Una simple fecha basta para impulsar la sensación de acontecimiento en televisión. 22 de octubre de 2001, aquí comienza Operación Triunfo. O lo que sea. Pero lejos queda cuando para favorecer la percepción de día histórico no era necesario gritar “hoy es un día histórico”. Era suficiente con recalcar sutilmente una fecha en el calendario como el que compulsa un documento oficial. El gran maestro de ceremonias de la RAI, Pipo Baudo, lo usaba a la italiana con Sanremo. Breve, intenso y popular. Como las folclóricas españolas, siempre con una intuición especial para rematar cada uno de sus relatos con el pormenor que convierte lo normal en único. Así si hablaban de su casa, decían el nombre de la calle, el número del portal y hasta si era izquierda o derecha. La puerta, digo. Ahora la televisión tira de la evidencia que enseña el truco nada más empezar. Hasta los programas empiezan en un gran plano general que muestra incluso las ralladuras del suelo del plató.. La tele engancha menos socialmente porque la prisa de producción de los programas se ha ido olvidando de los ritos que hacían más mágica la experiencia de encender el televisor. La ensoñación siempre ha sido un factor decisivo para atraer a la audiencia: ayudar a romper la rutina desde la imaginación en la que te reconoces y, a la vez, te invita a la esperanza, ya sea descubriendo otros mundos o trasladándote a recuerdos dulces.. Y, en este ejercicio, es vital cuidar la ceremonia del arco narrativo de guion, el guion que se verbaliza y el que se ve. Porque la tele no es solo hablar, sobre todo es saber mostrar. La conjunción de realización, iluminación, banda sonora y escenografía. Sin embargo, el poco tiempo para la preparación y la devaluación de la producción, ha provocado que hayan ido desapareciendo esos decorados listos para despertar la curiosidad del espectador. Con una pantalla, basta.. Cuando las puestas en escena son fundamentales para aumentar el vínculo emocional con los programas. El show pasa a experiencia. Con sus luces, con sus escaleras, con sus rampas, con sus muchas puertas de entrada y salida para favorecer que pasen cosas y poder mostrarlas con el ritual que merece la televisión, sea en un plató muy grande o muy pequeño. En la tele británica hasta los informativos tienen sus recovecos y sofás para crear atmósfera agradable frente a los ojos del espectador. Son formas de diferenciarse de los vídeos cortos que irrumpen a través de las redes: donde solo la gente habla, pero no hay la elaboración del ingenio. audiovisual completo con su artesanía, con su trabajo en equipo.. Ahora estamos en la generación que piensa que la tele bonita es hacer un videoclip. Todo pegado en una sucesión de planos en los que la audiencia no sabe dónde está pinada. Y, claro, entonces, la sociedad general no se siente representa en el directo, pues el público de un programa no es el del videoclip: requiere ubicarse en el set como si fuera su casa. Orientarse, sentirse allí. Sentirse uno más. Aunque esté a 300 kilómetros del plató que acabas conociendo incluso su nombre: Estudio 1 de Prado del Rey.
Cómo enganchar mejor en tiempos de redes sociales.
20MINUTOS.ES – Televisión
Una simple fecha basta para impulsar la sensación de acontecimiento en televisión. 22 de octubre de 2001, aquí comienza Operación Triunfo. O lo que sea. Pero lejos queda cuando para favorecer la percepción de día histórico no era necesario gritar “hoy es un día histórico”. Era suficiente con recalcar sutilmente una fecha en el calendario como el que compulsa un documento oficial. El gran maestro de ceremonias de la RAI, Pipo Baudo, lo usaba a la italiana con Sanremo. Breve, intenso y popular. Como las folclóricas españolas, siempre con una intuición especial para rematar cada uno de sus relatos con el pormenor que convierte lo normal en único. Así si hablaban de su casa, decían el nombre de la calle, el número del portal y hasta si era izquierda o derecha. La puerta, digo. Ahora la televisión tira de la evidencia que enseña el truco nada más empezar. Hasta los programas empiezan en un gran plano general que muestra incluso las ralladuras del suelo del plató.. La tele engancha menos socialmente porque la prisa de producción de los programas se ha ido olvidando de los ritos que hacían más mágica la experiencia de encender el televisor. La ensoñación siempre ha sido un factor decisivo para atraer a la audiencia: ayudar a romper la rutina desde la imaginación en la que te reconoces y, a la vez, te invita a la esperanza, ya sea descubriendo otros mundos o trasladándote a recuerdos dulces.. Y, en este ejercicio, es vital cuidar la ceremonia del arco narrativo de guion, el guion que se verbaliza y el que se ve. Porque la tele no es solo hablar, sobre todo es saber mostrar. La conjunción de realización, iluminación, banda sonora y escenografía. Sin embargo, el poco tiempo para la preparación y la devaluación de la producción, ha provocado que hayan ido desapareciendo esos decorados listos para despertar la curiosidad del espectador. Con una pantalla, basta.. Cuando las puestas en escena son fundamentales para aumentar el vínculo emocional con los programas. El show pasa a experiencia. Con sus luces, con sus escaleras, con sus rampas, con sus muchas puertas de entrada y salida para favorecer que pasen cosas y poder mostrarlas con el ritual que merece la televisión, sea en un plató muy grande o muy pequeño. En la tele británica hasta los informativos tienen sus recovecos y sofás para crear atmósfera agradable frente a los ojos del espectador. Son formas de diferenciarse de los vídeos cortos que irrumpen a través de las redes: donde solo la gente habla, pero no hay la elaboración del ingenio. audiovisual completo con su artesanía, con su trabajo en equipo.. Ahora estamos en la generación que piensa que la tele bonita es hacer un videoclip. Todo pegado en una sucesión de planos en los que la audiencia no sabe dónde está pinada. Y, claro, entonces, la sociedad general no se siente representa en el directo, pues el público de un programa no es el del videoclip: requiere ubicarse en el set como si fuera su casa. Orientarse, sentirse allí. Sentirse uno más. Aunque esté a 300 kilómetros del plató que acabas conociendo incluso su nombre: Estudio 1 de Prado del Rey.
