Antes era impensable que un comunicador estuviera en escena con las manos en los bolsillos. Transmitía pasotismo. Como también antaño era una falta de profesionalidad aparecer en pantalla sin tener estudiada la trayectoria del entrevistado. El presentador se sonrojaba cuando era pillado en un renuncio. Ahora, en cambio, confiamos en que con nuestra espontaneidad basta. Una sensación fruto de la sociedad del ‘yo’ de las redes sociales, donde solo es necesario un móvil y hablar de nosotros mismos sin necesidad de escuchar demasiado a nadie. A diferencia de la tele, que es la congregación del trabajo en equipo. Cada profesional pone una pieza en el puzle para que la trama crezca hacia algún lugar bonito de ver, entender e incluso soñar.. En este arte colectivo, es esencial conocer las posiciones escénicas, con sus tiros de cámara, con su «dónde está la buena luz». Para que los protagonistas del programa sepan la actitud que les favorece y, así, estar más cerca de conseguir que el público pase de mero espectador a cómplice. Porque el carisma se puede tener de fábrica, pero solo se mantiene a largo plazo si no se conforma con salir a ver qué pasa.. Los grandes maestros de la tele enseñaban a los presentadores la importancia de pasear en diagonal por el escenario para amplificar la sensación de amplitud de los espacios. Había que mirar al público de soslayo para quererlo más que desafiarlo. Había que pararse delante de la cámara sin transmitir estar esperando el autobús de línea. También se estudiaba la altura de la silla. Cómo nos sentamos es fundamental para transmitir interés o desidia. Las sillas cómodas estaban vetadas. Los sillones solían ser tan bonitos como incómodos para que nadie se quedara repanchingado hasta parecer que pasaba del público. Los artistas hacían suyos estos trucos. Una vez, en una gala de José Luis Moreno, Lola Flores se percató de que el sillón era desmesuradamente confortable y decidió sentarse en el brazo de la butaca. Ante la perplejidad de Juncal Rivero. No era un despiste, así se mantenía erguida, poderosa, mientras el resto estaban hundidos entre cojines. Lola había aprendido de los más grandes de la tele y el cine.. Y, por supuesto, estaba prohibido comer. Hasta que llegó Sálvame, masticar quedaba muy feo. No tanto fumar, que se percibía como lección de glamour por culpa de Hollywood. De hecho, el humo era el otro protagonista de los debates de postín. Hoy, despierta la tos solo al poner un segundo el debate cinéfilo de Qué grande es el cine con los tertulianos envueltos en nicotina. Por suerte, hemos evolucionado en sensibilidades. Y en cierta calidad del aire. Pero, a la vez, también hemos avanzado en prisa y dejamos esfumarse la capacidad del ensayo que permite brillar más. Incluso que favorece la improvisación más lúcida. Ya lo aconsejaba el gran Miliki: “Ensaya, ensaya, hasta que parezca que no has ensayado nunca”. La tele, el periodismo, la cultura, es no dejar nunca de estudiar. Y empollar una buena escritura previa permite incorporar con más destreza la espontaneidad impronosticable que irrumpe en pleno directo. Lo que, también, conlleva conocer los oficios de la tele. Siempre somos consecuencia de nuestras circunstancias. Y en un estudio de tele, al igual que en el resto de la vida, cómo somos cambia dependiendo de los contornos. Aunque el presentador siempre marque un carácter propio a cada programa.. Sin embargo, en la veloz manera en la que se producen los contenidos audiovisuales, no hay siempre el suficiente margen de tiempo para definir los personajes más allá de evidencias. De ahí que dispongamos de más plataformas y canales que nunca y no se traduzca en más diversidad de propuestas. Todos los programas se parecen demasiado entre sí. Los comunicadores, también. Todo transmite ser un debate constante o un podcast conversacional. Los efímeros zascas listos para viralizarse ganan (es agotador) y pierde la comunión entre guion, iluminación, escenografía, realización y dirección que transformaba la tele en refugio que permitía evadirse un rato de la rutina. Incluso cuando estabas atendiendo temas de actualidad. Se ha ido descuidando esa capacidad teatral que hace más especial la experiencia de la comunicación. La cultura de la inmediatez nos arrastra a la excitación de usar y tirar. Y, claro, ya ni siquiera tenemos paciencia para discernir cuándo es el magnetismo de la naturalidad y cuándo solo es el triunfo de la urgencia a ninguna parte.
La televisión ha perdido tiempo para la dirección artística.
