El rumor del agua acompaña cada paso. Bajo las tablas de madera, el río Mao continúa el trabajo que comenzó hace miles de años: abrirse camino entre las montañas hasta encontrarse con el Sil en el corazón de la Ribeira Sacra. El resultado de esa lenta obra de la naturaleza es uno de los paisajes más sorprendentes de Galicia, un profundo cañón cubierto de bosques donde se encuentra una de las rutas de senderismo más espectaculares de la comunidad.. Las Pasarelas del Río Mao, situadas en el municipio ourensano de Parada de Sil, se han convertido en uno de los grandes reclamos turísticos del interior gallego. Cada año, miles de visitantes llegan atraídos por las imágenes de este sendero de madera que parece colgar sobre el vacío y que permite recorrer un entorno de enorme valor paisajístico desde una perspectiva privilegiada.. La experiencia comienza junto a la conocida Fábrica da Luz, un edificio cargado de historia que recuerda la importancia que tuvo este río en los inicios de la electrificación gallega.. Construida en 1914, la antigua central hidroeléctrica aprovechó durante décadas la fuerza de las aguas del Mao para producir energía. Aunque hoy ha dejado atrás aquella función industrial, todavía conserva elementos que permiten imaginar la actividad que se desarrolló en este lugar durante buena parte del siglo XX.. Desde allí arranca un recorrido que sorprende desde los primeros metros. Las pasarelas avanzan adaptándose a la ladera del cañón mediante escaleras, rampas y balcones naturales que permiten contemplar el valle desde diferentes alturas. A cada curva aparece una nueva panorámica.. El sendero serpentea entre paredes de roca cubiertas de musgo, bosques de robles y castaños y una vegetación exuberante que convierte el paisaje en un auténtico corredor verde.. Uno de los grandes atractivos de esta ruta es precisamente la sensación de aislamiento. A medida que se avanza, el sonido del tráfico desaparece por completo y deja paso al murmullo constante del río y al canto de las aves que habitan en este espacio natural. En determinados momentos la impresión es la de encontrarse en un bosque casi mágico, alejado de cualquier rastro de urbanización.. Aunque las imágenes pueden transmitir cierta sensación de vértigo, la ruta resulta accesible para la mayoría de los visitantes. El tramo principal de las pasarelas ronda el kilómetro de longitud y presenta una dificultad baja. Las escaleras son el principal obstáculo para las personas con movilidad reducida, pero el recorrido no exige una gran preparación física y puede realizarse en familia.. El camino conduce finalmente hasta las proximidades de Barxacova, donde el Mao entrega sus aguas al Sil y el paisaje cambia por completo. El estrecho cañón se abre para mostrar una de las estampas más reconocibles de la Ribeira Sacra, con las aguas del embalse de Santo Estevo rodeadas por montañas cubiertas de vegetación. Es uno de esos lugares que invitan a detenerse unos minutos y contemplar el entorno antes de emprender el regreso.
La ruta recorre un impresionante cañón excavado durante siglos y permite descubrir antiguos vestigios de la primera industria hidroeléctrica gallega
El rumor del agua acompaña cada paso. Bajo las tablas de madera, el río Mao continúa el trabajo que comenzó hace miles de años: abrirse camino entre las montañas hasta encontrarse con el Sil en el corazón de la Ribeira Sacra. El resultado de esa lenta obra de la naturaleza es uno de los paisajes más sorprendentes de Galicia, un profundo cañón cubierto de bosques donde se encuentra una de las rutas de senderismo más espectaculares de la comunidad.. Las Pasarelas del Río Mao, situadas en el municipio ourensano de Parada de Sil, se han convertido en uno de los grandes reclamos turísticos del interior gallego. Cada año, miles de visitantes llegan atraídos por las imágenes de este sendero de madera que parece colgar sobre el vacío y que permite recorrer un entorno de enorme valor paisajístico desde una perspectiva privilegiada.. La experiencia comienza junto a la conocida Fábrica da Luz, un edificio cargado de historia que recuerda la importancia que tuvo este río en los inicios de la electrificación gallega.. Construida en 1914, la antigua central hidroeléctrica aprovechó durante décadas la fuerza de las aguas del Mao para producir energía. Aunque hoy ha dejado atrás aquella función industrial, todavía conserva elementos que permiten imaginar la actividad que se desarrolló en este lugar durante buena parte del siglo XX.. Desde allí arranca un recorrido que sorprende desde los primeros metros. Las pasarelas avanzan adaptándose a la ladera del cañón mediante escaleras, rampas y balcones naturales que permiten contemplar el valle desde diferentes alturas. A cada curva aparece una nueva panorámica.. El sendero serpentea entre paredes de roca cubiertas de musgo, bosques de robles y castaños y una vegetación exuberante que convierte el paisaje en un auténtico corredor verde.. Uno de los grandes atractivos de esta ruta es precisamente la sensación de aislamiento. A medida que se avanza, el sonido del tráfico desaparece por completo y deja paso al murmullo constante del río y al canto de las aves que habitan en este espacio natural. En determinados momentos la impresión es la de encontrarse en un bosque casi mágico, alejado de cualquier rastro de urbanización.. Aunque las imágenes pueden transmitir cierta sensación de vértigo, la ruta resulta accesible para la mayoría de los visitantes. El tramo principal de las pasarelas ronda el kilómetro de longitud y presenta una dificultad baja. Las escaleras son el principal obstáculo para las personas con movilidad reducida, pero el recorrido no exige una gran preparación física y puede realizarse en familia.. El camino conduce finalmente hasta las proximidades de Barxacova, donde el Mao entrega sus aguas al Sil y el paisaje cambia por completo. El estrecho cañón se abre para mostrar una de las estampas más reconocibles de la Ribeira Sacra, con las aguas del embalse de Santo Estevo rodeadas por montañas cubiertas de vegetación. Es uno de esos lugares que invitan a detenerse unos minutos y contemplar el entorno antes de emprender el regreso.
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