El valor de la sal ha cambiado drásticamente con los siglos: hoy la compramos a precios mínimos e incluso la esparcimos por el suelo para evitar el hielo en las carreteras. Sin embargo, en la antigüedad este recurso era considerado el auténtico «oro blanco», un bien estratégico por el que se libraron cruentas batallas, especialmente en las regiones del interior de la Península Ibérica. El gran motor de esta producción en la meseta castellana se concentraba en un altiplano al norte de la actual provincia de Guadalajara, un páramo que, gracias a la riqueza generada por la sal, conserva hoy uno de los mejores conjuntos de arte medieval y renacentista de toda España.. Bajo el nombre de «Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza», se ha articulado una ambiciosa candidatura que abarca más de 200 kilómetros cuadrados de territorio y busca el reconocimiento como Patrimonio Mundial de la Unesco. Este espacio conecta narrativamente la vida y la riqueza a través de la geografía: desde el verde cañón del río Dulce hasta la hoz del río Salado, salpicada de manantiales y explotaciones históricas. En este entorno destacan joyas monumentales como la impresionante Catedral de Santa María de Sigüenza, con tesoros artísticos de la talla de la Sacristía de las Cabezas o pinturas de El Greco y Zurbarán, además de su imponente castillo medieval reconvertido en Parador de Turismo.. El tesoro del «oro blanco» y la fortaleza de la frontera castellana. Más allá de la capitalidad episcopal de Sigüenza, el valor de esta candidatura radica en cómo la huella de la sal se desparrama por toda la comarca. En el camino hacia Atienza se descubren sorpresas como Palazuelos, uno de los conjuntos amurallados medievales mejor conservados de España, y la delicada iglesia románica de Carabias. Sin embargo, el verdadero motor industrial de la zona fueron las salinas de Imón, que llegaron a producir un millón de kilos de sal al año antes de que la liberalización del mercado en el siglo XIX y la competencia de las salinas marinas iniciaran su declive, permitiendo la fascinante conservación y fosilización de este paisaje histórico.. El recorrido por este territorio fortificado cuenta con hitos tan fotogénicos como el castillo de Riba de Santiuste, encaramado sobre una cresta rocosa para vigilar las rutas del transporte de la sal, y culmina en la emblemática villa de Atienza. Si Sigüenza ostentaba el poder eclesiástico y administrativo, Atienza representaba la fuerza militar y la frontera, con una silueta urbana dominada por su castillo roquero y un valioso conjunto de iglesias románicas. Tras años de preparación, el Consejo de Patrimonio Histórico de España ya ha acordado presentar formalmente este paisaje ante la Unesco, un paso de gigante para proteger la memoria, la historia y el legado de la sal.
La candidatura de Guadalajara aglutina doscientos kilómetros cuadrados de historia, salinas milenarias y tesoros artísticos, consolidando un eje cultural y natural único
El valor de la sal ha cambiado drásticamente con los siglos: hoy la compramos a precios mínimos e incluso la esparcimos por el suelo para evitar el hielo en las carreteras. Sin embargo, en la antigüedad este recurso era considerado el auténtico «oro blanco», un bien estratégico por el que se libraron cruentas batallas, especialmente en las regiones del interior de la Península Ibérica. El gran motor de esta producción en la meseta castellana se concentraba en un altiplano al norte de la actual provincia de Guadalajara, un páramo que, gracias a la riqueza generada por la sal, conserva hoy uno de los mejores conjuntos de arte medieval y renacentista de toda España.. Bajo el nombre de «Paisaje Dulce y Salado de Sigüenza y Atienza», se ha articulado una ambiciosa candidatura que abarca más de 200 kilómetros cuadrados de territorio y busca el reconocimiento como Patrimonio Mundial de la Unesco. Este espacio conecta narrativamente la vida y la riqueza a través de la geografía: desde el verde cañón del río Dulce hasta la hoz del río Salado, salpicada de manantiales y explotaciones históricas. En este entorno destacan joyas monumentales como la impresionante Catedral de Santa María de Sigüenza, con tesoros artísticos de la talla de la Sacristía de las Cabezas o pinturas de El Greco y Zurbarán, además de su imponente castillo medieval reconvertido en Parador de Turismo.. Más allá de la capitalidad episcopal de Sigüenza, el valor de esta candidatura radica en cómo la huella de la sal se desparrama por toda la comarca. En el camino hacia Atienza se descubren sorpresas como Palazuelos, uno de los conjuntos amurallados medievales mejor conservados de España, y la delicada iglesia románica de Carabias. Sin embargo, el verdadero motor industrial de la zona fueron las salinas de Imón, que llegaron a producir un millón de kilos de sal al año antes de que la liberalización del mercado en el siglo XIX y la competencia de las salinas marinas iniciaran su declive, permitiendo la fascinante conservación y fosilización de este paisaje histórico.. El recorrido por este territorio fortificado cuenta con hitos tan fotogénicos como el castillo de Riba de Santiuste, encaramado sobre una cresta rocosa para vigilar las rutas del transporte de la sal, y culmina en la emblemática villa de Atienza. Si Sigüenza ostentaba el poder eclesiástico y administrativo, Atienza representaba la fuerza militar y la frontera, con una silueta urbana dominada por su castillo roquero y un valioso conjunto de iglesias románicas. Tras años de preparación, el Consejo de Patrimonio Histórico de España ya ha acordado presentar formalmente este paisaje ante la Unesco, un paso de gigante para proteger la memoria, la historia y el legado de la sal.
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