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  Cultura  «Beatus ille qui procul» WhatsApp… (Feliz aquel que lejos de WhatsApp…)
Cultura

«Beatus ille qui procul» WhatsApp… (Feliz aquel que lejos de WhatsApp…)

23 de marzo de 2026
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¿Cómo no recordar hoy el famoso «beatus ille» de los «Epodos» (II) de Horacio con el elogio a la vida retirada que luego versionó espléndidamente nuestro Fray Luis de León («¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo…»)? Si el primero encumbró la «aurea mediocritas» en la convulsa Roma el segundo haría otro tanto para nuestra cultura… Ciertamente ese ideal venía de antiguo: del «nada en demasía» («meden agan») de los Siete Sabios al «punto medio dorado» de Aristóteles, pasando por la idea de vivir lejos de los vaivenes de la política y la sociedad que promueve el epicureísmo («lathe biosas»/ «vive ocultamente»). Sobre todo, su idea era no buscar a toda costa una posición socioeconómica sobresaliente, pues esto a la postre solo puede causar desazón: «Castiga más el viento a los erguidos pinos», dice Horacio (Oda II, 10). La «dorada medianía», en cambio, nos aconseja la vía media: no navegar demasiado cerca de la costa ni al peligroso mar abierto, no volar tan alto como Ícaro (¡cuidado!), pero tampoco vivir con cortas miras: el equilibrio dorado se alcanza al entender sabiamente la alternancia de la vida desde el refugio interior y el lugar ameno.. Pero me da que el «beatus ille» no tendría solo que ver hoy día con ese alejarse de los negocios y la sociedad –donde uno también puede encontrar razonables remansos de paz– sino, sobre todo, con el proceloso mundo virtual y de las redes sociales. Quizá también con la más insidiosa y omnipresente de ellas que muchos, paradójicamente, no consideran una red social sino una «inocente» aplicación de mensajería y que, sin embargo, ha logrado introducirse en las vidas de todos nosotros. Hablo, por supuesto, de WhatsApp, propiedad de la empresa Meta –como otras tantas redes–, que dirige con mano de hierro en guante de seda el sagaz Zuckerberg. Esta red se ha hecho imprescindible en todos los ámbitos cotidianos. Tras su uso al principio como algo más bien personal de organización familiar y amistosa, se ha ido introduciendo subrepticiamente en todas las esferas de nuestras vidas, también en el mundo laboral –donde tiraniza a colegas, jefes o empleados– y la gestión y administración de asuntos públicos o sociales de importancia que antes era inimaginable que pudiéramos subrogar o tratar por tales medios (pienso, por ejemplo, en la educación, con los inefables chats de las escuelas, las entrevistas con profesores, y un infinito etcétera). Estamos irremediablemente enganchados.. Por eso tal vez hoy Horacio modificaría un tanto su verso y lo replantearía como una retirada de las redes sociales. Hay quien ya ha visto urgente esta necesidad. Algunos comenzaron por abandonar Twitter por el ruido y la furia; otros renunciaron a la vanidad de vanidades del Instagram; pero solo los más valientes y osados han llegado al límite de prescindir de WhatsApp y tratar de vivir como antaño, en lo no inmediato, y no tan expuestos a ese tiránico acceso universal. El rebaño epicúreo, que remonta al maestro de Samos, a Horacio y Lucrecio, y a numerosos epígonos de la escuela de la felicidad, desde Montaigne a los ilustrados, secundaría sin duda está retirada gradual de la sobreexposición que nos hemos autoinfligido y a la que estamos cruelmente sometidos. Acaso solo se trate de volver un tanto a la interacción oral, más humana, al pensamiento pausado, a poner ciertos velos de no-inmediatez a nuestras relaciones. La intimidad también es pensamiento, no solo privacidad, sino calma para discurrir y tiempo para estar con aquellos que amamos y con los que deberíamos estar más atentos. Pero tendemos hoy a preferir el móvil en cuanto una notificación nos salta en el bolsillo –llamando nuestra atención de modo altamente adictivo– en vez de a la persona que tenemos delante o que, si está lejos y pensamos en ella, mejor deberíamos telefonear. Entonces realmente repararíamos en ella y no nos sentiríamos acaso dueños de apoderarnos de su atención con un mensaje intempestivo. Si llamamos a alguien, por ejemplo, tenemos en cuenta la hora, no vaya a estar durmiendo o comiendo (como antaño al llamar a una casa). Y es que no siempre es bueno el acceso total e inmediato a todo y a todos. En fin, y si tanto nos urge comunicar con esa persona por medio de la escritura –incluso para el grafómano Platón era preferible la oralidad– siempre podremos recurrir al correo electrónico, el sustituto de la carta: eso permite el debido distanciamiento, cierta literatura y, sobre todo, salvaguardar la intimidad.. Las ventajas de dejar la inmediatez adictiva de las redes son incontables. Hagan un experimento horaciano con WhatsApp: son tres pasos. Primero, silenciarlo y no permitir accesos directos ni notificaciones. Tras unos días, desinstalar la aplicación del móvil y consultarla solo en un ordenador de sobremesa (al que no tengamos acceso frecuente, claro). Entonces iremos avisando a nuestros contactos de que nos vamos. El tercer y definitivo paso es dar de baja nuestra cuenta de esa red social, ya la última que nos debería quedar. Al momento repararemos en todo lo que ganamos: espacio, tiempo y libertad. Sé que no para todos puede ser tan fácil ya, pero alguno quizá todavía esté a tiempo… «¡Beatus ille!».

