Durante mucho tiempo, la imagen de la mujer victoriana ha perdurado circunscrita en una estampa idealizada: delicada, moralmente espartana, centinela del hogar y ajena a cualquier impulso vehemente. Pero, bajo esa faceta de respetabilidad, el siglo XIX amparó historias que contradicen de forma cruel ese imaginario. «Asesinas victorianas», de Mary S. Hartman, desmonta ese mito a través de una serie de casos absolutamente documentados que revelan una verdad perturbadora: algunas de las mujeres más «respetables» de su época fueron acusadas de cometer crímenes inhumanos.. No hablamos de figuras marginales ni de criminales entrenadas, sino de esposas, hijas y madres de clase media o acomodada, absolutamente integradas en la sociedad. Esa «normalidad» es precisamente lo que convierte en inquietantes los hechos que cometieron. No se las presenta como «anomalías», sino que sus acciones entroncan con el devenir de su entorno, moldeadas por frustraciones y contradicciones de una época en pleno cambio. El libro incide en trece casos que abarcan desde la década de 1840 hasta finales del siglo XIX, mujeres implicadas en todos ellos. Las víctimas incluyen maridos, amantes, hijos, rivales o familiares cercanos. Los métodos empleados varían –asfixia, golpes, disparos–, pero hay uno que destaca por encima de todos: el veneno. Típico, según los forenses en las asesinas. Seis de los casos implican esta fórmula, lo que no resulta casual si se tiene en cuenta el espacio en el que se desarrollan estos hechos luctuosos: el hogar.. Veneno y espacio doméstico. El hogar era, para muchas, su único espacio de poder. En una sociedad que limitaba su autonomía y las clausuraba al cuidado de la familia, el control sobre la alimentación y la salud se convertía en una forma de potestad. El veneno, tan silente como difícil de detectar, encajaba en ese contexto de modo soberano. No requería fuerza física ni ayuda ajena; bastaba con una dosis certera. Uno de los casos más célebres es el de Marie Lafarge, una joven parisina culta y refinada que, en 1840, fue acusada de envenenar a su marido. Lafarge había contraído matrimonio tras una treta: el hombre que le presentaron como un industrial próspero resultó ser un empresario insolvente. El viaje a su nueva residencia, una finca deteriorada en las afueras, marcó el inicio de su gran decepción. En sus memorias, la propia Lafarge describió su inquietud ante un marido al que no conocía y del que temía incluso el contacto físico.. Meses después, él enfermó tras consumir un pastel que ella le había enviado. Los síntomas –vómitos, calambres y lento deterioro– despertaron sospechas. Un análisis posterior reveló la presencia de arsénico en su sangre. Durante el juicio, testigos afirmaron haber visto a Lafarge manipulando sustancias en sus bebidas. Ella defendió su inocencia hasta el final, alegando que se trataba de remedios aprendidos para dolencias intestinales. A pesar de las dudas, fue condenada a cadena perpetua. Pero este caso no solo capturó la atención del público por su componente criminal, sino por el retrato que ofrecía de una mujer instruida y sensible enfrentada a una situación extrema. Los tabloides se dividieron entre quienes la consideraban víctima de un sistema injusto y aquellos que la veían como una manipuladora peligrosa. Su figura, envuelta, se convirtió en un símbolo de las tensiones entre apariencia y realidad en la sociedad burguesa.. Distinto, aunque idénticamente revelador, es el caso de Euphémie Lacoste. A diferencia de Lafarge, procedía de un entorno rural y había sido obligada a casarse con un pariente notoriamente mayor que ella. Los esponsales, concertados por intereses económicos, respondían a una lógica aún imperante en muchas regiones: la unión como táctica de ascenso social. Durante los primeros años, la relación pareció estable, pero pronto surgieron tiranteces. La incapacidad de concebir, los celos del esposo y las restricciones impuestas a la vida social de la joven crearon un clima altamente agrio. Cuando el marido enfermó y murió tras una dolencia, comenzaron a circular rumores de intoxicación. La exhumación del cadáver reveló trazas de arsénico, lo que llevó a la acusación consecuente contra Lacoste.. Todo el proceso estuvo marcado por la falta de pruebas indiscutibles y por la influencia de los prejuicios. Se especuló sobre la conducta moral de la acusada, su posible relación con otros caballeros y su comportamiento extraño tras la muerte del difunto. Resultó absuelta, al final, debido a las discrepancias de