El buen documental no solo resume, sobre todo descubre. La Más Grande, proclamación que no le gustaba demasiado a la protagonista, es el nombre de la docuserie de cuatro capítulos sobre la vida de Rocío Jurado, en Movistar Plus. Y magnetiza, como cada paso que daba Rocío Jurado. Con su diáfana forma de mirar a cámara, con su rotunda forma de dialogar colocándose el pelo en directo, con su fulgurante forma de cantar libre en un escenario, con su democrática forma de ser vulnerable en su casa. Con su arte para sentir con la ambición de folclórica y, a la vez, con la ingenuidad que busca con sus ojos la validación del público. Ese enganche de saber si te quiere quien tú quieres que te quiera. Incluso con la capacidad de entender la televisión desde el minuto uno. “Yo mis vestidos me los sueño”, decía a Hermida. Rocío mimaba la puesta escena de sus apariciones en la tele y creaba un arco narrativo emocional con su expresividad. Sus actuaciones en la tele iban hacia un lugar. Ella se regodeaba coqueteando con la cámara. Así creaba una catarsis colectiva en primer plano. Eso, en cambio, no lo consigue el documental. De hecho, viéndolo, da la sensación de que al docu le cuesta aguantar más de cinco segundos el poderoso primer plano de Rocío Jurado. Cuando ahí se cuenta tanto y todo de Rocío. Al menos, en sus dos primeras entregas, que son las están disponibles hasta ahora.Pero el episodio uno da la sensación constante de “avance”, de «cebo», de un «en el capítulo anterior». Hay que armarse de paciencia y ser muy fan de la Jurado para quedarse. Lo fácil es tirar la toalla ante tantos microfragmentos que van y vienen como si fueran un ‘previously’ de lo que te van a contar. Casi una hora así. De repente, habla de los inicios. De repente, pega un salto temporal gratuito. De repente, hay una narradora emocional encarnada en una persona que nadie explica muy bien el vínculo de su elección. Y la duda te saca de la trama más que te implica empáticamente, que es lo que supuestamente se pretende. Esperemos que se termine desarrollando como guinda final. Lo malo: igual es demasiado tarde y el espectador se ha marchado.Es el problema del documental. Con todo el material maravilloso de Rocío Jurado que existe, este se desordena y, lo que es peor, se fragmenta en trocitos que impiden contar justo lo que no se ha narrado ya mil veces. Por ejemplo, la actuación del famoso escote que paralizó el país y que rompió tantos corsés (la analizamos aquí en 2022). En el docu, se quita al completo el travelling previo que es crucial para entender la catarsis colectiva de aquella interpretación que tenía mucho de reivindicación. Y se quedan en el lugar común del escote que sonrojó a la España mojigata. No se explica los contextos para que ese momento calara todavía más en la sociedad. Todo se presentó con suspense. Todo estaba pensado para traspasar la pantalla. Incluso traspasar los tabúes.Pero el documental no tiene t
Está disponible en Movistar Plus.
20MINUTOS.ES – Televisión
El buen documental no solo resume, sobre todo descubre. La Más Grande, proclamación que no le gustaba demasiado a la protagonista, es el nombre de la docuserie de cuatro capítulos sobre la vida de Rocío Jurado, en Movistar Plus. Y magnetiza, como cada paso que daba Rocío Jurado. Con su diáfana forma de mirar a cámara, con su rotunda forma de dialogar colocándose el pelo en directo, con su fulgurante forma de cantar libre en un escenario, con su democrática forma de ser vulnerable en su casa. Con su arte para sentir con la ambición de folclórica y, a la vez, con la ingenuidad que busca con sus ojos la validación del público. Ese enganche de saber si te quiere quien tú quieres que te quiera. Incluso con la capacidad de entender la televisión desde el minuto uno. “Yo mis vestidos me los sueño”, decía a Hermida. Rocío mimaba la puesta escena de sus apariciones en la tele y creaba un arco narrativo emocional con su expresividad. Sus actuaciones en la tele iban hacia un lugar. Ella se regodeaba coqueteando con la cámara. Así creaba una catarsis colectiva en primer plano. Eso, en cambio, no lo consigue el documental. De hecho, viéndolo, da la sensación de que al docu le cuesta aguantar más de cinco segundos el poderoso primer plano de Rocío Jurado. Cuando ahí se cuenta tanto y todo de Rocío. Al menos, en sus dos primeras entregas, que son las están disponibles hasta ahora.Pero el episodio uno da la sensación constante de “avance”, de «cebo», de un «en el capítulo anterior». Hay que armarse de paciencia y ser muy fan de la Jurado para quedarse. Lo fácil es tirar la toalla ante tantos microfragmentos que van y vienen como si fueran un ‘previously’ de lo que te van a contar. Casi una hora así. De repente, habla de los inicios. De repente, pega un salto temporal gratuito. De repente, hay una narradora emocional encarnada en una persona que nadie explica muy bien el vínculo de su elección. Y la duda te saca de la trama más que te implica empáticamente, que es lo que supuestamente se pretende. Esperemos que se termine desarrollando como guinda final. Lo malo: igual es demasiado tarde y el espectador se ha marchado.Es el problema del documental. Con todo el material maravilloso de Rocío Jurado que existe, este se desordena y, lo que es peor, se fragmenta en trocitos que impiden contar justo lo que no se ha narrado ya mil veces. Por ejemplo, la actuación del famoso escote que paralizó el país y que rompió tantos corsés (la analizamos aquí en 2022). En el docu, se quita al completo el travelling previo que es crucial para entender la catarsis colectiva de aquella interpretación que tenía mucho de reivindicación. Y se quedan en el lugar común del escote que sonrojó a la España mojigata. No se explica los contextos para que ese momento calara todavía más en la sociedad. Todo se presentó con suspense. Todo estaba pensado para traspasar la pantalla. Incluso traspasar los tabúes.Pero el documental no tiene
