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La Universidad vaciada

23 de mayo de 2026
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Ayer viernes terminaron las clases regladas en la Universidad. Restan, sin duda, muchos días de intenso trabajo hasta llegar al período vacacional, desde la preparación y realización de los exámenes finales, a la redacción y defensa de los trabajos de fin de grado o máster. Pero a partir de hoy, uno espera encontrar vacías las aulas universitarias durante la mayor parte del día. Sucede, no obstante, que lo han estado en gran medida durante los meses precedentes. En la asignatura que imparto en primero del Grado en Filología Hispánica de la Universidad de Sevilla hay matriculados cincuenta alumnos. Este último mes han venido a clase entre ocho y diez. Ya en noviembre asistían menos de la mitad. La Universidad española sufre un brote epidémico de absentismo que casi todo el mundo parece ignorar y que amenaza con cronificarse. Algún artículo de prensa ha llegado a mencionar el problema, pero el periodista ha pasado rápidamente a entrevistar al típico experto que recomienda volver las clases más divertidas para atraer de nuevo a los alumnos. Y poco más. Sin duda, se precisa una terapia más seria para tratar este grave problema, pero también mucha profilaxis. Mientras, la Universidad no deja de crecer. Se siguen convocando plazas de profesor, se ofrecen nuevas titulaciones y se piden más inversiones al Gobierno autonómico. Pero ¿exactamente para qué? Si faltan los alumnos a los que estamos llamados a formar, todo lo demás deja de tener sentido.. Las causas de este absentismo generalizado y creciente son múltiples… lo que permite ensayar diferentes soluciones para tratar de paliarlo. Una razón fundamental se encuentra en los propios alumnos. Mi impresión es que para una mayoría de ellos las clases son difíciles de seguir, de ahí que acaben dejando de venir al aula. A su vez, lo anterior tiene diversas explicaciones. Para empezar, si bien no hemos dejado de disminuir el nivel académico y el grado de exigencia para intentar adaptarnos a esta circunstancia (craso error, en realidad), los alumnos siguen accediendo a la Universidad poco preparados para comprender las materias que habrán de estudiar. Arrastran un gran déficit formativo como resultado de la degradación de la educación obligatoria, desde Primaria a la ESO. Dos años de Bachillerato apenas logran subsanar las carencias inherentes a un sistema que ha igualado la formación a la baja, que ha abjurado de la disciplina y el mérito, y que demasiadas veces prima la ideología sobre la ciencia. Así, no es solo que se llegue a la Universidad ignorando muchas cosas, sino careciendo de las estructuras mentales y las habilidades cognitivas imprescindibles para aprenderlas. El inexistente control en el acceso a la Universidad (la Selectividad es, de facto, un aprobado general y casi ninguna facultad hace pruebas de acceso específicas) conduce a que quienes no estaban preparados para estudiar en ella acaben sentados en sus aulas (por pocos días, como podemos ver). Finalmente, se advierte una notable discontinuidad en la cadena de ideas, sensibilidades e intereses que suele enlazar cada generación con la precedente. Los referentes culturales, las preocupaciones vitales, los modos de mirar el mundo y los proyectos para transformarlo de quienes hoy tienen veinte años se parecen poco a los de sus padres, mientras que los de estos se asemejaban bastante a los de sus propios progenitores. Yo leí con emoción las mismas novelas de Knut Hamsun que habían cautivado a mi padre, pero pocos de mis alumnos han recorrido las páginas de «La trilogía del vagabundo». Esto hace que cuando uno imparte clase se vea en la necesidad de explicar cuestiones culturales, geográficas o históricas muy básicas, porque ya no forman parte del bagaje y el imaginario de los alumnos. Si menciona de pasada, por ejemplo, la Guerra Fría, habrá de indicar cuándo tuvo lugar y aclarar, desde luego, que nunca se combatió realmente en los polos. Para terminar, en demasiados casos el aprendizaje se halla lastrado por genuinas carencias cognitivas y emocionales, fruto de una socialización y