de la evidente urgencia clasificatoria y de los puntos en juego, el duelo contra España adquiere una dimensión de rescate identitario para la selección arlequinada. Modric comprende a la perfección que el crédito internacional de su país no se ha construido sumando victorias fáciles ante selecciones menores, sino resistiendo estoicamente y venciendo a las potencias históricas del panorama futbolístico. «Lo que ha hecho especial a Croacia son los partidos contra España, Inglaterra, Brasil, Argentina. Esos partidos donde mostrábamos gran nivel y muchas veces ganábamos. Por eso nos aprecian y nos quieren en todo el mundo», rememoró el capitán, apelando directamente a la memoria genética de un grupo de jugadores que tradicionalmente se crece cuando se asoma a los escudos imponentes. El partido es la foma más rápida de limpiar la imagen del equipo y recuperar de un plumazo el respeto dilapidado en territorio británico. «Creo que puede ser bueno jugar contra España. Si lo hacemos bien y ganamos puede cambiar todo. En fútbol las cosas cambian rápido. Mañana es una buena oportunidad para reivindicarse y mostrar por qué Croacia es tan apreciada en el mundo del fútbol», aseguró, fijando la única receta válida posible para la redención frente a los suyos: «Tenemos que mostrar otra imagen e intentar ganar».. El carácter frente a la adversidad. La receta del veterano líder pasa indudablemente por la gestión emocional de la crisis aguda. Modric repudia de plano la idea de instalarse en el luto deportivo y exige una reacción instintiva e inmediata, basada puramente en el carácter altamente competitivo que ha definido históricamente a su generación. «En el fútbol, como en la vida, hay cosas buenas y malas. Tampoco hay tiempo para estar triste o decepcionado. Hay que levantarse y mostrar la fortaleza y la grandeza del jugador. Encontrarse a España hace que tengamos que levantarnos», proclamó. En este arduo proceso de reconstrucción anímica, el papel de la afición resulta totalmente indispensable para cambiar la dinámica. El capitán se dirigió de manera directa a los seguidores croatas, pidiendo su aliento incondicional desde la grada, al tiempo que empeñaba su propia palabra en ofrecer sobre el césped una actuación radicalmente opuesta a la del último compromiso. «Espero que el público nos levante como siempre y que, después del partido, puedan juzgar cómo hemos jugado. Eso es lo que necesitamos, así que esperamos una reacción positiva porque a nosotros nos duele más que a nadie lo que pasó», reconoció, antes de lanzar una firme y contundente promesa de cara al inicio del encuentro: «Mañana podremos mostrar una Croacia diferente para que los aficionados estén felices. Mañana vamos a demostrarlo».. Un compromiso inquebrantable y el recuerdo de Sudáfrica. El centrocampista reafirmó su compromiso absoluto con el escudo, delegando cualquier decisión final sobre su continuidad exclusivamente en el criterio técnico del seleccionador. «Estaré aquí hasta que el seleccionador quiera. No puedo decir nada de cara al futuro. Vamos partido a partido. Veremos si dejo la selección en un año o en un mes», indicó. Su permanencia responde a una profunda convicción personal y a un férreo sentido de la lealtad que, paradójicamente, se acrecienta precisamente en los escenarios más desfavorables para la institución. «En los momentos difíciles quiero estar aquí. El fútbol no es sólo cuando pasan cosas buenas. Estoy muy feliz cada vez que vengo aquí. Estoy muy orgulloso», confesó. Su indomable voluntad reside en seguir siendo una pieza útil para el colectivo, aportando su incalculable experiencia sea cual sea su rol asignado. «Lo importante para mí es estar en un lugar que te hace feliz. Estoy dispuesto a ayudar en cualquier momento. Tanto dentro como fuera del campo», sentenció a modo de declaración de intenciones.. El habitual repaso a la actualidad también le exigió posicionarse sobre el tremendo nivel de la selección española actual en comparación directa frente a aquella generación dorada que conquistó la gloria mundial hace ya más de una década en Johannesburgo. «Es difícil comparar. Es muy difícil decir cuál es la mejor. La de 2010 fue muy especial, pero esta también es de campeones muy poderosos. Depende de los gustos. Para mí, siento más cerca la de 2010», remató el capitán croata.
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