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  España  Andalucía  En defensa del fervor (religioso)
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En defensa del fervor (religioso)

16 de mayo de 2026
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El encabezamiento de la tribuna es una adjetivación del título de uno de los libros más conocidos del poeta y ensayista polaco Adam Zagajewski. El fervor del que habla Zagajewski es el que a su juicio debería embargarnos al contemplar cada día el mundo: una embriagadora mezcla de admiración por su bella complejidad, recogimiento ante su inabarcable vastedad y anhelo por desentrañar sus casi infinitos misterios. Zagajewski presta una especial atención a la manera en que ese fervor nutre (y se nutre) de la experiencia poética, pero en los últimos tiempos se ha comenzado a hablar bastante del resurgimiento de otro tipo de fervor: el religioso. La prensa se hace eco de un interés creciente, incluso entre los más jóvenes, por retiros espirituales o liturgias colectivas, o analiza minuciosamente la estética (pseudo)religiosa que han incorporado a sus actuaciones muchos artistas. Se estrenan películas sobre personas que lo dejan todo para dedicarse a la vida contemplativa y sucede que hasta reciben numerosos premios (¡en este país!). Y la religiosidad popular desborda las calles, especialmente en sitios como Sevilla, Andújar o el Rocío. Aunque sin estadística todo lo anterior no son sino casos particulares e impresiones subjetivas, uno estaría tentado a pensar, no obstante, que este fenómeno, de tener la magnitud que se le atribuye, tiene más de cultural (una reivindicación de las costumbres propias en un momento en que la inmigración desborda España) y de social (una respuesta a las carencias y desajustes de la vida moderna) que de genuinamente espiritual (un retorno a la creencia en un ser superior que rige nuestras vidas). En todo caso, y sin despreciar lo que este supuesto retorno de lo religioso pueda tener, por tanto, de síntoma de los problemas que aquejan a nuestra sociedad, el objetivo de la tribuna es otro, justo el que le da título: defender la importancia de la religión en un mundo que, más que descreído, ha pasado a creer en otras cosas. Dicho esto, en lo que sigue no hay apología alguna, sino solo una reflexión acerca de por qué hemos sido religiosos y, sobre todo, de por qué deberíamos seguir siéndolo incluso aunque Dios no exista, como ya decía Pascal hace cuatrocientos años.. El fundamento de todo se halla, posiblemente, en lo que los neurocientíficos denominan memoria episódica, especialmente potenciada en nuestra especie, que nos permite imaginarnos mentalmente en lugares o momentos en los que no nos encontramos realmente, escapando, así, del aquí y el ahora en los que viven confinados los animales. Nuestro cerebro se distingue además por una mayor capacidad asociativa, esto es, la habilidad de poner en relación información de muy diversa naturaleza. La suma de ambas habilidades hace posible algo tan útil como resolver los problemas mentalmente, sin necesidad de recurrir al método de ensayo y error en el mundo real. Basta para ello con imaginar todos los escenarios posibles y todas sus consecuencias. A diferencia también del resto de las especies, el hombre es consciente de la finitud de su vida. Y ha puesto ambas capacidades a trabajar en la resolución de este problema, a buen seguro el mayor de los que ha de enfrentar. El resultado ha sido, quizás, el más esperable: la creación de una vida postrera. Sus detalles difieren, sin duda, de una cultura a otra. En unas, nos limitamos a nacer de nuevo, mientras que en otras volvemos a la vida reencarnados en seres diferentes. Y las hay en las que parte de nosotros sigue viviendo para siempre, bien en compañía de bellas mujeres, bien convertidos en seres sin mácula (y sin cuerpo). Pero lo importante es que en todos estos escenarios seguimos vivos. Esta es, sin duda, una motivación fundamental del fenómeno religioso, a saber, procurar consuelo y esperanza ante algo que intuimos inevitable e irreversible: nuestra propia desaparición. En palabras de otro poeta polaco, Józef Baran, es «como si viajases/llevando un billete/al fin del