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  Cultura  Gaudí, un desconocido 100 años después
Cultura

Gaudí, un desconocido 100 años después

9 de junio de 2026
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Hoy en día es casi imposible encontrar a alguien que no haya oído hablar de Gaudí o que no reconozca la omnipresente Sagrada Familia, con sus agujas de trencadís de color rasgando el cielo de Barcelona. Sin embargo, más allá del colorido y las fotos de Instagram de muchas de sus obras, existe un Gaudí innovador, en busca de la funcionalidad y atento a los detalles. Un Gaudí todavía presente y que revolucionó la arquitectura española más incluso de lo que él imaginaba.. Una calurosa tarde de 1926, de camino al oratorio de San Felipe Neri de Barcelona, Antoni Gaudí es atropellado por un tranvía. Tres días después, el 10 de junio, fallece en el Hospital de la Santa Cruz rodeado de sus amigos y colaboradores. En ese momento nace un mito: el del genio aislado que creó una serie de construcciones que desafiaban la lógica, casi por inspiración divina. Esa leyenda del genio incomprendido se hizo demasiado grande como para desmentirla, aunque, como en toda historia de ficción, la realidad se asoma entre líneas.. Aun así, lo que conocemos de Gaudí puede servirnos para acercarnos a él desde una perspectiva actual, alejados de mitos y fábulas. Para empezar, debemos saber que, al llegar a Barcelona, se inscribió en la recién creada Escuela de Arquitectura. Este dato, que puede parecer obvio, es fundamental para empezar a conocer al Gaudí racional, instruido en materias técnicas y apartado de esa creencia reiterada de que «la naturaleza era su única maestra».. Sería estúpido también obviar esa parte de su arquitectura, aunque de la observación de árboles o troncos retorcidos Gaudí no obtenía decoraciones, sino sus leyes estructurales comprendidas a través de los conocimientos técnicos que fue cultivando.. Función antes que forma. Esa quizá sea la cualidad más llamativa de Gaudí: poder extraer formas, decoraciones y técnicas constructivas y adaptarlas de forma racional para crear algo revolucionario y nunca antes visto. Cuando nos acercamos a su obra sin prejuicios podemos descubrir, por ejemplo, que detrás de la forma de la azotea de la Casa Batlló, hay algo tan prosaico y funcional como la zona de lavado y tendido de ropa y un depósito de agua para el edificio. La Pedrera, ese titán de piedra que ondea en mitad del Paseo de Gràcia de Barcelona, oculta un evocador desván lleno de arcos catenarios. Fuera de consideraciones estéticas, este espacio fue pensado con una función muy precisa: además de lavandería, sirve como cámara de aire para el edificio. Mientras que en verano los huecos y ventanas se abrían para ventilar el espacio y evitar la radiación solar directa sobre las plantas de viviendas, en invierno, el aire de ese desván servía como amortiguación para el frío y la lluvia del exterior.. Con respecto a la salubridad de sus edificios, Gaudí también se adelantó a su tiempo. Patios en forma de embudo para controlar la iluminación o ventanas a modo de branquias que se abren a diferentes alturas para forzar la ventilación son solo ejemplos de la atención que Gaudí ponía al servicio de la comodidad en sus edificios. Aunque muchos de sus clientes eran adinerados, en proyectos como la Cooperativa Obrera Mataronense esas innovaciones higienistas también fueron aplicadas en construcciones modestas como las casas para los obreros o unas pequeñas letrinas que aún siguen en pie, ventiladas superiormente con una cubierta elevada.. El trencadís. Otra característica presente casi desde los inicios de su carrera es el uso del trencadís, esa amalgama de azulejos de color troceados que se ha convertido en el sello indiscutible de su obra. Pero, más allá de la faceta artística que esta técnica le aportaba, Gaudí la utilizó para recubrir las formas redondeadas de sus edificios para aislarlos de la lluvia, ya que no podía colocar tejas sobre superficies curvas. A ello se suma algo muy contemporáneo: el reciclaje en arquitectura, pues esos azulejos provenían de piezas desechadas de las fábricas o directamente de contenedores.. En el terreno estructural, durante sus estudios conoció algo que marcaría su obra: los arcos parabólicos y catenarios. Aunque estas formas eficientes transmiten las cargas de forma más directa, nadie las había utilizado antes, quedando durante siglos en el marco teórico. Con ese afán de experimentar, Gaudí empezó a construir estas formas ya en sus primeros trabajos. Arcos parabólicos de ladrillo aparecen por doquier en obras como el Colegio Teresiano de Barcelona, donde su cliente fue nada menos que san Enric d’Ossó, con quien tuvo alguna que otra bronca por el presupuesto.. Sin conformarse con ello, fue perfeccionando la forma de esos arcos en una de sus obras más enigmáticas: la iglesia de la Colonia Güell. Allí creó una enorme maqueta colgante con hilos y saquitos de perdigones que representaban las cargas que el arco debía soportar. De esta forma, las curvas y los soportes se deformaban, generando un complejo sistema en el que la estructura transmitía los esfuerzos sin necesidad de contrafuertes y arbotantes. Aunque la iglesia quedó inacabada, este revolucionario sistema fue el que le permitió diseñar las naves de la Sagrada Familia, con sus característicos pilares ramificados e inclinados.. Aunque todas estas innovaciones ya debían bastar para valorar la obra de este arquitecto, con el fin del modernismo y la llegada del movimiento moderno de Mies Van der Rohe y Le Corbusier, Gaudí cayó en desgracia porque su obra parecía arbitraria. Si sus detractores hubieran analizado su obra, se habrían sorprendido por la similitud de sus edificios con la supuesta modernidad que creían haber inventado.. Gran mole pétrea. Ya en 1892, en León, encontramos uno de estos ejemplos, pues la estructura de todo el edificio se sustenta en delgados pilares de hierro fundido que permiten una de las primeras plantas libes en el sótano y la tienda de tejidos de la Casa Botines.. Sin embargo, tal vez el ejemplo más llamativo de esta contemporaneidad de Gaudí sea La Pedrera. Sí, esa gran mole pétrea es en realidad el ejemplo más funcional e innovador de su arquitectura civil. Desde una estructura formada completamente por pilares sin muros de carga, una fachada que en realidad está colgada y no soporta las plantas, calefacción central, el primer parking subterráneo de la ciudad o el hecho de que el acceso a las viviendas se hiciera por ascensor y no por escalera, hacen de este edificio todo un maestro para los arquitectos actuales. Además, la versatilidad y modernidad de este edificio permitieron que entre sus muros se instalaran las más peculiares actividades, como un rastrillo, una pensión o un bingo.. En definitiva, en el centenario de la muerte de este gran arquitecto debemos replantearnos su legado, ese que se aleja de mitos. Tras sus iconos mundialmente conocidos hay un Gaudí diseñador, funcional, preciso e innovador que nos dejó las bases de una arquitectura revolucionaria. Retablos, mobiliario, baldosas, estandartes, mausoleos, farolas o quioscos son solo algunos de los proyectos a los que Gaudí se enfrentó, demostrando que su arte no se limitaba a edificios en mitad de Barcelona. Este 2026 debe servirnos para acercarnos a ese otro Gaudí, aquel que está oculto a plena vista y que nos demuestra que su obra es mucho más actual de lo que parece.. ‘El legado olvidado de Gaudí’ (Erasmus), de Jorge Ibáñez Puche, 192 páginas, 19,95 euros.

