De las muchas sorpresas agradables que me están deparando estos días de vacaciones, les comparto una de ellas.. Se trata del «efecto Roseto» («Roseto effect»). Me lo compartía un médico amigo como cosa muy conocida. Yo no había oído hablar de él, quizás a alguno de ustedes le pase lo mismo, por eso hago de altavoz.. Roseto es un pueblo de Pensilvania (EE. UU.) fundado en el siglo XIX por inmigrantes procedentes de Roseto Valfortore, en la región italiana de Apulia. A principios de los años sesenta, el médico local Benjamin Falcone comentó al cardiólogo Stewart Wolf, de la Universidad de Oklahoma, que apenas veía infartos entre los habitantes del pueblo. Aquella observación dio lugar a una investigación que se prolongó durante décadas.. Los primeros estudios fueron sorprendentes. Entre 1955 y 1961, la mortalidad por infarto de miocardio era menos de la mitad que en los pueblos vecinos. En menores de 47 años prácticamente no se registró ninguna muerte por infarto. Tampoco parecían beneficiarse por tener un estilo de vida especialmente saludable: fumaban; consumían bastante grasa animal; había obesidad; bebían vino regularmente. En síntesis: los factores clásicos de riesgo no parecían explicar el fenómeno.. Ante la incongruencia científica, Wolf y el sociólogo John Bruhn llegaron a una conclusión muy original para la época. Según su teoría, la verdadera protección no estaba en la dieta, sino en la estructura social del pueblo. Describieron una comunidad caracterizada por familias extensas muy unidas; convivencia de varias generaciones bajo un mismo techo; fuerte apoyo vecinal; escasa desigualdad económica visible; intensa vida comunitaria; asociaciones, parroquia y fiestas muy vivas; elevada integración social y sentimiento de pertenencia. Las puertas de sus casas estaban siempre abiertas, francas a cualquiera, me explicaba mi amigo médico. En términos actuales diríamos que Roseto poseía un enorme capital social.. A partir de los años sesenta, la cosa empezó a cambiar. La comunidad comenzó a «americanizarse», a hacerse menos italiana. Los jóvenes abandonaron el pueblo o adoptaron un estilo de vida más individualista: viviendas unifamiliares; mayor competencia económica; debilitamiento de la familia extensa; menor vida comunitaria; más movilidad social. Conforme desaparecía aquella cohesión social, también desaparecía la ventaja cardiovascular. Hacia los años setenta y ochenta las tasas de infarto eran ya similares a las de los pueblos vecinos.. Es verdad que estudios como el de Ancel Keys cuestionaron desde muy pronto la metodología y el tamaño de la muestra. El caso Roseto, probablemente, era más complejo, y estudios más recientes han señalado posibles sesgos estadísticos y factores de confusión. Pero el efecto Roseto contribuyó a preguntarnos cómo vivimos y qué estilos de vida son aquellos que contribuyen a una vida lograda, digna de ser vivida; una vida verdaderamente humana.. Hoy existe un amplio consenso en que el apoyo social influye realmente en la salud. Hay abundante evidencia de que el aislamiento social, la soledad y el estrés crónico aumentan el riesgo cardiovascular; pero también inhiben las ganas de vivir. Es lo que describe bien Chul Han en la Sociedad del Cansancio.. Mientras mi amigo médico me explicaba en amena tertulia el efecto Roseto, pensaba en lo afortunado que era yo de poder tener un amigo y de poder charlar con él. El tema de la conversación no estaba previsto; surgió espontáneamente. Pasó la tarde y el paseo, y advertí que el caminar y ese disponerme a la escucha me habían descansado porque me habían hecho dejar a un lado el run-run de las preocupaciones habituales a las que uno da mil vueltas mientras está encerrado en sí mismo.. Supongo que esta era la sabiduría de mis abuelos cuando, por la tarde, al fresquito, sacaban a la calle, todos los días, unas viejas sillas de madera, y en la puerta de su casa, con otras personas, despachaban la vida, los dolores y alegrías del día y de los meses. Escuchaban, hablaban, se interesaban unos por otros, ofrecían consuelo, ayuda, comprensión, un chiste, y unas risas. Un botijo de agua fresca, a veces un poco anisada, y la conversación eran consuelo y descanso suficiente.. Y me pregunto si lo festivo, la fiesta, no tendrá que ver con la recuperación de estas sencillas cosas, priceless, pero tan baratas.
