Llevar al cine la obra de un premio Nobel nunca es un ejercicio rutinario. Menos aún cuando se trata de Kazuo Ishiguro, un autor que ha convertido la memoria, el silencio y la ambigüedad en las señas de identidad de su literatura. Ese desafío lo ha asumido el director japonés Kei Ishikawa con «Pálida luz en las colinas», adaptación de la primera novela del escritor británico de origen japonés, publicada en 1982 y editada en España por Anagrama doce años después. El realizador, responsable también de «A Man» (2022), encontró en esta historia una oportunidad para trasladar al cine un universo donde lo importante rara vez se expresa de forma directa.. La película sigue a Etsuko, una mujer que, desde la Inglaterra de los años ochenta, rememora junto a su hija Nikki su juventud en Nagasaki. A medida que ambas reconstruyen el pasado, afloran recuerdos marcados por decisiones, pérdidas y secretos que amenazan con alterar su presente. Suzu Hirose, Fumi Nikaido y Yo Yoshida encabezan un reparto que sostiene un relato íntimo atravesado por las heridas familiares y el peso de la memoria.. Ishikawa reconoce que el proyecto llegó a sus manos cuando apenas era «una posibilidad». Un productor le ofreció libertad para elegir una novela de Ishiguro y desarrollar una adaptación, aunque «sin garantías de que llegara a realizarse». Aun así, decidió implicarse desde el principio, convencido de que aquella primera obra contenía «un potencial cinematográfico especial».. La presencia del propio Ishiguro como productor ejecutivo podría haber supuesto una presión añadida, pero ocurrió justo lo contrario. Según explica el director, el Nobel le animó desde el primer momento a entender que cine y literatura «son lenguajes distintos». Le pidió que olvidara por completo el prestigio asociado a su nombre y trabajara «con absoluta libertad creativa». Además, le confesó que durante años había rechazado otras propuestas porque deseaba que la historia «acabara en manos de un cineasta japonés de una generación más joven», consciente de la importancia que Nagasaki tenía en su propia biografía.. Captar y respetar la esencia. Ese respeto por el espíritu de la novela se aprecia especialmente en el tratamiento de la memoria. Para Ishikawa, el verdadero núcleo del filme es «el trauma de Etsuko» y la manera en que los recuerdos «nunca ofrecen una verdad objetiva». La ambigüedad, sostiene, no es un obstáculo narrativo, sino «una forma de belleza» heredada directamente de la literatura de Ishiguro.. También los contrastes desempeñan un papel decisivo. La oposición entre Japón y Reino Unido, entre generaciones y sensibilidades, se refleja incluso en la fotografía, rodada por equipos diferentes en ambos países. Para «unificar esos mundos», el director recurrió a un compositor polaco, evitando tanto una mirada japonesa como británica. Una decisión que resume el propósito de la película: «tender puentes entre memorias, culturas y silencios sin renunciar nunca a su misterio».
Kei Ishikawa lleva al cine la primera novela de Ishiguro, «Pálida luz en las colinas»
Llevar al cine la obra de un premio Nobel nunca es un ejercicio rutinario. Menos aún cuando se trata de Kazuo Ishiguro, un autor que ha convertido la memoria, el silencio y la ambigüedad en las señas de identidad de su literatura. Ese desafío lo ha asumido el director japonés Kei Ishikawa con «Pálida luz en las colinas», adaptación de la primera novela del escritor británico de origen japonés, publicada en 1982 y editada en España por Anagrama doce años después. El realizador, responsable también de «A Man» (2022), encontró en esta historia una oportunidad para trasladar al cine un universo donde lo importante rara vez se expresa de forma directa.. La película sigue a Etsuko, una mujer que, desde la Inglaterra de los años ochenta, rememora junto a su hija Nikki su juventud en Nagasaki. A medida que ambas reconstruyen el pasado, afloran recuerdos marcados por decisiones, pérdidas y secretos que amenazan con alterar su presente. Suzu Hirose, Fumi Nikaido y Yo Yoshida encabezan un reparto que sostiene un relato íntimo atravesado por las heridas familiares y el peso de la memoria.. Ishikawa reconoce que el proyecto llegó a sus manos cuando apenas era «una posibilidad». Un productor le ofreció libertad para elegir una novela de Ishiguro y desarrollar una adaptación, aunque «sin garantías de que llegara a realizarse». Aun así, decidió implicarse desde el principio, convencido de que aquella primera obra contenía «un potencial cinematográfico especial».. La presencia del propio Ishiguro como productor ejecutivo podría haber supuesto una presión añadida, pero ocurrió justo lo contrario. Según explica el director, el Nobel le animó desde el primer momento a entender que cine y literatura «son lenguajes distintos». Le pidió que olvidara por completo el prestigio asociado a su nombre y trabajara «con absoluta libertad creativa». Además, le confesó que durante años había rechazado otras propuestas porque deseaba que la historia «acabara en manos de un cineasta japonés de una generación más joven», consciente de la importancia que Nagasaki tenía en su propia biografía.. Captar y respetar la esencia. Ese respeto por el espíritu de la novela se aprecia especialmente en el tratamiento de la memoria. Para Ishikawa, el verdadero núcleo del filme es «el trauma de Etsuko» y la manera en que los recuerdos «nunca ofrecen una verdad objetiva». La ambigüedad, sostiene, no es un obstáculo narrativo, sino «una forma de belleza» heredada directamente de la literatura de Ishiguro.. También los contrastes desempeñan un papel decisivo. La oposición entre Japón y Reino Unido, entre generaciones y sensibilidades, se refleja incluso en la fotografía, rodada por equipos diferentes en ambos países. Para «unificar esos mundos», el director recurrió a un compositor polaco, evitando tanto una mirada japonesa como británica. Una decisión que resume el propósito de la película: «tender puentes entre memorias, culturas y silencios sin renunciar nunca a su misterio».
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