los expertos sobre la cantidad y el origen del veneno hallado en el cuerpo.. Sexo, moral y escándalo. Estos dos sucesos ejemplifican no solo la diversidad de situaciones en las que se encontraban las mujeres de aquella época, sino también los mecanismos de su entorno y de las leyes que determinaban su destino. En ambos, el matrimonio aparece como un elemento medular, no como un espacio de realización personal, sino como una estructura que podía generar tensiones límites. El siglo XIX fue un periodo de transición en el que las ideas sobre el matrimonio y el papel de la mujer estaban en proceso de cambios. Persistía la lógica tradicional del matrimonio como eje económico y social y, por otro, comenzaban a difundirse ideales románticos que exaltaban el amor y la empatía entre los sexos. Esta coexistencia de modelos generaba expectativas contrarias que, en no pocos casos, resultaban difíciles de conciliar.. Las mujeres se encontraban atrapadas entre esos dos paradigmas. Educadas para ser esposas y madres, pero expuestas a discursos que valoraban la autonomía emocional, experimentaban una tensión constante entre lo que se esperaba de ellas y lo que deseaban. En ese marco, algunas desarrollaron estrategias de sumisión; otras, como las protagonistas de este libro, optaron por soluciones límite. Uno de los aspectos más llamativos del libro es la atención que presta a la dimensión sexual de estos casos. Aunque el sexo era un tema tabú en la sociedad victoriana, los juicios sacaban a la luz cuestiones como las relaciones extramatrimoniales, la satisfacción en el matrimonio o el control de la natalidad. Estas revelaciones no solo alimentaban el morbo del público, sino que influían directamente en la percepción de las acusadas.. En muchos casos, la sospecha de una conducta sexual «desviada» pesaba más que las pruebas materiales. La idea de que una mujer pudiera desear, engañar o manipular sexualmente resultaba disruptiva para una sociedad que idealizaba la pureza femenina. De ese modo, los juicios se convertían en tablados en los que se debatía no solo la culpabilidad con resultado penal, sino la conformidad con un modelo de feminidad. A pesar de la gravedad narrada, el sistema judicial mostraba una gran indulgencia hacia estas señoras. Ninguna de las protagonistas del libro fue ejecutada, y muchas evitaron la prisión o cumplieron íntegro de sus condenas. Esta aparente generosidad no respondía a una justicia «justa», sino a la dificultad de encajar sus acciones en el marco ideológico de la época.. La feminidad, entendida como sinónimo de debilidad y decoro, actuaba como un filtro para interpretar las leyes. Cuando una mujer cometía un crimen, la comunidad tendía a buscar explicaciones que permitieran preservar su imagen: locura, manipulación, circunstancias extraordinarias…, este mecanismo no solo condicionaba los veredictos, sino también la forma en que se explicaba cada caso.. Fascinación y rechazo. No obstante, esa misma idealización podía volverse en contra de las mencionadas. Cuando su comportamiento distaba del modelo esperado, la reacción podía ser especialmente implacable. La caída desde la respetabilidad hacia el crimen generaba una fascinación que combinaba rechazo y atracción, alimentando el interés mediático y la edificación de relatos amarillistas. Más allá del morbo –que lo tiene–, lo que hace relevante este conjunto de historias es su capacidad para poner el foco sobre aspectos ocultos de la vida doméstica en el siglo XIX. A través de estos relatos, se entrevén las dinámicas de poder intramuros, las limitaciones asignadas a las mujeres y las estrategias que ellas ampliaban para situar su posición.. Lejos de presentar a estas mujeres como inhumanas, Hartman propone entenderlas como individuos que, en circunstancias extremas, respondieron de forma radical a conflictos cotidianamente dolorosos. Esta perspectiva no justifica sus acciones, sino situarlas en un contexto que permita comprenderlas más allá del sensacionalismo. «Asesinas victorianas» funciona como un espejo incómodo. Al observar los relatos, el lector no solo se enfrenta a la violencia de hace dos siglos, sino también a las contradicciones de una sociedad que, en muchos aspectos, sigue resonando en la actualidad. Los rasgos pueden estar deformados, pero nos suenan a reconocibles. Porque, tras el aquelarre y el crimen, lo que emerge es una pregunta: ¿Hasta qué punto estas mujeres eran excepcionales, o en qué modo encarnaban las tensiones de un tiempo del que eran –sin justificación– rehenes?
