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Bàrbara Mestanza, liberada pero ‘Sucia’: su lucha «incómoda pero reparadora» para que se reconozca la agresión sexual que sufrió

16 de abril de 2026
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El documental Sucia se abre con un recuerdo: Bàrbara Mestanza (Barcelona, 1990) cuenta cómo, cuatro años después de ser abusada por un masajista en un herbolario de Madrid, se lo revela a su pareja. Es la primera vez que habla. La reacción de su novio, hoy ex, es inmediata: «¿Por qué no hiciste nada?».. Esa pregunta, revictimizadora y sin empatía, activa el proceso creativo. Mestanza la convierte en el eje de una obra de teatro y un libro, Sucia (Plaza y Janés). De ahí pasa al cine. De la obra estrenada en el Teatro de La Abadía en 2021 al documental recientemente presentado en el Festival de Málaga, donde ganó el Premio del Público y una Mención Especial del Jurado.. La película amplía el foco. No se detiene en la agresión, sino en lo que viene después: la denuncia y el proceso judicial, una experiencia que muchas víctimas describen como más dura que los hechos. «Para enfrentarte a algo así tienes que ser una privilegiada, y no hablo solo de dinero: también de tiempo, de estabilidad emocional, de haber hecho terapia, de tener herramientas. En mi caso ha sido como pasar por un gimnasio emocional muy exigente».. Años de trámites, entrevistas forenses, informes psicológicos —llegó a presentar cinco para acreditar su relato—, costes que superan los 9.000 euros, una causa que se archiva y se reabre. «Según datos recientes, cerca del 90% de las mujeres no recomienda denunciar o se arrepiente de haberlo hecho. Por un lado, me parecen alarmantes; por otro, me da miedo el mensaje que podemos lanzar. Porque sí, es un proceso durísimo».. Denunciar desgasta, pero también puede reparar. «Me preocupa que ese miedo nos aleje de una de las pocas herramientas que existen. Yo solo puedo hablar desde mi experiencia: para mí ha sido útil. Pasar por el juicio supuso un antes y un después. Poder hablar públicamente, legitimar mi relato me ha acercado a mí misma y me ha quitado un peso de encima». Tras una primera sentencia condenatoria —seis años, 15.000 euros y costas—, el agresor recurrió. «El proceso sigue abierto y no espero nada bueno. Aun así, decir la verdad ha sido reparador».. Ese «decir» no ocurre solo en los juzgados. También en escena. También ante la cámara. El documental acompaña ese tránsito: ensayos, conversaciones con la abogada, crisis, derrumbe. «Cuando entras en una sala de juicio, te sientes desnuda. Y eso conecta no solo con lo que te ha pasado, sino con todas las violencias previas que has vivido». A esa sensación se suma una crítica al sistema. «Entiendo que necesita ser imparcial, ordenado, incluso frío. Pero esa lógica choca con la herida de quien denuncia. No basta con saber de leyes: falta saber cómo mirar, cómo escuchar, cómo hablar. Ese otro 50% no está”.. La frialdad se concreta en interrogatorios largos, preguntas sobre su vida privada, la necesidad de demostrar una y otra