Desde que en 2006 una implacable Miranda Priestly redujera a la total insignificancia la existencia de su asistente Andy Sachs monologando sobre la implicación «involuntaria» de su jersey en el entramado global de la industria de la moda, la concepción sobre el azul cerúleo nunca volvió a ser la misma y nosotras tampoco. Basada en la novela homónima que la periodista Lauren Weisberger publicó inspirándose en su experiencia en la redacción de Vogue a finales de la década de los noventa bajo la dirección de Anna Wintour, «El diablo viste de Prada» instaló en el imaginario de toda una generación la configuración de un escenario laboral parasitario, déspota y extenuantemente severo pero fascinante y «chic» que parecía la tierra prometida del universo editorial y textil aunque pronto terminase convirtiéndose en un desolador decorado de aspiraciones desinfladas. «Era un puesto exigente, vertiginoso, estresante, que ocupaba las veinticuatro horas del día. Me despertaba cada mañana con mensajes de voz acumulados durante la noche, con tareas interminables que había que resolver de inmediato. Cada minuto en esa oficina se sentía como una emergencia», reconoció en su momento la periodista.. Parapetada tras la máscara narrativa de película de entretenimiento culturalmente adscrita a las pautas de ficción dosmileras con la canción «Suddenly I See» de KT Tunstall de fondo, carreras en stilettos con Starbucks en la mano por la Quinta Avenida, agendas imposibles y consecutivos desfiles de vanidades, la cinta protagonizada por Meryl Streep y Anne Hathaway supo transparentar con precisión las consecuencias de la explotación laboral dentro de la vorágine superficial del mundo de la moda, el progresivo desarrollo del síndrome de Estocolmo por parte del empleado y el dibujo pormenorizado –aunque lindante con la caricatura en muchas ocasiones– de perfiles con cargos de poder reales enfermizamente obsesionados con el trabajo como los de Miranda, es decir, como los de Wintour, quien no sólo terminó admitiendo que le gustó la película y concretamente el papel de Meryl Streep, sino que ensalzó su particular sentido del humor apareciendo en el estreno vestida de Prada.. «La mayoría de los jefes que he tenido en mi vida han sido hombres. Así que los imité». Meryl Streep. «En la escuela de teatro nos preguntaban «¿sabes cómo transmitir que eres el rey o la reina?» y todos decían «bueno, proyectas poder» y ayuda tener alzas en los zapatos… cosas así. Pero el profesor decía «no, no, la forma de transmitir poder reside en cómo se comportan todos los demás en la sala cuando entras. Simplemente actúas con naturalidad, pero las moléculas a tu alrededor cambian». Así que esa era la dirección, conseguir que todos me temieran. No tenía que alzar la voz ni hacer nada para convertirme en Miranda», explicaba recientemente Meryl Streep en una entrevista sobre el proceso de transformación en una jefa tan sociópata como icónica y brillante cuyas cualidades de mando beben irremediablemente de referentes masculinos. «La mayoría de los jefes que he tenido en mi vida han sido hombres. Así que los imité, a esas personas que eran buenas liderando con firmeza sin hacer un gran esfuerzo, aparentemente», añadía.. Nuevo escenario. Veinte años después de la semilla aspiracional sembrada, de toda aquella sensación que empujó a jóvenes aspirantes a periodistas a reflejar sus ambicionados sueños de éxito profesional en los de Andy, el reto de complacer las exigencias del «fandom» con una segunda entrega a la altura, adaptada a las modificaciones experimentadas por el capitalismo que no traicionara la esencia estética y glamurosa de la primera parte, resultaba evidente. Y el hecho de que tanto el director como todos los protagonistas repitan en «El diablo viste de Prada 2», la esperadísima secuela que aterriza hoy en salas, ayuda considerablemente a que dicho propósito se convierta en una realidad más que ajustada.. Tenemos a Anne Hathaway haciendo de Andy, aunque evolucionada de forma un poco sonrojante en una suerte de Anna Politkovskaya norteamericana íntegra que sigue creyendo en la ética periodística mientras bebe champán y resopla apesadumbrada y cargada de estrés tras volver a trabajar en «Runway» para Miranda en su espectacular apartamento de 80 metros cuadrados –proyectado eso sí, como algo baratero y ampliamente mejorable para su posición actual porque claro, el agua del grifo del baño sale marrón durante los primeros segundos de apertura–; tenemos a Emily Blunt como Emily, la afilada y mordaz ex subordinada ahora ejecutiva de diseño de Dior convertida