El ensayo de Mary Hartman, que sale a la venta la próxima semana, retrata varios casos de mujeres que cometieron crímenes en esta época y pone de manifiesto la situación de las mujeres en la sociedad
Durante mucho tiempo, la imagen de la mujer victoriana ha perdurado circunscrita en una estampa idealizada: delicada, moralmente espartana, centinela del hogar y ajena a cualquier impulso vehemente. Pero, bajo esa faceta de respetabilidad, el siglo XIX amparó historias que contradicen de forma cruel ese imaginario. «Asesinas victorianas», de Mary S. Hartman, desmonta ese mito a través de una serie de casos absolutamente documentados que revelan una verdad perturbadora: algunas de las mujeres más «respetables» de su época fueron acusadas de cometer crímenes inhumanos.. No hablamos de figuras marginales ni de criminales entrenadas, sino de esposas, hijas y madres de clase media o acomodada, absolutamente integradas en la sociedad. Esa «normalidad» es precisamente lo que convierte en inquietantes los hechos que cometieron. No se las presenta como «anomalías», sino que sus acciones entroncan con el devenir de su entorno, moldeadas por frustraciones y contradicciones de una época en pleno cambio. El libro incide en trece casos que abarcan desde la década de 1840 hasta finales del siglo XIX, mujeres implicadas en todos ellos. Las víctimas incluyen maridos, amantes, hijos, rivales o familiares cercanos. Los métodos empleados varían –asfixia, golpes, disparos–, pero hay uno que destaca por encima de todos: el veneno. Típico, según los forenses en las asesinas. Seis de los casos implican esta fórmula, lo que no resulta casual si se tiene en cuenta el espacio en el que se desarrollan estos hechos luctuosos: el hogar.. Veneno y espacio doméstico. El hogar era, para muchas, su único espacio de poder. En una sociedad que limitaba su autonomía y las clausuraba al cuidado de la familia, el control sobre la alimentación y la salud se convertía en una forma de potestad. El veneno, tan silente como difícil de detectar, encajaba en ese contexto de modo soberano. No requería fuerza física ni ayuda ajena; bastaba con una dosis certera. Uno de los casos más célebres es el de Marie Lafarge, una joven parisina culta y refinada que, en 1840, fue acusada de envenenar a su marido. Lafarge había contraído matrimonio tras una treta: el hombre que le presentaron como un industrial próspero resultó ser un empresario insolvente. El viaje a su nueva residencia, una finca deteriorada en las afueras, marcó el inicio de su gran decepción. En sus memorias, la propia Lafarge describió su inquietud ante un marido al que no conocía y del que temía incluso el contacto físico.. Meses después, él enfermó tras consumir un pastel que ella le había enviado. Los síntomas –vómitos, calambres y lento deterioro– despertaron sospechas. Un análisis posterior reveló la presencia de arsénico en su sangre. Durante el juicio, testigos afirmaron haber visto a Lafarge manipulando sustancias en sus bebidas. Ella defendió su inocencia hasta el final, alegando que se trataba de remedios aprendidos para dolencias intestinales. A pesar de las dudas, fue condenada a cadena perpetua. Pero este caso no solo capturó la atención del público por su componente criminal, sino por el retrato que ofrecía de una mujer instruida y sensible enfrentada a una situación extrema. Los tabloides se dividieron entre quienes la consideraban víctima de un sistema injusto y aquellos que la veían como una manipuladora peligrosa. Su figura, envuelta, se convirtió en un símbolo de las tensiones entre apariencia y realidad en la sociedad burguesa.. Distinto, aunque idénticamente revelador, es el caso de Euphémie Lacoste. A diferencia de Lafarge, procedía de un entorno rural y había sido obligada a casarse con un pariente notoriamente mayor que ella. Los esponsales, concertados por intereses económicos, respondían a una lógica aún imperante en muchas regiones: la unión como táctica de ascenso social. Durante los primeros años, la relación pareció estable, pero pronto surgieron tiranteces. La incapacidad de concebir, los celos del esposo y las restricciones impuestas a la vida social de la joven crearon un clima altamente agrio. Cuando el marido enfermó y murió tras una dolencia, comenzaron a circular rumores de intoxicación. La exhumación del cadáver reveló trazas de arsénico, lo que llevó a la acusación consecuente contra Lacoste.. Todo el proceso estuvo marcado por la falta de pruebas indiscutibles y por la influencia de los prejuicios. Se especuló sobre la conducta moral de la acusada, su posible relación con otros caballeros y su comportamiento extraño tras la muerte