En un primer momento aquello iba a ser un encuentro casual. Era un atardecer en Brooklyn, Nueva York, en 1955 y ella se encontraba en ese edificio de paso mientras posaba para la cámara de Sam Shaw. Éste había llamado a la puerta de la casa de su amigo escritor acompañado de quien parecía una estudiante de bachillerato que traía un recado. Al entrar en el domicilio, ella empezó a mirar de manera curiosa y encontró un libro delgado sobre la mesa titulado «Canciones para Patricia». «Le explico que es un libro de poemas para mi hija. Sus ojos se agrandan. Recorre las páginas y lee silenciosamente», explicaría muchos años después el anfitrión. Aquella curiosa lectora explicó que estaba en la ciudad de los rascacielos desde hacía poco para estudiar en el Actors Studio, aunque reconoció que aúin no había tenido la oportunidad de estar sobre un escenario porque se había limitado a hacer cine. «Oh, ¿cuál es su nombre artístico?». Con voz tímida dijo: Marilyn Monroe.. Así empezó una de las amistades más importantes en la breve pero intensa biografía de Marilyn: la que mantuvo con el escritor Norman Rosten. Ahora, con motivo del centenario del nacimiento de la protagonista de «Con faldas y a lo loco», los muchos documentos que la familia Rosten ha guardado, además de varios objetos personales de lla, salen a subasta en Heritage Auctions de Los Ángeles. Este diario ha podido consultar este fondo, único para poder conocer a la persona sin los retintados que ofrecen las leyendas distorsionadas propias de un mito como Norma Jeane.. Rosten y su esposa Hedda, ya fuera en Nueva York, Connecticut y Londres, se convirtieron en cómplices de la actriz, en testigos de lo que ocurría fuera de los focos y del glamour de Hollywood: la mujer que dudaba, la que escribía versos a medianoche, la que les pedía ayuda desesperada cuando las cosas no iban bien… Una parte de toda esa historia fue contada por el propio Rosten en uno de los más bellos libros que se han escrito sobre su amiga, «Marilyn, un relato inédito», publicado en 1973.. Entre los documentos en manos del mejor postor encontramos correspondencia de Marilyn con su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller, a quien llamaba George, y que nos ayudan a comprender mejor cómo fue aquella relación: «Querido George, no trabajes demasiado, cuídate y ¿por qué no piensas en mí a veces? Ojalá pudiera darte algo que te lo recordara, pero al mirar no encuentro nada que pueda desprenderme. Después de verte, paso días añorándote, y no es que me duela. Verás, antes de conocerte, como ahora, siempre me preguntaba: ¿sigo viva? ¿Por qué no siento nada? Es decir, nada excepto miedo o dolor, y cualquier otra cosa que sucediera en mí tenía que inventármela, y lo sabía…». En otra nota a Miller, mientras está tramitaba su divorcio con Joe DiMaggio, le ruega que «por favor, confía en mí al menos en esto: estoy loca por ti y siempre podremos encontrarnos de alguna manera. Has sido maravilloso y amable, y además eres un hombre fascinante. Pero no estaré allí del todo. Sé que mi duelo aún no ha terminado».. El propio Miller también se encargó de informar a los Rosten sobre su vida con Marilyn, como es el caso de una carta del 10 de abril de 1956 y en donde expone lo frágil que era la salud de la actriz. A ella la había dejado «recuperándose, a duras penas, de lo que creo que fue una enfermedad grave. Todavía no podía caminar sin marearse y ese maldito médico de la empresa seguía diciéndole que estaba bien. Gracias a Dios tuvo el suficiente sentido común como para negarse a ir a trabajar ayer (lunes), aunque si hubiera ido, entendió que nos habríamos divorciado automáticamente. La absoluta falta de interés de [el socio de Marilyn y fotógrafo Milton]Greene en su salud es bastante inquietante. Puede estar ahí tumbada, apenas pudiendo caminar, y a nadie se le ocurre acercarse a preguntarle si quiere un vaso de agua. Es bastante asombroso cómo la prensa de allí está empezando a reconocer en lo que se ha convertido. Dos grandes historias sobre ella toman un rumbo completamente nuevo. Y por fin la he convencido de que no tiene que hacerse fotos con el culo al aire para mantener a su público. El viejo marido que llevo dentro en acción. Nadie, que sepamos, está al tanto de mi llegada y partida, pero Ella Maxswell la llamó anoche para preguntarle cuándo nos íbamos a casar, esperando que No iba a ser antes de un mes porque tiene un artículo sobre Skeezix que saldrá entonces y que nos deja solteros.Este tipo de cosas solían ponerme nervioso».. Pero además de la correspondencia cruzada entre el matrimonio Miller-Monroe, en el archivo hay también una muestra de las comunicaciones de Marilyn con los Rosten. Algunas son impactantes, como la que escribe durante el muy accidentado rodaje de «Con faldas y a lo loco» en San Diego, concretamente en el Hotel Coronado. Precisamente, con papel de carta de este establecimiento, Marilyn se dirigió a Rosten de la siguiente manera después de dibujar