Desde 1901, la Academia Sueca entrega un premio literario como parte del legado de Alfred Nobel, el inventor de la dinamita. Por valor de más de un millón de euros, es uno de los galardones mejor dotados del mundo y, reconocidamente, el más prestigioso. ¿Pero realmente premia la buena literatura? ¿Es la decisión de la Academia Sueca una ventana a lo mejor que el mundo de las letras tiene que ofrecer o es un reflejo de las experiencias, memorias y presiones que han vivido los académicos en Estocolmo? Las periodistas de EL PAÍS Berna González Harbour y Andrea Aguilar opinan al respecto.. Seguir leyendo
El mundo de los libros contiene la respiración ante la decisión de la Academia Sueca, pero, ¿es realmente relevante el galardón para elegir buenos escritores?
Desde 1901, la Academia Sueca entrega un premio literario como parte del legado de Alfred Nobel, el inventor de la dinamita. Por valor de más de un millón de euros, es uno de los galardones mejor dotados del mundo y, reconocidamente, el más prestigioso. ¿Pero realmente premia la buena literatura? ¿Es la decisión de la Academia Sueca una ventana a lo mejor que el mundo de las letras tiene que ofrecer o es un reflejo de las experiencias, memorias y presiones que han vivido los académicos en Estocolmo? Las periodistas de EL PAÍS Berna González Harbour y Andrea Aguilar opinan al respecto.. Un algoritmo nada virtual. Berna González Harbour. Los premios literarios son ya tantos y tan diferentes en todas partes que, si nos fiamos de todos, los lectores voraces podemos pasar el año atrapando chispas sin encontrar el fuego verdadero. Algunos convocantes se arriesgan y premian lo inédito, nuevas voces dispuestas a saltar al ruedo, que no siempre son tan prometedoras como nos venden. Otros se lo encargan a alguien por quien quieren apostar y, seamos claros, no es habitual que logre su mejor entrega. Y hay quien premia a voces consolidadas que pueden haber acertado o no. Para quienes ya sabemos algo de esto, toda la cartografía de premios tiene instrucciones escondidas que nos ayudan a descodificar el valor real de lo galardonado. Y que sea bienvenido, porque los mapas siempre ayudan.. Pero, quizá por todo ello, por el descreimiento que nos acompaña, a los frikis de los libros nos gusta refugiarnos a veces en el Nobel de Literatura, al que no se le supone interés editorial, ni de lanzamiento, sino que está aparentemente libre de la necesidad de hacer caja. Pasamos las vísperas haciendo apuestas, porras y combatiendo entre nosotros con la misma pasión de los seguidores del Mundial. Se trata de odiar o amar a Murakami, por ejemplo, como si fuera el Madrid. Y el Nobel de Literatura es, sin duda alguna, un foco universal y gigante que dirige su haz de luz a una persona que muchos preferimos no haber detectado antes. Porque el Nobel a veces consolida nuestras opciones y, a veces, las mejores, nos descubre lo que no sabíamos y queremos apreciar.. Recibir el Nobel no siempre es sinónimo de vender mucho, como le pasó a la rumana alemana Herta Müller o me atrevería a añadir que también a la austriaca Elfriede Jelinek, pero despierta todas las oportunidades para que conozcamos o nos fijemos en plumas que acaso nos habían pasado desapercibidos. Confieso que me ocurrió con Abdulrazak Gurnah, genial tanzano al que nunca había leído y que me abrió la puerta a una literatura africana de las tierras colonizadas que acaso solo habíamos leído desde el punto de vista de los colonizadores. Me ocurrió también con Jean-Marie Gustave Le Clézio, luminoso francés de infancia africana, que nos ha regalado una literatura del viaje y la esencia humana a través de los recorridos más hondos.. En otras ocasiones los conocemos de sobra, pero celebramos la sobredosis de justicia divina que el Nobel coloca sobre figuras como Svetlana Alexiévich, quien mejor ha retratado la depauperación humana tejida bajo el martillo pilón del régimen comunista en El fin del ‘homo sovieticus’, por ejemplo. Porque engrandece el valor del buen periodismo. Y porque iluminar a Alexiévich es también iluminar a Anna Politkovskaya, asesinada en Moscú tras narrar la realidad de las guerras chechenas; o a la actual Elena Kostyuchenko, que puede seguir la senda con su Amo a Rusia bajo las luces encendidas por el Nobel a Alexiévich, y no solo en la oscuridad y la censura que le han impuesto en su país.. A quienes nos gusta sobre todo la literatura del mundo, la que nos traslada a realidades y geografías que no están en nuestro día a día, el Nobel de Literatura —cuando acierta— es prescriptor, nos abre puertas, nos sacude y nos ayuda a legitimar la mirada sobre zonas que no están en primera página de nuestros periódicos, sea la citada África de Gurnah y de Le Clézio, la antigua Unión Soviética de la también citada Aleksiévich, el universo de violencia interna de la surcoreana Han Kang, el irremisible emponzoñamiento de la Hungría de László Krasznahorkai, la Turquía más desconocida de Orhan Pamuk o la Suráfrica explosiva de J.M. Coetzee. Mención aparte es la francesa Annie Ernaux, dueña de un universo propio del yo, de los avatares de una mujer contemporánea occidental como puede ser ella o