mundo/y alguien tirase del freno de emergencia/y te pidiese que te bajases/en mitad de una nada repleta de estrellas». La religión puebla esa nada de algo más que de estrellas, en esencia, de un nuevo proyecto de vida.. Al margen de lo anterior, la práctica religiosa tiene otros efectos que explican su omnipresencia en todas las épocas y todas las culturas. Para empezar, nos anima a abstraernos, siquiera por un rato, de nuestras ocupaciones (y preocupaciones) cotidianas, permitiendo, así, que nos enfrentemos a las grandes preguntas, como el sentido de la vida o el origen del mundo, pero también a otras más modestas pero no menos importantes, como nuestro lugar en la comunidad a la que pertenecemos o lo correcto o lo desacertado de nuestro comportamiento para con nuestros semejantes. Pasear un tiempo por este paisaje interior no es solo una manera de reexaminar (y reajustar) lo que somos, sino también de descansar de lo que somos. En todas las religiones hay un momento para el silencio, la meditación y la abstracción de uno mismo, propiciado habitualmente por prácticas específicas cuyo beneficio tiene un fundamento fisiológico real (como la recitación de mantras o salmodias, que estimulan el nervio vago y ayudan a que nos relajemos). Otras dimensiones de la práctica religiosa nos procuran otra clase de placeres, como el estético. A la divinidad se han dedicado las creaciones más excelsas del espíritu y el ingenio humanos, desde los frescos de Miguel Ángel a las corales de Bach, desde los templos de Nikko a las estatuas del Imperio Chola. La belleza es muchas cosas: trasunto de la verdad (como dejó escrito Keats), consuelo frente a la grisura con la que tantas veces se pinta la vida y fuente de genuino placer (también por razones fisiológicas: encontramos bello lo que a nuestro cerebro le resulta más fácil de procesar). Finalmente, la práctica religiosa tiene también una dimensión social, de utilidad no menor. Todas las religiones incluyen, para empezar, un código de conducta particular. Ciertamente, su motivación última no es metafísica. No se prohíbe, por ejemplo, el consumo de cerdo entre judíos y musulmanes por deferencia al dios que adoran, sino porque en las zonas en las que se originaron las religiones que practican, la cría de este animal era ecológicamente inviable. De igual modo, ceremonias, rituales y celebraciones religiosas constituyen un mecanismo crucial para cohesionar la sociedad, porque ayudan a disipar las tensiones inherentes a la vida en grupo (cantar, comer, beber o bailar en compañía tienen el mismo efecto). Y desde luego, la ética de base religiosa ha ayudado a que las personas se den un trato digno en las épocas en las que las herramientas con las que hoy contamos para ello (tribunales, policía, escuelas, asistencia social) no existían o solo estaban al alcance de unos pocos. “Ama al prójimo como a ti mismo” es, a buen seguro, la mayor revolución moral en lo que concierne a las relaciones interpersonales y llegó de la mano del cristianismo.. En suma, somos seres sociales necesitados de oportunidades para interactuar con los demás y de normas que regulen dicha interacción, y la religión nos ha brindado ambas cosas durante mucho tiempo. Sin duda, ha traído también otras que son negativas, como la intolerancia, la sumisión del cuerpo y del espíritu humanos, o el oscurantismo intelectual. La ciencia, por otro lado, ha dado respuesta a casi todas las preguntas que se hace nuestra razón. Y nuestro desarrollo económico y social, fruto, en buena medida, de los avances científicos, nos ha brindado una vida material más confortable. ¿Es momento de desprenderse del sentimiento religioso? Seguramente no. Nuestra parte emocional sigue ávida de afecto, belleza y misterio. Al renunciar a la idea del paraíso metafísico, tan reconfortante, nuestro corazón corre el riesgo de helarse a causa de la frialdad de un mundo puramente físico. Pero entender la realidad es compatible con sentirla. Quizás la clave esté en que, como dijo Novalis, el paraíso se encuentra, en realidad, disperso por toda la tierra y por eso nos cuesta reconocerlo; lo que hemos de hacer es reunir sus trozos y recomponerlo. La religión es un intento. Y no el peor de ellos.

