Guanajuato es, desde hace una semana, la capital mundial de la contorsión. Por esta ciudad del centro mexicano están desfilando artistas de todos los países, lenguas y culturas para poner sus cuerpos en movimiento: sobre unas tablas, sobre un escenario, sobre las calles o sobre un instrumento. El Festival Cervantino se ha entregado a la diversidad cultural y solo este fin de semana ha convocado a grupos de Francia —invitado de honor—, Italia, Gales, España, Senegal, Guatemala, Suiza y México a desembarcar con sus propuestas. El público responde entusiasta y llena la alhóndiga en diferentes funciones, pero las calles siguen sin remontar la bajada de los últimos años. Las actuaciones callejeras rompen de tanto en tanto la tónica y prenden la alegría entre el personal, indiferente a la llovizna constante que los acompaña.. Seguir leyendo
La propuesta de Francia, el país invitado, se diluye entre la mezcla de países, lenguas y culturas que desfilan por los principales espacios de la ciudad ante un público entusiasta que abarrota la alhóndiga
Guanajuato es, desde hace una semana, la capital mundial de la contorsión. Por esta ciudad del centro mexicano están desfilando artistas de todos los países, lenguas y culturas para poner sus cuerpos en movimiento: sobre unas tablas, sobre un escenario, sobre las calles o sobre un instrumento. El Festival Cervantino se ha entregado a la diversidad cultural y solo este fin de semana ha convocado a grupos de Francia —invitado de honor—, Italia, Gales, España, Senegal, Guatemala, Suiza y México a desembarcar con sus propuestas. El público responde entusiasta y llena la alhóndiga en diferentes funciones, pero las calles siguen sin remontar la bajada de los últimos años. Las actuaciones callejeras rompen de tanto en tanto la tónica y prenden la alegría entre el personal, indiferente a la llovizna constante que los acompaña.
Este fin de semana, la extensa oferta ha puesto a dialogar lo tradicional con lo contemporáneo y ha permitido que reflexiones de muy distinta índole encontraran lugar en los mismos espacios. “El teatro resulta extraño: después de la televisión, el cine, Internet, Netflix y la inteligencia artificial, ¿por qué sigue existiendo? Aparentemente, no se puede explicar, pero el motivo es precisamente este: porque los seres humanos necesitan imaginar“, ha reivindicado el dramaturgo italiano Alessandro Serra, que revisita la figura de Edipo con una obra en grecánico. ”La lección es que hay que apagar la vista exterior para encender la interior», ha ensalzado sobre la que considera “la tragedia de las tragedias”.
Un día después, por el mismo edificio frente a la Basílica, entraba el senegalés Momi Maiga, residente en España. “Hasta hace tres días no sabía si tendría el visado [para venir]. Ellos tienen este derecho de moverse en el mundo. Me rompe el corazón. ¿Por qué unos pueden viajar y otros no?“, ha denunciado el artista, que ha sido cuestionado por las reacciones racistas a la entrada masiva de migrantes en Ceuta, en la frontera sur española. El músico viaja con su álbum Kairo, en el que fusiona sus raíces con los ritmos que se ha ido “encontrando en el camino”. Si acuden a escucharlo, ha dicho, también los mexicanos van a encontrarse con elementos “familiares”.

Unas cosas resuenan con otras, incluso en las noches electrónicas encabezadas por Francia (Busy P, Hervé, Breakbot&Irfane), cuya propuesta ha quedado diluida entre el aluvión de espectáculos de distintos países y Estados de México. Por primera vez, el Cervantino ha eliminado la invitación a una única entidad que hacía de contraparte al anfitrión internacional. Hay actuaciones de hasta 20 territorios mexicanos, algunos con una única presentación. El pasacalles de los Tamborichocos, de Tabasco, que fusiona influencias afroindígenas y cuyo origen se remonta a la época colonial, ha encendido las calles en uno de los momentos callejeros de más brillo durante el sábado por la tarde.
Las actuaciones callejeras funcionan como la seda para animar un festival que, a diferencia de otros, no se recluye en un reciento cerrado sino que se abre a toda la ciudad, que transforma sus espacios para acoger nuevos lenguajes artísticos. “Las perfomances al aire libre tienen un gran poder para cambiar el punto de vista de la gente. Hay algo realmente poderoso en situar el arte en lugares donde la gente no tiene que buscarlo, sino que simplemente se tropieza con él”, señala Osian Meillir, coreógrafo de Qwerin. Un día antes hacía el mismo recorrido con su grupo que los Tamborichocos, esta vez, explorando las intersecciones entre la identidad galesa y la queer, “lo que significa ser ambas cosas a la vez”.
Esos espectáculos, que tienen una gran capacidad de arrastre, conviven con la “importante tradición de música clásica que hay que mantener”, dice la directora de programación, Julia Cabrera. Ese repertorio ha incluido, por ejemplo, la Camerata de Salzburgo con María Dueñas a la cabeza, o la versión de Carmen de los españoles Antonio Gades y Carlos Saura, que mantiene su vigencia décadas después de entrar en escena por primera vez. “Siempre ha habido esa parte cultural, gracias a eso existe todo esto”, dice David Padrón, con 26 años trabajando en la tuna guanajuatense. “Pero ha bajado bastante [la afluencia]”, matiza. Él lo achaca a la falta de más grupos callejeros y a la proliferación de festivales que se comen el atractivo de la ciudad. “Yo cada año veía un poco menos, un poco menos, un poco menos”, reitera.

Durante el primer fin de semana del festival del año anterior, el porcentaje de ocupación hotelera fue del 65,43%. Este año ha descendido ligeramente hasta el 62,40%, según la Dirección de Turismo del municipio. Correlativamente, la derrama económica entonces fue de 56,12 millones de pesos, frente a los 46,49 millones de la actual edición. También los visitantes han descendido de los 35.000 a los 28.000. Resta conocer los datos del segundo y tercer fin de semana, donde todavía se pueden alcanzar o superar las cifras anteriores, pues es un festival largo (del 3 al 18 de octubre) que acaba de llegar a su ecuador. En total, habrá 212 funciones y 2.746 artistas, entre las actuaciones en la sede central, Guanajuato, y las periféricas incluidas en el Circuito Cervantino, adonde giran algunas de las propuestas para aprovechar el impulso del viaje al país.
Saber qué pensaría Enrique Ruelas al ver el despliegue de culturas tantas décadas después de haber impulsado la creación de este festival, a comienzos de los años 50, es un ejercicio para la imaginación. Él llevó los Entremeses de Cervantes a la Plaza de San Roque y la ciudadanía se lo devolvió entregándose al teatro como lo habrían hecho los grandes dramaturgos del siglo XVI. Son 54 ediciones desde que, 20 años después, comenzó a rodar el Cervantino como se conoce hoy: con su mezcla de teatros y avenidas, calles y tarimas. Las cifras caen pero la alegría de quienes forman parte de ello abren una brecha por la que se cuela la luz. “La ciencia es importante, pero el arte también”, dice Dana Avilés, una joven de 27 años que ha llegado de la Ciudad de México para plasmar los espectáculos en su blog de viajes: “Lo acabamos de ver, cómo con un performance tan lindo las personas se emocionaron tanto, se proyectaron y quisieron entrar a bailar”. “Eso nos lo da el arte”, sentencia. Esta es su primera vez pero, si puede, el año que viene volverá.

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