Primero fueron las mujeres fatales del cine mudo. Su máxima representante fue la divina Greta Garbo. Su fama se extendió durante todo el siglo XX. Nadie, ni siquiera el Ángel Azul alemán, Marlene Dietrich, estuvo a su altura. Eran actrices dramáticas, con ese puntito europeo de elegancia y sensualidad que representaban la sofisticación de esclavas románticas del amor fatal. Años antes, con el comienzo del cine mudo, una guionista de Griffith, Anita Loos, escribió una novelita satírica que tendría amplia repercusión literaria y cinematográfica: «Los caballeros las prefieren rubias» (1925). Sus protagonistas eran dos amigas, la rubia Lorelei Lee y la morena Dorothy Shaw, dos «flappers» depredadoras: Anita Loos se adelantaba a su tiempo definiéndolas en plan cómico como «Gold Diggers», cazafortunas, en el argot de los rutilantes años 30 a la rubia Lorelei Lee, cuya frase preferida es «Un beso en la mano os puede hacer muy feliz, pero una pulsera de diamantes y zafiros dura para siempre».. Con el tiempo y tras numerosas ediciones de la novela, puestas en escenas como comedia, pasó al cine en 1928 y como musical en Broadway y de nuevo al cine en 1953 con Marilyn Monroe en el papel de Lorelei Lee, que la encumbraría como las más ambiciosa rubia platino del cine. La máxima bomba sexual cuando el auge de las «magioratta» italianas de grandes senos, anchas caderas y culos de carnes desplegables.. Hasta su suicidio, Marilyn Monroe se mantuvo como la máxima atracción sexual de Hollywood, truncada con su relación fatal con los Kennedy y su controvertido suicido en 1962 a base de Nembutal y Jonny Walker. Caer en la crónica negra de Hollywood es como hundirse en unas arenas movedizas de la que nadie vuelve a salir a flote.. La revitalicación del mito. Los años 60 fueron años de sucesivas intentonas de revitalización el mito erótico de Marilyn Monroe por fotógrafos y autores de la categoría de Norman Mailer con su biografía «Marilyn Monroe» (1973), reeditada en un volumen de tapa dura como «Coffee table book», acompañado por el espectacular reportaje fotográfico que Bert Stern realizó para la revista «Vogue» durante tres días en el hotel Bel-Air, seis semanas antes de de su misteriosa muerte, a los 36 años. Mientras en el texto de Mailer plantea la hipótesis del asesinato las fotos de Stern la representan con una vitalidad y desnudez resplandeciente.. Pero el primer artista que realizó la primera serigrafía de Marilyn Monroe fue Andy Warhol el año de su muerte, en 1962. Un díptico de Marilyn a base de acrílicos saturados sobre lienzo. Su edición comercial numerada la editó en 1967, convirtiéndola en un icono pop.. Desde entonces, su influjo fue trascendental en la cultura pop de Warhol y el Pop Art inglés de los años 60, con el «Swinging London» de los Beatles. En el famoso disco de los Beatles «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band» (1967) es una de la 69 celebridades incluidas en el collage de el artista pop Peter Blake y de Jann Haworth.. La rehabilitación de Marilyn Monroe fue como un cohete en los años 70. Se reeditaron las bandas sonoras de sus comedias y las canciones que la popularizaron en su época de esplendor como gran actriz de comedia. Nunca su voz, pequeña y sensual, había sido apreciada, pero en esos años se inicia su celebración como una cantante que matizaba con una delicadez cada frase, a la que imprimía unos delicados trémolos.. Eso supo ver Madonna cuando grabó su «Material Girl» (1985) en su segundo LP, «Like Virgin», y realizó un video clip imitando la puesta en escena y la coreografía de la canción de Marilyn Monroe «Diamonds Are a Girl’s Best Friend» de «Los caballeros las prefieren rubias» (1953), ideado por el coreógrafo Jack Cole, rematado por el refulgente vestido de seda rosa chicle de