«Peces», de Eva Baltasar: la tórrida historia amor entre una escritora y la vendedora de pescado. 9/10. Por Jesús Ferrer. Sostenía Ortega y Gasset en «Estudios sobre el amor» que el enamoramiento es un «transitorio estado de perturbación mental». Esta idea no era original; el filósofo renacentista León Hebreo ya formuló esa teoría en «Diálogos de amor» (1535). Toda una tradición de implicaciones sentimentales y literarias que haría sentenciar a Balzac: «El amor es la poesía de los sentidos». Eva Baltasar (Barcelona, 1978) publica «Peces», que ahonda en los resortes de la seducción amorosa, el deseo erótico, la técnica del galanteo, y la gestualidad de la ternura. Una escritora de mediana edad, recién separada, conoce en un mercado a una vendedora de pescado. El enamoramiento es inmediato; la historia avanzará hacia decisivos momentos de desatada pasión amorosa. Entre emotivas conversaciones y compartidos sentimientos asistimos a la crónica de una relación que incluye atormentados recelos, fatigosas dependencias, y sorprendentes equívocos.. Resultan destacables las escenas eróticas, conformadas con sensibilidad y buen pulso, necesariamente explícitas en su arrasador deseo sexual. Todo bajo la sombra del desamor, combatido con la voluntad de pervivencia sentimental: «El amor, que no es solo un sentimiento, porque está hecho de voluntad. El amor, que cuando se erige y se despliega lo desafía todo, porque es un pensamiento». Es una novela plagada de silencios y cálidas intimidades: «Echo muchísimo de menos la mansedumbre alcohólica de nuestro amor, las tardes que pasábamos tumbadas en el sofá, besándonos y leyendo o sin hacer nada, ella acogiéndome tan solo y yo escuchándola respirar». Algunas otras cuestiones incentivan el valor de esta historia: la función liberadora del placer, enfrentados egos de amantes, el papel de la literatura en las relaciones amorosas, y la duración de las mismas.. Lo mejor: la extrema sensibilidad con la que se abordan diversos aspectos que existen en la sentimentalidad amorosa. Lo peor: nada relevante aquí, siendo esta una novela de singular perspicacia psicológica y acertada configuración. «El pacto», de J. D. Barker: el terror se reinventa gracias a una orgiástica sesión espiritista. 9/10. Por Lluís Fernández. El éxito internacional de J. D. Barker con la trilogía de «El cuarto mono» debe resultar difícil de superar. Sus cuatro recientes novelas son brillantes y novedosas. El cambio de chip de «El pacto» ha sido combinar la novela de formación de unos jóvenes que van a pasar de la adolescencia a la madurez al acabar el verano y la historia de una casa embrujada. Ni esa novela de formación es la típica al uso ni la casa embrujada sigue la temática de Stephen King, su referente directo. La pauta un tanto retórica de la isla misteriosa que hereda un adolescente con una casa que conserva su aspecto prístino sin que le afecte el paso de los años, metaforiza «La isla del tesoro», de Stevenson. El tesoro es esa casa embrujada que todos desean poseer, desde los padres del joven a los especuladores inmobiliarios que acechan como piratas para hacerse con la isla.. Mientras fluctúa entre estos dos referentes, la novela fluye y la narración va viento en popa. Pero más o menos a la mitad del relato, el clima onírico se apodera de la novela. La casa embrujada tiene poderes, pero no sólo las clásicas visiones fantasmagóricas, sino psicodélicas y sexuales, hasta el punto de convertir una sesión espiritista en una orgía. El resto es mejor dejar al lector decidir si el camino escogido por J. D. Barker –el aquelarre gótico– les parece el más pertinente o si, por el contrario, se le hace bola hasta llegar al clímax final, similar en suspense y trepidante acción a la de sus anteriores novelas.. Porque son esas doscientas páginas finales las que lastran una novela cuya originalidad es innegable, sobre todo al proponer mundos alternativos, como sin la casa embrujada dispusiera de un interruptor para cambiar de realidad temporal. «El pacto es una novela proliferante con tantas ideas que llegan a apabullar, y es, en muchos aspectos, deslumbrante.. Lo mejor: «El pacto» es una novela que encierra tantas claves y propuestas para ahogarse placenteramente en sus páginas. Lo peor: sobre todo, esa parte central del libro que, al parecer, los editores necesitan para aumentar el grosor del lomo. «La vida al final», de Bernhard Schlink: olviden sentimentalismos