Cada mañana, cientos de estudiantes e investigadores de la Universidad de Oxford cruzan Radcliffe Square y entran en uno de los edificios más hermosos de Inglaterra. La Cámara Radcliffe, una biblioteca con forma de rotonda de piedra dorada coronada por una cúpula, fue construida entre 1737 y 1749 por el arquitecto James Gibbs con cuarenta mil libras que un médico dejó en herencia al morir en 1714. El médico se llamaba John Radcliffe, cuya estatua de mármol preside hoy la sala de lectura. El poeta Samuel Garth, contemporáneo cuyo, señala la paradoja evidente de la donación de un hombre que se jactaba de no leer. Aquello era, dijo, «tan lógico como que un eunuco fundara un serrallo».. Había nacido en Wakefield, Yorkshire, en 1650, hijo de un abogado de provincia. A los quince años entró en University College, Oxford, donde sus tutores le describieron como un estudiante brillante y levantisco, aficionado a la bebida, a la compañía y a las bromas pesadas. Se licenció en medicina en 1675, obtuvo el doctorado en 1682 y poco después se instaló en Londres, en Bow Street. En el espacio de un año ganaba veinte guineas al día, una cifra extravagante para la época. Algunos de sus clientes fueron Isaac Newton, Jonathan Swift, Alexander Pope y al duque de Beaufort, incluyendo a media aristocracia inglesa. Tenía un don para el diagnóstico que sus contemporáneos reconocían incluso cuando les irritaba todo lo demás, y lo demás irritaba bastante. Su habilidad para tratar la viruela, enfermedad que en aquella época resultaba con frecuencia mortal, le granjeó una reputación sólida.. Aprender sin libros. Radcliffe era de una franqueza que rozaba la insolencia. En los círculos médicos de su tiempo era costumbre publicar tratados y farmacopeas (recetarios o colecciones de fórmulas y preparaciones farmacéuticas) para acreditar la autoridad científica propia. Radcliffe no publicó nada en vida. El único volumen que lleva su nombre, una recopilación de recetas medicinales, apareció dos años después de su muerte y fue compilado por otros. Un día, cuando alguien le preguntó por su biblioteca, señaló los frascos de hierbas y el esqueleto que presidían su estudio y respondió: «Ésta es la biblioteca de Radcliffe». Aprendía mirando, tocando, escuchando. No de los libros.. Su método le llevó hasta la corte. En 1686 fue nombrado médico de la princesa Ana de Dinamarca. Después trató a Guillermo III, cuya confianza ganó a través de los nobles neerlandeses del rey a quienes había aliviado de diversas dolencias. Guillermo le ofreció una plaza fija como médico de la corte con un sueldo generoso. Radcliffe la rechazó porque la práctica privada le resultaba más lucrativa, aunque siguió asistiendo al rey durante once años a cambio de seiscientas guineas anuales. El vínculo terminó en 1699 de la única manera que podía terminar con alguien de su temperamento. El rey tenía las piernas hinchadas y Radcliffe le dijo, sin rodeos, que no cambiaría sus dos piernas por sus tres reinos. Guillermo no le perdonó el insolente comentario.. El final de Radcliffe. Con la reina Ana la relación fue más tortuosa. Ana no le perdonaba que en una ocasión anterior le hubiera dicho que sus males no eran más que vapores. Cuando subió al trono en 1702, el conde de Godolphin intentó sin éxito reinstalar a Radcliffe como médico principal. La reina se negó. Radcliffe siguió siendo consultado en casos de urgencia y cobró sumas considerables por sus recetas, pero nunca recuperó la posición. En el verano de 1714, cuando Ana agonizaba, la familia real le envió a buscar. Radcliffe respondió que él también estaba indispuesto y que no podía viajar desde Carshalton, donde se había retirado. La reina murió sin él. Radcliffe murió tres meses después, en noviembre de ese mismo año, probablemente de un derrame cerebral. Tenía sesenta y cuatro años.. El testamento era extraordinario. Dejó dinero a St Bartholomew’s Hospital de Londres, a University College, a familiares y a conocidos. Y dejó cuarenta mil libras para que se construyera en Oxford una biblioteca. Los fideicomisarios tardaron más de veinte años en ponerse de acuerdo sobre el diseño y la ubicación. El encargo recayó en James Gibbs, que levantó la primera biblioteca circular de Inglaterra, una obra de arquitectura paladiana que hoy es el símbolo visual de Oxford por encima de cualquier otro edificio. Desde 1861 funciona como sala de lectura de la Bodleian Library. Cada día, los estudiantes e investigadores que cruzan Radcliffe Square para trabajar entre sus muros no necesitan saber nada del hombre que la pagó, ni de los frascos de boticario con que él mismo se burlaba de los libros. Solo tienen que abrir uno.
