Hasta el 17 de enero, se exponen obras que muestran la conciencia por la crisis de la emergencia climática de Kenny Scharf
Kenny Scharf siempre ha pintado en cualquier sitio. En los muebles de una cocina, en un radiocasete, o en un ruinoso muro de un kilómetro de largo en el cauce del río Guadalmedina, en Málaga. Este mural supuso su segunda visita a España. La primera fue en 1983: «Hice una instalación en el Palacio de Cristal, y me impactó, porque en aquella época en Nueva York el mundo del arte era muy pequeño, siempre se veían las mismas caras. Pero en Madrid me llamó la atención ver que también había gente de fuera del mundillo», recuerda el artista californiano. Años después aquel gigante grafiti en Málaga, que pintó antes del Covid –«hacía como 200 grados», bromea–, regresa a la capital española, esta vez plasmando su arte entre muros de pladur… o directamente sobre ellos. Hasta el 17 de enero, el Museo Thyssen-Bornemisza acoge «Kenny Scharf», muestra para la que el artista, también presente este lunes durante la presentación ante la prensa, incluso ha tomado las propias paredes del espacio como lienzo. Una, define Guillermo Solana, comisario y director artístico del museo, «idea sobrevenida que el artista nos propuso durante el montaje. Fue todo muy rápido. Fueron a comprar esprays de Montana, se puso la mascarilla y lo hizo en 20 minutos. Con una seguridad increíble».. La conexión de Scharf con la realidad no se ha desvanecido en décadas. Registró su auge en los ochenta, formando parte, junto a Jean-Michel Basquiat y a Keith Haring, de una escena que bebía de la cultura pop –fue protegido de Warhol– y de una fuerte estética surrealista. Hasta hoy, sus obras, llenas de color, de expresividad y de un caos que hasta resulta divertido, son reflejo de «lo que el estilo de vida americano consumista y capitalista le está haciendo a la Tierra. Hemos creado un monstruo que decidimos ignorar y mirar hacia otro lado, pensando que desaparecerá, cuando en realidad todos mis miedos se están haciendo realidad a medida que presenciamos la destrucción», expresó el artista a «Observer» hace dos años, demostrando una conciencia ecológica en la que sigue profundizando de la mano de esta exposición. A través de cuatro secciones que repasan diversas facetas de su obra, se ofrecen al público 25 pinturas que funcionan como un canto a la naturaleza, realizadas en los últimos seis años, sobre lienzo, lino… o pladur.. Caras por todas partes. Es un artista radicalmente urbano, pero siempre «ha estado profundamente identificado con la defensa del medio ambiente, con la conciencia hoy del antropoceno, de la crisis de la emergencia climática», plantea el comisario. Y ahora Scharf, que creció en la Nueva York degradada, arruinada, de finales de los 70 y comienzos de los 80, cambia el caos callejero por la serenidad del museo, en una exposición donde las emociones continúan estando a flor de piel. En sus obras hay caras por todas partes. «Se ha dicho con razón que es el profeta de los emojis, pues desplegó su estilo casi 20 años antes de que se desplegara ese lenguaje visual con el que vivimos hoy cotidianamente. Él dice que tiene paraidolia, una afección que le hace ver rostros en una casa, un objeto o un electrodoméstico», explica Solana. Un estilo que cautivó a Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, y les llevó a adquirir «Junglematic» (2023). La muestra forma parte del programa dedicado a su Colección, y si bien «no tenemos una línea concreta ni un plan trazado», matiza Borja, a la hora de plantear adquisiciones o exposiciones, sí «seguimos algo que nos enseñó su padre –añade Blanca–, y es que el arte debe ser mínimo 50% corazón. A eso, le añadimos profesionalidad, y que los artistas tengan que ver con nuestra personalidad. Nos gusta el color, la alegría… que los cuadros transmitan emociones». Y es Scharf, precisamente, un creador para el que «todas las emociones son importantes». En el pladur del Thyssen… y en cualquier sitio.. El museo, en ampliación. A la presentación ante la prensa no sólo acudió el artista, sino también de Borja Thyssen y Blanca Cuesta. Ambos celebraron la obra de Scharf en particular, así como el rumbo general que toma el museo en su ampliación. El Gobierno ha cedido a la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza el Palacio de Hielo y del Automóvil de Madrid, algo positivo, pues ambos consideran al espacio que le faltaba «un espacio más contemporáneo». Una decisión que, añaden, demuestra que es «un museo vivo». «Cuando el ministro nos lo comentó dijimos ‘adelante’. A este museo le faltaba un espacio más contemporáneo», ha comentado Borja Thyssen, asegurando que es «un proyecto apasionante» que demuestra que el museo está «vivo» y que tiene la «suerte» de contar con las nuevas generaciones, como ellos, con su colección, y la de la fundación creada por Francesca Thyssen.