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Más allá del colorido y las fotos de Instagram de muchas de sus obras, existe un hombre innovador. Un arquitecto todavía presente y que revolucionó la arquitectura española más incluso de lo que él imaginaba

  

Hoy en día es casi imposible encontrar a alguien que no haya oído hablar de Gaudí o que no reconozca la omnipresente Sagrada Familia, con sus agujas de trencadís de color rasgando el cielo de Barcelona. Sin embargo, más allá del colorido y las fotos de Instagram de muchas de sus obras, existe un Gaudí innovador, en busca de la funcionalidad y atento a los detalles. Un Gaudí todavía presente y que revolucionó la arquitectura española más incluso de lo que él imaginaba.. Una calurosa tarde de 1926, de camino al oratorio de San Felipe Neri de Barcelona, Antoni Gaudí es atropellado por un tranvía. Tres días después, el 10 de junio, fallece en el Hospital de la Santa Cruz rodeado de sus amigos y colaboradores. En ese momento nace un mito: el del genio aislado que creó una serie de construcciones que desafiaban la lógica, casi por inspiración divina. Esa leyenda del genio incomprendido se hizo demasiado grande como para desmentirla, aunque, como en toda historia de ficción, la realidad se asoma entre líneas.. Aun así, lo que conocemos de Gaudí puede servirnos para acercarnos a él desde una perspectiva actual, alejados de mitos y fábulas. Para empezar, debemos saber que, al llegar a Barcelona, se inscribió en la recién creada Escuela de Arquitectura. Este dato, que puede parecer obvio, es fundamental para empezar a conocer al Gaudí racional, instruido en materias técnicas y apartado de esa creencia reiterada de que «la naturaleza era su única maestra».. Sería estúpido también obviar esa parte de su arquitectura, aunque de la observación de árboles o troncos retorcidos Gaudí no obtenía decoraciones, sino sus leyes estructurales comprendidas a través de los conocimientos técnicos que fue cultivando.. Función antes que forma. Esa quizá sea la cualidad más llamativa de Gaudí: poder extraer formas, decoraciones y técnicas constructivas y adaptarlas de forma racional para crear algo revolucionario y nunca antes visto. Cuando nos acercamos a su obra sin prejuicios podemos descubrir, por ejemplo, que detrás de la forma de la azotea de la Casa Batlló, hay algo tan prosaico y funcional como la zona de lavado y tendido de ropa y un depósito de agua para el edificio. La Pedrera, ese titán de piedra que ondea en mitad del Paseo de Gràcia de Barcelona, oculta un evocador desván lleno de arcos catenarios. Fuera de consideraciones estéticas, este espacio fue pensado con una función muy precisa: además de lavandería, sirve como cámara de aire para el edificio. Mientras que en verano los huecos y ventanas se abrían para ventilar el espacio y evitar la radiación solar directa sobre las plantas de viviendas, en invierno, el aire de ese desván servía como amortiguación para el frío y la lluvia del exterior.. Con respecto a la salubridad de sus edificios, Gaudí también se adelantó a su tiempo. Patios en forma de embudo para controlar la iluminación o ventanas a modo de branquias que se abren a diferentes alturas para forzar la ventilación son solo ejemplos de la atención que Gaudí ponía al servicio de la comodidad en sus edificios. Aunque muchos de sus clientes eran adinerados, en proyectos como la Cooperativa Obrera Mataronense esas innovaciones higienistas también fueron aplicadas en construcciones modestas como las casas para los obreros o unas pequeñas letrinas que aún siguen en pie, ventiladas superiormente con una cubierta elevada.. El trencadís. Otra característica presente casi desde los inicios de su carrera es el uso del trencadís, esa amalgama de azulejos de color troceados que se ha convertido en el sello indiscutible de