La tarde parecía haberse consumido antes siquiera de asomar el primer toro por chiqueros. Madrid era un hervidero camino de Plaza de Toros de Las Ventas: callejuelas convertidas en ratoneras, coches detenidos en una paciencia imposible y una riada humana buscando asiento antes de que el reloj mordiera las siete. Y, sin embargo, aquel fatigoso peregrinaje terminó siendo apenas un prólogo menor de lo que aguardaba dentro de la Monumental. El cartel había levantado expectación desde días atrás: José María Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado frente a los toros de Puerto de San Lorenzo. Nombres capaces de reunir media Sevilla sentimental y medio Madrid exigente bajo el mismo techo de piedra y arena. Pero la ilusión se fue apagando casi desde el primer embroque. El toro que abrió plaza, correspondiente a Manzanares y marcado con el hierro de Puerto de San Lorenzo, enseñó pronto una debilidad imposible de disimular. Apenas castigado en varas, ya pedía el regreso a corrales. Había en sus viajes una flojedad alarmante. Y así Manzanares.. El cuarto, sobrero de El Freixo, no nos dejó mucha más alegrías. Noble el animal se dejó hacer en la anodina muleta de Manzanares, que mantuvo el (des)nivel de la tarde.. Después llegó el de Juan Ortega, y bastó su paso por el caballo y Palomares para que el animal mostrara que no podía. La tarde entró entonces en ese territorio ingrato donde la paciencia del público se convierte en protesta. Cada toro que saltaba al ruedo parecía traer consigo la misma condena: el sobrero de José Vázquez lejos de arreglar el entuerto lo potenció. El presidente decidió mantenerlo en el ruedo pese al clamor de buena parte de la plaza. Y la cosa no hizo más que empeorar cuando Juan Ortega tomó la muleta y comenzó la faena. El toro hizo exactamente lo que temíamos: desplomarse. Lo mató con facilidad.. Apretó en el caballo el quinto en la segunda vara, pero no se empleó en la muleta de Ortega con el defecto de reponer. Juan abrevió.. Pareció que el tercero tendría faena porque se desplazaba con franqueza. Fueron tres tandas las que tuvo en la labor de Pablo Aguado. Impuso el sevillano empaque y armonía en ese primer tramo de faena mientras el toro iba mirando a tablas. Hundió una estocada corta, el toro fue a toriles y ahí comenzó una debacle de descabellos que hizo pasar los minutos hasta que el tercer pañuelo asomó por presidencia anunciando que el toro iba para los corrales. Una pena. Para todas las partes. La madre emocional de todos los dramas, que fue, a la postre, el hito de un petardo.. Con el sexto los ánimos estaban ya del revés y la plaza muy desagradable. Se exige un respeto que no se da. Ojo con esto. Ni el toro era claro ni Aguado anduvo fino, pero Madrid a estas alturas era un asco. Incluso para estar sentada viendo el «espectáculo».. Ficha del festejo. Las Ventas. Décimo segunda de San Isidro. Lleno de «No hay billetes». Toros De Puerto de San Lorenzo, 1º, 2º y 3º y La Ventana del Puerto. El 1º, manejable y bajo de raza; 2º, sobrero de José Vázquez, inválido; 3º, rajado y a menos; 4º, sobrero de El Freixo, noble y bajo de raza; 5º, complicado; 6º, sin clase.. José María Manzanares, de nazareno y oro, estocada (silencio); estocada trasera (silencio).. Juan Ortega, de verde oliva y oro, estocada (silencio); estocada (silencio).. Pablo Aguado, de perla y oro, media honda, veinte descabellos, tres avisos (pitos); media, estocada corta (silencio).
Con otro cartel de «No hay billetes» más de la Feria de San Isidro el festejo tuvo dos sobreros y estuvo repleto de silencios por parte de la terna y el mal juego del ganado
La tarde parecía haberse consumido antes siquiera de asomar el primer toro por chiqueros. Madrid era un hervidero camino de Plaza de Toros de Las Ventas: callejuelas convertidas en ratoneras, coches detenidos en una paciencia imposible y una riada humana buscando asiento antes de que el reloj mordiera las siete. Y, sin embargo, aquel fatigoso peregrinaje terminó siendo apenas un prólogo menor de lo que aguardaba dentro de la Monumental. El cartel había levantado expectación desde días atrás: José María Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado frente a los toros de Puerto de San Lorenzo. Nombres capaces de reunir media Sevilla sentimental y medio Madrid exigente bajo el mismo techo de piedra y arena. Pero la ilusión se fue apagando casi desde el primer embroque. El toro que abrió plaza, correspondiente a Manzanares y marcado con el hierro de Puerto de San Lorenzo, enseñó pronto una debilidad imposible de disimular. Apenas castigado en varas, ya pedía el regreso a corrales. Había en sus viajes una flojedad alarmante. Y así Manzanares.. El cuarto, sobrero de El Freixo, no nos dejó mucha más alegrías. Noble el animal se dejó hacer en la anodina muleta de Manzanares, que mantuvo el (des)nivel de la tarde.. Después llegó el de Juan Ortega, y bastó su paso por el caballo y Palomares para que el animal mostrara que no podía. La tarde entró entonces en ese territorio ingrato donde la paciencia del público se convierte en protesta. Cada toro que saltaba al ruedo parecía traer consigo la misma condena: el sobrero de José Vázquez lejos de arreglar el entuerto lo potenció. El presidente decidió mantenerlo en el ruedo pese al clamor de buena parte de la plaza. Y la cosa no hizo más que empeorar cuando Juan Ortega tomó la muleta y comenzó la faena. El toro hizo exactamente lo que temíamos: desplomarse. Lo mató con facilidad.. Apretó en el caballo el quinto en la segunda vara, pero no se empleó en la muleta de Ortega con el defecto de reponer. Juan abrevió.. Pareció que el tercero tendría faena porque se desplazaba con franqueza. Fueron tres tandas las que tuvo en la labor de Pablo Aguado. Impuso el sevillano empaque y armonía en ese primer tramo de faena mientras el toro iba mirando a tablas. Hundió una estocada corta, el toro fue a toriles y ahí comenzó una debacle de descabellos que hizo pasar los minutos hasta que el tercer pañuelo asomó por presidencia anunciando que el toro iba para los corrales. Una pena. Para todas las partes. La madre emocional de todos los dramas, que fue, a la postre, el hito de un petardo.. Con el sexto los ánimos estaban ya del revés y la plaza muy desagradable. Se exige un respeto que no se da. Ojo con esto. Ni el toro era claro ni Aguado anduvo fino, pero Madrid a estas alturas era un asco. Incluso para estar sentada viendo el «espectáculo».. Las Ventas. Décimo segunda de San Isidro. Lleno de «No hay billetes». Toros De Puerto de San Lorenzo, 1º, 2º y 3º y La Ventana del Puerto. El 1º, manejable y bajo de raza; 2º, sobrero de José Vázquez, inválido; 3º, rajado y a menos; 4º, sobrero de El Freixo, noble y bajo de raza; 5º, complicado; 6º, sin clase.. José María Manzanares, de nazareno y oro, estocada (silencio); estocada trasera (silencio).. Juan Ortega, de verde oliva y oro, estocada (silencio); estocada (silencio).. Pablo Aguado, de perla y oro, media honda, veinte descabellos, tres avisos (pitos); media, estocada corta (silencio).
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