Hubo que esperar al sexto de la tarde para que el Coliseum Burgos despertara. Hasta entonces, la corrida había transitado entre la frialdad y la indiferencia, lastrada por un encierro de Loreto Charro que apuntó clase y nobleza, pero al que le faltó fuerza, transmisión y un punto de raza. El quinto llegó incluso a coquetear con el pañuelo verde. Morenito de Aranda quiso romper la monotonía desde el primer momento. Recibió a Dicharacho con tres largas cambiadas de rodillas y unas ajustadas chicuelinas camino de los medios. El toro acudió con alegría en los primeros compases, aunque pronto dejó ver que venía justo de gasolina. Brindó al público y comenzó de hinojos una faena asentada sobre la diestra, llevando siempre largo al novillo. Intentó después buscar el pitón izquierdo, pero allí el animal ya enseñaba las cartas. El final tuvo aroma de torero clásico. Se perfiló, pinchó en el primer intento y dejó después una estocada efectiva, algo desprendida, que bien sirvió para que el público asomara la pañoleta blanca. Pero no hubo premio, de ningún tipo. Ni siquiera una ovación. Es decir, silencio tras petición, como lo define mi amiga burgalesa Leticia Ortiz. Tras la merienda, con el cuarto tuvo más suerte y paseó una oreja. Se fue a portagayola y ligó dos largas de rodillas que despertaron definitivamente al tendido. Tras un simple trámite en varas y un ajustado par de Iván García, brindó al ganadero y a la alcaldesa antes de iniciar la faena también de hinojos. Hubo naturales de bella factura y un par de derechazos de auténtico cartel. Quizá prolongó demasiado el trasteo, hasta escuchar un aviso antes de cobrar una estocada trasera y hacer uso del descabello en dos ocasiones. Esta vez sí paseó una oreja. Roca Rey tampoco encontró colaboración en su lote. En el segundo dejó un vistoso quite por saltilleras rematado con una brionesa, pero aquello fue poco más que un destello, que no acabó de penetrar en la retina del público. La faena nunca terminó de tomar vuelo y acabó diluyéndose entre dos pinchazos y una estocada baja con la que buscó cerrar cuanto antes el capítulo. Con el quinto, recibido con pitos desde su salida, apenas pudo fabricar emoción donde el toro negaba casi todo. El peruano buscó el terreno comprometido, acortó distancias y terminó recurriendo al arrimón para intentar encender una plaza que seguía sin entregarse. La espada se fue a su sitio. Hubo petición de oreja, también insuficiente. Otra vez, silencio tras petición. Y Rufo encontró en su primero a un rajadito al que quiso torear despacio, que no es lo mismo que torear un toro parado. Conviene distinguir entre ralentizar una embestida por mando y temple o hacerlo porque al animal simplemente le faltan fuerzas para desplazarse. Esto último, fue lo que ocurrió. El de Pepino dejó detalles de buen gusto, pero el toro terminó rajándose y la espada, pese a enterrarse hasta la bola tras un pinchazo, obligó al descab
Roca Rey, por su parte, apenas consiguió dejar algunos destellos de su dimensión
Hubo que esperar al sexto de la tarde para que el Coliseum Burgos despertara. Hasta entonces, la corrida había transitado entre la frialdad y la indiferencia, lastrada por un encierro de Loreto Charro que apuntó clase y nobleza, pero al que le faltó fuerza, transmisión y un punto de raza. El quinto llegó incluso a coquetear con el pañuelo verde.Morenito de Aranda quiso romper la monotonía desde el primer momento. Recibió a Dicharacho con tres largas cambiadas de rodillas y unas ajustadas chicuelinas camino de los medios. El toro acudió con alegría en los primeros compases, aunque pronto dejó ver que venía justo de gasolina. Brindó al público y comenzó de hinojos una faena asentada sobre la diestra, llevando siempre largo al novillo. Intentó después buscar el pitón izquierdo, pero allí el animal ya enseñaba las cartas. El final tuvo aroma de torero clásico. Se perfiló, pinchó en el primer intento y dejó después una estocada efectiva, algo desprendida, que bien sirvió para que el público asomara la pañoleta blanca. Pero no hubo premio, de ningún tipo. Ni siquiera una ovación. Es decir, silencio tras petición, como lo define mi amiga burgalesa Leticia Ortiz.Tras la merienda, con el cuarto tuvo más suerte y paseó una oreja. Se fue a portagayola y ligó dos largas de rodillas que despertaron definitivamente al tendido. Tras un simple trámite en varas y un ajustado par de Iván García, brindó al ganadero y a la alcaldesa antes de iniciar la faena también de hinojos. Hubo naturales de bella factura y un par de derechazos de auténtico cartel. Quizá prolongó demasiado el trasteo, hasta escuchar un aviso antes de cobrar una estocada trasera y hacer uso del descabello en dos ocasiones. Esta vez sí paseó una oreja.Roca Rey tampoco encontró colaboración en su lote. En el segundo dejó un vistoso quite por saltilleras rematado con una brionesa, pero aquello fue poco más que un destello, que no acabó de penetrar en la retina del público. La faena nunca terminó de tomar vuelo y acabó diluyéndose entre dos pinchazos y una estocada baja con la que buscó cerrar cuanto antes el capítulo.Con el quinto, recibido con pitos desde su salida, apenas pudo fabricar emoción donde el toro negaba casi todo. El peruano buscó el terreno comprometido, acortó distancias y terminó recurriendo al arrimón para intentar encender una plaza que seguía sin entregarse. La espada se fue a su sitio. Hubo petición de oreja, también insuficiente. Otra vez, silencio tras petición.Y Rufo encontró en su primero a un rajadito al que quiso torear despacio, que no es lo mismo que torear un toro parado. Conviene distinguir entre ralentizar una embestida por mando y temple o hacerlo porque al animal simplemente le faltan fuerzas para desplazarse. Esto último, fue lo que ocurrió. El de Pepino dejó detalles de buen gusto, pero el toro terminó rajándose y la espada, pese a enterrarse hasta la bola tras un pinchazo, obligó al descabello.
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