vez que dice la verdad. «Hay situaciones muy duras: entrevistas de horas en las que te preguntan por tus relaciones o incluso por tus notas en el colegio. Eso revictimiza. Te devuelve al lugar de la culpa». Una culpa que no nace en el juzgado, sino mucho antes, y que el documental convierte en eje.. «¿Por qué no hiciste nada?». La pregunta aparece una y otra vez. La formula su entorno, la interioriza ella. Durante años no sabe responder. La respuesta llega después: parálisis, miedo, necesidad de aprobación, dificultad para identificar la violencia cuando se presenta envuelta en gestos amables. «Lo que nos ata a esa camilla es el odio a nosotras mismas», dice en la obra. Un autodesprecio aprendido, sostenido por un imaginario que exige a las víctimas una reacción concreta para ser creídas.. El entorno tampoco está preparado. «Cuando alguien sufre un abuso, inicia un proceso de supervivencia. Y quienes le rodean empiezan otro: aprender a acompañar. Pero no sabemos hacerlo. No nos han enseñado. Incluso como amigas, a veces no sabemos cómo sostener ese dolor. Porque escuchar activa tus propios miedos y recuerdos». La red afectiva es clave, pero no elimina la soledad. «Yo me he sentido muy sola, pero también he tenido gente que me ha acompañado en todo momento, hasta el juzgado. Eso es vital: que alguien te vea, que esté ahí».. El proyecto expone la falta de empatía y la lógica de la industria cultural. Convertir esa experiencia en obra implica entrar en un sistema que exige relatos arquetípicos. «Una víctima que habla se percibe como una bomba. Una bomba necesaria, pero una bomba». Mestanza se encontró con objeciones que apuntan a un problema más amplio: la necesidad de una víctima reconocible. Le dijeron que no empatizaban con su personaje, como si fuera una ficción. «Me he encontrado con comentarios como: ‘Este personaje no me cae bien’. Y ahí ves cómo operan los mecanismos del mercado, incluso cuando trabajas con tu herida». También en los tiempos: producir, ensayar, estrenar sin margen para el cuidado. «Estás trabajando con algo vivo, abierto, que duele. Y eso incomoda».. Parte de ese dolor tiene que ver con el cuerpo. La parálisis durante la agresión, una respuesta frecuente en violaciones, sigue sin entenderse. En España, el debate se hizo visible tras el caso de La Manada, pero el desconocimiento persiste. «Incluso personas cercanas han entendido la dimensión del dolor solo después de ver la obra o el documental. No hemos estudiado suficientemente el cuerpo de las mujeres ni las respuestas al trauma. Son conocimientos recientes».. Sucia no busca cerrar ese vacío, sino abrirlo. De ahí el cuestionario que acompaña las proyecciones y la obra de teatro, las cifras finales, la invitación a pensar la experiencia como algo colectivo. En España, recuerda la película, 400.000 personas han sufrido violencia sexual en España; solo un 5% denuncia; de esas denuncias, un 9,7% termina en condena.. Mestanza no propone un cierre. No hay reparación completa. Hay un desplazamiento: del silencio a la palabra, de la culpa a una forma de comprensión.