Tal efecto contribuyó a preguntarnos cómo vivimos, y qué estilos de vida son aquellos que contribuyen a una vida lograda, digna de ser vivida; una vida verdaderamente humana
De las muchas sorpresas agradables que me están deparando estos días de vacaciones, les comparto una de ellas.. Se trata del «efecto Roseto» («Roseto effect»). Me lo compartía un médico amigo como cosa muy conocida. Yo no había oído hablar de él, quizás a alguno de ustedes le pase lo mismo, por eso hago de altavoz.. Roseto es un pueblo de Pensilvania (EE. UU.) fundado en el siglo XIX por inmigrantes procedentes de Roseto Valfortore, en la región italiana de Apulia. A principios de los años sesenta, el médico local Benjamin Falcone comentó al cardiólogo Stewart Wolf, de la Universidad de Oklahoma, que apenas veía infartos entre los habitantes del pueblo. Aquella observación dio lugar a una investigación que se prolongó durante décadas.. Los primeros estudios fueron sorprendentes. Entre 1955 y 1961, la mortalidad por infarto de miocardio era menos de la mitad que en los pueblos vecinos. En menores de 47 años prácticamente no se registró ninguna muerte por infarto. Tampoco parecían beneficiarse por tener un estilo de vida especialmente saludable: fumaban; consumían bastante grasa animal; había obesidad; bebían vino regularmente. En síntesis: los factores clásicos de riesgo no parecían explicar el fenómeno.. Ante la incongruencia científica, Wolf y el sociólogo John Bruhn llegaron a una conclusión muy original para la época. Según su teoría, la verdadera protección no estaba en la dieta, sino en la estructura social del pueblo. Describieron una comunidad caracterizada por familias extensas muy unidas; convivencia de varias generaciones bajo un mismo techo; fuerte apoyo vecinal; escasa desigualdad económica visible; intensa vida comunitaria; asociaciones, parroquia y fiestas muy vivas; elevada integración social y sentimiento de pertenencia. Las puertas de sus casas estaban siempre abiertas, francas a cualquiera, me explicaba mi amigo médico. En términos actuales diríamos que Roseto poseía un enorme capital social.. A partir de los años sesenta, la cosa empezó a cambiar. La comunidad comenzó a «americanizarse», a hacerse menos italiana. Los jóvenes abandonaron el pueblo o adoptaron un estilo de vida más individualista: viviendas unifamiliares; mayor competencia económica; debilitamiento de la familia extensa; menor vida comunitaria; más movilidad social. Conforme desaparecía aquella cohesión social, también desaparecía la ventaja cardiovascular. Hacia los años setenta y ochenta las tasas de infarto eran ya similares a las de los pueblos vecinos.. Es verdad que estudios como el de Ancel Keys cuestionaron desde muy pronto la metodología y el tamaño de la muestra. El caso Roseto, probablemente, era más complejo, y estudios más recientes han señalado posibles sesgos estadísticos y factores de confusión. Pero el efecto Roseto contribuyó a preguntarnos cómo vivimos y qué estilos de vida son aquellos que contribuyen a una vida lograda, digna de ser vivida; una vida verdaderamente humana.. Hoy existe un amplio consenso en que el apoyo social influye realmente en la salud. Hay abundante evidencia de que el aislamiento social, la soledad y el estrés crónico aumentan el riesgo cardiovascular; pero también inhiben las ganas de vivir. Es lo que describe bien Chul Han en la Sociedad del Cansancio.. Mientras mi amigo médico me explicaba en amena tertulia el efecto Roseto, pensaba en lo afortunado que era yo de poder tener un amigo y de poder charlar con él. El tema de la conversación no estaba previsto; surgió espontáneamente. Pasó la tarde y el paseo, y advertí que el caminar y ese disponerme a la escucha me habían descansado porque me habían hecho dejar a un lado el run-run de las preocupaciones habituales a las que uno da mil vueltas mientras está encerrado en sí mismo.. Supongo que esta era la sabiduría de mis abuelos cuando, por la tarde, al fresquito, sacaban a la calle, todos los días, unas viejas sillas de madera, y en la puerta de su casa, con otras personas, despachaban la vida, los dolores y alegrías del día y de los meses. Escuchaban, hablaban, se interesaban unos por otros, ofrecían consuelo, ayuda, comprensión, un chiste, y unas risas. Un botijo de agua fresca, a veces un poco anisada, y la conversación eran consuelo y descanso suficiente.. Y me pregunto si lo festivo, la fiesta, no tendrá que ver con la recuperación de estas sencillas cosas, priceless, pero tan baratas.
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