Era la Corrida de la Prensa, con la presencia del Rey y un llenazo de impresión. Era también el regreso de Roca Rey a Madrid después de la cornada de Sevilla y tras su paso por Jerez. Era un día grande, con todo lo que eso significa en Madrid. Lo que todavía no sabíamos es que era, por fin, el día grande de Diego Urdiales y la felicidad se nos desbordó hasta el infinito, a la misma altura y con la misma intensidad que a Diego le brotó el toreo por las muñecas. Ocurrió desde el segundo de la tarde. Cuando paró al de Juampedro los tiempos fueron otros, porque las verónicas contuvieron toda la cadencia hasta llegar al remate de una gran media ya en el centro del ruedo. Bonito el quite después. Entró Roca Rey para poner la plaza en modo atención plena por lo ajustado de los lances. Nobleza a raudales tuvo el ejemplar de Juan Pedro Domecq y calidad infinita y Diego lo disfrutó desde el principio. Primero por el pitón derecho, en una obra de reposo, temple, pureza, armonía y belleza. La difícil facilidad del riojano acompañó las rítmicas y entregadas arrancadas del toro.. Después llegó el natural, donde dejó muletazos sueltos de enorme concepto, dibujados con gusto y hondura. Cuando el animal comenzó a perder fuelle, Urdiales entendió el momento y se fue a por la espada. Y allí volvió a aparecer la verdad grande del torero: un estoconazo de premio, ejecutado con rotundidad. Tremenda la manera de hacer la suerte y dejar la espada arriba. Paseó un trofeo.. Diego tenía la Puerta Grande a medio abrir. Y eso en Madrid no es cualquier cosa. Había además esa bendita sensación de que podía ser el día, la hora exacta en la que todo termina por suceder. Recibió al toro con preciosas verónicas, aunque las que llegaron después, ya en el tercio de varas, fueron de otro planeta. Crujió Madrid. Crujió de una manera que debió escucharse hasta en la antigua plaza de toros, donde hoy vamos a los conciertos. Qué torero es el riojano y cómo se perdía el toro en los vuelos. Qué media. Qué forma tan hermosa de torear, de arrebujarse con el animal. Brindó al público y aquello ya se olía. El comienzo de faena fue de una belleza increíble. Torero grande en cuerpo pequeño. Clásico y rotundo. Enorme la trinchera. Después, en los medios, una tanda por el derecho deteniéndose en la lentitud de la arrancada del toro, que venía de lejos con una embestida franca y templada. En la distancia supo Diego que ahí estaba el secreto. Y desde la parsimonia de su veteranía disfrutó él. Y disfrutamos nosotros. Todo medido. Con momentos extraordinarios. Y otro estoconazo que le abrió la Puerta Grande camino de la calle de Alcalá con la felicidad compartida más absoluta. Qué grande es el toreo.. Una oreja entre protestas paseó Roca del buen quinto. De rodillas y con volcánicas arrucinas comenzó la faena que dividió a la afición desde el principio. El peruano puso todo su repertorio. Ligazón, temple y poder. Y también, de manera intrínseca, parte de su manera de torear que no conecta al echarse el toro más para fuera y alargar la embestida en línea. Entre una cosa y otra fue avanzando la faena con el noble animal. En la estocada encontró el premio. El tercero había tenido movilidad y repetición y fue a menos. Anduvo el torero menos fino y más encimista.. Bruno Aloi venía a confirmar alternativa y lo hizo con un primero noble, pero venido a menos. Puso todo lo que tenía el mexicano. La espada no se le dio bien y poco pudo hacer con el sexto además de su entrega.. Ficha del festejo. Las Ventas. Décimo octava de San Isidro. Corrida de la Prensa. lleno de «No hay billetes». Toros de Juan Pedro Domecq. El 1º, noble y a menos; 2º, bueno y de calidad; 3º, movilidad y repetición y a menos; 4º, de buena condición; 5º, noble y de buen juego; 6º, noble y soso.. Diego Urdiales, de azul y oro, buena estocada (oreja); buena estocada, aviso (oreja). Roca Rey, de berenjena y oro, estocada (silencio); aviso, pinchazo, estocada (oreja).. Bruno Aloi, de blanco y oro, tres pinchazos, estocada baja, estocada (silencio); pinchazo, estocada (silencio).