un personaje pidiendo ayuda: «Querido Norman, no abandones el barco mientras nos hundimos. Tengo la sensación de que este barco nunca va a atracar. Estamos atravesando el Estrecho de Dire. Es agitado y agitado, pero ¿por qué debería preocuparme? No tengo ningún símbolo fálico que perder. / PD: Ámame solo por mi cabello rubio». La misiva estaba escrita a máquina, pero eso no le impidió redactar a mano esta nota: «Lo habría escrito a mano, pero está temblando». Era el 11 de septiembre de 1958.. Durante la filmación de la película de Billy Wilder, Marilyn supo que había perdido el hijo que estaba esperando. De nuevo, gracias a los papeles de Rosten, podemos poner voz a Marilyn Monroe sobre el sufrimiento vivido en aquellas circunstancias y la posibilidad de haber sido la responsable de aquella dolorosa pérdida: «Creo que he estado embarazada unas tres semanas o tal vez dos. Mis pechos han estado tan doloridos que ni siquiera puedo tocarlos; nunca antes había tenido esto en mi vida, además me duelen. También he tenido calambres y un ligero sangrado desde el lunes; ahora el sangrado aumenta y el dolor aumenta a cada minuto. Ayer no comí nada; además, anoche tomé 4 pastillas enteras de Amital [sic] para dormir, que en realidad eran 8 pastillas pequeñas de Amital [sic]. Hazme esta pregunta: ¿Pude haberlo matado al tomar todo el Amital [sic] con el estómago vacío? (aunque también tomé un poco de vino de Jerez). ¿Qué debo hacer? Si todavía está vivo, ¡quiero conservarlo!».. Cuando Marilyn murió en agosto de 1962, su psicoanalista, Ralph Greenson, contactó con Norman Rosten para exponerle lo que había sucedido en realidad. Escrito a los once días de los hechos, es un testimonio de primer orden: «Pude ver que Marilyn ya no vivía. Allí estaba, boca abajo en la cama, con los hombros al descubierto, y al acercarme vi el teléfono apretado con fuerza en su mano derecha. Supongo que intentaba hacer una llamada antes de que la venciera el dolor, y me imagino que era para mí, como solía hacer. Era simplemente increíble; tan simple, definitivo y terminado. Después de todo lo que habíamos pasado, toda la lucha, toda la confusión, todo el dolor y toda la esperanza; esto era simplemente increíble, que todo hubiera terminado. Como dije antes, ya era terrible pensar que Marilyn había muerto; pero era imposible creer que no fuera a volver.
El archivo del escritor, que se subasta estos días, contiene numerosos manuscritos de la protagonista de «La tentación vive arriba», así como cartas de Arthur Miller y un informe sobre su muerte hasta ahora desconocido
En un primer momento aquello iba a ser un encuentro casual. Era un atardecer en Brooklyn, Nueva York, en 1955 y ella se encontraba en ese edificio de paso mientras posaba para la cámara de Sam Shaw. Éste había llamado a la puerta de la casa de su amigo escritor acompañado de quien parecía una estudiante de bachillerato que traía un recado. Al entrar en el domicilio, ella empezó a mirar de manera curiosa y encontró un libro delgado sobre la mesa titulado «Canciones para Patricia». «Le explico que es un libro de poemas para mi hija. Sus ojos se agrandan. Recorre las páginas y lee silenciosamente», explicaría muchos años después el anfitrión. Aquella curiosa lectora explicó que estaba en la ciudad de los rascacielos desde hacía poco para estudiar en el Actors Studio, aunque reconoció que aúin no había tenido la oportunidad de estar sobre un escenario porque se había limitado a hacer cine. «Oh, ¿cuál es su nombre artístico?». Con voz tímida dijo: Marilyn Monroe.. Así empezó una de las amistades más importantes en la breve pero intensa biografía de Marilyn: la que mantuvo con el escritor Norman Rosten. Ahora, con motivo del centenario del nacimiento de la protagonista de «Con faldas y a lo loco», los muchos documentos que la familia Rosten ha guardado, además de varios objetos personales de lla, salen a subasta en Heritage Auctions de Los Ángeles. Este diario ha podido consultar este fondo, único para poder conocer a la persona sin los retintados que ofrecen las leyendas distorsionadas propias de un mito como Norma Jeane.. Rosten y su esposa Hedda, ya fuera en Nueva York, Connecticut y Londres, se convirtieron en cómplices de la actriz, en testigos de lo que ocurría fuera de los focos y del glamour de Hollywood: la mujer que dudaba, la que escribía versos a medianoche, la que les pedía ayuda desesperada cuando las cosas no iban bien… Una parte de toda esa historia fue contada por el propio Rosten en uno de los más bellos libros que se han escrito sobre su amiga, «Marilyn, un relato inédito», publicado en 1973.. Entre los documentos en manos del mejor postor encontramos correspondencia de Marilyn con su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller, a quien llamaba George, y que nos ayudan a comprender mejor cómo fue aquella relación: «Querido George, no trabajes demasiado, cuídate y ¿por qué no piensas en mí a veces? Ojalá pudiera darte algo que te lo recordara, pero