su obra. Pero, más allá de la faceta artística que esta técnica le aportaba, Gaudí la utilizó para recubrir las formas redondeadas de sus edificios para aislarlos de la lluvia, ya que no podía colocar tejas sobre superficies curvas. A ello se suma algo muy contemporáneo: el reciclaje en arquitectura, pues esos azulejos provenían de piezas desechadas de las fábricas o directamente de contenedores.. En el terreno estructural, durante sus estudios conoció algo que marcaría su obra: los arcos parabólicos y catenarios. Aunque estas formas eficientes transmiten las cargas de forma más directa, nadie las había utilizado antes, quedando durante siglos en el marco teórico. Con ese afán de experimentar, Gaudí empezó a construir estas formas ya en sus primeros trabajos. Arcos parabólicos de ladrillo aparecen por doquier en obras como el Colegio Teresiano de Barcelona, donde su cliente fue nada menos que san Enric d’Ossó, con quien tuvo alguna que otra bronca por el presupuesto.. Sin conformarse con ello, fue perfeccionando la forma de esos arcos en una de sus obras más enigmáticas: la iglesia de la Colonia Güell. Allí creó una enorme maqueta colgante con hilos y saquitos de perdigones que representaban las cargas que el arco debía soportar. De esta forma, las curvas y los soportes se deformaban, generando un complejo sistema en el que la estructura transmitía los esfuerzos sin necesidad de contrafuertes y arbotantes. Aunque la iglesia quedó inacabada, este revolucionario sistema fue el que le permitió diseñar las naves de la Sagrada Familia, con sus característicos pilares ramificados e inclinados.. Aunque todas estas innovaciones ya debían bastar para valorar la obra de este arquitecto, con el fin del modernismo y la llegada del movimiento moderno de Mies Van der Rohe y Le Corbusier, Gaudí cayó en desgracia porque su obra parecía arbitraria. Si sus detractores hubieran analizado su obra, se habrían sorprendido por la similitud de sus edificios con la supuesta modernidad que creían haber inventado.. Gran mole pétrea. Ya en 1892, en León, encontramos uno de estos ejemplos, pues la estructura de todo el edificio se sustenta en delgados pilares de hierro fundido que permiten una de las primeras plantas libes en el sótano y la tienda de tejidos de la Casa Botines.. Sin embargo, tal vez el ejemplo más llamativo de esta contemporaneidad de Gaudí sea La Pedrera. Sí, esa gran mole pétrea es en realidad el ejemplo más funcional e innovador de su arquitectura civil. Desde una estructura formada completamente por pilares sin muros de carga, una fachada que en realidad está colgada y no soporta las plantas, calefacción central, el primer parking subterráneo de la ciudad o el hecho de que el acceso a las viviendas se hiciera por ascensor y no por escalera, hacen de este edificio todo un maestro para los arquitectos actuales. Además, la versatilidad y modernidad de este edificio permitieron que entre sus muros se instalaran las más peculiares actividades, como un rastrillo, una pensión o un bingo.. En definitiva, en el centenario de la muerte de este gran arquitecto debemos replantearnos su legado, ese que se aleja de mitos. Tras sus iconos mundialmente conocidos hay un Gaudí diseñador, funcional, preciso e innovador que nos dejó las bases de una arquitectura revolucionaria. Retablos, mobiliario, baldosas, estandartes, mausoleos, farolas o quioscos son solo algunos de los proyectos a los que Gaudí se enfrentó, demostrando que su arte no se limitaba a edificios en mitad de Barcelona. Este 2026 debe servirnos para acercarnos a ese otro Gaudí, aquel que está oculto a plena vista y que nos demuestra que su obra es mucho más actual de lo que parece.. ‘El legado olvidado de Gaudí’ (Erasmus), de Jorge Ibáñez Puche, 192 páginas, 19,95 euros.

 

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