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  Cultura  Azaña y Alcalá-Zamora: dos hombres y un abismo
Cultura

Azaña y Alcalá-Zamora: dos hombres y un abismo

14 de abril de 2026
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La responsabilidad de los dirigentes políticos en la construcción y estabilidad de una democracia liberal fue fundamental entre 1919 y 1939. Ocurrió en Italia y Alemania, como es conocido, pero también en Portugal, Austria, Hungría y Polonia. Fue una Europa abatida por el auge de los totalitarios y autoritarios en la sociedad de masas. La España de la Segunda República, de cuyo aniversario se cumplen ahora 95 años, no se quedó al margen. La clase política española que se hizo con el poder el 14 de abril de 1931 no quiso construir un modelo de convivencia. El régimen se concibió como un instrumento de uso exclusivo de las fuerzas republicanas y de izquierdas, para hacer un cambio revolucionario en nuestro país.. En esta tesitura, por tanto, es crucial conocer el papel que desempeñaron sus principales líderes. A esa tarea se ha dedicado Javier Arjona en “Azaña y Alcalá-Zamora, dos hombres y una República” (Almuzara, 2026) que sostiene que ambos simbolizaban las Españas que podían haberse conciliado, pero su choque personal e intelectual marcó el fin de la Segunda República.. Las raíces de ambos eran similares. Alcalá-Zamora nació en Priego de Córdoba en 1877, en una familia de propietarios rurales con vocación liberal y católica. Su infancia estuvo marcada por la orfandad materna y una educación a distancia. Esto le confirió una seguridad inquebrantable en sus propios juicios y una precocidad intelectual, sostiene Javier Arjona. Por su parte, Azaña nació en Alcalá de Henares en 1880, creciendo en lo que él mismo denominó una “casa triste” ensombrecida por la muerte temprana de sus padres. Esta soledad acentuó su timidez e indecisión, refugiándose en la biblioteca familiar. Esta vida alimentó un pensamiento racionalista y un anticlericalismo nacido como reacción a su educación religiosa en El Escorial.. Ambos coincidieron en Madrid como pasantes en el despacho de Luis Díaz Cobeña en 1900, aunque sin entablar amistad. Mientras Niceto despegaba en la administración y en el Partido Liberal con Romanones, alcanzando el acta de diputado a los 28 años y la cartera de Fomento a los 40, dice Arjona, Azaña alternaba la literatura con una carrera burocrática lenta, sintiendo frustración al ver que su talento no se recompensaba.. La dictadura de Primo de Rivera en 1923 determinó la ruptura de ambos con el sistema monárquico. Alcalá-Zamora, tras haber sido ministro de la monarquía (Fomento y Guerra), rompió con Alfonso XIII al considerar que había traicionado la Constitución al amparar el golpe militar. Creyó entonces en la posibilidad de una República conservadora que atrajera a las clases medias y a los monárquicos desencantados. Por su parte, Azaña prefirió militar en Acción Republicana. El Pacto de San Sebastián en 1930 unió a ambos. Alcalá-Zamora asumió el liderazgo del Comité Revolucionario, convirtiéndose, dice Arjona, en el “padre de la República” con capacidad para tranquilizar a la España conservadora.. El 14 de abril de 1931, Alcalá-Zamora asumió la presidencia del Gobierno Provisional y Azaña el Ministerio de Guerra. Sin embargo, la cuestión religiosa dinamitó enseguida la cohesión del nuevo gabinete. La quema de conventos en mayo de 1931 reveló la fractura: mientras Azaña pronunciaba su famosa frase de que “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”, Alcalá-Zamora se sentía impotente ante el anticlericalismo. La aprobación de los artículos 26 y 27 de la Constitución, que disolvían a los jesuitas y prohibían la enseñanza a las órdenes religiosas, forzó la dimisión de Alcalá-Zamora como Presidente del Gobierno. Paradójicamente, esta crisis aupó a Azaña a la jefatura del Ejecutivo.. En diciembre de 1931, Alcalá-Zamora fue elegido presidente de la República como una solución de compromiso. Azaña prefería tenerlo en la Jefatura del Estado, fuera de las Cortes, aunque pronto se arrepintió al sufrir lo que consideraba interferencias constantes. El libro describe una relación institucional gélida: Azaña ocultaba información al Presidente y éste, a su vez, intentaba moderar unas reformas gubernamentales que consideraba sectarias. El desgaste de la coalición republicano-socialista y el escándalo de Casas Viejas precipitaron el fin del gobierno de Azaña en 1933. Alcalá-Zamora disolvió las Cortes para convocar elecciones