No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.Seguir leyendo
El odio seguirá creciendo hasta que no consigamos desactivar la maquinaria de mentiras que sigue envolviendo la Guerra Civil
No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.El primer cambio, aunque nos duela reconocerlo, es el de un mundo en el que los historiadores hemos dejado de ser los intérpretes del pasado. La historia se escribe o adapta en función del presente, no es nada nuevo. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, la nuestra tiene la capacidad de modificarla a la carta, ampliando el sesgo de confirmación, de manera cotidiana y constante, a través de las redes sociales. Una situación que contrasta con el nivel alcanzado en investigación y con la aparición de nuevos materiales, desde la desclasificación de archivos, a un impresionante despliegue en fondos fotográficos y grabaciones inéditas, nacionales e internacionales. Tampoco esto es casual. La Guerra Civil española representa un imaginario muy determinado, en un conflicto visual que se sitúa en el centro de una disputa global por el pasado. Un fenómeno que Timothy Snyder llama “políticas de la eternidad” y que forma parte del uso de la memoria como arma geopolítica. Un recurso que ya activara Rusia en la invasión de Ucrania, que Israel ha intensificado a través de la instrumentalización del Holocausto o que también está detrás de la apelación de los Estados Unidos a la doctrina Monroe para definir su política de seguridad. En esta guerra hibrida, de nueva generación, tiene tanto peso el pasado y la identidad nacional como la inteligencia artificial. Los drones conviven con estrechas trincheras decimonónicas y los satéli
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