La habilidad de este médico inglés para tratar la viruela, enfermedad que en aquella época resultaba con frecuencia mortal, le granjeó una reputación sólida
Cada mañana, cientos de estudiantes e investigadores de la Universidad de Oxford cruzan Radcliffe Square y entran en uno de los edificios más hermosos de Inglaterra. La Cámara Radcliffe, una biblioteca con forma de rotonda de piedra dorada coronada por una cúpula, fue construida entre 1737 y 1749 por el arquitecto James Gibbs con cuarenta mil libras que un médico dejó en herencia al morir en 1714. El médico se llamaba John Radcliffe, cuya estatua de mármol preside hoy la sala de lectura. El poeta Samuel Garth, contemporáneo cuyo, señala la paradoja evidente de la donación de un hombre que se jactaba de no leer. Aquello era, dijo, «tan lógico como que un eunuco fundara un serrallo».. Había nacido en Wakefield, Yorkshire, en 1650, hijo de un abogado de provincia. A los quince años entró en University College, Oxford, donde sus tutores le describieron como un estudiante brillante y levantisco, aficionado a la bebida, a la compañía y a las bromas pesadas. Se licenció en medicina en 1675, obtuvo el doctorado en 1682 y poco después se instaló en Londres, en Bow Street. En el espacio de un año ganaba veinte guineas al día, una cifra extravagante para la época. Algunos de sus clientes fueron Isaac Newton, Jonathan Swift, Alexander Pope y al duque de Beaufort, incluyendo a media aristocracia inglesa. Tenía un don para el diagnóstico que sus contemporáneos reconocían incluso cuando les irritaba todo lo demás, y lo demás irritaba bastante. Su habilidad para tratar la viruela, enfermedad que en aquella época resultaba con frecuencia mortal, le granjeó una reputación sólida.. Aprender sin libros. Radcliffe era de una franqueza que rozaba la insolencia. En los círculos médicos de su tiempo era costumbre publicar tratados y farmacopeas (recetarios o colecciones de fórmulas y preparaciones farmacéuticas) para acreditar la autoridad científica propia. Radcliffe no publicó nada en vida. El único volumen que lleva su nombre, una recopilación de recetas medicinales, apareció dos años después de su muerte y fue compilado por otros. Un día, cuando alguien le preguntó por su biblioteca, señaló los frascos de hierbas y el esqueleto que presidían su estudio y respondió: «Ésta es la biblioteca de Radcliffe». Aprendía mirando, tocando, escuchando. No de los libros.. Su método le llevó hasta la corte. En 1686 fue nombrado médico de la princesa Ana de Dinamarca. Después trató a Guillermo III, cuya confianza ganó a través de los nobles neerlandeses del rey a quienes había aliviado de diversas dolencias. Guillermo le ofreció una plaza fija como médico de la corte con un sueldo generoso. Radcliffe la rechazó porque la práctica privada le resultaba más lucrativa, aunque siguió asistiendo al rey durante once años a cambio de seiscientas guineas anuales. El vínculo terminó en 1699 de la única manera que podía terminar con alguien de su temperamento. El rey tenía las piernas hinchadas y Radcliffe le dijo, sin rodeos, que no cambiaría sus dos piernas por sus tres reinos. Guillermo no le perdonó el insolente comentario.. El final de Radcliffe. Con la reina Ana la relación fue más tortuosa. Ana no le perdonaba que en una ocasión anterior le hubiera dicho que sus males no eran más que vapores. Cuando subió al trono en 1702, el conde de Godolphin intentó sin éxito reinstalar a Radcliffe como médico principal. La reina se negó. Radcliffe siguió siendo consultado en casos de urgencia y cobró sumas considerables por sus recetas, pero nunca recuperó la posición. En el verano de 1714, cuando Ana agonizaba, la familia real le envió a buscar. Radcliffe respondió que él también estaba indispuesto y que no podía viajar desde Carshalton, donde se había retirado. La reina murió sin él. Radcliffe murió tres meses después, en noviembre de ese mismo año, probablemente de un derrame cerebral. Tenía sesenta y cuatro años.. El testamento era extraordinario. Dejó dinero a St Bartholomew’s Hospital de Londres, a University College, a familiares y a conocidos. Y dejó cuarenta mil libras para que se construyera en Oxford una biblioteca. Los fideicomisarios tardaron más de veinte años en ponerse de acuerdo sobre el diseño y la ubicación. El encargo recayó en James Gibbs, que levantó la primera biblioteca circular de Inglaterra, una obra de arquitectura paladiana que hoy es el símbolo visual de Oxford por encima de cualquier otro edificio. Desde 1861 funciona como sala de lectura de la Bodleian Library. Cada día, los estudiantes e investigadores que cruzan Radcliffe Square para trabajar entre sus muros no necesitan saber nada del hombre que la pagó, ni de los frascos de boticario con que él mismo se burlaba de los libros. Solo tienen que abrir uno.
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