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«A diferencia también del resto de las especies, el hombre es consciente de la finitud de su vida»

  

El encabezamiento de la tribuna es una adjetivación del título de uno de los libros más conocidos del poeta y ensayista polaco Adam Zagajewski. El fervor del que habla Zagajewski es el que a su juicio debería embargarnos al contemplar cada día el mundo: una embriagadora mezcla de admiración por su bella complejidad, recogimiento ante su inabarcable vastedad y anhelo por desentrañar sus casi infinitos misterios. Zagajewski presta una especial atención a la manera en que ese fervor nutre (y se nutre) de la experiencia poética, pero en los últimos tiempos se ha comenzado a hablar bastante del resurgimiento de otro tipo de fervor: el religioso. La prensa se hace eco de un interés creciente, incluso entre los más jóvenes, por retiros espirituales o liturgias colectivas, o analiza minuciosamente la estética (pseudo)religiosa que han incorporado a sus actuaciones muchos artistas. Se estrenan películas sobre personas que lo dejan todo para dedicarse a la vida contemplativa y sucede que hasta reciben numerosos premios (¡en este país!). Y la religiosidad popular desborda las calles, especialmente en sitios como Sevilla, Andújar o el Rocío. Aunque sin estadística todo lo anterior no son sino casos particulares e impresiones subjetivas, uno estaría tentado a pensar, no obstante, que este fenómeno, de tener la magnitud que se le atribuye, tiene más de cultural (una reivindicación de las costumbres propias en un momento en que la inmigración desborda España) y de social (una respuesta a las carencias y desajustes de la vida moderna) que de genuinamente espiritual (un retorno a la creencia en un ser superior que rige nuestras vidas). En todo caso, y sin despreciar lo que este supuesto retorno de lo religioso pueda tener, por tanto, de síntoma de los problemas que aquejan a nuestra sociedad, el objetivo de la tribuna es otro, justo el que le da título: defender la importancia de la religión en un mundo que, más que descreído, ha pasado a creer en otras cosas. Dicho esto, en lo que sigue no hay apología alguna, sino solo una reflexión acerca de por qué hemos sido religiosos y, sobre todo, de por qué deberíamos seguir siéndolo incluso aunque Dios no exista, como ya decía Pascal hace cuatrocientos años.. El fundamento de todo se halla, posiblemente, en lo que los neurocientíficos denominan memoria episódica, especialmente potenciada en nuestra especie, que nos permite imaginarnos mentalmente en lugares o momentos en los que no nos encontramos realmente, escapando, así, del aquí y el ahora en los que viven confinados los animales. Nuestro cerebro se distingue además por una mayor capacidad asociativa, esto es, la habilidad de poner en relación información de muy diversa naturaleza. La suma de ambas habilidades hace posible algo tan útil como resolver los problemas mentalmente, sin necesidad de recurrir al método de ensayo y error en el mundo real. Basta para ello con imaginar todos los escenarios posibles y todas sus consecuencias. A diferencia también del resto de las especies, el hombre es consciente de la finitud de su vida. Y ha puesto ambas capacidades a trabajar en la resolución de este problema, a buen seguro el mayor de los que ha de enfrentar. El resultado ha sido, quizás, el más esperable: la creación de una vida postrera. Sus detalles difieren, sin duda, de una cultura a otra. En unas, nos limitamos a nacer de nuevo, mientras que en otras volvemos a la vida reencarnados en seres diferentes. Y las hay en las que parte de nosotros sigue viviendo para siempre, bien en compañía de bellas mujeres, bien convertidos en seres sin mácula (y sin cuerpo). Pero lo importante es que en todos estos escenarios seguimos vivos. Esta es, sin duda, una motivación fundamental del fenómeno religioso, a saber, procurar consuelo y esperanza ante algo que intuimos inevitable e irreversible: nuestra propia desaparición. En palabras de otro poeta polaco, Józef Baran, es «como si viajases/llevando un billete/al fin del mundo/y alguien tirase del freno de emergencia/y te pidiese que te