en noviembre de ese año. La victoria de la CEDA y del Partido Radical inauguró el segundo bienio, en el que Alcalá-Zamora trató de frenar la reacción derechista y la deriva revolucionaria de la izquierda.. La Revolución de 1934 supuso una ruptura. Azaña se vio involucrado en el golpe. Fue detenido y convertido en mártir, lo que relanzó su popularidad. Alcalá-Zamora, en cambio, indultó a los golpistas, lo que granjeó el rechazo de la CEDA. La desintegración del Partido Radical tras el escándalo del Estraperlo, sostiene Arjona, llevó a Alcalá-Zamora a nombrar a Manuel Portela Valladares para forjar un partido centrista que equilibrase las elecciones de febrero de 1936. El fracaso de esta maniobra y la victoria del Frente Popular dejaron al Presidente en una soledad absoluta. La izquierda, liderada por Azaña e Indalecio Prieto, ejecutó lo que Arjona llama “golpe de Estado parlamentario”. Utilizando una interpretación retorcida del artículo 81 de la Constitución, las Cortes declararon injustificada la disolución parlamentaria que les había dado la victoria, lo que supuso la destitución de Alcalá-Zamora el 7 de abril de 1936. Azaña, movido por una animadversión personal, le sustituyó.. El 18 de julio de 1936 sorprendió a Alcalá-Zamora en el norte de Europa. Sufrió entonces la persecución por ambos bandos: el franquista le confiscó sus bienes y le privó de la nacionalidad, mientras que el republicano saqueó sus propiedades. Tras un azaroso viaje por Dakar y México, se estableció en Buenos Aires, donde vivió con austeridad hasta su muerte en 1949. Azaña, por su parte, vivió la guerra en una soledad creciente, viendo cómo su autoridad se disolvía ante el empuje sindical y la influencia soviética. Sus últimos discursos, impregnados de “paz, piedad y perdón”, reflejaban el abatimiento de quien se sabe testigo de una catástrofe. Tras la caída de Cataluña, cruzó a pie la frontera francesa y dimitió en febrero de 1939. Acosado por el régimen de Vichy y la policía de Franco, falleció en Montauban en noviembre de 1940.. Arjona concluye que la tragedia de la Segunda República también estuvo en la incompatibilidad de caracteres y visiones de sus dos figuras centrales. Alcalá-Zamora representó el intento fallido de una democracia liberal; y Azaña, el deseo de una transformación radical. Los errores del primero fueron decisivos: falta de firmeza ante los sucesos anticlericales de mayo de 1931, la aceptación de una Constitución que consideraba defectuosa, su deseo de intervenir en las decisiones gubernamentales, su oposición a la amnistía a los golpistas de la “sanjurjada”, que le enemistó con el Partido Radical, el veto sistemático a Gil-Robles, líder de la CEDA, el error de la segunda disolución de las Cortes en 1936, y su confianza en el Frente Popular. Azaña, cuenta Arjona, fue sectario en la cuestión religiosa, impuso una Constitución excluyente, gobernó contra la España conservadora y católica, cuestionó la legitimidad de las elecciones de 1933, se involucró en el golpe de 1934, trabajó para la destitución de Alcalá-Zamora en 1936 y luego fue incapaz de mantener el orden público.. En definitiva, Arjona analiza un fracaso a través del choque entre dos políticos que intentaron construir una España nueva pero que chocaron irresponsablemente por interés ideológico y personal. La República, concluye el autor, fue devorada por sus propias contradicciones, de modo que tanto Alcalá-Zamora como Azaña fueron arquitectos de un régimen que no logró sobrevivir al sectarismo político.. Demagogo revolucionario. Luis E. Íñigo añade en “Cinco protagonistas de la Segunda República” (Ladera Norte, 2026) tres protagonistas más como inductores del fracaso de la Segunda República: Indalecio Prieto, Largo Caballero y Gil-Robles. Ninguno de ellos, dirigentes del PSOE y de la CEDA respectivamente, concebía el régimen republicano como una forma democrática de consenso y respeto al adversario. La creciente polarización, señala Íñigo, aumentó por esa visión destructiva y por la falta de responsabilidad de una élite política que consideraba legítima la violencia y despreciaba la importancia del ejercicio universal de los derechos y libertades. José María Marco, por su parte, hace hincapié en “Azaña, el mito sin máscaras” (Encuentro, 2021) en que Azaña asimiló mal el republicanismo radical francés, lo que le convirtió en un demagogo revolucionario que presentaba la República como un tiempo nuevo que aseguraba la paz y la prosperidad para todos si se hacía un ajuste de cuentas con el pasado.

