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La propuesta hecha en Extremadura al PP por parte del socialista Álvaro Sánchez Cotrina para que los conservadores rompan con Vox a cambio del apoyo del PSOE plantea la cuestión sobre esta estrategia política
La hipótesis de que el Partido Socialista preste su apoyo al Partido Popular para evitar la llegada de la ultraderecha al Gobierno abre el debate de hasta qué punto es conveniente que la izquierda haga esta maniobra.. Para el catedrático de Filosofía y expresidente del Senado, Manuel Cruz, la izquierda debe evitar que la ultraderecha llegue al poder y pueda aplicar sus nefastas políticas públicas. Por su parte, para María Eugenia Rodríguez Palop, profesora titular de Filosofía del Derecho, el Partido Popular está a años luz de la Europa democristiana y el modelo de pactos existente en otros países no es replicable en España.. Contra el fariseísmo político. MANUEL CRUZ. Siendo presidente del Gobierno el hoy investigado José Luis Rodríguez Zapatero, pronunció una de esas sentencias rotundas a las que nos tenía acostumbrados, con la solemnidad a la que siempre fue tan proclive: “Bajar impuestos puede ser de izquierdas”. La frase ha regresado a mi memoria a raíz de la pregunta que da título al presente debate, susceptible de ser reformulada incorporando una mínima modificación que la dejara enunciada así: “¿puede ser de izquierdas apoyar a un gobierno de derechas?”. Anticipemos que la respuesta bien podría ser la misma que la que recibía la mencionada sentencia de ZP: quizá pueda ser de izquierdas bajar impuestos… pero depende de cómo se haga.. La reformulación nos lleva a su vez, de modo poco menos que inevitable, a otra pregunta que incorporaría el matiz recién señalado: ¿de qué manera podríamos considerar que es efectivamente de izquierdas apoyar a un gobierno conservador? La respuesta no parece demasiado complicada: si dicho apoyo constituye la más eficaz herramienta para evitar un mal mayor, que se da por descontado que en nuestros días viene representado por la extrema derecha de Vox. Cosa distinta, claro está, sería que cupiese la posibilidad de articular una mayoría de signo alternativo, en cuyo caso el rechazo a prestar la ayuda al adversario podría estar más justificado. Pero, no siendo esta la circunstancia, frenar a la extrema derecha debería ser la única cuestión verdaderamente urgente. Convendría a este respecto no distraerse con asuntos sin duda importantes, pero en cierto sentido secundarios en relación con lo que se está planteando ahora aquí, como podría ser, por ejemplo, intentar dilucidar qué fuerzas políticas son las que han contribuido en mayor medida al notable crecimiento de la extrema derecha. Pero demorarse a estas alturas en semejante tarea representaría un esfuerzo inútil, una pérdida de tiempo solo comparable al llorar sobre la leche derramada del refrán popular.. En cambio, de mucho mayor interés por su trascendencia práctica será atender al hecho de que buena parte de los que no dejan ni por un solo instante de declararse horrorizados ante la posibilidad de que, de una u otra manera, Vox pueda acceder al poder en sus territorios (hasta el punto de haber convertido dicho horror en el eje y motor de su política) no parecen haberse planteado nunca la posibilidad de poner todos los medios a su alcance para impedirlo. Lejos de eso, ni contemplan siquiera la opción, vuelta a proponer en estos días en Extremadura por el socialista Álvaro Sánchez Cotrina, de ayudar al PP a escapar del abrazo del oso neofranquista.. Visto lo visto, tenemos derecho a formular serias reservas respecto a si ese tan publicitado horror a la extrema derecha era genuino o, por el contrario, tenía un carácter básicamente instrumental. Porque está claro que la apelación al miedo a Vox cumplía la función de un eficaz cohesionador de los votantes de izquierda. Pero, fuera cual fuera el propósito, lo cierto es que la apuesta atemorizadora no parece haber obtenido los resultados esperados. De hecho, resulta evidente que para lo que ha servido ha sido, en el mejor de los supuestos, para intentar taponar vías de agua, pero no para ampliar apoyos.. En cualquier caso, la habitual justificación (muy de argumentario) “con este PP no hay nada que hacer” no es de recibo en boca de quienes, no solo no han realizado el más mínimo esfuerzo en tal dirección, sino que incluso han recibido con indisimulada satisfacción el que los populares tengan como única opción para gobernar el acudir a Vox. Tanto es así que un portavoz socialista se atrevió a afirmar que de esta manera quedaba “desenmascarada” una derecha según él solo presuntamente menos extrema. Llegados aquí, no parece que haya otro remedio que preguntarse: ¿en qué quedamos? ¿Con este PP no hay nada que hacer o es que no se quiere hacer nada con él? En definitiva: