El comandante del Mando África de Estados Unidos (AFRICOM), el general Dagvin R. M. Anderson ha anunciado que se está preparando el despliegue de unos 200 militares en Nigeria. Su labor estará centrada en tareas de formación, asesoría técnica y apoyo a las fuerzas locales, en una misión que no está concebida como operación de combate, y donde el mando y las decisiones de seguridad seguirían siendo nigerianas. El anuncio llega después de que Washington ya hubiera reconocido la presencia de un pequeño equipo sobre el terreno y en un momento de creciente presión política interna en EE UU por la violencia que acontece en el norte del país africano.. Existe un precedente en el tono de Washington respecto a Nigeria. Este sería el bombardeo ocurrido el 25 de diciembre de 2025 en el estado de Sokoto, cuando Estados Unidos lanzó ataques coordinados con Nigeria contra dos campamentos vinculados al Estado Islámico. Trump lo presentó como una respuesta “contundente” contra ISIS y lo conectó en su discurso con los ataques a cristianos, mientras que el Gobierno nigeriano lo enmarcó como una operación antiterrorista basada en inteligencia y cooperación, sin mencionar la motivación religiosa de la que hablaba el presidente estadounidense. Nigeria confirmó entonces que los objetivos eran nodos usados por elementos extranjeros para planear ataques y que no hubo víctimas civiles.. El despliegue en un norte que no se apaga. Porque Nigeria no solo arrastra la insurgencia yihadista en el noreste; también padece una epidemia de bandolerismo y de secuestros masivos en la mitad de su territorio, además de una crisis de violencia intercomunitaria en su Cinturón Central. En este tablero de calamidades, el Pentágono apuesta por una huella limitada que pueda reforzar la eficacia de las respuestas nigerianas, pero sin abrir la puerta a una intervención abierta. Abuja insiste en que no se trata de “ceder soberanía”.. La situación es dura, y los números lo recuerdan. Un informe del PNUD fechado el 23 de junio de 2021 cifraba en 35.000 las muertes directas en los estados más golpeados del noreste (Borno, Adamawa y Yobe) desde 2009, y estima que, sumando impactos indirectos, el conflicto habría causado casi 350.000 muertes hasta finales de 2020 (con 314.000 por causas indirectas). Ese abismo entre cifras explica por qué el debate público a menudo habla de “decenas de miles” y, a la vez, de “centenares de miles”: porque no miden lo mismo.. Y el secuestro se ha convertido en industria en auge. Aunque no todo secuestro en el norte es obra de Boko Haram o ISWAP, y una gran parte corresponde a redes criminales y grupos armados locales separados de la religión. SBM Intelligence contabilizó al menos 3.620 personas secuestradas entre julio de 2022 y junio de 2023 en Nigeria, y en un informe sobre abducciones masivas situó en más de 15.398 víctimas los secuestrados en abducciones masivas desde 2019. En el noreste, además, se han reportado episodios atribuidos a facciones yihadistas con centenares de capturados, especialmente mujeres y niños, tanto cristianos como musulmanes moderados.. La actividad yihadista, lejos de “apagarse” en los últimos años, ha mostrado capacidad de adaptación y de crecimiento en algunos aspectos. En 2025 se registró un repunte de ataques y señales de reagrupamiento de Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), gracias al uso de tácticas más sofisticadas (drones). El propio gobernador del estado de Borno advirtió en 2025 que los insurgentes estaban “ganando terreno”.. De Níger al “regreso” y la competencia por la región. Para Washington, Nigeria también es una pieza de enorme importancia estratégica. En 2024, EE. UU. completó su salida de Níger por orden de la junta militar que gobierna el país, culminando así el 7 de julio el repliegue de la famosa Air Base 101 en Niamey; y de la Air Base 201, en Agadez, el 5 de agosto. Eran dos instalaciones cruciales para vigilancia y proyección en el Sahel y cuya pérdida dejó a EE. UU. sin ojos, manos y oídos en su lucha antiterrorista en África Occidental.. Por tanto, el despliegue en Nigeria (por pequeño que sea) funciona como regreso, un modo de volver a tener presencia en una de las zonas más calientes del planeta.. Este movimiento se produce además en un entorno donde la seguridad se ha convertido en un mercadeo de alianzas. Rusia ha crecido como actor de referencia para las juntas militares del Sahel y otros gobiernos africanos que buscan apoyo sin las condiciones políticas que suelen forzar los occidentales. Mientras que Francia y la UE han ido recalibrando su perfil tras los golpes de Estado en el Sahel y el fracaso de sus misiones previas. Ahora prima menos la ambición de una arquitectura regional unificada y se busca un mayor pragmatismo, más bilateralidad, más énfasis en estabilización y apoyo selectivo. El resultado es