Ganó la música. Con una canción inspirada en un rito para espantar a los malos espíritus, Bulgaria (con 516 puntos, 204 del jurado y 312 del televoto) ha adelantado a Israel (con 343 puntos, 123 del jurado y 220 del televoto) en la final de infarto del Eurovisión que no recordaremos. Porque no la vimos en prime time. RTVE se plantó por la presencia de Israel. Pero el festival ha seguido su curso, aunque sin uno de los países que más conversación genera alrededor de la cita televisiva. Nosotros.. En una televisión que no puede permitirse perder acontecimientos con arraigo social. En una Europa que no puede permitirse borrar símbolos que vertebran sus naciones y transmiten sus valores de modernidad a los que aspirar. Eurovisión 2026 ha proyectado la inmediatez de nuestro tiempo, donde la prisa gana a lo que nos hace únicos, donde la urgencia arrasa con el compromiso con las generaciones del futuro.. Lo hemos visto en las propuestas artísticas de la final de este Eurovisión desde Viena. El festival apenas descubre canciones y tendencias musicales como antaño, demasiadas propuestas imitan a lo que se «espera» de Eurovisión. Nos convertimos en replicantes de aparentes fórmulas del éxito. Cuando Eurovisión iba de ensanchar los márgenes del arte mainstream, siendo plataforma de ideas que otros no entenderían. Esa capacidad de dar cobijo a lo distinto y mostrarnos otros mundos que están en este se va esfumando en un festival con una escenografía gigante pero que le cuesta diferenciarse, como antes, de cualquier formato musical más pequeño.. Las pantallas de leds ya están al alcance de cualquier programa. Hasta los informativos las tienen. Y, encima, el festival ha sucumbido a la escuela nórdica de las estéticas oscuras e industriales. Lo que homogeneiza un acontecimiento que era una catarsis de imaginación. Con decorados que trasladaban a la audiencia a una especie de parque de atracciones. Hoy, en cambio, la estética anual es fácil de prever. Un pantallón -estrecho esta vez- y público a los lados. Toca ahondar en la fantasía que despierta la curiosidad del espectador. En tiempos en los que la tecnología arrasa con todo, la artesanía es el camino para trascender. Y, justamente, así ha triunfado Bulgaria que se retiró del festival en 2022 por motivos económicos y ha regresado en este 2026 por las facilidades de la UER para suplir las bajas de Irlanda, Países Bajos, Eslovenia, Islandia y España.. Las claves televisivas de una victoria. La primera ganadora búlgara del eurofestival, Dara, ha dado la vuelta a nuestra percepción con un decorado físico, de cartón-piedra de toda la vida, que nos ponía a pensar «qué está pasando ahí». El escenario parecía que giraba durante su canción Bangaranga. En realidad, lo que se movían eran las paredes. Así se ha conseguido transmitir una sensación mágica a tono con una actuación inspirada en los rituales balcánicos para espantar lo maligno.. Objetivo logrado. Dara ha ahuyentado el mal fario. Hasta conquistar la complicidad de la audiencia gracias a que contaba con un tema auténtico pero, también, porque ha sido capaz de impregnarlo de su expresividad grabada de cerca. A diferencia de algunos de sus rivales, que han estado más pendientes de los alardes de las pantallas y, como consecuencia, se han acabado olvidando de transmitir su mensaje en los tres minutos que dura la actuación. Es habitual. Con tanta tecnología a disposición, la mayoría de los países caen en la trampa de pedir un «pónmelo todo» y, después, las propuestas musicales se sienten uniformes. Con los mismos fuegotes. Con las mismas luces. Con las mismas cámaras a toda prisa. Error, pues la tele que trasciende es la que congrega pluralidad.. También han jugado la carta artesanal la belga Essyla con su temporal de nieve, el maltés Aidan Cassar metido en un zoótropo gigante -el cine antes del cine- o el griego Akylas con su traviesa Ferto y