20MINUTOS.ES – Televisión
Antes era impensable que un comunicador estuviera en escena con las manos en los bolsillos. Transmitía pasotismo. Como también antaño era una falta de profesionalidad aparecer en pantalla sin tener estudiada la trayectoria del entrevistado. El presentador se sonrojaba cuando era pillado en un renuncio. Ahora, en cambio, confiamos en que con nuestra espontaneidad basta. Una sensación fruto de la sociedad del ‘yo’ de las redes sociales, donde solo es necesario un móvil y hablar de nosotros mismos sin necesidad de escuchar demasiado a nadie. A diferencia de la tele, que es la congregación del trabajo en equipo. Cada profesional pone una pieza en el puzle para que la trama crezca hacia algún lugar bonito de ver, entender e incluso soñar.. En este arte colectivo, es esencial conocer las posiciones escénicas, con sus tiros de cámara, con su «dónde está la buena luz». Para que los protagonistas del programa sepan la actitud que les favorece y, así, estar más cerca de conseguir que el público pase de mero espectador a cómplice. Porque el carisma se puede tener de fábrica, pero solo se mantiene a largo plazo si no se conforma con salir a ver qué pasa.. Los grandes maestros de la tele enseñaban a los presentadores la importancia de pasear en diagonal por el escenario para amplificar la sensación de amplitud de los espacios. Había que mirar al público de soslayo para quererlo más que desafiarlo. Había que pararse delante de la cámara sin transmitir estar esperando el autobús de línea. También se estudiaba la altura de la silla. Cómo nos sentamos es fundamental para transmitir interés o desidia. Las sillas cómodas estaban vetadas. Los sillones solían ser tan bonitos como incómodos para que nadie se quedara repanchingado hasta parecer que pasaba del público. Los artistas hacían suyos estos trucos. Una vez, en una gala de José Luis Moreno, Lola Flores se percató de que el sillón era desmesuradamente confortable y decidió sentarse en el brazo de la butaca. Ante la perplejidad de Juncal Rivero. No era un despiste, así se mantenía erguida, poderosa, mientras el resto estaban hundidos entre cojines. Lola había aprendido de los más grandes de la tele y el cine.. Y, por supuesto, estaba prohibido comer. Hasta que llegó Sálvame, masticar quedaba muy feo. No tanto fumar, que se percibía como lección de glamour por culpa de Hollywood. De hecho, el humo era el otro protagonista de los debates de postín. Hoy, despierta la tos solo al poner un segundo el debate cinéfilo de Qué grande es el cine con los tertulianos envueltos en nicotina. Por suerte, hemos evolucionado en sensibilidades. Y en cierta calidad del aire. Pero, a la vez, también hemos avanzado en prisa y dejamos esfumarse la capacidad del ensayo que permite brillar más. Incluso que favorece la improvisación más lúcida. Ya lo aconsejaba el gran Miliki: “Ensaya, ensaya, hasta que parezca que no has ensayado nunca”. La tele, el periodismo, la cultura, es no dejar nunca de estudiar. Y empollar una buena escritura previa permite incorporar con más destreza la espontaneidad impronosticable que irrumpe en pleno directo. Lo que, también, conlleva conocer los oficios de la tele. Siempre somos consecuencia de nuestras circunstancias. Y en un estudio de tele, al igual que en el resto de la vida, cómo somos cambia dependiendo de los contornos. Aunque el presentador siempre marque un carácter propio a cada programa.. Sin embargo, en la veloz manera en la que se producen los contenidos audiovisuales, no hay siempre el suficiente margen de tiempo para definir los personajes más allá de evidencias. De ahí que dispongamos de más plataformas y canales que nunca y no se traduzca en más diversidad de propuestas. Todos los programas se parecen demasiado entre sí. Los comunicadores, también. Todo transmite ser un debate constante o un podcast conversacional. Los efímeros zascas listos para viralizarse ganan (es agotador) y pierde la comunión entre guion, iluminación, escenografía, realización y dirección que transformaba la tele en refugio que permitía evadirse un rato de la rutina. Incluso cuando estabas atendiendo temas de actualidad. Se ha ido descuidando esa capacidad teatral que hace más especial la experiencia de la comunicación. La cultura de la inmediatez nos arrastra a la excitación de usar y tirar. Y, claro, ya ni siquiera tenemos paciencia para discernir cuándo es el magnetismo de la naturalidad y cuándo solo es el triunfo de la urgencia a ninguna parte.