una educación inadecuadas. La incapacidad para concentrarse en una sola tarea durante un tiempo prolongado se ha exacerbado a causa del uso continuado de los dispositivos electrónicos. Los bandazos (por razones eminentemente ideológicas) en las metodologías pedagógicas han hecho que muchos alumnos no sepan siquiera cómo estudiar y, desde luego, que estudiar consiste fundamentalmente en leer (y releer) las fuentes autorizadas, extraer de ellas la información más importante, relacionarla con los conocimientos que ya se tienen y almacenar lo así comprendido en la memoria, siempre conectado al saber previamente adquirido. Muchos esperan, en cambio, que tanto el estudio como la docencia sean actividades puramente lúdicas. Y desde luego, son más todavía los que parecen ignorar que aprender es una tarea sacrificada y que los hitos que jalonan el camino del saber se van superando muy poco a poco.. Es obvio que también los profesores son culpables del creciente vaciamiento de las aulas universitarias. Porque, efectivamente, hay profesores malos y profesores aburridos, docentes que no saben explicar la materia a pesar de llevar impartiéndola muchos años o que nunca actualizan lo que cuentan en clase, y también personas que se limitan a leer en voz alta textos proyectados en una pantalla. No debe sorprender que los alumnos piensen que en casos así invierten mejor su tiempo preparando la asignatura por su cuenta, especialmente ahora que los recursos para ello (desde tutoriales online hasta la propia inteligencia artificial) son casi infinitos. Nadie hace casi nada por solucionar esto, en gran medida a causa del corporativismo del sistema universitario (no te metas en lo que yo hago y yo no me meteré en lo que tú haces). En realidad, no es tanto una cuestión de formar mejor a los profesores, sino de obligarlos a que hagan bien su trabajo. Porque el objetivo de una clase es muy simple: explicar lo complejo en términos sencillos y aclarar las dudas de los alumnos. Nada más (y nada menos) que eso.. Para terminar, nuestro actual marco social y político dificulta también poner solución al problema, siendo, en realidad, otro de los factores que lo han originado e intensificado. A nadie le conviene que el número de estudiantes universitarios quede reducido al de los que están genuinamente interesados en aprender y capacitados para lograrlo. Para empezar, la propia Universidad se vería obligada a jibarizarse: cerrar centros, reducir la oferta formativa y prescindir de profesores. Es mejor mirar para otra parte y simular que se está enseñando realmente al conjunto de los matriculados y no a los pocos alumnos que asisten a clase. Además, que haya un elevado número de estudiantes universitarios permite a los políticos presumir de una especial sensibilidad por lo público y lo social (los dos mantras que movilizan hoy al electorado) y de paso, del elevado nivel formativo de la sociedad española. Obviamente, la eficiencia de lo público no depende linealmente de las inversiones realizadas y sí, en cambio, de la eficaz gestión de lo invertido (algo más difícil de conseguir y más desagradable de exigir). Y no es menos obvio que un país no se vuelve más culto por el mero hecho de que sus ciudadanos cuelguen en sus casas títulos de un sistema que hace mucho que renunció a la excelencia. Dar café a todos no puede hacerse aguando el poco bueno que haya. Por lo demás, al Estado (y a la sociedad en general) le conviene que los jóvenes sigan en clase el máximo tiempo posible, aunque sea nominalmente. Si quienes no están preparados para estudiar una carrera abandonaran la Universidad, se incrementaría sustancialmente el número de quienes demandan empleo, vivienda, ayudas para tener hijos… Y a los veintipocos uno no se limita a aceptar las carencias del sistema (o no debería), sino que aspira a cambiar las cosas para tener un futuro mejor. Mantener a todas estas personas en clase (vayan o no realmente) no es solo una forma de maquillar, una vez más, las estadísticas, sino, sobre todo, de reducir la conflictividad social: mejor alumnos absentistas, que jóvenes airados. La Universidad vaciada es, así, no solo un problema, sino un síntoma de muchas cosas y ninguna buena.