obvio: se trata de una región donde se superponen enfoques estadounidenses, europeos y rusos con arreglos locales, a menudo sin un mando único ni una estrategia común sostenida.. Aquí encaja una crítica que circula incluso entre analistas favorables a la cooperación: la limitación estructural de la misión. Primero, que veinte años de insurgencia terrorista no se desactivan con un contingente reducido, sobre todo si su mandato es entrenamiento y asesoría. Estos despliegues suelen mejorar procedimientos, logística, inteligencia técnica o rendimiento de ciertas unidades; pero no deciden el conflicto a largo plazo. Esto dependerá antes en la gobernanza, el control territorial, los sistemas de justicia y la reducción de economías criminales… todo ello mediante la coordinación real entre países vecinos. Y cuando cada actor externo trabaja con métodos, prioridades y líneas rojas distintas, además de las propias naciones africanas, es lógico que el adversario se beneficie de los huecos y de las fronteras porosas por las que se mueve.. El debate no es si 200 militares “ganan” una guerra (no lo hacen), sino qué aporta el gesto en un contexto tan fragmentado como el que se describe. Nigeria insiste en que no existe la pérdida de soberanía que algunos critican; Washington insiste en que sus tropas no entrarán en combate. En definitiva, ambas administraciones intentan blindar el despliegue ante un posible desgaste político. Pero la realidad es que, si los números sobre el terreno siguen empeorando (más ataques, más secuestros, más desplazamientos), el despliegue puede quedar como símbolo, sin más.. Y es aquí donde aparece el último elemento, ese símbolo. La ganancia política para Trump. El envío permite a la Casa Blanca presentar una acción tangible con un coste relativamente bajo y que encaje con la narrativa que el propio Trump ha empujado, al interpretar la violencia en Nigeria como una persecución religiosa contra los cristianos. Aunque esa etiqueta simplifique un conflicto donde las víctimas incluyen a múltiples comunidades, el marco tiene utilidad política en EE UU. Moviliza apoyos, marca contraste con la inacción percibida en otros países occidentales y refuerza la idea de su liderazgo sin comprometer, de entrada, una guerra abierta. El tiempo dirá si esta intervención es el principio de algo mayor.
El comandante del Mando África de Estados Unidos (AFRICOM), el general Dagvin R. M. Anderson ha anunciado que se está preparando el despliegue de unos 200 militares en Nigeria. Su labor estará centrada en tareas de formación, asesoría técnica y apoyo a las fuerzas locales, en una misión que no está concebida como operación de combate, y donde el mando y las decisiones de seguridad seguirían siendo nigerianas. El anuncio llega después de que Washington ya hubiera reconocido la presencia de un pequeño equipo sobre el terreno y en un momento de creciente presión política interna en EE UU por la violencia que acontece en el norte del país africano.. Existe un precedente en el tono de Washington respecto a Nigeria. Este sería el bombardeo ocurrido el 25 de diciembre de 2025 en el estado de Sokoto, cuando Estados Unidos lanzó ataques coordinados con Nigeria contra dos campamentos vinculados al Estado Islámico. Trump lo presentó como una respuesta “contundente” contra ISIS y lo conectó en su discurso con los ataques a cristianos, mientras que el Gobierno nigeriano lo enmarcó como una operación antiterrorista basada en inteligencia y cooperación, sin mencionar la motivación religiosa de la que hablaba el presidente estadounidense. Nigeria confirmó entonces que los objetivos eran nodos usados por elementos extranjeros para planear ataques y que no hubo víctimas civiles.. El despliegue en un norte que no se apaga. Porque Nigeria no solo arrastra la insurgencia yihadista en el noreste; también padece una epidemia de bandolerismo y de secuestros masivos en la mitad de su territorio, además de una crisis de violencia intercomunitaria en su Cinturón Central. En este tablero de calamidades, el Pentágono apuesta por una huella limitada que pueda reforzar la eficacia de las respuestas nigerianas, pero sin abrir la puerta a una intervención abierta. Abuja insiste en que no se trata de “ceder soberanía”.. La situación es dura, y los números lo recuerdan. Un informe del PNUD fechado el 23 de junio de 2021 cifraba en 35.000 las muertes directas en los estados más golpeados del noreste (Borno, Adamawa y Yobe) desde 2009, y estima que, sumando impactos indirectos, el conflicto habría causado casi 350.000 muertes hasta finales de 2020 (con 314.000 por causas indirectas). Ese abismo entre cifras explica por qué el debate público a menudo habla de “decenas de miles” y, a la vez, de “centenares de miles”: porque no miden lo mismo.. Y el secuestro se ha convertido en industria en auge. Aunque no todo