constituye una flagrante y sangrante contradicción sostener que la mejor herramienta de la que dispone la izquierda para cerrarle el paso a la extrema derecha es permitirle acceder al poder, posibilitándole así llevar a cabo sus nefastas políticas públicas. Para luego, y a modo de guinda del pastel, rasgarse farisaicamente las vestiduras.. Manuel Cruz es catedrático de Filosofía y expresidente del Senado.. Un modelo no replicable en España. MARÍA EUGENIA RODRÍGUEZ PALOP. El secretario general de los socialistas extremeños, Álvaro Sánchez Cotrina, ha ofrecido sus votos para sacar adelante los Presupuestos en Extremadura si María Guardiola rompe con Vox, cesa a sus dos consejeros y acepta siete acuerdos programáticos. El PP lo ha considerado un “chantaje”, “una maniobra política” desenfocada, y ha sacado pecho diciendo que el Gobierno “no está en venta”, como si a estas alturas nadie supiera el escandaloso precio que se ha pagado por él. Cotrina ha querido aplicar un cordón sanitario a la extrema derecha ofreciendo a cambio estabilidad y ciertos ajustes de tono progresista. El problema es que apoyar unas cuentas calificadas por el PSOE de “radicales”, fuente de “recortes y retrocesos”, es muy arriesgado y fuerza demasiado las costuras. Es un gesto que evidencia más la impotencia para construir mayorías estables que la capacidad para facilitar una genuina colaboración institucional. Desmontar una política de bloques en un escenario polarizado no es tarea fácil, ni resulta siempre rentable.. Los pactos de exclusión o las fórmulas transversales suelen favorecer más a los gobiernos de derecha que a los de izquierda. Tradicionalmente, han servido para contener a los ultras, pero a medio plazo han reforzado la centralidad gubernamental del centroderecha y, al reducir la diferenciación entre opciones más moderadas, han acabado alimentando los extremos. Para la derecha tradicional la cooperación con los ultras puede resultar atractiva en la medida en que funcionen como socios menores, sean flexibles y estén dispuestos a aceptar un papel subordinado a cambio de influencia en la política migratoria o en la agenda cultural. El socio solo es útil si es secundario, algo que no puede suceder con uno de tamaño comparable.. Por lo demás, el coste reputacional de pactar transversalmente con la izquierda suele ser más alto para el centroderecha que el de entenderse con una derecha radical previamente normalizada. A medida que la extrema derecha se institucionaliza, parte del votante conservador deja de ver esos acuerdos como una transgresión grave, mientras que una coalición con la izquierda se percibe como una concesión ideológica o una traición imperdonable. En España, además, nunca se ha consolidado una barrera robusta frente a Vox, por lo que el paso de la exclusión retórica a la cooperación práctica es relativamente fluido.. Finalmente, no sabemos en qué medida funcionaría un eventual cordón sanitario frente a Vox que, si bien se ha hecho fuerte en los gobiernos autonómicos, también ha logrado explotar su relato victimista contra el bipartidismo y la supuesta alianza PP-PSOE. Si se añade que la vía extremeña puede verse más como una táctica coyuntural que como un proyecto estratégico, el resultado es muy incierto.. Cuando en diciembre el PP extremeño se quedó a cuatro diputados de la mayoría absoluta y el PSOE cayó a su suelo histórico, Juan Carlos Rodríguez Ibarra reclamó una abstención para orillar la influencia política de Vox. Entonces, el partido se negó a votar la investidura de Guardiola, como se niega hoy a votar la de Juan Manuel Moreno Bonilla. La diferente correlación de fuerzas, culturas políticas territoriales y estrategias internas dificultan la aplicación mecánica de la vía extremeña en comunidades clave. De manera que es una propuesta encapsulada que no se piensa escalar y es complicado desescalar. Es cierto que el movimiento de Cotrina obliga a Feijóo a definirse, pero también obliga al PSOE a decidir sobre su política de alianzas en un momento crítico en el que está en juego el rumbo del Estado social y la protección de los derechos más básicos.. Desplazar el eje izquierda/derecha hacia un eje democracia liberal/reacción autoritaria, puede tener su interés, pero en España la pauta dominante ha sido la normalización de acuerdos entre PP y Vox, incluso cuando no eran estrictamente imprescindibles para asegurar la investidura o la estabilidad. El Gobierno de concertación en Alemania, el bloque central en Portugal, los ensayos en Suecia, Bélgica o Finlandia, no son replicables en una España donde el PP está a años luz de la Europa democristiana y aún mantiene casi intactas sus veleidades protofranquistas.. María Eugenia Rodríguez Palop es profesora titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.
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