Travilla. De repente, Madonna se fundía con Marilyn dotándola de nueva vida.. En dos décadas, la reconfiguración de la gran estrella de Hollywood de los años 50, imitada por rubias platino tan exuberantes como explosivas («bombshells») Mamie van Doren, Jayne Mansfield y la inglesa Diana Dors pasó a mejor vida. El arte de Andy Warhol fue convertirla en un icono pop, un rostro amputado de su cuerpo y su vida anterior. Por un lado estaba la Marilyn Monroe mítica de Hollywood caída en el pozo de la depresión y el «amour fou» por unos hermanos cantamañanas; por otro, el rostro pintarrajeado y desencajado que Warhol le brindo para iniciar una nueva vida en ese mundo que la estrella soñaba: ser una Artista y no un afrodisiaco sexual del cine de Hollywood.. Y quien lo hizo, Warhol, le brindó a todos los travestis del mundo gay un nuevo concepto de una Marilyn que entrecruzaba la imagen de la estrella sexual del cine de Hollywood con el mismo Warhol travestido con la peluca de Marilyn en la famosa serie de fotos «Altered Images» que Christopher Makos realizó en 1981 como homenaje un tanto cutre al posado de Marcel Duchamp travestido como Rrose Sélavy, de la serie de 1921 de Man Ray. Luce Marcel una boa de piel, un sobrero con plumas negras y semblante seductor pero adusto.. Este adelgazamiento visual que Andy Warhol operó sobre la imagen canónica de la estrella convertida en el descompuesto rostro deconstruido de Marilyn y repetido como una obsesión por el artista en colores vibrantes. Una vez desmaterializada, Marilyn se convirtió en una lata de sopa Campbell.. El lado material de las cosas. El genio de Warhol para transmitir el lado material de las cosas, sin otro significado que representar la nada descompuesta en fragmentos, fue el legado del artista a una imagen de la estrella que, según la acertada reflexión de Elizabeth Taylor, la desposeyó de un plumazo de su vida trágica: «Analizó en exceso una vida que nunca tuvo la oportunidad de vivir». La insaciabilidad material del artista más roñoso que Avida Dollars la hizo vivir eternamente quitándole la identidad real y cambiándosela por un glamour sin vida.. A raíz de la amistad de Truman Capote con la estrella, el autor escribió «Breakfast at Tiffany’s («Desayuno con diamantes», 1961), en la que planteaba la transustanciación de un ligue con un marinero en un relato sobre el personaje renovado de Lorelei Lee, con intención de al ser llevado al cine proponer a Marilyn Monroe como la paleta pero sofisticada Holly Golightly. Ni Backe Edwards ni es el estudio de cine quisieron a Marilyn por ser una actriz problemática y se decantaron por la delicada figura de Audrey Hepburn que hizo historia con esta versión suavizada de la novela de Capote.. También su ex Arthur Miller le escribió el guión de «Vidas rebeldes» (1961), para compensar su divorcio en Reno, y una obra teatral sobre el remordimiento tras el suicidio de Marilyn titulada «Después de la caída» (1964). Pero nada podía sacar al país de la depresión del suicidio de Marilyn y magnicidio de Kennedy en 1963.. No sería hasta finales de los años 60 cuando Andy Warhol edita sus famosos dípticos que proliferan como hongos alucinógenos por el ecosistema artístico de Nueva York, asimilando el nuevo concepto de icono pop acuñado por Warhol. En los años siguientes se suceden nuevas intentonas de volver a materializar a la rubia platino con escasa fortuna crítica. En los años 80 el artista urbano de origen italiano Renato Casaro titulaba su mural como «Last Supper. Parody»,en la que representa a Marilyn Monroe como el mismo Jesucristo en la última cena, rodeada de los más granado de los actores del Hollywood clásico: James Dean, Marlon Brando y Elvis Presley, entre otros.. Ya en los años 2000, se ha sucedido los homenajes en forma de biografía «de ficción imaginaria», la primera, «Blonde» (2000), escrita por Joyce Carol Oates, tan gruesa como desquiciada, en la que se basa la película interpretada por una voluntariosa Anna de Armas. La escritora fabula con una Marilyn volcada en el sexo, la esquizofrenia y la autodestrucción.. En «Blonde», Oates trata de restituir todo cuanto Warhol había eliminado de Marilyn Monroe como icono pop: el impulso sexual de esta enferma que utilizaban los hombre como objeto sexual, al modo de la utilización que Hollywood hizo con ella desde su contratación como bomba sexual. Pero el objetivo de la escritora, tan burdo como poco atractivo, no gustó al público. Siguieron prefiriendo el icono pop más manejable y atractivo visualmente que la fantasía real de esa mujer depredadora sexual sin alma ni cabeza.. Otro acercamiento con tintes similares lo realizó recientemente el torrencial novelista James Ellroy en «Los seductores» (2025), en la que un detective privado descubre el cuerpo muerto de Marilyn en su casa y durante horas analiza la escena del crimen de forma brutal, morbosa. De nuevo, como Oates, trata de insuflarle vida a ese cuerpo vencido por una pasión sin sentido, la ingesta de drogas y la muerte.. Muy lejos, en los años de crisis matrimonial con Arthur Miller y su intentona de convertirse en su propia productora, quedan las amables palabra de Miss Collier cuando conoció a Marilyn, que narra Truman Capote en el capítulo dedicado a la semblanza de la estrella en «Música para camaleones» (1980), que escribió años después del suicidio de su amiga: «No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía». En realidad todo cuanto desposeyó Warhol al petrificarla en un icono pop.
Hasta su suicidio, Marilyn Monroe se mantuvo como la máxima atracción sexual de Hollywood, truncada con su relación fatal con los Kennedy y su controvertido final en 1962 a base de Nembutal y Jonny Walker. Caer en la crónica negra de Los Ángeles es como hundirse en unas arenas movedizas de la que nadie vuelve a salir a flote
Primero fueron las mujeres fatales del cine mudo. Su máxima representante fue la divina Greta Garbo. Su fama se extendió durante todo el siglo XX. Nadie, ni siquiera el Ángel Azul alemán, Marlene Dietrich, estuvo a su altura. Eran actrices dramáticas, con ese puntito europeo de elegancia y sensualidad que representaban la sofisticación de esclavas románticas del amor fatal. Años antes, con el comienzo del cine mudo, una guionista de Griffith, Anita Loos, escribió una novelita satírica que tendría amplia repercusión literaria y cinematográfica: «Los caballeros las prefieren rubias» (1925). Sus protagonistas eran dos amigas, la rubia Lorelei Lee y la morena Dorothy Shaw, dos «flappers» depredadoras: Anita Loos se adelantaba a su tiempo definiéndolas en plan cómico como «Gold Diggers», cazafortunas, en el argot de los rutilantes años 30 a la rubia Lorelei Lee, cuya frase preferida es «Un beso en la mano os puede hacer muy feliz, pero una pulsera de diamantes y zafiros dura para siempre».. Con el tiempo y tras numerosas ediciones de la novela, puestas en escenas como comedia, pasó al cine en 1928 y como musical en Broadway y de nuevo al cine en 1953 con Marilyn Monroe en el papel de Lorelei Lee, que la encumbraría como las más ambiciosa rubia platino del cine. La máxima bomba sexual cuando el auge de las «magioratta» italianas de grandes senos, anchas caderas y culos de carnes desplegables.. Hasta su suicidio, Marilyn Monroe se mantuvo como la máxima atracción sexual de Hollywood, truncada con su relación fatal con los Kennedy y su controvertido suicido en 1962 a base de Nembutal y Jonny Walker. Caer en la crónica negra de Hollywood es como hundirse en unas arenas movedizas de la que nadie vuelve a salir a flote.. La revitalicación