su escenografía de cómic. La otra revelación pegadiza de la noche. Ellos son de los pocos artistas que han mirado a cámara con actitud de intérpretes durante esta edición. Por esa misma actitud, la candidatura de Australia de Delta Goodrem se disparó en la conversación social de los fans en los últimos días. Se veía a la cantante y la cantante parecía que nos veía a nosotros. Aunque la cámara se moviera mucho. Aunque ascendiera al cielo desde su piano convertido en pedestal levadizo. Goodrem no quitaba el ojo al público. Su público.. Y, luego, el otro problema de Eurovisión es el que ya conocíamos de antes de la propia emisión. El festival ya no se siente como un espacio amigable en el que la tolerancia siempre está por delante. La UER se tapa los ojos con el uso propagandístico de la competición por parte de Israel. Como creyendo que por hacer que no pasa nada evita conflictos. La diplomacia televisiva requiere decisiones astutas e inteligentes. Así la imagen del festival se ha ido desprestigiando. Justamente porque este evento se creó, después de la Segunda Guerra Mundial, para utilizar el poder de la música y el de un nuevo invento llamado la tele para despertar la empatía entre países y desactivar los prejuicios del odio. Ahora, en cambio, se censuran los cánticos por los derechos humanos.. Pero el espectador se percata de cuando se mutea el micrófono. Porque la audiencia tiene criterio. Y, claro, al final, destacó la canción que sonaba objetivamente más a himno con mensaje de liberación de energías positivas incluido. Bulgaria, con Bangaranga de Dara, ha logrado que los que votan bailando aventajen a los que votan rabiando. Solo por fastidiar. Ahora es turno de que Eurovisión haga autocrítica profunda. Está dejando de ser refugio de los que no encontraban refugios. Está dejando de significar la modernidad que viene. Aunque, pase lo que pase, nadie nos podrá arrebatar la emoción de la música. Y bailarla. Hagámoslo, cual rito. ¡Bangaranga!.
TVE no ha participado en ‘Eurovisión 2026’ como crítica a la presencia de Israel en el festival, que se ha podido ver en España a través de Youtube.
20MINUTOS.ES – Televisión
Ganó la música. Con una canción inspirada en un rito para espantar a los malos espíritus, Bulgaria (con 516 puntos, 204 del jurado y 312 del televoto) ha adelantado a Israel (con 343 puntos, 123 del jurado y 220 del televoto) en la final de infarto del Eurovisión que no recordaremos. Porque no la vimos en prime time. RTVE se plantó por la presencia de Israel. Pero el festival ha seguido su curso, aunque sin uno de los países que más conversación genera alrededor de la cita televisiva. Nosotros.. En una televisión que no puede permitirse perder acontecimientos con arraigo social. En una Europa que no puede permitirse borrar símbolos que vertebran sus naciones y transmiten sus valores de modernidad a los que aspirar. Eurovisión 2026 ha proyectado la inmediatez de nuestro tiempo, donde la prisa gana a lo que nos hace únicos, donde la urgencia arrasa con el compromiso con las generaciones del futuro.. Lo hemos visto en las propuestas artísticas de la final de este Eurovisión desde Viena. El festival apenas descubre canciones y tendencias musicales como antaño, demasiadas propuestas imitan a lo que se «espera» de Eurovisión. Nos convertimos en replicantes de aparentes fórmulas del éxito. Cuando Eurovisión iba de ensanchar los márgenes del arte mainstream, siendo plataforma de ideas que otros no entenderían. Esa capacidad de dar cobijo a lo distinto y mostrarnos otros mundos que están en este se va esfumando en un festival con una escenografía gigante pero que le cuesta diferenciarse, como antes, de cualquier formato musical más pequeño.. Las pantallas de leds ya están al alcance de cualquier programa. Hasta los informativos las tienen. Y, encima, el festival ha sucumbido a la escuela nórdica de las estéticas oscuras e