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«Los bandazos en las metodologías han hecho que muchos alumnos no sepan siquiera cómo estudiar»

  

Ayer viernes terminaron las clases regladas en la Universidad. Restan, sin duda, muchos días de intenso trabajo hasta llegar al período vacacional, desde la preparación y realización de los exámenes finales, a la redacción y defensa de los trabajos de fin de grado o máster. Pero a partir de hoy, uno espera encontrar vacías las aulas universitarias durante la mayor parte del día. Sucede, no obstante, que lo han estado en gran medida durante los meses precedentes. En la asignatura que imparto en primero del Grado en Filología Hispánica de la Universidad de Sevilla hay matriculados cincuenta alumnos. Este último mes han venido a clase entre ocho y diez. Ya en noviembre asistían menos de la mitad. La Universidad española sufre un brote epidémico de absentismo que casi todo el mundo parece ignorar y que amenaza con cronificarse. Algún artículo de prensa ha llegado a mencionar el problema, pero el periodista ha pasado rápidamente a entrevistar al típico experto que recomienda volver las clases más divertidas para atraer de nuevo a los alumnos. Y poco más. Sin duda, se precisa una terapia más seria para tratar este grave problema, pero también mucha profilaxis. Mientras, la Universidad no deja de crecer. Se siguen convocando plazas de profesor, se ofrecen nuevas titulaciones y se piden más inversiones al Gobierno autonómico. Pero ¿exactamente para qué? Si faltan los alumnos a los que estamos llamados a formar, todo lo demás deja de tener sentido.. Las causas de este absentismo generalizado y creciente son múltiples… lo que permite ensayar diferentes soluciones para tratar de paliarlo. Una razón fundamental se encuentra en los propios alumnos. Mi impresión es que para una mayoría de ellos las clases son difíciles de seguir, de ahí que acaben dejando de venir al aula. A su vez, lo anterior tiene diversas explicaciones. Para empezar, si bien no hemos dejado de disminuir el nivel académico y el grado de exigencia para intentar adaptarnos a esta circunstancia (craso error, en realidad), los alumnos siguen accediendo a la Universidad poco preparados para comprender las materias que habrán de estudiar. Arrastran un gran déficit formativo como resultado de la degradación de la educación obligatoria, desde Primaria a la ESO. Dos años de Bachillerato apenas logran subsanar las carencias inherentes a un sistema que ha igualado la formación a la baja, que ha abjurado de la disciplina y el mérito, y que demasiadas veces prima la ideología sobre la ciencia. Así, no es solo que se llegue a la Universidad ignorando muchas cosas, sino careciendo de las estructuras mentales y las habilidades cognitivas imprescindibles para aprenderlas. El inexistente control en el acceso a la Universidad (la Selectividad es, de facto, un aprobado general y casi ninguna facultad hace pruebas de acceso específicas) conduce a que quienes no estaban preparados para estudiar en ella acaben sentados en sus aulas (por pocos días, como podemos ver). Finalmente, se advierte una notable discontinuidad en la cadena de ideas, sensibilidades e intereses que suele enlazar cada generación con la precedente. Los referentes culturales, las preocupaciones vitales, los modos de mirar el mundo y los proyectos para transformarlo de quienes hoy tienen veinte años se parecen poco a los de sus padres, mientras que los de estos se asemejaban bastante a los de sus propios progenitores. Yo leí con emoción las mismas novelas de Knut Hamsun que habían cautivado a mi padre, pero pocos de mis alumnos han recorrido las páginas de «La trilogía del vagabundo». Esto hace que cuando uno imparte clase se vea en la necesidad de explicar cuestiones culturales, geográficas o históricas muy básicas, porque ya no forman parte del bagaje y el imaginario de los alumnos. Si menciona de pasada, por ejemplo, la Guerra Fría, habrá de indicar cuándo tuvo lugar y aclarar, desde luego, que nunca se combatió realmente en los polos. Para terminar, en demasiados casos el aprendizaje se halla lastrado por genuinas carencias cognitivas y emocionales, fruto de una socialización y una educación inadecuadas. La