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Simbolizan las Españas que podían haberse conciliado, una relación institucional gélida que analiza Javier Arjona en un ensayo

  

La responsabilidad de los dirigentes políticos en la construcción y estabilidad de una democracia liberal fue fundamental entre 1919 y 1939. Ocurrió en Italia y Alemania, como es conocido, pero también en Portugal, Austria, Hungría y Polonia. Fue una Europa abatida por el auge de los totalitarios y autoritarios en la sociedad de masas. La España de la Segunda República, de cuyo aniversario se cumplen ahora 95 años, no se quedó al margen. La clase política española que se hizo con el poder el 14 de abril de 1931 no quiso construir un modelo de convivencia. El régimen se concibió como un instrumento de uso exclusivo de las fuerzas republicanas y de izquierdas, para hacer un cambio revolucionario en nuestro país.. En esta tesitura, por tanto, es crucial conocer el papel que desempeñaron sus principales líderes. A esa tarea se ha dedicado Javier Arjona en “Azaña y Alcalá-Zamora, dos hombres y una República” (Almuzara, 2026) que sostiene que ambos simbolizaban las Españas que podían haberse conciliado, pero su choque personal e intelectual marcó el fin de la Segunda República.. Las raíces de ambos eran similares. Alcalá-Zamora nació en Priego de Córdoba en 1877, en una familia de propietarios rurales con vocación liberal y católica. Su infancia estuvo marcada por la orfandad materna y una educación a distancia. Esto le confirió una seguridad inquebrantable en sus propios juicios y una precocidad intelectual, sostiene Javier Arjona. Por su parte, Azaña nació en Alcalá de Henares en 1880, creciendo en lo que él mismo denominó una “casa triste” ensombrecida por la muerte temprana de sus padres. Esta soledad acentuó su timidez e indecisión, refugiándose en la biblioteca familiar. Esta vida alimentó un pensamiento racionalista y un anticlericalismo nacido como reacción a su educación religiosa en El Escorial.. Ambos coincidieron en Madrid como pasantes en el despacho de Luis Díaz Cobeña en 1900, aunque sin entablar amistad. Mientras Niceto despegaba en la administración y en el Partido Liberal con Romanones, alcanzando el acta de diputado a los 28 años y la cartera de Fomento a los 40, dice Arjona, Azaña alternaba la literatura con una carrera burocrática lenta, sintiendo frustración al ver que su talento no se recompensaba.. La dictadura de Primo de Rivera en 1923 determinó la ruptura de ambos con el sistema monárquico. Alcalá-Zamora, tras haber sido ministro de la monarquía (Fomento y Guerra), rompió con Alfonso XIII al considerar que había traicionado la Constitución al amparar el golpe militar. Creyó entonces en la posibilidad de una República conservadora que atrajera a las clases medias y a los monárquicos desencantados. Por su parte, Azaña prefirió militar en Acción Republicana. El Pacto de San Sebastián en 1930 unió a ambos. Alcalá-Zamora asumió el liderazgo del Comité Revolucionario, convirtiéndose, dice Arjona, en el “padre de la República” con capacidad para tranquilizar a la España conservadora.. El 14 de abril de 1931, Alcalá-Zamora asumió la presidencia del Gobierno Provisional y Azaña el Ministerio de Guerra. Sin embargo, la cuestión religiosa dinamitó enseguida la cohesión del nuevo gabinete. La quema de conventos en mayo de 1931 reveló la fractura: mientras Azaña pronunciaba su famosa frase de que “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”, Alcalá-Zamora se sentía impotente ante el anticlericalismo. La aprobación de los artículos 26 y 27 de la Constitución, que disolvían a los jesuitas y prohibían la enseñanza a las órdenes religiosas, forzó la dimisión de Alcalá-Zamora como Presidente del Gobierno. Paradójicamente, esta crisis aupó a Azaña a la jefatura del Ejecutivo.. En diciembre de 1931, Alcalá-Zamora fue elegido presidente de la República como una solución de compromiso. Azaña prefería tenerlo en la Jefatura del Estado, fuera de las Cortes, aunque pronto se arrepintió al sufrir lo que consideraba interferencias constantes. El libro describe una relación institucional gélida: Azaña ocultaba información al Presidente y éste, a su