Un analista australiano al que no citaré sostiene que venimos de un mundo que ya no existe. Vivimos en un escenario donde hay dinero, circula con rapidez, al tiempo que las decisiones políticas parecen lentas y excesivamente burocratizadas. Las respuestas en occidente tardan en responder a los desafíos del Mundo Actual.. En este contexto, los filósofos de la tecnología que en el siglo pasado eran considerados autores de ciencia ficción, empiezan hoy a ser leídos como analistas del presente. Sus predicciones ya no suenan extravagantes, sino plausibles. Un buen ejemplo es Isaac Asimov. Su Trilogía de la Fundación, publicada entre 1951 y 1953, plantea la caída de un imperio galáctico y la posibilidad de anticipar los comportamientos colectivos del ser humano mediante el análisis masivo de datos sociales.. Asimov lo llamó Psicohistoria, y hoy es el análisis predictivo, la minería de datos o social listening. También la Historia del Tiempo Presente. La obra de Asimov escrita hace 75 años, ya no es tanta ficción, y se vislumbra cierta reflexión.. Algo similar ocurre con sus célebres leyes de la robótica, formuladas en el relato Runaround de 1942 y popularizadas después en Yo, Robot. Aquellas normas imaginadas para regular máquinas en la literatura, son citadas en la por la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea.. En esta intersección entre tecnología, política y anticipación del futuro, es del todo interesante seguir y analizar la figura de Curtis Yarvin. En el ecosistema intelectual de la derecha estadounidense, Yarvin ha pasado en pocos años de ser un bloguero marginal a convertirse en uno de los nombres más citados cuando se habla de tecnofilosofía.. Especialmente en las referencias hacia el entorno tecnológico de Silicon Valley e incluso en el vicepresidente J. D. Vance dentro del segundo mandato de Trump. En nuestro caso, el interés creciente por Yarvin se explica sobre todo por la radiografía que realiza de los actuales retos y desafíos de la sociedad tecnológica; sin tener que compartir todas las soluciones que plantea.. Identificamos tres ideas incómodas para las democracias occidentales. Pierden capacidad de decisión. El poder se parapeta en complejas redes burocráticas hiperreguladas. Y los sistemas políticos funcionan cada vez más por inercia que por dirección estratégica.. Desde esta perspectiva, el problema ya no es solo político, sino estructural. Curtis Yarvin parte de la idea de que el sistema político liberal atraviesa una crisis estructural marcada por la desafección democrática, la sensación de impotencia ciudadana y la pérdida de confianza en las instituciones, en un contexto donde el populismo aparece más como síntoma que como solución.. Desde esta lectura, el cambio político no suele producirse de forma gradual, sino mediante rupturas coordinadas capaces de movilizar grandes masas, algo que hoy resulta más viable gracias a la tecnología y a las redes sociales, que permiten nuevas formas de coordinación colectiva e incluso la aparición de estructuras políticas paralelas que desbordan los mecanismos electorales clásicos. Esta visión crítica la democracia liberal por su lentitud, su dependencia de élites burocráticas y su desconexión social, y sugiere la necesidad de repensar los modelos de gobierno recuperando conocimiento político histórico adaptado al presente tecnológico.. En este marco, se tiende a valorar los regímenes por su eficacia funcional más que por sus procedimientos formales, mientras la inteligencia artificial aparece como un factor ambivalente, capaz tanto de reforzar el control ideológico y cognitivo como de abrir espacios para nuevas formas de pensamiento político y cuestionamiento del sistema.. Un mapa conceptual de los postulados yarvinistas realizado mediante software informático destaca que la crítica a la democracia liberal contrasta con la revalorización de regímenes fuertes basados en eficacia funcional y el papel ambivalente de la inteligencia artificial. Todo esto con el consabido riesgo de la algocracia y el desplazamiento de la legitimidad institucional de los humanos a los algoritmos.. Coincidimos con el diagnóstico de Yarvin, que la tecnología aparece como factor transformador del poder, capaz tanto de reforzar estructuras de control como de abrir espacios para nuevas formas de pensamiento político. En conjunto, el esquema muestra una visión del presente como un momento de transición histórica en el que se están redefiniendo las bases de los sistemas políticos democráticos occidentales.. La Revolución Tecnológica está configurando un nuevo paradigma de poder, una suerte de tecnocracia informática que en su planteamiento más extremo podría consolidarse como una algocracia o régimen de totalitarismo algorítmico. Así la autoridad se incrusta en sistemas informáticos capaces de regular la información, tomar decisiones, e incluso manipular comportamientos.. En este contexto, el voto ejercido con capacidad crítica y razonada, adquiriría todavía más relevancia como uno de los pocos mecanismos que mantienen visible la soberanía del ciudadano. Aunque si se mantiene el axioma de que el voto es el núcleo del sistema democrático, aparece inmediatamente el verdadero reto de la sociedad digital: la manipulación informativa y la desinformación.. Pero para todo ello además, hace falta formación urgente en competencias y destrezas tecnológicas interdisciplinares y humanísticas. Un campo que reivindicamos para la Historia del Mundo Actual.. Felipe Debasa es director del Máster oficial UE-China de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC)