secuestro en el norte es obra de Boko Haram o ISWAP, y una gran parte corresponde a redes criminales y grupos armados locales separados de la religión. SBM Intelligence contabilizó al menos 3.620 personas secuestradas entre julio de 2022 y junio de 2023 en Nigeria, y en un informe sobre abducciones masivas situó en más de 15.398 víctimas los secuestrados en abducciones masivas desde 2019. En el noreste, además, se han reportado episodios atribuidos a facciones yihadistas con centenares de capturados, especialmente mujeres y niños, tanto cristianos como musulmanes moderados.. La actividad yihadista, lejos de “apagarse” en los últimos años, ha mostrado capacidad de adaptación y de crecimiento en algunos aspectos. En 2025 se registró un repunte de ataques y señales de reagrupamiento de Boko Haram y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), gracias al uso de tácticas más sofisticadas (drones). El propio gobernador del estado de Borno advirtió en 2025 que los insurgentes estaban “ganando terreno”.. De Níger al “regreso” y la competencia por la región. Para Washington, Nigeria también es una pieza de enorme importancia estratégica. En 2024, EE. UU. completó su salida de Níger por orden de la junta militar que gobierna el país, culminando así el 7 de julio el repliegue de la famosa Air Base 101 en Niamey; y de la Air Base 201, en Agadez, el 5 de agosto. Eran dos instalaciones cruciales para vigilancia y proyección en el Sahel y cuya pérdida dejó a EE. UU. sin ojos, manos y oídos en su lucha antiterrorista en África Occidental.. Por tanto, el despliegue en Nigeria (por pequeño que sea) funciona como regreso, un modo de volver a tener presencia en una de las zonas más calientes del planeta.. Este movimiento se produce además en un entorno donde la seguridad se ha convertido en un mercadeo de alianzas. Rusia ha crecido como actor de referencia para las juntas militares del Sahel y otros gobiernos africanos que buscan apoyo sin las condiciones políticas que suelen forzar los occidentales. Mientras que Francia y la UE han ido recalibrando su perfil tras los golpes de Estado en el Sahel y el fracaso de sus misiones previas. Ahora prima menos la ambición de una arquitectura regional unificada y se busca un mayor pragmatismo, más bilateralidad, más énfasis en estabilización y apoyo selectivo. El resultado es obvio: se trata de una región donde se superponen enfoques estadounidenses, europeos y rusos con arreglos locales, a menudo sin un mando único ni una estrategia común sostenida.. Aquí encaja una crítica que circula incluso entre analistas favorables a la cooperación: la limitación estructural de la misión. Primero, que veinte años de insurgencia terrorista no se desactivan con un contingente reducido, sobre todo si su mandato es entrenamiento y asesoría. Estos despliegues suelen mejorar procedimientos, logística, inteligencia técnica o rendimiento de ciertas unidades; pero no deciden el conflicto a largo plazo. Esto dependerá antes en la gobernanza, el control territorial, los sistemas de justicia y la reducción de economías criminales… todo ello mediante la coordinación real entre países vecinos. Y cuando cada actor externo trabaja con métodos, prioridades y líneas rojas distintas, además de las propias naciones africanas, es lógico que el adversario se beneficie de los huecos y de las fronteras porosas por las que se mueve.. El debate no es si 200 militares “ganan” una guerra (no lo hacen), sino qué aporta el gesto en un contexto tan fragmentado como el que se describe. Nigeria insiste en que no existe la pérdida de soberanía que algunos critican; Washington insiste en que sus tropas no entrarán en combate. En definitiva, ambas administraciones intentan blindar el despliegue ante un posible desgaste político. Pero la realidad es que, si los números sobre el terreno siguen empeorando (más ataques, más secuestros, más desplazamientos), el despliegue puede quedar como símbolo, sin más.. Y es aquí donde aparece el último elemento, ese símbolo. La ganancia política para Trump. El envío permite a la Casa Blanca presentar una acción tangible con un coste relativamente bajo y que encaje con la narrativa que el propio Trump ha empujado, al interpretar la violencia en Nigeria como una persecución religiosa contra los cristianos. Aunque esa etiqueta simplifique un conflicto donde las víctimas incluyen a múltiples comunidades, el marco tiene utilidad política en EE UU. Moviliza apoyos, marca contraste con la inacción percibida en otros países occidentales y refuerza la idea de su liderazgo sin comprometer, de entrada, una guerra abierta. El tiempo dirá si esta intervención es el principio de algo mayor.
El país africano arrastra una crisis de violencia ante la que el Pentágono apuesta por ayudar con una huella limitada
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