bajases/en mitad de una nada repleta de estrellas». La religión puebla esa nada de algo más que de estrellas, en esencia, de un nuevo proyecto de vida.. Al margen de lo anterior, la práctica religiosa tiene otros efectos que explican su omnipresencia en todas las épocas y todas las culturas. Para empezar, nos anima a abstraernos, siquiera por un rato, de nuestras ocupaciones (y preocupaciones) cotidianas, permitiendo, así, que nos enfrentemos a las grandes preguntas, como el sentido de la vida o el origen del mundo, pero también a otras más modestas pero no menos importantes, como nuestro lugar en la comunidad a la que pertenecemos o lo correcto o lo desacertado de nuestro comportamiento para con nuestros semejantes. Pasear un tiempo por este paisaje interior no es solo una manera de reexaminar (y reajustar) lo que somos, sino también de descansar de lo que somos. En todas las religiones hay un momento para el silencio, la meditación y la abstracción de uno mismo, propiciado habitualmente por prácticas específicas cuyo beneficio tiene un fundamento fisiológico real (como la recitación de mantras o salmodias, que estimulan el nervio vago y ayudan a que nos relajemos). Otras dimensiones de la práctica religiosa nos procuran otra clase de placeres, como el estético. A la divinidad se han dedicado las creaciones más excelsas del espíritu y el ingenio humanos, desde los frescos de Miguel Ángel a las corales de Bach, desde los templos de Nikko a las estatuas del Imperio Chola. La belleza es muchas cosas: trasunto de la verdad (como dejó escrito Keats), consuelo frente a la grisura con la que tantas veces se pinta la vida y fuente de genuino placer (también por razones fisiológicas: encontramos bello lo que a nuestro cerebro le resulta más fácil de procesar). Finalmente, la práctica religiosa tiene también una dimensión social, de utilidad no menor. Todas las religiones incluyen, para empezar, un código de conducta particular. Ciertamente, su motivación última no es metafísica. No se prohíbe, por ejemplo, el consumo de cerdo entre judíos y musulmanes por deferencia al dios que adoran, sino porque en las zonas en las que se originaron las religiones que practican, la cría de este animal era ecológicamente inviable. De igual modo, ceremonias, rituales y celebraciones religiosas constituyen un mecanismo crucial para cohesionar la sociedad, porque ayudan a disipar las tensiones inherentes a la vida en grupo (cantar, comer, beber o bailar en compañía tienen el mismo efecto). Y desde luego, la ética de base religiosa ha ayudado a que las personas se den un trato digno en las épocas en las que las herramientas con las que hoy contamos para ello (tribunales, policía, escuelas, asistencia social) no existían o solo estaban al alcance de unos pocos. “Ama al prójimo como a ti mismo” es, a buen seguro, la mayor revolución moral en lo que concierne a las relaciones interpersonales y llegó de la mano del cristianismo.. En suma, somos seres sociales necesitados de oportunidades para interactuar con los demás y de normas que regulen dicha interacción, y la religión nos ha brindado ambas cosas durante mucho tiempo. Sin duda, ha traído también otras que son negativas, como la intolerancia, la sumisión del cuerpo y del espíritu humanos, o el oscurantismo intelectual. La ciencia, por otro lado, ha dado respuesta a casi todas las preguntas que se hace nuestra razón. Y nuestro desarrollo económico y social, fruto, en buena medida, de los avances científicos, nos ha brindado una vida material más confortable. ¿Es momento de desprenderse del sentimiento religioso? Seguramente no. Nuestra parte emocional sigue ávida de afecto, belleza y misterio. Al renunciar a la idea del paraíso metafísico, tan reconfortante, nuestro corazón corre el riesgo de helarse a causa de la frialdad de un mundo puramente físico. Pero entender la realidad es compatible con sentirla. Quizás la clave esté en que, como dijo Novalis, el paraíso se encuentra, en realidad, disperso por toda la tierra y por eso nos cuesta reconocerlo; lo que hemos de hacer es reunir sus trozos y recomponerlo. La religión es un intento. 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