del mito. Los años 60 fueron años de sucesivas intentonas de revitalización el mito erótico de Marilyn Monroe por fotógrafos y autores de la categoría de Norman Mailer con su biografía «Marilyn Monroe» (1973), reeditada en un volumen de tapa dura como «Coffee table book», acompañado por el espectacular reportaje fotográfico que Bert Stern realizó para la revista «Vogue» durante tres días en el hotel Bel-Air, seis semanas antes de de su misteriosa muerte, a los 36 años. Mientras en el texto de Mailer plantea la hipótesis del asesinato las fotos de Stern la representan con una vitalidad y desnudez resplandeciente.. Pero el primer artista que realizó la primera serigrafía de Marilyn Monroe fue Andy Warhol el año de su muerte, en 1962. Un díptico de Marilyn a base de acrílicos saturados sobre lienzo. Su edición comercial numerada la editó en 1967, convirtiéndola en un icono pop.. Desde entonces, su influjo fue trascendental en la cultura pop de Warhol y el Pop Art inglés de los años 60, con el «Swinging London» de los Beatles. En el famoso disco de los Beatles «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band» (1967) es una de la 69 celebridades incluidas en el collage de el artista pop Peter Blake y de Jann Haworth.. La rehabilitación de Marilyn Monroe fue como un cohete en los años 70. Se reeditaron las bandas sonoras de sus comedias y las canciones que la popularizaron en su época de esplendor como gran actriz de comedia. Nunca su voz, pequeña y sensual, había sido apreciada, pero en esos años se inicia su celebración como una cantante que matizaba con una delicadez cada frase, a la que imprimía unos delicados trémolos.. Eso supo ver Madonna cuando grabó su «Material Girl» (1985) en su segundo LP, «Like Virgin», y realizó un video clip imitando la puesta en escena y la coreografía de la canción de Marilyn Monroe «Diamonds Are a Girl’s Best Friend» de «Los caballeros las prefieren rubias» (1953), ideado por el coreógrafo Jack Cole, rematado por el refulgente vestido de seda rosa chicle de Travilla. De repente, Madonna se fundía con Marilyn dotándola de nueva vida.. En dos décadas, la reconfiguración de la gran estrella de Hollywood de los años 50, imitada por rubias platino tan exuberantes como explosivas («bombshells») Mamie van Doren, Jayne Mansfield y la inglesa Diana Dors pasó a mejor vida. El arte de Andy Warhol fue convertirla en un icono pop, un rostro amputado de su cuerpo y su vida anterior. Por un lado estaba la Marilyn Monroe mítica de Hollywood caída en el pozo de la depresión y el «amour fou» por unos hermanos cantamañanas; por otro, el rostro pintarrajeado y desencajado que Warhol le brindo para iniciar una nueva vida en ese mundo que la estrella soñaba: ser una Artista y no un afrodisiaco sexual del cine de Hollywood.. Y quien lo hizo, Warhol, le brindó a todos los travestis del mundo gay un nuevo concepto de una Marilyn que entrecruzaba la imagen de la estrella sexual del cine de Hollywood con el mismo Warhol travestido con la peluca de Marilyn en la famosa serie de fotos «Altered Images» que Christopher Makos realizó en 1981 como homenaje un tanto cutre al posado de Marcel Duchamp travestido como Rrose Sélavy, de la serie de 1921 de Man Ray. Luce Marcel una boa de piel, un sobrero con plumas negras y semblante seductor pero adusto.. Este adelgazamiento visual que Andy Warhol operó sobre la imagen canónica de la estrella convertida en el descompuesto rostro deconstruido de Marilyn y repetido como una obsesión por el artista en colores vibrantes. Una vez desmaterializada, Marilyn se convirtió en una lata de sopa Campbell.. El lado material de las cosas. El genio de Warhol para transmitir el lado material de las cosas, sin otro significado que representar la nada descompuesta en fragmentos, fue el legado