Hace 50 años desapareció Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur). Medio siglo después, sigo pensando que fue una de las pocas personas dentro de ETA que entendió antes que nadie que la violencia nos llevaba a un abismo moral y humano del que tarde o temprano tendríamos que salir.Seguir leyendo
Si la sociedad no sabe integrar procesos reales de cambio, entonces la cárcel deja de ser un espacio de responsabilidad para convertirse únicamente en un lugar de exclusión perpetua
Hace 50 años desapareció Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur). Medio siglo después, sigo pensando que fue una de las pocas personas dentro de ETA que entendió antes que nadie que la violencia nos llevaba a un abismo moral y humano del que tarde o temprano tendríamos que salir.Yo fui víctima de ETA durante muchos años. Pero mi historia no comienza ahí.Mi historia empieza mucho antes, en una generación que creció atravesada por la memoria de la guerra, el franquismo, los silencios familiares, las humillaciones heredadas y el miedo. Muchos conocimos las comisarías, las detenciones , las torturas y el exilio. En aquel contexto, la militancia armada llegó a parecernos una forma de coherencia histórica y compromiso político. No lo digo con orgullo. Lo digo con honestidad.Con el tiempo comprendí algo terrible: cuando una causa deja de mirar caras concretas y empieza a hablar solo de consignas, termina justificando lo injustificable. Pertur entendió eso antes que muchos. Comprendió que la violencia acabaría destruyendo también aquello que decía defender. Apostó por abandonar las armas y abrir una vía política cuando hacerlo todavía implicaba enormes riesgos. Quizá por eso sigue siendo una figura incómoda 50 años después.Yo abandoné ETA en 1976 siguiendo la línea preconizada por Pertur. Después participé en EIA, Euskadiko Ezkerra y más tarde en el PSE-EE. Me impliqué activamente en Gesto por la Paz y en distintas iniciativas vinculadas a la convivencia. No fue un camino heroico. Fue un proceso lento y doloroso de revisión moral de toda una vida.Y ese camino tuvo un precio muy alto.Durante más de veinte años fui objetivo de ETA y de su entorno. Viví escoltado durante 12 años, cinco meses y dos días, con sus noches. Compañeros de partido fueron asesinados. Mi empresa de jardinería sufrió atentados. Aprendí a mirar debajo del coche antes de arrancar, a cambiar recorridos, a medir conversaciones, cambiar de domicilio y a convivir diariamente con la amenaza.Pero lo más duro no fue solo el miedo personal. Lo peor fue ver cómo el miedo entraba también en la vida de mi familia, de mi pareja y de mi hijo. Hay persecuciones que no terminan cuando desaparece el peligro inmediato. El miedo permanece dentro del cuerpo y dentro de la familia. Ese daño deja heridas profundas. Y superar algo así nunca ocurre del todo. Yo todavía sigo en ello.Precisamente por haber conocido lugares tan distintos del sufrimiento estoy convencido hoy de algo fundamental: algunas personas pueden cambiar profundamente.He podido escuchar durante años relatos de víctimas lesionadas para siempre, de personas extorsionadas, de hijos e hijas que quedaron huérfanos porque asesinaron a sus padres. Y también he visto algo profundamente difícil y valiente: víctimas capaces de no dejarse arrastrar por el odio. Personas capaces de abrirse a escuchar, a comprender y a expresar su dolor delante de quienes participaron o apoyaron aquella violencia.No pa
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