Hay cosas que no se pueden negar, ni falta que hace. Las canciones del grupo pamplonés Cobardes huelen, suenan y saben al linaje del rock urbano estatal de las últimas décadas. El cuarteto, canónicos representantes de la tradición de Barricada, La Fuga o Marea, presentan en Madrid su tercer álbum, «Balance de daños», un tratado de guitarras empujadas por un corazón sangrante a la voz y las letras. «No lo podemos negar ni tenemos ninguna intención. Todas esas son influencias muy fuertes y nos encanta que haya gente que nos lo haga notar», dice Javier Janices, vocalista de la banda y escritor de unas canciones cargadas de sentimientos, antes de su presentación de este viernes en el Teatro Eslava de la capital, como parte del ciclo Bee Week (20:00 horas).. El cuarteto se formó en Pamplona, cuna de Barricada (Marea se formaron en Berriozar, también en Navarra) y gran escuela de rock a partes iguales crudo y poético. Su trayectoria no ha sido en absoluto sencilla, en buena medida debido a la mala salud de hierro del rock en España y, claro, a la propia evolución del negocio musical y sus tendencias. «Lo vivimos en nuestras carnes –dice Iñigo Idoate–. Cada vez hay menos espacios para tocar y eso lo vuelve todo más difícil. Hay salas grandes a las que no puedes acceder, porque somos un grupo que todavía tiene que darse a conocer, pero es que también algunas pequeñas te cierran la puerta, te dicen que no, porque creen que no la vas a llenar, que la gente no va a ir a ver un concierto de rock. Así que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil», explica.. Un palo para empezar. La historia del grupo comienza hace 10 años, cuando el cuarteto se va juntando, priorizando la afinidad personal por encima de la destreza musical. «En gustos estamos todos más o menos de acuerdo, especialmente en lo que respecta a las bandas nacionales que nos gustan a todos (las citadas, más Extremoduro, entre otras…), aunque luego discrepamos un poco más en las internacionales. Pero, desde el principio, dábamos prioridad al hecho de montar una banda de amigos, de personas que conectemos, porque la idea era más una banda de ocio y de amistad. Y luego ya veríamos», rememora Ibán Sánchez, bajista de la banda. El grupo lo puso todo en su álbum de debut, «Ceniza y viento» (2020) y los resultados empezaban a notarse, después de años de tocar todo lo que podían. «En ese momento, nos íbamos de gira con Bocanada, que es un grupo que nos encanta (de Berriozar, por cierto, como los citados Marea) y con los que recorreríamos prácticamente toda España. Estábamos muy ilusionados. Hicimos un concierto en la sala Copérnico de Madrid, que era el arranque de las fechas… y a la semana siguiente se cerró el mundo. Llegó la pandemia», explica el bajista.. Aquello fue un palo tremendo. El disco, recién publicado, quedó en el limbo. Muchas bandas, de hecho, desaparecieron en ese mismo trance. «A nosotros, por suerte, nos pilló con la ilusión todavía al máximo. Y resistimos. Pero sabemos de muchos compañeros que no pudieron aguantarlo. La consigna fue ser inteligentes, cambiar de foco rápido y no perder el tiempo llorando. ¿Qué hicimos? Nos pusimos a preparar otro disco», explica Janices. Es decir, empezar prácticamente de cero de nuevo. «Sí. Cuando todo volvió a abrirse, salimos a la carretera otra vez, ciudad a ciudad, sala por sala. Pero ya podíamos tener dos horas de nuestras propias canciones y no necesitábamos ir acompañando a nadie».. Ni yates ni dinero. Publicaron «Que empiece el baile» (2023), de elocuente título después de dos años de soledad doméstica involuntaria. Su nombre empezaba a conocerse en la resiliente tribu del rock. ¿Cuesta mucho atraer a la gente joven? «Bueno, nuestro público tiene de 40 para arriba, para serte sinceros… –sonríe Janices–. Pero están saliendo otras bandas, como Linaje, que van como un cohete y que sí lo están consiguiendo. Se lo merecen, y además eso es bueno para todos. Ojalá hubiese diez grupos más como ellos, tendríamos el relevo generacional asegurado». La fórmula de Cobardes es entregar canciones directas, cargadas de emoción. La misma que se mantiene en «Balance de daños». «Soy muy triste, ya lo sé –admite Janices–. Siempre lo digo: diez canciones, diez heridas. Pero es que la música, de la manera que yo la entiendo, tiene que nacer de dentro de ti y que cada uno, cuando la escuche, la lleve a su terreno. La canción más triste puede ser la más romántica y viceversa. Yo soy muy moñas, pero hablo de lo que conozco. No voy a escribir de yates y dinero porque no tengo ni una cosa ni la otra». No hay en las canciones de «Balance de daños» nada de autocompadecimiento. «No, al revés. Trato de darle a las letras siempre un mensaje positivo. Hay veces que es mejor que algo se acabe para que empiece algo nuevo. Duele, y parece que el mundo se derrumba, pero es mejor así. ‘‘Balance de daños’’ no habla del fracaso, sino de algo que sale bien aunque se rompa». Que no se rompan las ganas, la valentía de ser Cobardes.