incapacidad para concentrarse en una sola tarea durante un tiempo prolongado se ha exacerbado a causa del uso continuado de los dispositivos electrónicos. Los bandazos (por razones eminentemente ideológicas) en las metodologías pedagógicas han hecho que muchos alumnos no sepan siquiera cómo estudiar y, desde luego, que estudiar consiste fundamentalmente en leer (y releer) las fuentes autorizadas, extraer de ellas la información más importante, relacionarla con los conocimientos que ya se tienen y almacenar lo así comprendido en la memoria, siempre conectado al saber previamente adquirido. Muchos esperan, en cambio, que tanto el estudio como la docencia sean actividades puramente lúdicas. Y desde luego, son más todavía los que parecen ignorar que aprender es una tarea sacrificada y que los hitos que jalonan el camino del saber se van superando muy poco a poco.. Es obvio que también los profesores son culpables del creciente vaciamiento de las aulas universitarias. Porque, efectivamente, hay profesores malos y profesores aburridos, docentes que no saben explicar la materia a pesar de llevar impartiéndola muchos años o que nunca actualizan lo que cuentan en clase, y también personas que se limitan a leer en voz alta textos proyectados en una pantalla. No debe sorprender que los alumnos piensen que en casos así invierten mejor su tiempo preparando la asignatura por su cuenta, especialmente ahora que los recursos para ello (desde tutoriales online hasta la propia inteligencia artificial) son casi infinitos. Nadie hace casi nada por solucionar esto, en gran medida a causa del corporativismo del sistema universitario (no te metas en lo que yo hago y yo no me meteré en lo que tú haces). En realidad, no es tanto una cuestión de formar mejor a los profesores, sino de obligarlos a que hagan bien su trabajo. Porque el objetivo de una clase es muy simple: explicar lo complejo en términos sencillos y aclarar las dudas de los alumnos. Nada más (y nada menos) que eso.. Para terminar, nuestro actual marco social y político dificulta también poner solución al problema, siendo, en realidad, otro de los factores que lo han originado e intensificado. A nadie le conviene que el número de estudiantes universitarios quede reducido al de los que están genuinamente interesados en aprender y capacitados para lograrlo. Para empezar, la propia Universidad se vería obligada a jibarizarse: cerrar centros, reducir la oferta formativa y prescindir de profesores. Es mejor mirar para otra parte y simular que se está enseñando realmente al conjunto de los matriculados y no a los pocos alumnos que asisten a clase. Además, que haya un elevado número de estudiantes universitarios permite a los políticos presumir de una especial sensibilidad por lo público y lo social (los dos mantras que movilizan hoy al electorado) y de paso, del elevado nivel formativo de la sociedad española. Obviamente, la eficiencia de lo público no depende linealmente de las inversiones realizadas y sí, en cambio, de la eficaz gestión de lo invertido (algo más difícil de conseguir y más desagradable de exigir). Y no es menos obvio que un país no se vuelve más culto por el mero hecho de que sus ciudadanos cuelguen en sus casas títulos de un sistema que hace mucho que renunció a la excelencia. Dar café a todos no puede hacerse aguando el poco bueno que haya. Por lo demás, al Estado (y a la sociedad en general) le conviene que los jóvenes sigan en clase el máximo tiempo posible, aunque sea nominalmente. Si quienes no están preparados para estudiar una carrera abandonaran la Universidad, se incrementaría sustancialmente el número de quienes demandan empleo, vivienda, ayudas para tener hijos… Y a los veintipocos uno no se limita a aceptar las carencias del sistema (o no debería), sino que aspira a cambiar las cosas para tener un futuro mejor. Mantener a todas estas personas en clase (vayan o no realmente) no es solo una forma de maquillar, una vez más, las estadísticas, sino, sobre todo, de reducir la conflictividad social: mejor alumnos absentistas, que jóvenes airados. La Universidad vaciada es, así, no solo un problema, sino un síntoma de muchas cosas y ninguna buena.

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