y malas noticias porque así es la vida. 8/10. Por Ángeles López. «La muerte no es justa, pero ¿qué lo es?». La frase nos llega de «La vida al final» como una de esas enunciaciones que aglutinan el centro ético de una novela. Bernhard Schlink no indaga sobre el final como desastre, sino como medida final de la vida, vivida. Y ese enunciado, entre lo trágico a lo existencial, soporta una obra contenida, grave y reflexiva Abogado jubilado, marido de una mujer más joven y padre de un niño, sabe de su diagnóstico médico terminal. Tras ese instante, Schlink evita tanto la épica del viaje para encontrarse con Caronte como la retórica lacrimosa. Su protagonista no se entrega a una transformación extraordinaria, sino que se afana en cancelar compromisos, observar el jardín, acompañar a su hijo pequeño, se interroga sobre qué puede dejar tras su marcha…. La novela acierta en esa escala intramuros. Entiende que la existencia no se resume en grandes revelaciones, sino en gestos pequeños.. Ese es el mayor logro de estas páginas: convertir lo doméstico en indagación personal. El autor vuelve a moverse en el territorio que mejor conoce, el de las tensiones entre responsabilidad, afecto, culpa y lucidez. «No hay equilibrio. En esta vida siempre estamos haciendo malabarismos». La frase no solo resume su experiencia, sino también la arquitectura de la narración. Todo pivota entre amor y deber, verdad y protección, el deseo de permanecer y la aceptación de desaparecer. Lo más valioso es que no idealiza a su personaje. Martin no se vuelve sabio: continúa siendo contradictorio, vulnerable, a veces presuntuoso, en otras ocasiones mezquino. Esa humanidad imperfecta salva al libro del sentimentalismo. Con la crisis conyugal, el relato pierde concentración pero Schlink mantiene su prosa sobria, pues sabe que la emoción más honda no necesita negritas.. Lo mejor: su mirada serena sobre la muerte convierte lo cotidiano en reflexión profunda y conmovedora sin sentimentalismo. Lo peor: la trama pierde intensidad en su parte central y algunos conflictos resultan previsibles y muy poco desarrollados. «Historias de fantasmas», de Siri Hustvedt: evocando a Paul Auster, el hombre que quiso ser fantasma. 9/10. Por Jesús Ferrer. La literatura del duelo tiene sus claves: añoranza del ser querido desaparecido, rebeldía ante la pérdida, inquietud ante un futuro incierto y un profundo dolor que se cree inextinguible. En la escritura contemporánea basta recordar, entre otros títulos, «Mortal y rosa», de Francisco Umbral; «El año del pensamiento mágico», de Joan Didion; «Paula», de Isabel Allende; y «Lo que no tiene nombre», de Piedad Bonnett. Pero acaso la clave inicial de la elegía fúnebre se encuentra en un clásico de la literatura española: las «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique. Se une a esta línea «Historias de fantasmas», de Siri Hustvedt. Quien fue la pareja durante cuarenta y tres años del novelista Paul Auster rememora esa relación desde el duelo de su pérdida, víctima del cáncer a los 77 años.. Anécdotas familiares, incidencias cotidianas, ilusionados proyectos profesionales e inevitables decepciones domésticas jalonan esta historia presidida por el amor a la literatura. El título viene motivado por el deseo de Auster de permanecer tras su muerte, como un «fantasma», en el recuerdo de los seres queridos, de Siri, su hija Sophie, el yerno Spencer y Milles, el nieto, vagando por los ámbitos hogareños en los que vivió durante años: «Paul me dice que está deseando ser un fantasma. Quiere volver para ver cómo estoy, qué estoy escribiendo. Quiere que acabe mi novela. Quiere escuchar la música de Sophie, ver las fotografías de Spencer y ver crecer a Miles. Lo repite. “Quiero ser un fantasma”». Conmovedoras son las cartas que Auster, sabiéndose enfermo, escribe a su nieto. Sin dramatismos, asistimos a la crónica de un tiempo terminal, entre tratamientos médicos y hospitales, sin perder la alegría de una vida intensamente vivida y sentimentalmente satisfactoria. Un libro fascinante, de honesta factura literaria e inmejorable tono intimista.. Lo mejor: de manera especial, la sensible y emotiva sinceridad con la que la autora ha decidido abordar una conmovedora intimidad familiar. Lo peor: no existe ninguna objeción aquí, al ser este un libro de cuidado estilo narrativo y bien conformada temática
Y además «Peces», de Eva Baltasar y lo último de Bernhard Schlink, «La vida al final»
