Entre las innumerables páginas geniales de la obra de Friedrich Nietzsche, hay un pasaje de El Anticristo en que el padre del ateísmo contemporáneo lanza una advertencia desconcertante: “únicamente (…) el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano… Aun hoy, tal vida es posible (…), y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo, será posible en todos los tiempos».. La sentencia es asombrosa, y lleva directamente al núcleo del sorprendente fenómeno que ha recorrido nuestro país en los últimos meses, y que ya muchos han definido como una tendencia: la supuesta vuelta de los jóvenes a la fe cristiana.. Como observó sobriamente Javier Cercas, se debe empezar por reconocer que no se trata de un fenómeno masivo. Aunque los vientos estén cambiando, no se angustien: quedan plazas de sobra en los seminarios. Sin embargo, el éxito inusitado de Los Domingos, expresión paradigmática de esta tendencia, demuestra que, en términos religiosos, algo se está moviendo en las placas tectónicas de la sociedad. Las destartaladas declaraciones de Silvia Abril en los Goya han servido además para dar testimonio de lo molesto e inexplicable que esto resulta para muchos. Por eso no está de más intentar proporcionar claves de lectura a los perplejos, y quizás una de ellas parte de aquella frase de Nietzsche.. Hace unos meses, una buena amiga entró en el convento. Tiene 23 años, hermoso pelo rubio y dos ojos claros enormes llenos de sueños. Aquel día, después de la ceremonia, todos sus amigos y familiares esperábamos que llegara vestida con su nuevo hábito azul oscuro. Después de un rato, apareció ante todos. Nos miraba con una sonrisa gigante en la cara. Sonreía no sólo profundamente feliz, sino también serenamente adulta. Tenía la mirada de una novia al pie del altar: segura no tanto de qué aventura correrá con el esposo, sino más bien del hecho de que, venga lo que venga, lo pasarán juntos. Entonces comprendí que, en ese día, mi amiga había dejado de ser una niña, precisamente porque había sido capaz de realizar el movimiento más sensato y propio de los niños: abandonar su destino en manos de alguien que permanecerá con ella siempre, en la salud y la enfermedad. Más que haber dado un paso para huir de la inseguridad del mundo presente, había comprendido que la inseguridad forma parte del ADN del ser humano, y que la oscuridad sólo puede ser atravesada junto a alguien que la haya asumido hasta el fondo, yendo hasta el abismo de la muerte para llenarlo de luz. Que los domingos de Resurrección sólo existen en y desde la noche de los sábados.. No es cierto que los jóvenes estén huyendo hacia la fe en busca de certezas que el mundo no ofrece. La fe presupone, implica y navega en la ausencia de certezas. Donde hay certeza, no hay necesidad de fe. Quienes intentamos creer no es porque esperemos encontrar claridad, sino una mano que nos acompañe mientras surcamos la noche. Y, como en el amor, la única forma de comprenderlo es atreverse.
No es cierto que los jóvenes estén huyendo hacia la fe en busca de certezas que el mundo no ofrece, pues la fe presupone, implica y navega en la ausencia de certezas
Entre las innumerables páginas geniales de la obra de Friedrich Nietzsche, hay un pasaje de El Anticristo en que el padre del ateísmo contemporáneo lanza una advertencia desconcertante: “únicamente (…) el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano… Aun hoy, tal vida es posible (…), y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo, será posible en todos los tiempos».. La sentencia es asombrosa, y lleva directamente al núcleo del sorprendente fenómeno que ha recorrido nuestro país en los últimos meses, y que ya muchos han definido como una tendencia: la supuesta vuelta de los jóvenes a la fe cristiana.. Como observó sobriamente Javier Cercas, se debe empezar por reconocer que no se trata de un fenómeno masivo. Aunque los vientos estén cambiando, no se angustien: quedan plazas de sobra en los seminarios. Sin embargo, el éxito inusitado de Los Domingos, expresión paradigmática de esta tendencia, demuestra que, en términos religiosos, algo se está moviendo en las placas tectónicas de la sociedad. Las destartaladas declaraciones de Silvia Abril en los Goya han servido además para dar testimonio de lo molesto e inexplicable que esto resulta para muchos. Por eso no está de más intentar proporcionar claves de lectura a los perplejos, y quizás una de ellas parte de aquella frase de Nietzsche.. Hace unos meses, una buena amiga entró en el convento. Tiene 23 años, hermoso pelo rubio y dos ojos claros enormes llenos de sueños. Aquel día, después de la ceremonia, todos sus amigos y familiares esperábamos que llegara vestida con su nuevo hábito azul oscuro. Después de un rato, apareció ante todos. Nos miraba con una sonrisa gigante en la cara. Sonreía no sólo profundamente feliz, sino también serenamente adulta. Tenía la mirada de una novia al pie del altar: segura no tanto de qué aventura correrá con el esposo, sino más bien del hecho de que, venga lo que venga, lo pasarán juntos. Entonces comprendí que, en ese día, mi amiga había dejado de ser una niña, precisamente porque había sido capaz de realizar el movimiento más sensato y propio de los niños: abandonar su destino en manos de alguien que permanecerá con ella siempre, en la salud y la enfermedad. Más que haber dado un paso para huir de la inseguridad del mundo presente, había comprendido que la inseguridad forma parte del ADN del ser humano, y que la oscuridad sólo puede ser atravesada junto a alguien que la haya asumido hasta el fondo, yendo hasta el abismo de la muerte para llenarlo de luz. Que los domingos de Resurrección sólo existen en y desde la noche de los sábados.. No es cierto que los jóvenes estén huyendo hacia la fe en busca de certezas que el mundo no ofrece. La fe presupone, implica y navega en la ausencia de certezas. Donde hay certeza, no hay necesidad de fe. Quienes intentamos creer no es porque esperemos encontrar claridad, sino una mano que nos acompañe mientras surcamos la noche. Y, como en el amor, la única forma de comprenderlo es atreverse.
Noticias de Cataluña en La Razón