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Kenny Scharf siempre ha pintado en cualquier sitio. En los muebles de una cocina, en un radiocasete, o en un ruinoso muro de un kilómetro de largo en el cauce del río Guadalmedina, en Málaga. Este mural supuso su segunda visita a España. La primera fue en 1983: «Hice una instalación en el Palacio de Cristal, y me impactó, porque en aquella época en Nueva York el mundo del arte era muy pequeño, siempre se veían las mismas caras. Pero en Madrid me llamó la atención ver que también había gente de fuera del mundillo», recuerda el artista californiano. Años después aquel gigante grafiti en Málaga, que pintó antes del Covid –«hacía como 200 grados», bromea–, regresa a la capital española, esta vez plasmando su arte entre muros de pladur… o directamente sobre ellos. Hasta el 17 de enero, el Museo Thyssen-Bornemisza acoge «Kenny Scharf», muestra para la que el artista, también presente este lunes durante la presentación ante la prensa, incluso ha tomado las propias paredes del espacio como lienzo. Una, define Guillermo Solana, comisario y director artístico del museo, «idea sobrevenida que el artista nos propuso durante el montaje. Fue todo muy rápido. Fueron a comprar esprays de Montana, se puso la mascarilla y lo hizo en 20 minutos. Con una seguridad increíble».. La conexión de Scharf con la realidad no se ha desvanecido en décadas. Registró su auge en los ochenta, formando parte, junto a Jean-Michel Basquiat y a Keith Haring, de una escena que bebía de la cultura pop –fue protegido de Warhol– y de una fuerte estética surrealista. Hasta hoy, sus obras, llenas de color, de expresividad y de un caos que hasta resulta divertido, son reflejo de «lo que el estilo de vida americano consumista y capitalista le está haciendo a la Tierra. Hemos creado un monstruo que decidimos ignorar y mirar hacia otro lado, pensando que desaparecerá, cuando en realidad todos mis miedos se están haciendo realidad a medida que presenciamos la destrucción», expresó el artista a «Observer» hace dos años, demostrando una conciencia ecológica en la que sigue profundizando de la mano de esta exposición. A través de cuatro secciones que repasan diversas facetas de su obra, se ofrecen al público 25 pinturas que funcionan como un canto a la naturaleza, realizadas en los últimos seis años, sobre lienzo, lino… o pladur.. Caras por todas partes. Es un artista radicalmente urbano, pero siempre «ha estado profundamente identificado con la defensa del medio ambiente, con la conciencia hoy del antropoceno, de la crisis de la emergencia climática», plantea el comisario. Y ahora Scharf, que creció en la Nueva York degradada, arruinada, de finales de los 70 y comienzos de los 80, cambia el caos callejero por la serenidad del museo, en una exposición donde las emociones continúan estando a flor de piel. En sus obras hay caras por todas partes. «Se ha dicho con razón que es el profeta de los emojis, pues desplegó su estilo casi 20 años antes de que se desplegara ese lenguaje visual con el que vivimos hoy cotidianamente. Él dice que tiene paraidolia, una afección que le hace ver rostros en una casa, un objeto o un electrodoméstico», explica Solana. Un estilo que cautivó a Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, y les llevó a adquirir «Junglematic» (2023). La muestra forma parte del programa dedicado a su Colección, y si bien «no tenemos una línea concreta ni un plan trazado», matiza Borja, a la hora de plantear adquisiciones o exposiciones, sí «seguimos algo que nos enseñó su padre –añade Blanca–, y es que el arte debe ser mínimo 50% corazón. A eso, le añadimos profesionalidad, y que los artistas tengan que ver con nuestra personalidad. Nos gusta el color, la alegría… que los cuadros transmitan emociones». Y es Scharf, precisamente, un creador para el que «todas las emociones son importantes». En el pladur del Thyssen… y en cualquier sitio.. El museo, en ampliación. A la presentación ante la prensa no sólo acudió el artista, sino también de Borja Thyssen y Blanca Cuesta. Ambos celebraron la obra de Scharf en particular, así como el rumbo general que toma el museo en su ampliación. El Gobierno ha cedido a la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza el Palacio de Hielo y del Automóvil de Madrid, algo positivo, pues ambos consideran al espacio que le faltaba «un espacio más contemporáneo». Una decisión que, añaden, demuestra que es «un museo vivo». «Cuando el ministro nos lo comentó dijimos ‘adelante’. A este museo le faltaba un espacio más contemporáneo», ha comentado Borja Thyssen, asegurando que es «un proyecto apasionante» que demuestra que el museo está «vivo» y que tiene la «suerte» de contar con las nuevas generaciones, como ellos, con su colección, y la de la fundación creada por Francesca Thyssen.