del artista a una imagen de la estrella que, según la acertada reflexión de Elizabeth Taylor, la desposeyó de un plumazo de su vida trágica: «Analizó en exceso una vida que nunca tuvo la oportunidad de vivir». La insaciabilidad material del artista más roñoso que Avida Dollars la hizo vivir eternamente quitándole la identidad real y cambiándosela por un glamour sin vida.. A raíz de la amistad de Truman Capote con la estrella, el autor escribió «Breakfast at Tiffany’s («Desayuno con diamantes», 1961), en la que planteaba la transustanciación de un ligue con un marinero en un relato sobre el personaje renovado de Lorelei Lee, con intención de al ser llevado al cine proponer a Marilyn Monroe como la paleta pero sofisticada Holly Golightly. Ni Backe Edwards ni es el estudio de cine quisieron a Marilyn por ser una actriz problemática y se decantaron por la delicada figura de Audrey Hepburn que hizo historia con esta versión suavizada de la novela de Capote.. También su ex Arthur Miller le escribió el guión de «Vidas rebeldes» (1961), para compensar su divorcio en Reno, y una obra teatral sobre el remordimiento tras el suicidio de Marilyn titulada «Después de la caída» (1964). Pero nada podía sacar al país de la depresión del suicidio de Marilyn y magnicidio de Kennedy en 1963.. No sería hasta finales de los años 60 cuando Andy Warhol edita sus famosos dípticos que proliferan como hongos alucinógenos por el ecosistema artístico de Nueva York, asimilando el nuevo concepto de icono pop acuñado por Warhol. En los años siguientes se suceden nuevas intentonas de volver a materializar a la rubia platino con escasa fortuna crítica. En los años 80 el artista urbano de origen italiano Renato Casaro titulaba su mural como «Last Supper. Parody»,en la que representa a Marilyn Monroe como el mismo Jesucristo en la última cena, rodeada de los más granado de los actores del Hollywood clásico: James Dean, Marlon Brando y Elvis Presley, entre otros.. Ya en los años 2000, se ha sucedido los homenajes en forma de biografía «de ficción imaginaria», la primera, «Blonde» (2000), escrita por Joyce Carol Oates, tan gruesa como desquiciada, en la que se basa la película interpretada por una voluntariosa Anna de Armas. La escritora fabula con una Marilyn volcada en el sexo, la esquizofrenia y la autodestrucción.. En «Blonde», Oates trata de restituir todo cuanto Warhol había eliminado de Marilyn Monroe como icono pop: el impulso sexual de esta enferma que utilizaban los hombre como objeto sexual, al modo de la utilización que Hollywood hizo con ella desde su contratación como bomba sexual. Pero el objetivo de la escritora, tan burdo como poco atractivo, no gustó al público. Siguieron prefiriendo el icono pop más manejable y atractivo visualmente que la fantasía real de esa mujer depredadora sexual sin alma ni cabeza.. Otro acercamiento con tintes similares lo realizó recientemente el torrencial novelista James Ellroy en «Los seductores» (2025), en la que un detective privado descubre el cuerpo muerto de Marilyn en su casa y durante horas analiza la escena del crimen de forma brutal, morbosa. De nuevo, como Oates, trata de insuflarle vida a ese cuerpo vencido por una pasión sin sentido, la ingesta de drogas y la muerte.. Muy lejos, en los años de crisis matrimonial con Arthur Miller y su intentona de convertirse en su propia productora, quedan las amables palabra de Miss Collier cuando conoció a Marilyn, que narra Truman Capote en el capítulo dedicado a la semblanza de la estrella en «Música para camaleones» (1980), que escribió años después del suicidio de su amiga: «No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía». En realidad todo cuanto desposeyó Warhol al petrificarla en un icono pop.
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