El tecnocapitalismo oligárquico de hoy no le hace ascos a nada. No tiene nada que envidiarle a su maestro el temprano capitalismo (también oligárquico) de la antigua Roma. Entonces se inventaron todos los sistemas impositivos, la fiscalidad agobiante, los métodos extractivos –recuerden a los publicanos de los Evangelios– y las diversas y pioneras maneras del control social y político de las que siguen siendo deudores nuestros sistemas hoy en occidente. Se cuenta que los emperadores pusieron gravámenes a muchas cosas, entre otras a la prostitución o la orina: y ahí nuestros tecno-oligarcas tienen aún terreno para aprender a sacarnos aún más jugo desde las pantallas, las aplicaciones, el pillaje de datos masivos y las muchas tretas algorítmicas. Google o Amazon tampoco le hacen ascos a nada: y diseñan todo tipo de estrategias para hacernos dobles o triples imposiciones.. Por ejemplo, Google Photos es un monstruo que se nutre de nuestra producción (desde las cámaras de los móviles a WhatsApp) y luego ordena y clasifica, creando árboles genealógicos, carpetas, animaciones, lugares y recordatorios. Se reproduce a sí mismo consumiendo cada vez más almacenamiento hasta que hemos de comprar más… y así crece «ad libitum» y nos cobra por la nube, por el móvil (en connivencia con Apple, etc.). Es increíble pensar en cómo la enigmática IA identifica, sin que nadie los haya etiquetado, a todos nuestros seres queridos y cruza datos por doquier, mientras nos fiscaliza y vampiriza desde la escuela al trabajo, desde el baño al dormitorio (también adivina, sí, nuestra pareja real, o la sugiere en otra app). Nuestras máquinas saben cómo, cuánto y con quién dormimos, las pulsaciones que tenemos, nuestro histórico de salud, constantes vitales, compras, movimientos bancarios y demás. Todo está sometido a los grandes datos que circulan sin cesar y nos deconstruyen en números…¿Para qué? sobre todo para ver cuánto valemos económicamente y qué nos pueden vender: somos menú de grandes plataformas y modelos de negocio que no alcanzamos a comprender del todo.. Oro y orina. Otro caso es el de Amazon, buen aprendiz de la más opresiva explotación de los antiguos romanos (que ya lo inventaron todo: sobre su sistema económico globalizado «avant la lettre» véanse los estudios de referencia de Juan José Ferrer Maestro, de la UJI). Las legiones de alienados mensajeros armados de múltiples pantallas y los acuartelamientos de sus centros de logística que consumen más recursos eléctricos e hídricos de lo que podríamos dar cuenta aquí son sólo un par de ejemplos. Cuenta el biógrafo romano Suetonio que Tito se quejó a su padre el emperador Vespasiano sobre el impuesto a la orina y el inmisericorde Vespasiano –no sé por qué me lo imagino como el Barón Harkonnen en las recreaciones fílmicas de «Dune»– le puso delante de las narices una moneda de oro y le preguntó si le molestaba su olor («sciscitans num odore offenderetur»). Al responder Tito que no, Vespasiano repuso «pues viene de la orina» («e lotio est»), lo que luego se resumió en la expresión «pecunia non olet» («el dinero no huele»). Es la postura inmoral de considerar que es indiferente de dónde proceda el dinero, mientras sea de curso legal y abundante, ya sea de la sangre o la orina, del crimen o de la corrupción.. Pues bien, sin ponernos tan escatológicos, de cierta manera nuestros tecnodueños han aprendido mucho de entonces: de hecho, promueven la compra compulsiva desde cualquier lugar –sí, también desde el váter– móvil en la mano con plataformas omnipresentes y de dudosa ética. Todo tiende a la concentración de poder. Pensemos en Amazon, otro monopolio tan enorme como el que nos atenaza desde esa herramienta de dominación llamada WhatsApp. Más inquietantes aún son las aplicaciones orientales como Shein o AliExpress. Acaso estamos reaccionando algo más concienciadamente a estas empresas, porque se ve más de forma más obvia el daño que causan a la sociedad y la familia, por ejemplo en el deterioro del tejido comercial de los barrios y ciudades y la cantidad de empleo de ínfima calidad que produce. Gran cantidad de pequeños comercios se han visto arruinados por esta suerte de titanes del mercadeo puerta a puerta, que no tienen reparo en vender las mercancías más nimias, extrañas o incluso delirantes, huelan o no huelan (también productos frescos y perecederos o las materias más extrañas nos pueden llegar puerta a puerta, con los intermediarios que viven en igual precariedad).. No sé si este es un buen modelo: sus beneficios ( más allá de enriquecer enormemente a sus dueños) son dudosos, por decir algo amable, en la sociedad y la economía. Como en las plataformas audiovisuales, entre otros muchos modelos de negocio virtual, hay algo un poco perturbador cuando pensamos en el mundo de ayer, vemos en qué mundo estamos ahora e imaginamos el mundo del mañana. Comprar desde el baño, o desde cualquier lugar, con increíbles facilidades para la devolución y una mano de obra cautiva es el sueño de Vespasiano, la usura máxima que condenaban las viejas religiones y que florecía en el imperio. Si estos ya ensayaron infiernos fiscales precursores de nuestro Hades hispano e impuestos, nunca llegaron a imaginar un comercio compulsivo y global que todos tuviéramos en los bolsillos de la toga. En fin, necesitamos detenernos a pensar echando una mirada crítica sobre las servidumbres que hemos adquirido y las todavía mayores que pueden llegar. Como siempre, pensar con los clásicos ayuda.