al mirar no encuentro nada que pueda desprenderme. Después de verte, paso días añorándote, y no es que me duela. Verás, antes de conocerte, como ahora, siempre me preguntaba: ¿sigo viva? ¿Por qué no siento nada? Es decir, nada excepto miedo o dolor, y cualquier otra cosa que sucediera en mí tenía que inventármela, y lo sabía…». En otra nota a Miller, mientras está tramitaba su divorcio con Joe DiMaggio, le ruega que «por favor, confía en mí al menos en esto: estoy loca por ti y siempre podremos encontrarnos de alguna manera. Has sido maravilloso y amable, y además eres un hombre fascinante. Pero no estaré allí del todo. Sé que mi duelo aún no ha terminado».. El propio Miller también se encargó de informar a los Rosten sobre su vida con Marilyn, como es el caso de una carta del 10 de abril de 1956 y en donde expone lo frágil que era la salud de la actriz. A ella la había dejado «recuperándose, a duras penas, de lo que creo que fue una enfermedad grave. Todavía no podía caminar sin marearse y ese maldito médico de la empresa seguía diciéndole que estaba bien. Gracias a Dios tuvo el suficiente sentido común como para negarse a ir a trabajar ayer (lunes), aunque si hubiera ido, entendió que nos habríamos divorciado automáticamente. La absoluta falta de interés de [el socio de Marilyn y fotógrafo Milton]Greene en su salud es bastante inquietante. Puede estar ahí tumbada, apenas pudiendo caminar, y a nadie se le ocurre acercarse a preguntarle si quiere un vaso de agua. Es bastante asombroso cómo la prensa de allí está empezando a reconocer en lo que se ha convertido. Dos grandes historias sobre ella toman un rumbo completamente nuevo. Y por fin la he convencido de que no tiene que hacerse fotos con el culo al aire para mantener a su público. El viejo marido que llevo dentro en acción. Nadie, que sepamos, está al tanto de mi llegada y partida, pero Ella Maxswell la llamó anoche para preguntarle cuándo nos íbamos a casar, esperando que No iba a ser antes de un mes porque tiene un artículo sobre Skeezix que saldrá entonces y que nos deja solteros.Este tipo de cosas solían ponerme nervioso».. Pero además de la correspondencia cruzada entre el matrimonio Miller-Monroe, en el archivo hay también una muestra de las comunicaciones de Marilyn con los Rosten. Algunas son impactantes, como la que escribe durante el muy accidentado rodaje de «Con faldas y a lo loco» en San Diego, concretamente en el Hotel Coronado. Precisamente, con papel de carta de este establecimiento, Marilyn se dirigió a Rosten de la siguiente manera después de dibujar un personaje pidiendo ayuda: «Querido Norman, no abandones el barco mientras nos hundimos. Tengo la sensación de que este barco nunca va a atracar. Estamos atravesando el Estrecho de Dire. Es agitado y agitado, pero ¿por qué debería preocuparme? No tengo ningún símbolo fálico que perder. / PD: Ámame solo por mi cabello rubio». La misiva estaba escrita a máquina, pero eso no le impidió redactar a mano esta nota: «Lo habría escrito a mano, pero está temblando». Era el 11 de septiembre de 1958.. Durante la filmación de la película de Billy Wilder, Marilyn supo que había perdido el hijo que estaba esperando. De nuevo, gracias a los papeles de Rosten, podemos poner voz a Marilyn Monroe sobre el sufrimiento vivido en aquellas circunstancias y la posibilidad de haber sido la responsable de aquella dolorosa pérdida: «Creo que he estado embarazada unas tres semanas o tal vez dos. Mis pechos han estado tan doloridos que ni siquiera puedo tocarlos; nunca antes había tenido esto en mi vida, además me duelen. También he tenido calambres y un ligero sangrado desde el lunes; ahora el sangrado aumenta y el dolor aumenta a cada minuto. Ayer no comí nada; además, anoche tomé 4 pastillas enteras de Amital [sic] para dormir, que en realidad eran 8 pastillas pequeñas de Amital [sic]. Hazme esta pregunta: ¿Pude haberlo matado al tomar todo el Amital [sic] con el estómago vacío? (aunque también tomé un poco de vino de Jerez). ¿Qué debo hacer? Si todavía está vivo, ¡quiero conservarlo!».. Cuando Marilyn murió en agosto de 1962, su psicoanalista, Ralph Greenson, contactó con Norman Rosten para exponerle lo que había sucedido en realidad. Escrito a los once días de los hechos, es un testimonio de primer orden: «Pude ver que Marilyn ya no vivía. Allí estaba, boca abajo en la cama, con los hombros al descubierto, y al acercarme vi el teléfono apretado con fuerza en su mano derecha. Supongo que intentaba hacer una llamada antes de que la venciera el dolor, y me imagino que era para mí, como solía hacer. Era simplemente increíble; tan simple, definitivo y terminado. Después de todo lo que habíamos pasado, toda la lucha, toda la confusión, todo el dolor y toda la esperanza; esto era simplemente increíble, que todo hubiera terminado. Como dije antes, ya era terrible pensar que Marilyn había muerto; pero era imposible creer que no fuera a volver.
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