Hay un momento especialmente aterrador en “Backrooms” en el que la cámara parte de una habitación para, en un infinito travelling descendente, mostrarnos la puesta en abismo de su declive, que es una hermosa, terrible manera de decirnos que todo lugar contiene sus propias erosiones, cientos de lugares idénticos que se degradan y enferman, y que son el reflejo de ciento y una muertes que reducen el mundo, nuestra percepción del mundo, al fin de las últimas cosas. En el laberinto de oficinas abandonadas que, en “Backrooms”, se ofrece como reflejo liminal de nuestra realidad, lo más inquietante es que tal vez ya no nos falta tanto para llegar hasta el último nivel, porque no existe tanta diferencia entre la fría consulta de una terapeuta o una macrotienda de muebles sin clientes y esos espacios amarillentos, pisos piloto del infierno que podrían protagonizar la pesadilla de una novela de J.G. Ballard.. Si la importancia de una película de terror se mide en función de si contribuye a enriquecer el imaginario de la angustia contemporánea, “Backrooms” es un acierto extraordinario. Su singularidad no carece, por supuesto, de tradiciones y legados: estamos en el reino de Orfeo cruzando al otro lado del espejo, aunque esta vez lo que nos encontremos sea la representación espacial de la soledad. Más allá de sus orígenes como leyenda ‘creepypasta’, viralizada en vídeos de youtube, “Backrooms” mezcla el ‘found footage’, la subjetividad de la narrativa videolúdica y la narrativa abstracta y elusiva de cierta ficción conspiranoica para erigirse en el posible contraplano de otra película -“Nosotros”, de Jordan Peele-, que también jugaba con la idea de los universos replicados.. Allí donde Peele permanecía en la dimensión de lo real, el jovencísimo Kane Parsons prefiere ponérselo difícil y explotar la versión atroz de un espacio onírico en bucle, que parece construirse a medida que se pasea, y que muta y desaparece como en un fragmento de la reciente “Exit 8”. Puede que la explicación psicoanalítica del filme sea un poco tosca, y que la resolución sea un tanto anticlimática, pero lo cierto es que el poso de desasosiego que nos regala es inenarrable. Como si quisiéramos describir el desierto a un ciego, a alguien que no haya visto nunca el sol.. Lo mejor:. La insólita creación de un espacio liminal que merece pertenecer a lo más brillante del imaginario del terror contemporáneo.. Lo peor:. El discutible aspecto de alguna criatura de este averno oficinista.
Dirección: Kane Parsons. Guion: Will Soodil y Kane Parsons. Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett, Lukita Maxwell, Mark Duplass. EE UU, 2026. Duración: 110 minutos. Terror.
Hay un momento especialmente aterrador en “Backrooms” en el que la cámara parte de una habitación para, en un infinito travelling descendente, mostrarnos la puesta en abismo de su declive, que es una hermosa, terrible manera de decirnos que todo lugar contiene sus propias erosiones, cientos de lugares idénticos que se degradan y enferman, y que son el reflejo de ciento y una muertes que reducen el mundo, nuestra percepción del mundo, al fin de las últimas cosas. En el laberinto de oficinas abandonadas que, en “Backrooms”, se ofrece como reflejo liminal de nuestra realidad, lo más inquietante es que tal vez ya no nos falta tanto para llegar hasta el último nivel, porque no existe tanta diferencia entre la fría consulta de una terapeuta o una macrotienda de muebles sin clientes y esos espacios amarillentos, pisos piloto del infierno que podrían protagonizar la pesadilla de una novela de J.G. Ballard.. Si la importancia de una película de terror se mide en función de si contribuye a enriquecer el imaginario de la angustia contemporánea, “Backrooms” es un acierto extraordinario. Su singularidad no carece, por supuesto, de tradiciones y legados: estamos en el reino de Orfeo cruzando al otro lado del espejo, aunque esta vez lo que nos encontremos sea la representación espacial de la soledad. Más allá de sus orígenes como leyenda ‘creepypasta’, viralizada en vídeos de youtube, “Backrooms” mezcla el ‘found footage’, la subjetividad de la narrativa videolúdica y la narrativa abstracta y elusiva de cierta ficción conspiranoica para erigirse en el posible contraplano de otra película -“Nosotros”, de Jordan Peele-, que también jugaba con la idea de los universos replicados.. Allí donde Peele permanecía en la dimensión de lo real, el jovencísimo Kane Parsons prefiere ponérselo difícil y explotar la versión atroz de un espacio onírico en bucle, que parece construirse a medida que se pasea, y que muta y desaparece como en un fragmento de la reciente “Exit 8”. Puede que la explicación psicoanalítica del filme sea un poco tosca, y que la resolución sea un tanto anticlimática, pero lo cierto es que el poso de desasosiego que nos regala es inenarrable. Como si quisiéramos describir el desierto a un ciego, a alguien que no haya visto nunca el sol.. Lo mejor:. La insólita creación de un espacio liminal que merece pertenecer a lo más brillante del imaginario del terror contemporáneo.. Lo peor:. El discutible aspecto de alguna criatura de este averno oficinista.
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