vez, intentaba moderar unas reformas gubernamentales que consideraba sectarias. El desgaste de la coalición republicano-socialista y el escándalo de Casas Viejas precipitaron el fin del gobierno de Azaña en 1933. Alcalá-Zamora disolvió las Cortes para convocar elecciones en noviembre de ese año. La victoria de la CEDA y del Partido Radical inauguró el segundo bienio, en el que Alcalá-Zamora trató de frenar la reacción derechista y la deriva revolucionaria de la izquierda.. La Revolución de 1934 supuso una ruptura. Azaña se vio involucrado en el golpe. Fue detenido y convertido en mártir, lo que relanzó su popularidad. Alcalá-Zamora, en cambio, indultó a los golpistas, lo que granjeó el rechazo de la CEDA. La desintegración del Partido Radical tras el escándalo del Estraperlo, sostiene Arjona, llevó a Alcalá-Zamora a nombrar a Manuel Portela Valladares para forjar un partido centrista que equilibrase las elecciones de febrero de 1936. El fracaso de esta maniobra y la victoria del Frente Popular dejaron al Presidente en una soledad absoluta. La izquierda, liderada por Azaña e Indalecio Prieto, ejecutó lo que Arjona llama “golpe de Estado parlamentario”. Utilizando una interpretación retorcida del artículo 81 de la Constitución, las Cortes declararon injustificada la disolución parlamentaria que les había dado la victoria, lo que supuso la destitución de Alcalá-Zamora el 7 de abril de 1936. Azaña, movido por una animadversión personal, le sustituyó.. El 18 de julio de 1936 sorprendió a Alcalá-Zamora en el norte de Europa. Sufrió entonces la persecución por ambos bandos: el franquista le confiscó sus bienes y le privó de la nacionalidad, mientras que el republicano saqueó sus propiedades. Tras un azaroso viaje por Dakar y México, se estableció en Buenos Aires, donde vivió con austeridad hasta su muerte en 1949. Azaña, por su parte, vivió la guerra en una soledad creciente, viendo cómo su autoridad se disolvía ante el empuje sindical y la influencia soviética. Sus últimos discursos, impregnados de “paz, piedad y perdón”, reflejaban el abatimiento de quien se sabe testigo de una catástrofe. Tras la caída de Cataluña, cruzó a pie la frontera francesa y dimitió en febrero de 1939. Acosado por el régimen de Vichy y la policía de Franco, falleció en Montauban en noviembre de 1940.. Arjona concluye que la tragedia de la Segunda República también estuvo en la incompatibilidad de caracteres y visiones de sus dos figuras centrales. Alcalá-Zamora representó el intento fallido de una democracia liberal; y Azaña, el deseo de una transformación radical. Los errores del primero fueron decisivos: falta de firmeza ante los sucesos anticlericales de mayo de 1931, la aceptación de una Constitución que consideraba defectuosa, su deseo de intervenir en las decisiones gubernamentales, su oposición a la amnistía a los golpistas de la “sanjurjada”, que le enemistó con el Partido Radical, el veto sistemático a Gil-Robles, líder de la CEDA, el error de la segunda disolución de las Cortes en 1936, y su confianza en el Frente Popular. Azaña, cuenta Arjona, fue sectario en la cuestión religiosa, impuso una Constitución excluyente, gobernó contra la España conservadora y católica, cuestionó la legitimidad de las elecciones de 1933, se involucró en el golpe de 1934, trabajó para la destitución de Alcalá-Zamora en 1936 y luego fue incapaz de mantener el orden público.. En definitiva, Arjona analiza un fracaso a través del choque entre dos políticos que intentaron construir una España nueva pero que chocaron irresponsablemente por interés ideológico y personal. La República, concluye el autor, fue devorada por sus propias contradicciones, de modo que tanto Alcalá-Zamora como Azaña fueron arquitectos de un régimen que no logró sobrevivir al sectarismo político.. Luis E. Íñigo añade en “Cinco protagonistas de la Segunda República” (Ladera Norte, 2026) tres protagonistas más como inductores del fracaso de la Segunda República: Indalecio Prieto, Largo Caballero y Gil-Robles. Ninguno de ellos, dirigentes del PSOE y de la CEDA respectivamente, concebía el régimen republicano como una forma democrática de consenso y respeto al adversario. 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