en todo aquello que juró desear; y tenemos a Stanley Tucci como Nigel, el tiernísimo hombre de confianza de Miranda que sigue caminando dos pasos por detrás de la jefa, siempre acertado, siempre resolutivo, siempre paciente e impecable: amplificando el valor del personaje con más integridad de todo el universo fílmico de Prada.. Es particularmente disfrutable y efectivo ver cómo el esqueleto de la historia se articula alrededor de esas adaptaciones temáticas que mencionábamos antes absorbidas por el capital donde los personajes se ven atravesados por las ansiedades contemporáneas derivadas de la decadencia de grandes conglomerados mediáticos, la precarización del sector de la comunicación, la colonización de las nuevas tecnologías en el mundo editorial, la nueva gestión de las crisis reputacionales de las revistas o la asunción de responsabilidad directiva por parte de gente que no ha pisado una redacción en su vida o lo que es peor, «lleva tanto poliéster encima que podría salir ardiendo en cualquier momento», como comenta con ingenio Nigel en referencia al estilo tan inadecuado del nuevo y temporal dueño de la revista. En esta secuela el diablo no se viste de Prada: lleva directamente puesto el traje neoliberal del libre mercado.. Hathaway ha asegurado que la ambición mostrada en la cinta, como contrapunto a esa representación tan americana del funcionamiento del sistema capitalista, tiene una marcada reivindicación femenina. «No creo que la película diga nada concreto acerca de la ambición laboral, simplemente se limita a mostrarla. Se ve a mujeres ambiciosas en acción, y eso me gusta. La ambición suele considerarse una palabra negativa para las mujeres. Para los hombres, se ve como algo digno de celebración. Y creo que la ambición en realidad solo significa sueños con un gran propósito. La primera película de ‘‘El diablo viste de Prada’’ ofreció un espacio muy inspirador para que las chicas se fijaran en eso y aspiraran a más», señala la actriz. A, por ejemplo, un piso situado en un bloque de edificios comprado por un fondo inmobiliario especulador comprado a precio de oro. Como diría Miranda sin levantar la vista de su mesa de despacho: «eso es todo».
Veinte años después del estreno de la icónica «El diablo viste de Prada», Meryl Streep y Anne Hathaway vuelven a encontrarse en esta entretenida y ajustada secuela
Desde que en 2006 una implacable Miranda Priestly redujera a la total insignificancia la existencia de su asistente Andy Sachs monologando sobre la implicación «involuntaria» de su jersey en el entramado global de la industria de la moda, la concepción sobre el azul cerúleo nunca volvió a ser lo misma y nosotras tampoco. Basada en la novela homónima que la periodista Lauren Weisberger publicó inspirándose en su experiencia en la redacción de Vogue a finales de la década de los noventa bajo la dirección de Anna Wintour, «El diablo viste de Prada» instaló en el imaginario de toda una generación la configuración de un escenario laboral parasitario, déspota y extenuantemente severo pero fascinante y «chic» que parecía la tierra prometida del universo editorial y textil aunque pronto terminase convirtiéndose en un desolador decorado de aspiraciones desinfladas. «Era un puesto exigente, vertiginoso, estresante, que ocupaba las veinticuatro horas del día. Me despertaba cada mañana con mensajes de voz acumulados durante la noche, con tareas interminables que había que resolver de inmediato. Cada minuto en esa oficina se sentía como una emergencia», reconoció en su momento la periodista.. Parapetada tras la máscara narrativa de película de entretenimiento culturalmente adscrita a las pautas de ficción dosmileras con la canción «Suddenly I See» de KT Tunstall de fondo, carreras en stilettos con Starbucks en la mano por la Quinta Avenida, agendas imposibles y consecutivos desfiles de vanidades, la cinta protagonizada por Meryl Streep y Anne Hathaway supo transparentar con precisión las consecuencias de la explotación laboral dentro de la vorágine superficial del mundo de la moda, el progresivo desarrollo del síndrome de Estocolmo por parte del empleado y el dibujo pormenorizado –aunque lindante con la caricatura en muchas ocasiones– de perfiles con cargos de poder reales enfermizamente obsesionados con el trabajo como los de Miranda, es decir, como los de Wintour, quien no sólo terminó admitiendo que le gustó la película y concretamente el papel de Meryl Streep, sino que ensalzó su particular sentido del humor apareciendo en el estreno vestida de Prada.. «La mayoría de los jefes que he tenido