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Esta red social se ha hecho imprescindible en todos los ámbitos cotidianos. Tras su uso inicial como algo de organización personal, se ha ido introduciendo subrepticiamente en todas las esferas de nuestras vidas

  

¿Cómo no recordar hoy el famoso «beatus ille» de los «Epodos» (II) de Horacio con el elogio a la vida retirada que luego versionó espléndidamente nuestro Fray Luis de León («¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo…»)? Si el primero encumbró la «aurea mediocritas» en la convulsa Roma el segundo haría otro tanto para nuestra cultura… Ciertamente ese ideal venía de antiguo: del «nada en demasía» («meden agan») de los Siete Sabios al «punto medio dorado» de Aristóteles, pasando por la idea de vivir lejos de los vaivenes de la política y la sociedad que promueve el epicureísmo («lathe biosas»/ «vive ocultamente»). Sobre todo, su idea era no buscar a toda costa una posición socioeconómica sobresaliente, pues esto a la postre solo puede causar desazón: «Castiga más el viento a los erguidos pinos», dice Horacio (Oda II, 10). La «dorada medianía», en cambio, nos aconseja la vía media: no navegar demasiado cerca de la costa ni al peligroso mar abierto, no volar tan alto como Ícaro (¡cuidado!), pero tampoco vivir con cortas miras: el equilibrio dorado se alcanza al entender sabiamente la alternancia de la vida desde el refugio interior y el lugar ameno.. Pero me da que el «beatus ille» no tendría solo que ver hoy día con ese alejarse de los negocios y la sociedad –donde uno también puede encontrar razonables remansos de paz– sino, sobre todo, con el proceloso mundo virtual y de las redes sociales. Quizá también con la más insidiosa y omnipresente de ellas que muchos, paradójicamente, no consideran una red social sino una «inocente» aplicación de mensajería y que, sin embargo, ha logrado introducirse en las vidas de todos nosotros. Hablo, por supuesto, de WhatsApp, propiedad de la empresa Meta –como otras tantas redes–, que dirige con mano de hierro en guante de seda el sagaz Zuckerberg. Esta red se ha hecho imprescindible en todos los ámbitos cotidianos. Tras su uso al principio como algo más bien personal de organización familiar y amistosa, se ha ido introduciendo subrepticiamente en todas las esferas de nuestras vidas, también en el mundo laboral –donde tiraniza a colegas, jefes o empleados– y la gestión y administración de asuntos públicos o sociales de importancia que antes era inimaginable que pudiéramos subrogar o tratar por tales medios (pienso, por ejemplo, en la educación, con los inefables chats de las escuelas, las entrevistas con profesores, y un infinito etcétera). Estamos irremediablemente enganchados.. Por eso tal vez hoy Horacio modificaría un tanto su verso y lo replantearía como una retirada de las redes sociales. Hay quien ya ha visto urgente esta necesidad. Algunos comenzaron por abandonar Twitter por el ruido y la furia; otros renunciaron a la vanidad de vanidades del Instagram; pero solo los más valientes y osados han llegado al límite de prescindir de WhatsApp y tratar de vivir como antaño, en lo no inmediato, y no tan expuestos a ese tiránico acceso universal. El rebaño epicúreo, que remonta al maestro de Samos, a Horacio y Lucrecio, y a numerosos epígonos de la escuela de la felicidad, desde Montaigne a los ilustrados, secundaría sin duda está retirada gradual de la sobreexposición que nos hemos autoinfligido y a la que estamos cruelmente sometidos. Acaso solo se trate de volver un tanto a la interacción oral, más humana, al pensamiento pausado, a poner ciertos velos de no-inmediatez a nuestras relaciones. La intimidad también es pensamiento, no solo privacidad, sino calma para discurrir y tiempo para estar con aquellos que amamos y con los que deberíamos estar más atentos. Pero tendemos hoy a preferir el móvil en cuanto una notificación nos salta en el bolsillo –llamando nuestra atención de modo altamente adictivo– en vez de a la persona que tenemos delante o que, si está lejos y pensamos en ella, mejor deberíamos telefonear. Entonces realmente repararíamos en ella y no nos sentiríamos acaso dueños de apoderarnos de su atención con un mensaje intempestivo. Si llamamos a alguien, por ejemplo, tenemos en cuenta la hora, no vaya a estar durmiendo o comiendo (como antaño al llamar a una casa). Y es que no siempre es bueno el acceso total e inmediato a todo y a todos. En fin, y si tanto nos urge comunicar con esa persona por medio de la escritura –incluso para el grafómano Platón era preferible la oralidad– siempre podremos recurrir al correo electrónico, el sustituto de la carta: eso permite el debido distanciamiento, cierta literatura y, sobre todo, salvaguardar la intimidad.. Las ventajas de dejar la inmediatez adictiva de las redes son incontables. Hagan un experimento horaciano con WhatsApp: son tres pasos. Primero, silenciarlo y no permitir accesos directos ni notificaciones. Tras unos días, desinstalar la aplicación del móvil y consultarla solo en un ordenador de sobremesa (al que no tengamos acceso frecuente, claro). Entonces iremos avisando a nuestros contactos de que nos vamos. El tercer y definitivo paso es dar de baja nuestra cuenta de esa red social, ya la última que nos debería quedar. Al momento repararemos en todo lo que ganamos: espacio, tiempo y libertad. Sé que no para todos puede ser tan fácil ya, pero alguno quizá todavía esté a tiempo… «¡Beatus ille!».

 

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