del difunto. Resultó absuelta, al final, debido a las discrepancias de los expertos sobre la cantidad y el origen del veneno hallado en el cuerpo.. Sexo, moral y escándalo. Estos dos sucesos ejemplifican no solo la diversidad de situaciones en las que se encontraban las mujeres de aquella época, sino también los mecanismos de su entorno y de las leyes que determinaban su destino. En ambos, el matrimonio aparece como un elemento medular, no como un espacio de realización personal, sino como una estructura que podía generar tensiones límites. El siglo XIX fue un periodo de transición en el que las ideas sobre el matrimonio y el papel de la mujer estaban en proceso de cambios. Persistía la lógica tradicional del matrimonio como eje económico y social y, por otro, comenzaban a difundirse ideales románticos que exaltaban el amor y la empatía entre los sexos. Esta coexistencia de modelos generaba expectativas contrarias que, en no pocos casos, resultaban difíciles de conciliar.. Las mujeres se encontraban atrapadas entre esos dos paradigmas. Educadas para ser esposas y madres, pero expuestas a discursos que valoraban la autonomía emocional, experimentaban una tensión constante entre lo que se esperaba de ellas y lo que deseaban. En ese marco, algunas desarrollaron estrategias de sumisión; otras, como las protagonistas de este libro, optaron por soluciones límite. Uno de los aspectos más llamativos del libro es la atención que presta a la dimensión sexual de estos casos. Aunque el sexo era un tema tabú en la sociedad victoriana, los juicios sacaban a la luz cuestiones como las relaciones extramatrimoniales, la satisfacción en el matrimonio o el control de la natalidad. Estas revelaciones no solo alimentaban el morbo del público, sino que influían directamente en la percepción de las acusadas.. En muchos casos, la sospecha de una conducta sexual «desviada» pesaba más que las pruebas materiales. La idea de que una mujer pudiera desear, engañar o manipular sexualmente resultaba disruptiva para una sociedad que idealizaba la pureza femenina. De ese modo, los juicios se convertían en tablados en los que se debatía no solo la culpabilidad con resultado penal, sino la conformidad con un modelo de feminidad. A pesar de la gravedad narrada, el sistema judicial mostraba una gran indulgencia hacia estas señoras. Ninguna de las protagonistas del libro fue ejecutada, y muchas evitaron la prisión o cumplieron íntegro de sus condenas. Esta aparente generosidad no respondía a una justicia «justa», sino a la dificultad de encajar sus acciones en el marco ideológico de la época.. La feminidad, entendida como sinónimo de debilidad y decoro, actuaba como un filtro para interpretar las leyes. Cuando una mujer cometía un crimen, la comunidad tendía a buscar explicaciones que permitieran preservar su imagen: locura, manipulación, circunstancias extraordinarias…, este mecanismo no solo condicionaba los veredictos, sino también la forma en que se explicaba cada caso.. Fascinación y rechazo. No obstante, esa misma idealización podía volverse en contra de las mencionadas. Cuando su comportamiento distaba del modelo esperado, la reacción podía ser especialmente implacable. La caída desde la respetabilidad hacia el crimen generaba una fascinación que combinaba rechazo y atracción, alimentando el interés mediático y la edificación de relatos amarillistas. Más allá del morbo –que lo tiene–, lo que hace relevante este conjunto de historias es su capacidad para poner el foco sobre aspectos ocultos de la vida doméstica en el siglo XIX. A través de estos relatos, se entrevén las dinámicas de poder intramuros, las limitaciones asignadas a las mujeres y las estrategias que ellas ampliaban para situar su posición.. Lejos de presentar a estas mujeres como inhumanas, Hartman propone entenderlas como individuos que, en circunstancias extremas, respondieron de forma radical a conflictos cotidianamente dolorosos. Esta perspectiva no justifica sus acciones, sino situarlas en un contexto que permita comprenderlas más allá del sensacionalismo. «Asesinas victorianas» funciona como un espejo incómodo. Al observar los relatos, el lector no solo se enfrenta a la violencia de hace dos siglos, sino también a las contradicciones de una sociedad que, en muchos aspectos, sigue resonando en la actualidad. Los rasgos pueden estar deformados, pero nos suenan a reconocibles. Porque, tras el aquelarre y el crimen, lo que emerge es una pregunta: ¿Hasta qué punto estas mujeres eran excepcionales, o en qué modo encarnaban las tensiones de un tiempo del que eran –sin justificación– rehenes?
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