El diestro corta una oreja a cada uno de sus buenos toros de Juan Pedro Domecq y Roca Rey pasea un trofeo en la Prensa
Era la Corrida de la Prensa, con la presencia del Rey y un llenazo de impresión. Era también el regreso de Roca Rey a Madrid después de la cornada de Sevilla y tras su paso por Jerez. Era un día grande, con todo lo que eso significa en Madrid. Lo que todavía no sabíamos es que era, por fin, el día grande de Diego Urdiales y la felicidad se nos desbordó hasta el infinito, a la misma altura y con la misma intensidad que a Diego le brotó el toreo por las muñecas. Ocurrió desde el segundo de la tarde. Cuando paró al de Juampedro los tiempos fueron otros, porque las verónicas contuvieron toda la cadencia hasta llegar al remate de una gran media ya en el centro del ruedo. Bonito el quite después. Entró Roca Rey para poner la plaza en modo atención plena por lo ajustado de los lances. Nobleza a raudales tuvo el ejemplar de Juan Pedro Domecq y calidad infinita y Diego lo disfrutó desde el principio. Primero por el pitón derecho, en una obra de reposo, temple, pureza, armonía y belleza. La difícil facilidad del riojano acompañó las rítmicas y entregadas arrancadas del toro.. Después llegó el natural, donde dejó muletazos sueltos de enorme concepto, dibujados con gusto y hondura. Cuando el animal comenzó a perder fuelle, Urdiales entendió el momento y se fue a por la espada. Y allí volvió a aparecer la verdad grande del torero: un estoconazo de premio, ejecutado con rotundidad. Tremenda la manera de hacer la suerte y dejar la espada arriba. Paseó un trofeo.. Diego tenía la Puerta Grande a medio abrir. Y eso en Madrid no es cualquier cosa. Había además esa bendita sensación de que podía ser el día, la hora exacta en la que todo termina por suceder. Recibió al toro con preciosas verónicas, aunque las que llegaron después, ya en el tercio de varas, fueron de otro planeta. Crujió Madrid. Crujió de una manera que debió escucharse hasta en la antigua plaza de toros, donde hoy vamos a los conciertos. Qué torero es el riojano y cómo se perdía el toro en los vuelos. Qué media. Qué forma tan hermosa de torear, de arrebujarse con el animal. Brindó al público y aquello ya se olía. El comienzo de faena fue de una belleza increíble. Torero grande en cuerpo pequeño. Clásico y rotundo. Enorme la trinchera. Después, en los medios, una tanda por el derecho deteniéndose en la lentitud de la arrancada del toro, que venía de lejos con una embestida franca y templada. En la distancia supo Diego que ahí estaba el secreto. Y desde la parsimonia de su veteranía disfrutó él. Y disfrutamos nosotros. Todo medido. Con momentos extraordinarios. Y otro estoconazo que le abrió la Puerta Grande camino de la calle de Alcalá con la felicidad compartida más absoluta. Qué grande es el toreo.. Una oreja entre protestas paseó Roca del buen quinto. De rodillas y con volcánicas arrucinas comenzó la faena que dividió a la afición desde el principio. El peruano puso todo su repertorio. Ligazón, temple y poder. Y también, de manera intrínseca, parte de su manera de torear que no conecta al echarse el toro más para fuera y alargar la embestida en línea. Entre una cosa y otra fue avanzando la faena con el noble animal. En la estocada encontró el premio. El tercero había tenido movilidad y repetición y fue a menos. Anduvo el torero menos fino y más encimista.. Bruno Aloi venía a confirmar alternativa y lo hizo con un primero noble, pero venido a menos. Puso todo lo que tenía el mexicano. La espada no se le dio bien y poco pudo hacer con el sexto además de su entrega.. Las Ventas. Décimo octava de San Isidro. Corrida de la Prensa. lleno de «No hay billetes». Toros de Juan Pedro Domecq. El 1º, noble y a menos; 2º, bueno y de calidad; 3º, movilidad y repetición y a menos; 4º, de buena condición; 5º, noble y de buen juego; 6º, noble y soso.. Diego Urdiales, de azul y oro, buena estocada (oreja); buena estocada, aviso (oreja). Roca Rey, de berenjena y oro, estocada (silencio); aviso, pinchazo, estocada (oreja).. Bruno Aloi, de blanco y oro, tres pinchazos, estocada baja, estocada (silencio); pinchazo, estocada (silencio).
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