en mi vida han sido hombres. Así que los imité». «En la escuela de teatro nos preguntaban «¿sabes cómo transmitir que eres el rey o la reina?» y todos decían «bueno, proyectas poder» y ayuda tener alzas en los zapatos… cosas así. Pero el profesor decía «no, no, la forma de transmitir poder reside en cómo se comportan todos los demás en la sala cuando entras. Simplemente actúas con naturalidad, pero las moléculas a tu alrededor cambian». Así que esa era la dirección, conseguir que todos me temieran. No tenía que alzar la voz ni hacer nada para convertirme en Miranda», explicaba recientemente Meryl Streep en una entrevista sobre el proceso de transformación en una jefa tan sociópata como icónica y brillante cuyas cualidades de mando beben irremediablemente de referentes masculinos. «La mayoría de los jefes que he tenido en mi vida han sido hombres. Así que los imité, a esas personas que eran buenas liderando con firmeza sin hacer un gran esfuerzo, aparentemente», añadía.. Veinte años después de la semilla aspiracional sembrada, de toda aquella sensación que empujó a jóvenes aspirantes a periodistas a reflejar sus ambicionados sueños de éxito profesional en los de Andy, el reto de complacer las exigencias del «fandom» con una segunda entrega a la altura, adaptada a las modificaciones experimentadas por el capitalismo que no traicionara la esencia estética y glamurosa de la primera parte, resultaba evidente. Y el hecho de que tanto el director como todos los protagonistas repitan en «El diablo viste de Prada 2», la esperadísima secuela que aterriza hoy en salas, ayuda considerablemente a que dicho propósito se convierta en una realidad más que ajustada.. Tenemos a Anne Hathaway haciendo de Andy, aunque evolucionada de forma un poco sonrojante en una suerte de Anna Politkovskaya norteamericana íntegra que sigue creyendo en la ética periodística mientras bebe champán y resopla apesadumbrada y cargada de estrés tras volver a trabajar en «Runway» para Miranda en su espectacular apartamento de 80 metros cuadrados –proyectado eso sí, como algo baratero y ampliamente mejorable para su posición actual porque claro, el agua del grifo del baño sale marrón durante los primeros segundos de apertura–; tenemos a Emily Blunt como Emily, la afilada y mordaz ex subordinada ahora ejecutiva de diseño de Dior convertida en todo aquello que juró desear; y tenemos a Stanley Tucci como Nigel, el tiernísimo hombre de confianza de Miranda que sigue caminando dos pasos por detrás de la jefa, siempre acertado, siempre resolutivo, siempre paciente e impecable: amplificando el valor del personaje con más integridad de todo el universo fílmico de Prada.. Es particularmente disfrutable y efectivo ver cómo el esqueleto de la historia se articula alrededor de esas adaptaciones temáticas que mencionábamos antes absorbidas por el capital donde los personajes se ven atravesados por las ansiedades contemporáneas derivadas de la decadencia de grandes conglomerados mediáticos, la precarización del sector de la comunicación, la colonización de las nuevas tecnologías en el mundo editorial, la nueva gestión de las crisis reputacionales de las revistas o la asunción de responsabilidad directiva por parte de gente que no ha pisado una redacción en su vida o lo que es peor, «lleva tanto poliéster encima que podría salir ardiendo en cualquier momento», como comenta con ingenio Nigel en referencia al estilo tan inadecuado del nuevo y temporal dueño de la revista. En esta secuela el diablo no se viste de Prada: lleva directamente puesto el traje neoliberal del libre mercado.. Hathaway ha asegurado que la ambición mostrada en la cinta, como contrapunto a esa representación tan americana del funcionamiento del sistema capitalista, tiene una marcada reivindicación femenina. «No creo que la película diga nada concreto acerca de la ambición laboral, simplemente se limita a mostrarla. Se ve a mujeres ambiciosas en acción, y eso me gusta. La ambición suele considerarse una palabra negativa para las mujeres. Para los hombres, se ve como algo digno de celebración. Y creo que la ambición en realidad solo significa sueños con un gran propósito. La primera película de ‘‘El diablo viste de Prada’’ ofreció un espacio muy inspirador para que las chicas se fijaran en eso y aspiraran a más», señala la actriz. A, por ejemplo, un piso situado en un bloque de edificios comprado por un fondo inmobiliario especulador comprado a precio de oro. Como diría Miranda sin levantar la vista de su mesa de despacho: «eso es todo».
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