«Peces», de Eva Baltasar: la tórrida historia amor entre una escritora y la vendedora de pescado. 9/10. Por Jesús Ferrer. Sostenía Ortega y Gasset en «Estudios sobre el amor» que el enamoramiento es un «transitorio estado de perturbación mental». Esta idea no era original; el filósofo renacentista León Hebreo ya formuló esa teoría en «Diálogos de amor» (1535). Toda una tradición de implicaciones sentimentales y literarias que haría sentenciar a Balzac: «El amor es la poesía de los sentidos». Eva Baltasar (Barcelona, 1978) publica «Peces», que ahonda en los resortes de la seducción amorosa, el deseo erótico, la técnica del galanteo, y la gestualidad de la ternura. Una escritora de mediana edad, recién separada, conoce en un mercado a una vendedora de pescado. El enamoramiento es inmediato; la historia avanzará hacia decisivos momentos de desatada pasión amorosa. Entre emotivas conversaciones y compartidos sentimientos asistimos a la crónica de una relación que incluye atormentados recelos, fatigosas dependencias, y sorprendentes equívocos.. Resultan destacables las escenas eróticas, conformadas con sensibilidad y buen pulso, necesariamente explícitas en su arrasador deseo sexual. Todo bajo la sombra del desamor, combatido con la voluntad de pervivencia sentimental: «El amor, que no es solo un sentimiento, porque está hecho de voluntad. El amor, que cuando se erige y se despliega lo desafía todo, porque es un pensamiento». Es una novela plagada de silencios y cálidas intimidades: «Echo muchísimo de menos la mansedumbre alcohólica de nuestro amor, las tardes que pasábamos tumbadas en el sofá, besándonos y leyendo o sin hacer nada, ella acogiéndome tan solo y yo escuchándola respirar». Algunas otras cuestiones incentivan el valor de esta historia: la función liberadora del placer, enfrentados egos de amantes, el papel de la literatura en las relaciones amorosas, y la duración de las mismas.. Lo mejor: la extrema sensibilidad con la que se abordan diversos aspectos que existen en la sentimentalidad amorosa. Lo peor: nada relevante aquí, siendo esta una novela de singular perspicacia psicológica y acertada configuración. «El pacto», de J. D. Barker: el terror se reinventa gracias a una orgiástica sesión espiritista. 9/10. Por Lluís Fernández. El éxito internacional de J. D. Barker con la trilogía de «El cuarto mono» debe resultar difícil de superar. Sus cuatro recientes novelas son brillantes y novedosas. El cambio de chip de «El pacto» ha sido combinar la novela de formación de unos jóvenes que van a pasar de la adolescencia a la madurez al acabar el verano y la historia de una casa embrujada. Ni esa novela de formación es la típica al uso ni la casa embrujada sigue la temática de Stephen King, su referente directo. La pauta un tanto retórica de la isla misteriosa que hereda un adolescente con una casa que conserva su aspecto prístino sin que le afecte el paso de los años, metaforiza «La isla del tesoro», de Stevenson. El tesoro es esa casa embrujada que todos desean poseer, desde los padres del joven a los especuladores inmobiliarios que acechan como piratas para hacerse con la isla.. Mientras fluctúa entre estos dos referentes, la novela fluye y la narración va viento en popa. Pero más o menos a la mitad del relato, el clima onírico se apodera de la novela. La casa embrujada tiene poderes, pero no sólo las clásicas visiones fantasmagóricas, sino psicodélicas y sexuales, hasta el punto de convertir una sesión espiritista en una orgía. El resto es mejor dejar al lector decidir si el camino escogido por J. D. Barker –el aquelarre gótico– les parece el más pertinente o si, por el contrario, se le hace bola hasta llegar al clímax final, similar en suspense y trepidante acción a la de sus anteriores novelas.. Porque son esas doscientas páginas finales las que lastran una novela cuya originalidad es innegable, sobre todo al proponer mundos alternativos, como sin la casa embrujada dispusiera de un interruptor para cambiar de realidad temporal. «El pacto es una novela proliferante con tantas ideas que llegan a apabullar, y es, en muchos aspectos, deslumbrante.. Lo mejor: «El pacto» es una novela que encierra tantas claves y propuestas para ahogarse placenteramente en sus páginas. Lo peor: sobre todo, esa parte central del libro que, al parecer, los editores necesitan para aumentar el grosor del lomo. «La vida al final», de Bernhard Schlink: olviden