cualquiera, a la que el Nobel ha dado una proyección universal más allá de los enamorados de su fluir bien construido de la conciencia. Que ya éramos muchos.. Hay premios que mejoran al galardonado. Y hay premios que buscan mejorar a quien lo da, como pudo ser el de Bob Dylan. Y lo más deseable para los amantes de la lectura es el primer caso. Que el Nobel nos ayude a encontrar a quien nos habíamos perdido, a aplaudir de sobra a quien ya valorábamos y a mejorar las ventas en un mundo de ruido y exceso de algoritmo virtual.. El Nobel impulsa, apoya, lanza. Es todo un algoritmo real. Y si no, que se lo digan a Cela.. Berna González Harbour es escritora y periodista.. Pinchar la burbuja sueca. Andrea Aguilar. Cuando se abra la puerta del salón donde aguarda la prensa y la secretaria permanente de la academia sueca, Ingrid Carlberg, anuncie quién recibirá en diciembre de 2026 el premio Nobel de Literatura, y el millón de euros con que está dotado, el mundo literario volverá a vivir, un año más, su momento Oscar. Con menos bótox y sin escotes de vértigo, pero este es el momento del año que concita mayor expectación entre el gran público en lo que a noticias literarias se refiere. Habrá alegrías y disgustos: editores exultantes, autores desmoralizados, lectores decepcionados —como los seguidores de un equipo de fútbol que ha perdido una importante final— y otros, ufanos, tendrán ocasión de decir que fueron adeptos desde hace años a la obra del premiado y sentirán que ellos también han ganado, porque los 17 miembros de la Academia Sueca les han dado la razón. También habrá orgullo nacional y lecturas políticas sobre la elección. Los libreros y distribuidores, ellos sí en bloque, pondrán el engranaje en marcha para tener los libros disponibles del ganador en los escaparates y apurar el tirón noticioso, logrando así que el Nobel se traduzca también en ventas y que un buen número de potenciales lectores se acerquen a una obra desconocida.. Lo cierto es que toda esta ceremonia comercial a escala internacional funciona porque lleva el sello de calidad y prestigio que otorgan los miembros de la Academia Sueca. Un buen número de instituciones y académicos de todo el mundo son invitados a presentar nominaciones, que cada año superan las 200. Hay dos cribas, informes finales de los cinco finalistas y una discusión entre los miembros de la Academia que se supone que leen la obra completa de los cinco nominados, deliberan y acaban por votar. Sus discusiones y la lista de nominados no se hace pública hasta medio siglo después. Alfred Nobel instauró el galardón y dejó los fondos para costearlo. Sus instrucciones dictaban que se debía premiar “a quien haya producido la obra más sobresaliente en la dirección ideal”. Abierta quedó la veda para múltiples interpretaciones, pero desde Estocolmo insisten que su criterio es eminentemente literario, y otras consideraciones, subrayan, no están contempladas. Convengamos en que esos concienzudos lectores suecos viven dentro de su burbuja pero no son ajenos al devenir del mundo: viven aquí y ahora y su voto también se emite en un momento concreto; además, su ambición por dejar huella es innegable. La corrección en materia de género tanto en el jurado como entre los premiados ha llegado en pleno siglo XXI y ha permitido ensanchar las miras de la Academia, que no estuvo exenta de escándalos #MeToo. También cabe concluir que estar traducido al inglés o al francés aumenta las oportunidades de que los académicos suecos lleguen a un autor.. Quizá la primera cuestión sea si tiene sentido convertir la literatura en una carrera de caballos. Luego vienen otro tipo de consideraciones, porque un rápido vistazo a la lista de premiados desde que el galardón se otorgó por primera vez en 1901 permite comprobar que no están ni Tolstoi, ni Proust, ni Kafka, ni Joyce, ni Borges… No están todos los que son, pero es que tampoco son todos los que están. Los premios Nobel olvidados son legión, porque escribir un clásico va de algo más que de obtener reconocimiento y éxito en vida, y este premio habla también del momento en que fue fallado e interpela a su presente.. A menudo se dice que pocos libros resisten el paso de los años y que lo que cautivó a un lector a los 25 años puede provocarle un mortal aburrimiento a los 50. En materia de Nobel esto es, en numerosos casos, aún más acusado. La buena literatura que logra sobrevivir y ser relevante, afilada, inspiradora, excitante, entretenida, brillante, reconfortante, conmovedora, original y enigmática se encuentra en los márgenes de esa larga lista de premios Nobel. Pero la mística perdura y el negocio también. Y ahí ese no-sé-qué del que habla Ellen Matson, escritora, miembro de la Academia Sueca y del Comité Nobel: “El mundo está lleno de muy buenos y excelentes escritores y necesitas algo más para ser laureado. Es muy difícil explicar qué. Es algo con lo que naces, pienso. Los románticos lo llamarían la chispa divina”. Pues quizá sea precisamente esa chispa lo que le falte al premio literario más deseado y que concita mayor expectación.. Andrea Aguilar es periodista cultural.
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