Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo. Seguir leyendo
Los oráculos digitales prometieron un mundo más democrático, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos
Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo. Con el tiempo, aprendí que nuestras mentes inquietas nos impulsan a las supersticiones; es un efecto secundario de nuestra capacidad para encontrar patrones en todo lo que nos sucede. Si queremos planear necesitamos predecir, y eso nos vuelve criaturas sedientas de pistas, lógicas o insensatas, para anticiparnos al porvenir. Ser capaces de imaginarlo es nuestra gran ventaja, y también la fuente de nuestros más feroces insomnios. Nos obsesiona desvelar ese último misterio, el futuro. En su ensayo Profecía, la filósofa mexicana Carissa Véliz propone una tesis audaz. Los algoritmos predictivos de nuestros flamantes dispositivos tecnológicos no son sino la versión contemporánea de los oráculos de antaño. La fe en los datos ha sustituido a la de las hojas de té, las vísceras de los animales y las estrellas en cuyos dibujos nuestros antepasados vislumbraban el mañana. Descreídos de los adivinos, hoy las cifras, los cómputos y las estadísticas nos cautivan con su espejismo de máxima objetividad. Confiamos en los números porque hemos dejado de confiar en las personas, olvidando que son personas quienes elaboran esos números.Nuestras vidas dependen de las profecías que unos pocos —ayudados o no por máquinas— proyectan sobre nosotros. Esas predicciones cierran caminos y mutilan encrucijadas. Seremos elegidos o descartados para una hipoteca, un puesto de trabajo, un trasplante. Nos niegan oportunidades —préstamos, empleos, becas— como resultado de lo que otros vaticinan. No por lo que hemos hecho, sino por lo que alguien decide que llegaremos a ser. Véliz, experta en ética, cuestiona esas herramientas de selección. Frente a las promesas de libertad, el pronóstico tecnológico se ha convertido en una barrera insalvable que amuralla horizontes.Desde tiempos antiguos sabemos que el negocio de la profecía es un sofisticado mercado de manipulación. El historiador griego Heródoto mencionaba acusaciones contra los sacerdotes de Delfos por aceptar pagos a cambio de vaticinios políticamente convenientes. Los oráculos pod
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