Nunca en la historia habíamos tenido acceso a tantas facilidades. Ahora disponemos de todo: ascensores, coches para trayectos de diez minutos, compra online, comida a domicilio sin moverse del sofá… la tecnología ha resuelto casi cualquier tarea que antes exigía esfuerzo físico. Y eso, paradójicamente, está pasando factura. Así lo ha argumentado José Ruiz, divulgador de salud y experto en entrenamiento personal, quien ha declarado en exclusiva al redactor de este artículo que «cada vez hacemos menos esfuerzo físico real en nuestro día a día, y el problema es que el cuerpo humano no evolucionó para vivir así». Ruiz señala que el cambio no ha sido brusco, más bien no ha dado las pistas más perceptibles para los más ‘despistados’; prácticamente, podría decirse que ha sido silencioso. «Hace unas décadas el esfuerzo físico estaba integrado en la rutina cotidiana. Caminar era lo normal, subir escaleras, cargar con peso. No había que buscar tiempo para hacer ejercicio porque el propio estilo de vida obligaba al cuerpo a mantenerse activo». «Cada vez hay más evidencia de que el movimiento cotidiano tiene un impacto enorme» Hoy, en cambio, la mayoría de las personas pasan gran parte de su jornada sentadas frente a una pantalla y tratan de compensarlo con una hora de gimnasio que, según el experto, no es suficiente. Y es que el organismo tiene memoria. Se adapta constantemente a lo que se le exige, y cuando se le exige poco, responde en consecuencia. «Si caminas menos, pierdes capacidad cardiovascular. Si cargas menos peso, pierdes fuerza. Si pasas muchas horas sentado, pierdes movilidad y estabilidad», detalla. El problema, insiste, es que ese deterioro es progresivo y casi imperceptible hasta que aparecen las peores consecuencias: dolores de espalda, fatiga crónica, rigidez o pérdida de masa muscular que muchos atribuyen únicamente al paso de los años. Uno de los mitos que Ruiz desmonta con más insistencia es el de la compensación. La creencia de que entrenar una hora al día neutraliza los efectos de permanecer el resto del tiempo en reposo no se sostiene. «Cada vez hay más evidencia de que el movimiento cotidiano tiene un impacto enorme sobre la salud metabólica y cardiovascular», afirma. «El ser humano está diseñado para moverse» El patrón social que describe el experto resulta fácil de reconocer: aparcar lo más cerca posible, esperar la escalera mecánica aunque haya escaleras como las de toda la vida a dos metros o usar el coche para desplazamientos que podrían hacerse andando, entre muchos aspectos. «Cada una de esas decisiones parece pequeña, pero juntas construyen un estilo de vida extremadamente sedentario», advierte. No obstante, el cuerpo necesita justo lo contrario, requiere de estímulo físico regular y distribuido a lo largo de la jornada, no concentrado en una sesión de entrenamiento puntual. Hay, además, una dimensión que no suele centrar en escena, y esta es el impacto mental. Ruiz apunta q
El divulgador de salud alerta el ascensor, el coche para trayectos cortos y las horas frente a la pantalla están provocando un deterioro físico silencioso difícil de revertir con una sola sesión de gimnasio
Nunca en la historia habíamos tenido acceso a tantas facilidades. Ahora disponemos de todo: ascensores, coches para trayectos de diez minutos, compra online, comida a domicilio sin moverse del sofá… la tecnología ha resuelto casi cualquier tarea que antes exigía esfuerzo físico. Y eso, paradójicamente, está pasando factura.Así lo ha argumentado José Ruiz, divulgador de salud y experto en entrenamiento personal, quien ha declarado en exclusiva al redactor de este artículo que «cada vez hacemos menos esfuerzo físico real en nuestro día a día, y el problema es que el cuerpo humano no evolucionó para vivir así».Ruiz señala que el cambio no ha sido brusco, más bien no ha dado las pistas más perceptibles para los más ‘despistados’; prácticamente, podría decirse que ha sido silencioso. «Hace unas décadas el esfuerzo físico estaba integrado en la rutina cotidiana. Caminar era lo normal, subir escaleras, cargar con peso. No había que buscar tiempo para hacer ejercicio porque el propio estilo de vida obligaba al cuerpo a mantenerse activo». «Cada vez hay más evidencia de que el movimiento cotidiano tiene un impacto enorme»Hoy, en cambio, la mayoría de las personas pasan gran parte de su jornada sentadas frente a una pantalla y tratan de compensarlo con una hora de gimnasio que, según el experto, no es suficiente.Y es que el organismo tiene memoria. Se adapta constantemente a lo que se le exige, y cuando se le exige poco, responde en consecuencia. «Si caminas menos, pierdes capacidad cardiovascular. Si cargas menos peso, pierdes fuerza. Si pasas muchas horas sentado, pierdes movilidad y estabilidad», detalla.El problema, insiste, es que ese deterioro es progresivo y casi imperceptible hasta que aparecen las peores consecuencias: dolores de espalda, fatiga crónica, rigidez o pérdida de masa muscular que muchos atribuyen únicamente al paso de los años.Uno de los mitos que Ruiz desmonta con más insistencia es el de la compensación. La creencia de que entrenar una hora al día neutraliza los efectos de permanecer el resto del tiempo en reposo no se sostiene. «Cada vez hay más evidencia de que el movimiento cotidiano tiene un impacto enorme sobre la salud metabólica y cardiovascular», afirma.»El ser humano está diseñado para moverse»El patrón social que describe el experto resulta fácil de reconocer: aparcar lo más cerca posible, esperar la escalera mecánica aunque haya escaleras como las de toda la vida a dos metros o usar el coche para desplazamientos que podrían hacerse andando, entre muchos aspectos. «Cada una de esas decisiones parece pequeña, pero juntas construyen un estilo de vida extremadamente sedentario», advierte.No obstante, el cuerpo necesita justo lo contrario, requiere de estímulo físico regular y distribuido a lo largo de la jornada, no concentrado en una sesión de entrenamiento puntual.Hay, además, una dimensión que no suele centrar en escena, y esta es el impacto mental. Ruiz apunta
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