Un analista australiano al que no citaré sostiene que venimos de un mundo que ya no existe. Vivimos en un escenario donde hay dinero, circula con rapidez, al tiempo que las decisiones políticas parecen lentas y excesivamente burocratizadas. Las respuestas en occidente tardan en responder a los desafíos del Mundo Actual.. En este contexto, los filósofos de la tecnología que en el siglo pasado eran considerados autores de ciencia ficción, empiezan hoy a ser leídos como analistas del presente. Sus predicciones ya no suenan extravagantes, sino plausibles. Un buen ejemplo es Isaac Asimov. Su Trilogía de la Fundación, publicada entre 1951 y 1953, plantea la caída de un imperio galáctico y la posibilidad de anticipar los comportamientos colectivos del ser humano mediante el análisis masivo de datos sociales.. Asimov lo llamó Psicohistoria, y hoy es el análisis predictivo, la minería de datos o social listening. También la Historia del Tiempo Presente. La obra de Asimov escrita hace 75 años, ya no es tanta ficción, y se vislumbra cierta reflexión.. Algo similar ocurre con sus célebres leyes de la robótica, formuladas en el relato Runaround de 1942 y popularizadas después en Yo, Robot. Aquellas normas imaginadas para regular máquinas en la literatura, son citadas en la por la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea.. En esta intersección entre tecnología, política y anticipación del futuro, es del todo interesante seguir y analizar la figura de Curtis Yarvin. En el ecosistema intelectual de la derecha estadounidense, Yarvin ha pasado en pocos años de ser un bloguero marginal a convertirse en uno de los nombres más citados cuando se habla de tecnofilosofía.. Especialmente en las referencias hacia el entorno tecnológico de Silicon Valley e incluso en el vicepresidente J. D. Vance dentro del segundo mandato de Trump. En nuestro caso, el interés creciente por Yarvin se explica sobre todo por la radiografía que realiza de los actuales retos y desafíos de la sociedad tecnológica; sin tener que compartir todas las soluciones que plantea.. Identificamos tres ideas incómodas para las democracias occidentales. Pierden capacidad de decisión. El poder se parapeta en complejas redes burocráticas hiperreguladas. Y los sistemas políticos funcionan cada vez más por inercia que por dirección estratégica.. Desde esta perspectiva, el problema ya no es solo político, sino estructural. Curtis Yarvin parte de la idea de que el sistema político liberal atraviesa una crisis estructural marcada por la desafección democrática, la sensación de impotencia ciudadana y la pérdida de confianza en las instituciones, en un contexto donde el populismo aparece más como síntoma que como solución.. Desde esta lectura, el cambio político no suele producirse de forma gradual, sino mediante rupturas coordinadas capaces de movilizar grandes masas, algo que hoy resulta más viable gracias a la tecnología y a las redes sociales, que permiten nuevas formas de coordinación colectiva e incluso la aparición de estructuras políticas paralelas que desbordan los mecanismos electorales clásicos. Esta visión crítica la democracia liberal por su lentitud, su dependencia de élites burocráticas y su desconexión social, y sugiere la necesidad de repensar los modelos de gobierno recuperando conocimiento político histórico adaptado al presente tecnológico.. En este marco, se tiende a valorar los regímenes por su eficacia funcional más que por sus procedimientos formales, mientras la inteligencia artificial aparece como un factor ambivalente, capaz tanto de reforzar el control ideológico y cognitivo como de abrir espacios para nuevas formas de pensamiento político y cuestionamiento del sistema.. Un mapa conceptual de los postulados yarvinistas realizado mediante software informático destaca que la crítica a la democracia liberal contrasta con la revalorización de regímenes fuertes basados en eficacia funcional y el papel ambivalente de la inteligencia artificial. Todo esto con el consabido riesgo de la algocracia y el desplazamiento de la legitimidad institucional de los humanos a los algoritmos.. Coincidimos con el diagnóstico de Yarvin, que la tecnología aparece como factor transformador del poder, capaz tanto de reforzar estructuras de control como de abrir espacios para nuevas formas de pensamiento político. En conjunto, el esquema muestra una visión del presente como un momento de transición histórica en el que se están redefiniendo las bases de los sistemas políticos democráticos occidentales.. La Revolución Tecnológica está configurando un nuevo paradigma de poder, una suerte de tecnocracia informática que en su planteamiento más extremo podría consolidarse como una algocracia o régimen de totalitarismo algorítmico. Así la autoridad se incrusta en sistemas informáticos capaces de regular la información, tomar decisiones, e incluso manipular comportamientos.. En este contexto, el voto ejercido con capacidad crítica y razonada, adquiriría todavía más relevancia como uno de los pocos mecanismos que mantienen visible la soberanía del ciudadano. Aunque si se mantiene el axioma de que el voto es el núcleo del sistema democrático, aparece inmediatamente el verdadero reto de la sociedad digital: la manipulación informativa y la desinformación.. Pero para todo ello además, hace falta formación urgente en competencias y destrezas tecnológicas interdisciplinares y humanísticas. Un campo que reivindicamos para la Historia del Mundo Actual.. Felipe Debasa es director del Máster oficial UE-China de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC)
En un mundo dominado por plataformas y algoritmos, el voto permanece como el último símbolo de soberanía frente al poder técnico
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