El grupo de Pamplona presenta en Madrid «Balance de daños»: rock que respira a Barricada o La Fuga
Hay cosas que no se pueden negar, ni falta que hace. Las canciones del grupo pamplonés Cobardes huelen, suenan y saben al linaje del rock urbano estatal de las últimas décadas. El cuarteto, canónicos representantes de la tradición de Barricada, La Fuga o Marea, presentan en Madrid su tercer álbum, «Balance de daños», un tratado de guitarras empujadas por un corazón sangrante a la voz y las letras. «No lo podemos negar ni tenemos ninguna intención. Todas esas son influencias muy fuertes y nos encanta que haya gente que nos lo haga notar», dice Javier Janices, vocalista de la banda y escritor de unas canciones cargadas de sentimientos, antes de su presentación de este viernes en el Teatro Eslava de la capital, como parte del ciclo Bee Week (20:00 horas).. El cuarteto se formó en Pamplona, cuna de Barricada (Marea se formaron en Berriozar, también en Navarra) y gran escuela de rock a partes iguales crudo y poético. Su trayectoria no ha sido en absoluto sencilla, en buena medida debido a la mala salud de hierro del rock en España y, claro, a la propia evolución del negocio musical y sus tendencias. «Lo vivimos en nuestras carnes –dice Iñigo Idoate–. Cada vez hay menos espacios para tocar y eso lo vuelve todo más difícil. Hay salas grandes a las que no puedes acceder, porque somos un grupo que todavía tiene que darse a conocer, pero es que también algunas pequeñas te cierran la puerta, te dicen que no, porque creen que no la vas a llenar, que la gente no va a ir a ver un concierto de rock. Así que llegar hasta aquí no ha sido nada fácil», explica.. Un palo para empezar. La historia del grupo comienza hace 10 años, cuando el cuarteto se va juntando, priorizando la afinidad personal por encima de la destreza musical. «En gustos estamos todos más o menos de acuerdo, especialmente en lo que respecta a las bandas nacionales que nos gustan a todos (las citadas, más Extremoduro, entre otras…), aunque luego discrepamos un poco más en las internacionales. Pero, desde el principio, dábamos prioridad al hecho de montar una banda de amigos, de personas que conectemos, porque la idea era más una banda de ocio y de amistad. Y luego ya veríamos», rememora Ibán Sánchez, bajista de la banda. El grupo lo puso todo en su álbum de debut, «Ceniza y viento» (2020) y los resultados empezaban a notarse, después de años de tocar todo lo que podían. «En ese momento, nos íbamos de gira con Bocanada, que es un grupo que nos encanta (de Berriozar, por cierto, como los citados Marea) y con los que recorreríamos prácticamente toda España. Estábamos muy ilusionados. Hicimos un concierto en la sala Copérnico de Madrid, que era el arranque de las fechas… y a la semana siguiente se cerró el mundo. Llegó la pandemia», explica el bajista.. Aquello fue un palo tremendo. El disco, recién publicado, quedó en el limbo. Muchas bandas, de hecho, desaparecieron en ese mismo trance. «A nosotros, por suerte, nos pilló con la ilusión todavía al máximo. Y resistimos. Pero sabemos de muchos compañeros que no pudieron aguantarlo. La consigna fue ser inteligentes, cambiar de foco rápido y no perder el tiempo llorando. ¿Qué hicimos? Nos pusimos a preparar otro disco», explica Janices. Es decir, empezar prácticamente de cero de nuevo. «Sí. Cuando todo volvió a abrirse, salimos a la carretera otra vez, ciudad a ciudad, sala por sala. Pero ya podíamos tener dos horas de nuestras propias canciones y no necesitábamos ir acompañando a nadie».. Ni yates ni dinero. Publicaron «Que empiece el baile» (2023), de elocuente título después de dos años de soledad doméstica involuntaria. Su nombre empezaba a conocerse en la resiliente tribu del rock. ¿Cuesta mucho atraer a la gente joven? «Bueno, nuestro público tiene de 40 para arriba, para serte sinceros… –sonríe Janices–. Pero están saliendo otras bandas, como Linaje, que van como un cohete y que sí lo están consiguiendo. Se lo merecen, y además eso es bueno para todos. Ojalá hubiese diez grupos más como ellos, tendríamos el relevo generacional asegurado». La fórmula de Cobardes es entregar canciones directas, cargadas de emoción. La misma que se mantiene en «Balance de daños». «Soy muy triste, ya lo sé –admite Janices–. Siempre lo digo: diez canciones, diez heridas. Pero es que la música, de la manera que yo la entiendo, tiene que nacer de dentro de ti y que cada uno, cuando la escuche, la lleve a su terreno. La canción más triste puede ser la más romántica y viceversa. Yo soy muy moñas, pero hablo de lo que conozco. No voy a escribir de yates y dinero porque no tengo ni una cosa ni la otra». No hay en las canciones de «Balance de daños» nada de autocompadecimiento. «No, al revés. Trato de darle a las letras siempre un mensaje positivo. Hay veces que es mejor que algo se acabe para que empiece algo nuevo. Duele, y parece que el mundo se derrumba, pero es mejor así. ‘‘Balance de daños’’ no habla del fracaso, sino de algo que sale bien aunque se rompa». Que no se rompan las ganas, la valentía de ser Cobardes.
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