Cuando pensamos en un superordenador solemos imaginar filas interminables de procesadores realizando billones de cálculos por segundo. Sin embargo, existe otro enemigo igual de importante que la velocidad: el calor. Cada operación informática genera energía térmica y, cuando cientos de miles de procesadores trabajan simultáneamente, mantenerlos a una temperatura segura puede consumir casi tanta electricidad como los propios cálculos. Por eso la última incorporación de la NASA no solo destaca por su potencia, sino también por su eficiencia. La agencia espacial ha presentado Athena, su nueva supercomputadora, un sistema capaz de duplicar la capacidad de cálculo disponible para sus científicos e ingenieros mientras el edificio que la alberga reduce hasta un 91 % el consumo eléctrico destinado a la refrigeración respecto a un centro de datos convencional. Es un avance que refleja una nueva filosofía: el futuro de la supercomputación ya no consiste únicamente en hacer más cálculos, sino en hacerlos gastando mucha menos energía. Athena ha sido instalada en el Ames Research Center, en California, y constituye el sistema más potente que ha utilizado la NASA hasta la fecha. Sus 1.024 nodos, equipados con procesadores AMD EPYC de última generación, suman 262.144 núcleos de CPU, capaces de alcanzar una potencia cercana a los 20 petaflops, es decir, unos veinte mil billones de operaciones matemáticas por segundo. Aunque estas cifras impresionan, la agencia insiste en que lo verdaderamente importante es qué permitirá hacer esa capacidad adicional. Durante décadas, el desarrollo de una nueva aeronave o una nave espacial seguía un proceso relativamente lento: diseñar un prototipo, construirlo, probarlo y corregir los errores. Hoy ese orden está cambiando. Con Athena, los ingenieros podrán realizar simulaciones mucho más detalladas antes de fabricar una sola pieza. Desde estudiar cómo circula el aire alrededor de un ala supersónica hasta calcular el comportamiento de un escudo térmico durante la reentrada atmosférica o analizar el funcionamiento de un motor de cohete, muchas preguntas podrán responderse primero en el mundo virtual. Cada simulación evita fabricar prototipos innecesarios y permite explorar miles de diseños diferentes en mucho menos tiempo. Según la NASA, esta capacidad será clave para futuras misiones lunares, viajes a Marte, nuevas aeronaves más eficientes y numerosos proyectos científicos. A eso hay que sumarle la gestión del calor. Un superordenador moderno puede disipar más calor que muchos edificios de oficinas. Sin sistemas de refrigeración extremadamente eficientes, los procesadores alcanzarían temperaturas capaces de dañarlos en cuestión de segundos. Tradicionalmente, esa refrigeración supone uno de los mayores costes energéticos de cualquier centro de cálculo. Por ello, la NASA decidió que Athena no solo necesitaba nuevos procesadores, sino también una nueva forma de alojarlos. El si
Y, por si fuera poco, reduce hasta un 90 % la energía necesaria para refrigerarla.
Cuando pensamos en un superordenador solemos imaginar filas interminables de procesadores realizando billones de cálculos por segundo. Sin embargo, existe otro enemigo igual de importante que la velocidad: el calor. Cada operación informática genera energía térmica y, cuando cientos de miles de procesadores trabajan simultáneamente, mantenerlos a una temperatura segura puede consumir casi tanta electricidad como los propios cálculos. Por eso la última incorporación de la NASA no solo destaca por su potencia, sino también por su eficiencia. La agencia espacial ha presentado Athena, su nueva supercomputadora, un sistema capaz de duplicar la capacidad de cálculo disponible para sus científicos e ingenieros mientras el edificio que la alberga reduce hasta un 91 % el consumo eléctrico destinado a la refrigeración respecto a un centro de datos convencional. Es un avance que refleja una nueva filosofía: el futuro de la supercomputación ya no consiste únicamente en hacer más cálculos, sino en hacerlos gastando mucha menos energía.Athena ha sido instalada en el Ames Research Center, en California, y constituye el sistema más potente que ha utilizado la NASA hasta la fecha. Sus 1.024 nodos, equipados con procesadores AMD EPYC de última generación, suman 262.144 núcleos de CPU, capaces de alcanzar una potencia cercana a los 20 petaflops, es decir, unos veinte mil billones de operaciones matemáticas por segundo. Aunque estas cifras impresionan, la agencia insiste en que lo verdaderamente importante es qué permitirá hacer esa capacidad adicional. Durante décadas, el desarrollo de una nueva aeronave o una nave espacial seguía un proceso relativamente lento: diseñar un prototipo, construirlo, probarlo y corregir los errores. Hoy ese orden está cambiando.Con Athena, los ingenieros podrán realizar simulaciones mucho más detalladas antes de fabricar una sola pieza. Desde estudiar cómo circula el aire alrededor de un ala supersónica hasta calcular el comportamiento de un escudo térmico durante la reentrada atmosférica o analizar el funcionamiento de un motor de cohete, muchas preguntas podrán responderse primero en el mundo virtual. Cada simulación evita fabricar prototipos innecesarios y permite explorar miles de diseños diferentes en mucho menos tiempo. Según la NASA, esta capacidad será clave para futuras misiones lunares, viajes a Marte, nuevas aeronaves más eficientes y numerosos proyectos científicos.A eso hay que sumarle la gestión del calor. Un superordenador moderno puede disipar más calor que muchos edificios de oficinas. Sin sistemas de refrigeración extremadamente eficientes, los procesadores alcanzarían temperaturas capaces de dañarlos en cuestión de segundos. Tradicionalmente, esa refrigeración supone uno de los mayores costes energéticos de cualquier centro de cálculo. Por ello, la NASA decidió que Athena no solo necesitaba nuevos procesadores, sino también una nueva forma de alojarlos.El sistema
Noticias de Tecnología y Videojuegos en La Razón
