La agricultura constituye una de las actividades más antiguas de la humanidad, pero también representa uno de los sectores estratégicos para cualquier sociedad que aspire a tener futuro, tanto por su papel básico en la cadena alimenticia, como por la vertebración del territorio o por ser el gran aliado de la permanencia de población en las zonas rurales. En un tiempo en que se multiplican los discursos sobre sostenibilidad, transición ecológica, protección del paisaje o lucha contra el cambio climático, no debemos obviar que no existe agricultura sostenible sin una agricultura viable. No hay explotación agrícola que pueda sobrevivir si no es capaz de proporcionar un medio de vida digno a quienes la trabajan y, para que exista un agricultor dispuesto a dedicar su vida a ella, debe encontrar una recompensa económica justa por su esfuerzo. La supervivencia de nuestro campo depende de una sencilla secuencia: producción, competitividad y rentabilidad. Una explotación que genera beneficios invierte, se moderniza y crea oportunidades, pero, si deja de ser rentable, el abandono se convierte en una amenaza real y el relevo generacional en una utopía. Por eso, no podemos hablar del futuro de la agricultura sin vincularlo, necesariamente, al concepto de economía y hacerlo tanto desde la perspectiva del ingreso como la del gasto, esto es, desde la competitividad del producto y desde el coste de los factores de producción. El agua es un factor que resulta absolutamente decisivo en gran parte de las explotaciones agrícolas, y más aún en el arco mediterráneo. La solidaridad hídrica no puede quedar como una reivindicación territorial ni, menos aún, como una batalla política. Es una necesidad económica y productiva y no puede tratarse con la frialdad irresponsable de quien no entiende, o no quiere entender, que un agricultor no puede competir en igualdad de condiciones si el acceso al agua resulta insuficiente, incierto o excesivamente caro o que la ausencia de recursos e infraestructuras hidráulicas adecuadas repercute directamente en la rentabilidad de las explotaciones y, en consecuencia, en su futura viabilidad. España presenta territorios con excedentes hídricos y otros con déficits estructurales. Gestionar esa realidad desde la cooperación y la solidaridad constituye una obligación de Estado. El agua debe llegar donde se necesita no solo para regar campos, sino para garantizar la continuidad de miles de explotaciones familiares, preservar comarcas enteras y evitar que los costes de producción sigan aumentando hasta niveles incompatibles con la competitividad. Cuando los factores de producción se encarecen, el agricultor pierde capacidad para competir. Y cuando pierde competitividad, pierde futuro. Y esa perspectiva es fundamental cuando abordamos el segundo de los grandes problemas a que se enfrenta la agricultura y el sector primario en general: el relevo generacional. La gran pregunta que debe preocuparnos es quién va a
No existe agricultura sostenible sin una agricultura viable
La agricultura constituye una de las actividades más antiguas de la humanidad, pero también representa uno de los sectores estratégicos para cualquier sociedad que aspire a tener futuro, tanto por su papel básico en la cadena alimenticia, como por la vertebración del territorio o por ser el gran aliado de la permanencia de población en las zonas rurales.En un tiempo en que se multiplican los discursos sobre sostenibilidad, transición ecológica, protección del paisaje o lucha contra el cambio climático, no debemos obviar que no existe agricultura sostenible sin una agricultura viable.No hay explotación agrícola que pueda sobrevivir si no es capaz de proporcionar un medio de vida digno a quienes la trabajan y, para que exista un agricultor dispuesto a dedicar su vida a ella, debe encontrar una recompensa económica justa por su esfuerzo.La supervivencia de nuestro campo depende de una sencilla secuencia: producción, competitividad y rentabilidad. Una explotación que genera beneficios invierte, se moderniza y crea oportunidades, pero, si deja de ser rentable, el abandono se convierte en una amenaza real y el relevo generacional en una utopía. Por eso, no podemos hablar del futuro de la agricultura sin vincularlo, necesariamente, al concepto de economía y hacerlo tanto desde la perspectiva del ingreso como la del gasto, esto es, desde la competitividad del producto y desde el coste de los factores de producción.El agua es un factor que resulta absolutamente decisivo en gran parte de las explotaciones agrícolas, y más aún en el arco mediterráneo. La solidaridad hídrica no puede quedar como una reivindicación territorial ni, menos aún, como una batalla política. Es una necesidad económica y productiva y no puede tratarse con la frialdad irresponsable de quien no entiende, o no quiere entender, que un agricultor no puede competir en igualdad de condiciones si el acceso al agua resulta insuficiente, incierto o excesivamente caro o que la ausencia de recursos e infraestructuras hidráulicas adecuadas repercute directamente en la rentabilidad de las explotaciones y, en consecuencia, en su futura viabilidad.España presenta territorios con excedentes hídricos y otros con déficits estructurales. Gestionar esa realidad desde la cooperación y la solidaridad constituye una obligación de Estado. El agua debe llegar donde se necesita no solo para regar campos, sino para garantizar la continuidad de miles de explotaciones familiares, preservar comarcas enteras y evitar que los costes de producción sigan aumentando hasta niveles incompatibles con la competitividad.Cuando los factores de producción se encarecen, el agricultor pierde capacidad para competir. Y cuando pierde competitividad, pierde futuro. Y esa perspectiva es fundamental cuando abordamos el segundo de los grandes problemas a que se enfrenta la agricultura y el sector primario en general: el relevo generacional.La gran pregunta que debe preocuparnos es quién va a querer
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