Los tecnodueños han aprendido mucho de aquel «pecunia non olet», postura clásica que consideraba indiferente de dónde proceda el dinero mientras sea abundante
El tecnocapitalismo oligárquico de hoy no le hace ascos a nada. No tiene nada que envidiarle a su maestro el temprano capitalismo (también oligárquico) de la antigua Roma. Entonces se inventaron todos los sistemas impositivos, la fiscalidad agobiante, los métodos extractivos –recuerden a los publicanos de los Evangelios– y las diversas y pioneras maneras del control social y político de las que siguen siendo deudores nuestros sistemas hoy en occidente. Se cuenta que los emperadores pusieron gravámenes a muchas cosas, entre otras a la prostitución o la orina: y ahí nuestros tecno-oligarcas tienen aún terreno para aprender a sacarnos aún más jugo desde las pantallas, las aplicaciones, el pillaje de datos masivos y las muchas tretas algorítmicas. Google o Amazon tampoco le hacen ascos a nada: y diseñan todo tipo de estrategias para hacernos dobles o triples imposiciones.. Por ejemplo, Google Photos es un monstruo que se nutre de nuestra producción (desde las cámaras de los móviles a WhatsApp) y luego ordena y clasifica, creando árboles genealógicos, carpetas, animaciones, lugares y recordatorios. Se reproduce a sí mismo consumiendo cada vez más almacenamiento hasta que hemos de comprar más… y así crece «ad libitum» y nos cobra por la nube, por el móvil (en connivencia con Apple, etc.). Es increíble pensar en cómo la enigmática IA identifica, sin que nadie los haya etiquetado, a todos nuestros seres queridos y cruza datos por doquier, mientras nos fiscaliza y vampiriza desde la escuela al trabajo, desde el baño al dormitorio (también adivina, sí, nuestra pareja real, o la sugiere en otra app). Nuestras máquinas saben cómo, cuánto y con quién dormimos, las pulsaciones que tenemos, nuestro histórico de salud, constantes vitales, compras, movimientos bancarios y demás. Todo está sometido a los grandes datos que circulan sin cesar y nos deconstruyen en números…¿Para qué? sobre todo para ver cuánto valemos económicamente y qué nos pueden vender: somos menú de grandes plataformas y modelos de negocio que no alcanzamos a comprender del todo.. Otro caso es el de Amazon, buen aprendiz de la más opresiva explotación de los antiguos romanos (que ya lo inventaron todo: sobre su sistema económico globalizado «avant la lettre» véanse los estudios de referencia de Juan José Ferrer Maestro, de la UJI). Las legiones de alienados mensajeros armados de múltiples pantallas y los acuartelamientos de sus centros de logística que consumen más recursos eléctricos e hídricos de lo que podríamos dar cuenta aquí son sólo un par de ejemplos. Cuenta el biógrafo romano Suetonio que Tito se quejó a su padre el emperador Vespasiano sobre el impuesto a la orina y el inmisericorde Vespasiano –no sé por qué me lo imagino como el Barón Harkonnen en las recreaciones fílmicas de «Dune»– le puso delante de las narices una moneda de oro y le preguntó si le molestaba su olor («sciscitans num odore offenderetur»). Al responder Tito que no, Vespasiano repuso «pues viene de la orina» («e lotio est»), lo que luego se resumió en la expresión «pecunia non olet» («el dinero no huele»). Es la postura inmoral de considerar que es indiferente de dónde proceda el dinero, mientras sea de curso legal y abundante, ya sea de la sangre o la orina, del crimen o de la corrupción.. Pues bien, sin ponernos tan escatológicos, de cierta manera nuestros tecnodueños han aprendido mucho de entonces: de hecho, promueven la compra compulsiva desde cualquier lugar –sí, también desde el váter– móvil en la mano con plataformas omnipresentes y de dudosa ética. Todo tiende a la concentración de poder. Pensemos en Amazon, otro monopolio tan enorme como el que nos atenaza desde esa herramienta de dominación llamada WhatsApp. Más inquietantes aún son las aplicaciones orientales como Shein o AliExpress. Acaso estamos reaccionando algo más concienciadamente a estas empresas, porque se ve más de forma más obvia el daño que causan a la sociedad y la familia, por ejemplo en el deterioro del tejido comercial de los barrios y ciudades y la cantidad de empleo de ínfima calidad que produce. Gran cantidad de pequeños comercios se han visto arruinados por esta suerte de titanes del mercadeo puerta a puerta, que no tienen reparo en vender las mercancías más nimias, extrañas o incluso delirantes, huelan o no huelan (también productos frescos y perecederos o las materias más extrañas nos pueden llegar puerta a puerta, con los intermediarios que viven en igual precariedad).. No sé si este es un buen modelo: sus beneficios ( más allá de enriquecer enormemente a sus dueños) son dudosos, por decir algo amable, en la sociedad y la economía. Como en las plataformas audiovisuales, entre otros muchos modelos de negocio virtual, hay algo un poco perturbador cuando pensamos en el mundo de ayer, vemos en qué mundo estamos ahora e imaginamos el mundo del mañana. Comprar desde el baño, o desde cualquier lugar, con increíbles facilidades para la devolución y una mano de obra cautiva es el sueño de Vespasiano, la usura máxima que condenaban las viejas religiones y que florecía en el imperio. Si estos ya ensayaron infiernos fiscales precursores de nuestro Hades hispano e impuestos, nunca llegaron a imaginar un comercio compulsivo y global que todos tuviéramos en los bolsillos de la toga. En fin, necesitamos detenernos a pensar echando una mirada crítica sobre las servidumbres que hemos adquirido y las todavía mayores que pueden llegar. Como siempre, pensar con los clásicos ayuda.
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