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  Cultura  Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años? Posiblemente
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Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años? Posiblemente

24 de mayo de 2026
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El cuerpo en[[LINK:TAG|||tag|||6819fd61aec2397eb67af55e||| Bad Bunny]] nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.. Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque solo se disfruta, solo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical -su apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadado-lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio -nacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Rico- actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.. Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero, a otras festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.. De Puerto Rico a Nueva York. Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicio-nales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran solo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.. Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes -que suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»- solo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y solo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano -chicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»-, como se aprecia en sus videoclips hechos por destacados realizadores.. Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. Los títulos son irresistibles. Este triunfador global es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.. El lenguaje badbunnyero. No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros.. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua.. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte desu magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.

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El cuerpo en Bad Bunny nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.. Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque solo se disfruta, solo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical -su apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadado-lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio -nacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Rico- actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.. Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero, a otras festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.. De Puerto Rico a Nueva York. Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicio-nales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran solo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.. Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes -que suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»- solo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y solo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano -chicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»-, como se aprecia en sus videoclips hechos por destacados realizadores.. Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. Los títulos son irresistibles. Este triunfador global es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.. No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros.. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua.. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte desu magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.

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