sentimentalismos y malas noticias porque así es la vida. 8/10. Por Ángeles López. «La muerte no es justa, pero ¿qué lo es?». La frase nos llega de «La vida al final» como una de esas enunciaciones que aglutinan el centro ético de una novela. Bernhard Schlink no indaga sobre el final como desastre, sino como medida final de la vida, vivida. Y ese enunciado, entre lo trágico a lo existencial, soporta una obra contenida, grave y reflexiva Abogado jubilado, marido de una mujer más joven y padre de un niño, sabe de su diagnóstico médico terminal. Tras ese instante, Schlink evita tanto la épica del viaje para encontrarse con Caronte como la retórica lacrimosa. Su protagonista no se entrega a una transformación extraordinaria, sino que se afana en cancelar compromisos, observar el jardín, acompañar a su hijo pequeño, se interroga sobre qué puede dejar tras su marcha…. La novela acierta en esa escala intramuros. Entiende que la existencia no se resume en grandes revelaciones, sino en gestos pequeños.. Ese es el mayor logro de estas páginas: convertir lo doméstico en indagación personal. El autor vuelve a moverse en el territorio que mejor conoce, el de las tensiones entre responsabilidad, afecto, culpa y lucidez. «No hay equilibrio. En esta vida siempre estamos haciendo malabarismos». La frase no solo resume su experiencia, sino también la arquitectura de la narración. Todo pivota entre amor y deber, verdad y protección, el deseo de permanecer y la aceptación de desaparecer. Lo más valioso es que no idealiza a su personaje. Martin no se vuelve sabio: continúa siendo contradictorio, vulnerable, a veces presuntuoso, en otras ocasiones mezquino. Esa humanidad imperfecta salva al libro del sentimentalismo. Con la crisis conyugal, el relato pierde concentración pero Schlink mantiene su prosa sobria, pues sabe que la emoción más honda no necesita negritas.. Lo mejor: su mirada serena sobre la muerte convierte lo cotidiano en reflexión profunda y conmovedora sin sentimentalismo. Lo peor: la trama pierde intensidad en su parte central y algunos conflictos resultan previsibles y muy poco desarrollados. «Historias de fantasmas», de Siri Hustvedt: evocando a Paul Auster, el hombre que quiso ser fantasma. 9/10. Por Jesús Ferrer. La literatura del duelo tiene sus claves: añoranza del ser querido desaparecido, rebeldía ante la pérdida, inquietud ante un futuro incierto y un profundo dolor que se cree inextinguible. En la escritura contemporánea basta recordar, entre otros títulos, «Mortal y rosa», de Francisco Umbral; «El año del pensamiento mágico», de Joan Didion; «Paula», de Isabel Allende; y «Lo que no tiene nombre», de Piedad Bonnett. Pero acaso la clave inicial de la elegía fúnebre se encuentra en un clásico de la literatura española: las «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique. Se une a esta línea «Historias de fantasmas», de Siri Hustvedt. Quien fue la pareja durante cuarenta y tres años del novelista Paul Auster rememora esa relación desde el duelo de su pérdida, víctima del cáncer a los 77 años.. Anécdotas familiares, incidencias cotidianas, ilusionados proyectos profesionales e inevitables decepciones domésticas jalonan esta historia presidida por el amor a la literatura. El título viene motivado por el deseo de Auster de permanecer tras su muerte, como un «fantasma», en el recuerdo de los seres queridos, de Siri, su hija Sophie, el yerno Spencer y Milles, el nieto, vagando por los ámbitos hogareños en los que vivió durante años: «Paul me dice que está deseando ser un fantasma. Quiere volver para ver cómo estoy, qué estoy escribiendo. Quiere que acabe mi novela. Quiere escuchar la música de Sophie, ver las fotografías de Spencer y ver crecer a Miles. Lo repite. “Quiero ser un fantasma”». Conmovedoras son las cartas que Auster, sabiéndose enfermo, escribe a su nieto. Sin dramatismos, asistimos a la crónica de un tiempo terminal, entre tratamientos médicos y hospitales, sin perder la alegría de una vida intensamente vivida y sentimentalmente satisfactoria. Un libro fascinante, de honesta factura literaria e inmejorable tono intimista.. Lo mejor: de manera especial, la sensible y emotiva sinceridad con la que la autora ha decidido abordar una conmovedora intimidad familiar. Lo peor: no existe ninguna objeción aquí, al ser este un libro de cuidado estilo narrativo y bien conformada temática
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