 

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El documental Sucia se abre con un recuerdo: Bàrbara Mestanza (Barcelona, 1990) cuenta cómo, cuatro años después de ser abusada por un masajista en un herbolario de Madrid, se lo revela a su pareja. Es la primera vez que habla. La reacción de su novio, hoy ex, es inmediata: «¿Por qué no hiciste nada?».. Esa pregunta, revictimizadora y sin empatía, activa el proceso creativo. Mestanza la convierte en el eje de una obra de teatro y un libro, Sucia (Plaza y Janés). De ahí pasa al cine. De la obra estrenada en el Teatro de La Abadía en 2021 al documental recientemente presentado en el Festival de Málaga, donde ganó el Premio del Público y una Mención Especial del Jurado.. La película amplía el foco. No se detiene en la agresión, sino en lo que viene después: la denuncia y el proceso judicial, una experiencia que muchas víctimas describen como más dura que los hechos. «Para enfrentarte a algo así tienes que ser una privilegiada, y no hablo solo de dinero: también de tiempo, de estabilidad emocional, de haber hecho terapia, de tener herramientas. En mi caso ha sido como pasar por un gimnasio emocional muy exigente».. Años de trámites, entrevistas forenses, informes psicológicos —llegó a presentar cinco para acreditar su relato—, costes que superan los 9.000 euros, una causa que se archiva y se reabre. «Según datos recientes, cerca del 90% de las mujeres no recomienda denunciar o se arrepiente de haberlo hecho. Por un lado, me parecen alarmantes; por otro, me da miedo el mensaje que podemos lanzar. Porque sí, es un proceso durísimo».. Denunciar desgasta, pero también puede reparar. «Me preocupa que ese miedo nos aleje de una de las pocas herramientas que existen. Yo solo puedo hablar desde mi experiencia: para mí ha sido útil. Pasar por el juicio supuso un antes y un después. Poder hablar públicamente, legitimar mi relato me ha acercado a mí misma y me ha quitado un peso de encima». Tras una primera sentencia condenatoria —seis años, 15.000 euros y costas—, el agresor recurrió. «El proceso sigue abierto y no espero nada bueno. Aun así, decir la verdad ha sido reparador».. Ese «decir» no ocurre solo en los juzgados. También en escena. También ante la cámara. El documental acompaña ese tránsito: ensayos, conversaciones con la abogada, crisis, derrumbe. «Cuando entras en una sala de juicio, te sientes desnuda. Y eso conecta no solo con lo que te ha pasado, sino con todas las violencias previas que has vivido». A esa sensación se suma una crítica al sistema. «Entiendo que necesita ser imparcial, ordenado, incluso frío. Pero esa lógica choca con la herida de quien denuncia. No basta con saber de leyes: falta saber cómo mirar, cómo escuchar, cómo hablar. Ese otro 50% no está”.. La frialdad se concreta en interrogatorios largos, preguntas sobre su vida privada, la necesidad de demostrar una y otra vez que dice la verdad. «Hay situaciones muy duras: entrevistas de horas en las que te preguntan por tus relaciones o incluso por tus notas en el colegio. Eso revictimiza. Te devuelve al lugar de la culpa». Una culpa que no nace en el juzgado, sino mucho antes, y que el documental convierte en eje.. «¿Por qué no hiciste nada?». La pregunta aparece una y otra vez. La formula su entorno, la interioriza ella. Durante años no sabe responder. La respuesta llega después: parálisis, miedo, necesidad de aprobación, dificultad para identificar la violencia cuando se presenta envuelta en gestos amables. «Lo que nos ata a esa camilla es el odio a nosotras mismas», dice en la obra. Un autodesprecio aprendido, sostenido por un imaginario que exige a las víctimas una reacción concreta para ser creídas.. El entorno tampoco está preparado. «Cuando alguien sufre un abuso, inicia un proceso de supervivencia. Y quienes le rodean empiezan otro: aprender a acompañar. Pero no sabemos hacerlo. No nos han enseñado. Incluso como amigas, a veces no sabemos cómo sostener ese dolor. Porque escuchar activa tus propios miedos y recuerdos». La red afectiva es clave, pero no elimina la soledad. «Yo me he sentido muy sola, pero también he tenido gente que me ha acompañado en todo momento, hasta el juzgado. Eso es vital: que alguien te vea, que esté ahí».. El proyecto expone la falta de empatía y la lógica de la industria cultural. Convertir esa experiencia en obra implica entrar en un sistema que exige relatos arquetípicos. «Una víctima que habla se percibe como una bomba. Una bomba necesaria, pero una bomba». Mestanza se encontró con objeciones que apuntan a un problema más amplio: la necesidad de una víctima reconocible. Le dijeron que no empatizaban con su personaje, como si fuera una ficción. «Me he encontrado con comentarios como: ‘Este personaje no me cae bien’. Y ahí ves cómo operan los mecanismos del mercado, incluso cuando trabajas con tu herida». También en los tiempos: producir, ensayar, estrenar sin margen para el cuidado. «Estás trabajando con algo vivo, abierto, que duele. Y eso incomoda».. Parte de ese dolor tiene que ver con el cuerpo. La parálisis durante la agresión, una respuesta frecuente en violaciones, sigue sin entenderse. En España, el debate se hizo visible tras el caso de La Manada, pero el desconocimiento persiste. «Incluso personas cercanas han entendido la dimensión del dolor solo después de ver la obra o el documental. No hemos estudiado suficientemente el cuerpo de las mujeres ni las respuestas al trauma. Son conocimientos recientes».. Sucia no busca cerrar ese vacío, sino abrirlo. De ahí el cuestionario que acompaña las proyecciones y la obra de teatro, las cifras finales, la invitación a pensar la experiencia como algo colectivo. En España, recuerda la película, 400.000 personas han sufrido violencia sexual en España; solo un 5% denuncia; de esas denuncias, un 9,7% termina en condena.. Mestanza no propone un cierre. No hay reparación completa. Hay un desplazamiento: del silencio a la palabra, de la culpa a una forma de comprensión.

 

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