industriales. Lo que homogeneiza un acontecimiento que era una catarsis de imaginación. Con decorados que trasladaban a la audiencia a una especie de parque de atracciones. Hoy, en cambio, la estética anual es fácil de prever. Un pantallón -estrecho esta vez- y público a los lados. Toca ahondar en la fantasía que despierta la curiosidad del espectador. En tiempos en los que la tecnología arrasa con todo, la artesanía es el camino para trascender. Y, justamente, así ha triunfado Bulgaria.. La primera ganadora búlgara del eurofestival, Dara, ha dado la vuelta a nuestra percepción con un decorado físico, de cartón-piedra de toda la vida, que nos ponía a pensar «qué está pasando ahí». El escenario parecía que giraba durante su canción Bangaranga. En realidad, lo que se movían eran las paredes. Así se ha conseguido transmitir una sensación mágica a tono con una actuación inspirada en los rituales balcánicos para espantar lo maligno.. Objetivo logrado. Dara ha ahuyentado el mal fario. Hasta conquistar la complicidad de la audiencia gracias a que contaba con un tema auténtico pero, también, porque ha sido capaz de impregnarlo de su expresividad grabada de cerca. A diferencia de algunos de sus rivales, que han estado más pendientes de los alardes de las pantallas y, como consecuencia, se han acabado olvidando de transmitir su mensaje en los tres minutos que dura la actuación. Es habitual. Con tanta tecnología a disposición, la mayoría de los países caen en la trampa de pedir un «pónmelo todo» y, después, las propuestas musicales se sienten uniformes. Con los mismos fuegotes. Con las mismas luces. Con las mismas cámaras a toda prisa. Error, pues la tele que trasciende es la que congrega pluralidad.. También han jugado la carta artesanal la belga Essyla con su temporal de nieve, el maltés Aidan Cassar metido en un zoótropo gigante -el cine antes del cine- o el griego Akylas con su traviesa Ferto y su escenografía de cómic. La otra revelación pegadiza de la noche. Ellos son de los pocos artistas que han mirado a cámara con actitud de intérpretes durante esta edición. Por esa misma actitud, la candidatura de Australia de Delta Goodrem se disparó en la conversación social de los fans en los últimos días. Se veía a la cantante y la cantante parecía que nos veía a nosotros. Aunque la cámara se moviera mucho. Aunque ascendiera al cielo desde su piano convertido en pedestal levadizo. Goodrem no quitaba el ojo al público. Su público.. Y, luego, el otro problema de Eurovisión es el que ya conocíamos de antes de la propia emisión. El festival ya no se siente como un espacio amigable en el que la tolerancia siempre está por delante. La UER se tapa los ojos con el uso propagandístico de la competición por parte de Israel. Como creyendo que por hacer que no pasa nada evita conflictos. La diplomacia televisiva requiere decisiones astutas e inteligentes. Así la imagen del festival se ha ido desprestigiando. Justamente porque este evento se creó, después de la Segunda Guerra Mundial, para utilizar el poder de la música y el de un nuevo invento llamado la tele para despertar la empatía entre países y desactivar los prejuicios del odio. Ahora, en cambio, se censuran los cánticos por los derechos humanos.. Pero el espectador se percata de cuando se mutea el micrófono. Porque la audiencia tiene criterio. Y, claro, al final, destacó la canción que sonaba objetivamente más a himno con mensaje de liberación de energías positivas incluido. Bulgaria, con Bangaranga de Dara, ha logrado que los que votan bailando aventajen a los que votan rabiando. Solo por fastidiar. Ahora es turno de que Eurovisión haga autocrítica profunda. Está dejando de ser refugio de los que no encontraban refugios. Está dejando de significar la modernidad que viene. Aunque, pase lo que pase, nadie nos podrá arrebatar la emoción de la música. Y bailarla. Hagámoslo, cual rito. ¡Bangaranga!.
